Egoísmo altruista

Niño Toro me pregunta si creo que para el ser humano es más beneficioso el egoísmo o el altruismo. Detengo el trago de cerveza y me quedo mirándole con gesto bovino y los mofletes llenos de cebada fermentada. Johnny Dos Cruces se queda mirándole. Lagarto se queda mirándole. Somos tres vacas mirando el tren. La incredulidad no se debe al hecho de que la pregunta tenga una cierta carga filosófica aderezada con un ligero matiz moral, que también, sino al hecho de que la haya enunciado una bestia parda de cabeza rapada y dos metros de alto a los que se adhieren ciento treinta quilos de tatuajes y cicatrices. Si a esto unimos que estamos en un sucio antro saturado de humo y psychobilly, apoyados en una barra repleta de restos de alcohol y vómito, hablando de negocios con un sudoroso proxeneta cuyo mayor atractivo son sus encías colmadas de gingivitis, el pasmo es entendible.

Niño Toro es una mole de músculos nacido en un apestoso gueto marginal, como todos nosotros, pero con una cualidad o superpoder que le hace especialmente atractivo para un tipo concreto de ofertas laborales, mi amigo es capaz de desplazar ocho metros a un homo sapiens cualquiera, desde la posición de erguido a la de desparramado, con la sola intervención de su mano abierta y un movimiento lateral oscilatorio, lo que vulgarmente se llama ostiazo. Esta habilidad, y el hecho de que, desde el mismo instante del alumbramiento, le sacara dos cabezas a cualquier bebé del paritorio han otorgado desde siempre a Niño Toro un puesto fijo en el funcionariado de este nuestro amado barrio marginal. Ni que decir tiene que aquí las oposiciones para auxiliar administrativo se parecen mucho a las de camello y las de abogado del Estado son igualitas a las de matón. Cada territorio tiene su idiosincrasia o hecho diferencial y hay que respetarlo.

Tras ignorar a Niño Toro, el dueño del garito, Johnny Dos Cruces, llamado así porque estuvo clínicamente muerto dos veces, larga desde el otro lado de la barra la foto de un burguesito con aire de ganador y dice que es un mierda escurridizo que se cree intocable porque es un politicucho asqueroso. La miro un instante y mientras le doy la vuelta para observar el nombre y las posibles direcciones donde localizarlo, el chulo dueño del garito dice que no soporta a los malos jugadores que no pagan sus deudas, pero que le tocan los cojones los maricones encorbatados que creen que se pueden mear sobre gente como nosotros. Quedo un instante observando al bienaventurado proxeneta al tiempo que analizo su rico y florido léxico, me recuerda al de mi madre, si no fuera por las pobladas patillas, la calva y las marcas de la viruela, sería mamá. Suspiro y engullo otro enorme trago de cebada fermentada. Es entonces que Niño Toro vuelve a la carga.

El gigante me pregunta si sé que el altruismo aparece en el ser humano al cumplir los dieciocho meses, al igual que en el chimpancé, lo que sugiere que los seres humanos tienen una tendencia natural a ayudar a los demás. Me vuelvo a quedar mirándole con la cerveza a punto de tocar mis labios. Johnny Dos cruces le mira. Lagarto le mira. Niño Toro nos mira a todos y un tanto azorado dice que quizá ayudar a los demás sea una forma de ayudarse a sí mismo. Sigo mirándole. El proxeneta sigue mirándole. Lagarto sigue mirándole. La cerveza sigue a cinco coma tres centímetros de mi boca. Niño Toro vuelve a ojear nuestros caretos atónitos y replica algo molesto, dice que hay teorías que dicen que la mejor forma de conseguir lo mejor para cada uno es hacer lo que resulta mejor para todos. Le miro sin pestañear. Lagarto le mira con la boca abierta. Johnny Tres Cruces le mira con el gesto del que presencia la aparición de la Virgen vestida de torero. La canción de los Cramps termina y el hechizo desaparece.

El exquisito dueño del prostíbulo y su camisa rojo pasión dicen que la grandeza de un hombre consiste en reconocer su propia pequeñez, mientras se limpia la larga uña del meñique con el filo de una cucharilla. Respondo que errar es de humanos e insistir es de necios, y doy un trago narcótico. Lagarto pide otro whisky solo pero el buen samaritano del barman duda que tanto alcohol sea bueno para su trastorno esquizoafectivo de tipo maníaco, a lo que Johnny asiente replicando que por el contrario le viene bien para calmar la agorafobia y demás fobias sociales. El sucio camarero sirve el whisky al tarado de mi amigo consciente de que discutir con Lagarto es tan buena idea como morrearse con un mandril.

Lagarto es un producto de su tiempo. Representa ese fenotipo de chico delgado y ojeroso criado en el gueto por unos progenitores politoxicómanos y polimaltratadores. Su aspecto pálido y mortecino junto con ese flequillo teenager y esa percha enjuta de cantante maldito le han dotado de una pátina lánguida similar a la del yonqui estándar, lo que puede hacerte pensar que un tipo así no representa una seria amenaza y que una simple colleja lo desarmará. Craso error. El hecho de que un tipo así haya sobrevivido a una existencia que haría suicidarse a una hiena manchada debería advertirte de su peligrosidad, lo que traducido significa que el flequillo junto con un sinfín de taras y resentimientos han conformado una obscena amalgama tan jodidamente desequilibrada y letal como un trago de ántrax. Aquí todo el mundo sabe que es más sano sentarse junto a un esqueleto que empuña una guadaña que junto a Lagarto.

La cosa es que justo cuando la aduladora cerveza comienza a susurrarme palabras de amor, en ese momento, el vozarrón de Niño Toro interrumpe mi romance con la inconsciencia preguntándome si he odio hablar del egoísmo moral o egoísmo ético. No respondo, sólo hago un enorme esfuerzo por no mirarle. No voy a mirarle. No señor. No voy a mirar a un puto neonazi con el mismo coeficiente intelectual que un chimpancé con síndrome de Down y poner cara de no entender. No señor. No pienso hacerlo. Yo soy el que manda, soy el jefe, así que voy a incorporarme y tambaleándome voy salir por la puerta del elegante garito ignorando esta sofisticada conversación sociológica.

En la calle nos espera un coche semidestartalado pero que a diferencia de los usuales no ha sido robado. Aunque preferiría montarme en una jirafa, lo necesitamos porque vamos a salir del barrio y fuera del gueto están esos tíos de uniforme y con pistolas, esos con placas y coches con sirenas, ¿cómo se llaman? Esos que pagan los tipos como el de la foto para que tipos como nosotros no nos acerquemos, ¿bomberos? No, era algo parecido. Quizá no debiera mezclar coca y alcohol, pero es que la vida se hace tan larga cuando no hay fútbol televisado.

En el coche pongo a los Doors mientras Lagarto toma no sé qué para el trastorno psicótico agudo con predominio de ideas delirantes, dice que esas pastillas han cambiado su percepción del destino y de su realidad como ser humano, traducido supongo que quiere decir que esa medicación evita que ahora mismo esté decapitando viandantes y sodomizando a sus mascotas. Inspiro. Expiro. Inspiro. Pero qué larga se hace la vida, joder.

Niño Toro dice que no pasa nada si no sé lo que es el egoísmo moral, que él no lo sabía hasta que se lo explicaron, de hecho tuvieron que explicárselo una docena de veces hasta que lo entendió, y por lo visto no hay nada malo en ello, la aceptación de la ignorancia es el primer paso hacia el conocimiento, dice. Miro a mi colega y le digo que revise el salpicadero y me pase cualquier cosa narcótica o alcohólica que encuentre. Niño Toro me pasa una petaca cargada de tequila. Lagarto dice que su primer psiquiatra decía siempre que el primer paso para combatir el trastorno psicótico de comienzo tardío inducido por alcohol u otras sustancias psicótropicas era la aceptación del problema. Miro anonadado por el retrovisor el careto del tipo que ha puesto nombre a media docena de enfermedades mentales y le doy un trago largo al tequila. No entiendo por qué no hablamos de tías, de palizas o de fútbol, son temas que controlo, son temas de matones marginales, yo soy un delincuente marginal y tengo mi propia identidad cultural, sólo pido que se me respete como ente autónomo privado de inteligencia y futuro, pero Niño Toro decide ilustrarme contándome en qué consiste el puto egoísmo moral, que por lo visto es una doctrina ético filosófica que afirma que las personas deben tener la normativa ética de obrar para su propio interés, y que tal es la única forma moral de obrar, sin embargo permite realizar acciones que ayuden a otros, pero con la finalidad de que el ayudar nos dé un beneficio propio tomándolo como un medio para lograr algo provechoso. Lo dice de carrerilla, casi tan bien como lo diría un loro amaestrado, aunque le queda un poquito menos natural, una máquina de tabaco lo hubiera hecho mejor. Esta vez no puedo por menos que mirarle asustado. Empiezo a intuir que aquí se consumen sustancias estupefacientes de las que no tengo conocimiento y eso me molesta. Como me molesta que el careto de mi gigantesco colega me mire interrogante. ¡Ya está bien! Golpeo el volante y le pregunto quién cojones le ha comido el tarro con todo eso. Me dice que Rosita. ¿Rosita? ¿Rosita la puta? Niño Toro replica visiblemente molesto que no entiende qué tiene que ver que sea prostituta. Le miro aterrorizado. ¿No estamos hablando del Real Madrid porque una puta ilegal ecuatoriana o colombiana o cubana con la que está encoñado le ha contado un rollo filosófico? ¡No me lo puedo creer! Niño Toro dice que soy un misógino. Me quedo mirándole. Un BMW pita alarmado porque he invadido su carril. Doy un volantazo y amenazo al del BMW con una colonoscopia sin vaselina. Vuelvo a mirar a mi amigo con gesto de incredulidad. Le pregunto qué significa “misógino”. Responde que es que odio a las mujeres. Le pregunto si me está llamando maricón. Responde que no pero que Rosita dice que odio a las mujeres. Le grito que eso es ser maricón y que a mí me encantan las mujeres. Niño Toro se queda pensativo como si dudara. Lagarto dice que es que me gustan las tías sexualmente pero las odio en el resto de planos. ¿Resto de planos? ¿Hay más planos? Le doy otro trago al tequila.

Hemos salido del barrio y circulamos por la autovía de circunvalación en busca de ese barrio residencial, escrito tras una fotografía, donde residen los burguesitos malos que no pagan sus deudas de juego a lindos desechos sociales como nosotros. Tengo puesto el gesto de cabreo con la esperanza de que me deje en paz el ciclópeo copiloto metido a filósofo aficionado. No hay suerte.

El simio rapado se rasca el cabezón en idéntica actitud al despioje de un gorila espalda plateada, y mientras lo hace comenta que Rosita dice que sólo hay dos tipos de personas, los altruistas y los egoístas, es decir los buenos y los malos, y que nosotros por ser egoístas estamos dentro de los malos, pero que gracias al egoísmo moral podemos estar dentro de los buenos, porque podemos ayudar a otros en beneficio propio, lo cual es egoísmo sí, y eso es malo, pero egoísmo moral, y eso es bueno, porque a fin de cuentas es ayudar a otros, lo que es de todas, todas bueno. Que si lo entiendo.

Le doy otro trago a la petaca y descubro horrorizado que es el último. Estoy encerrado en un cochambroso habitáculo de lata que va a cincuenta por hora hacia un barrio de extraterrestres junto a un troglodita analfabeto con inquietudes metafísicas inducidas por una exguerrillera colombiana de ciento veinte kilos. Le pregunto a Lagarto si tiene algo para meterme. Lagarto pregunta si tengo esquizofrenia paranoide. Respondo que no. Pregunta entonces si tengo trastorno hipocondríaco. Respondo que no. ¿Trastorno bipolar con episodio actual hipomaníaco? No. ¿Trastornos del humor persistentes? No. ¿Neurastenia? No. ¿Anorexia nerviosa? No. ¿Vaginismo no orgánico? ¿Eh? Nada, que entonces no tiene nada.

Inspiro. Expiro. Inspiro. Y pregunto por lo bajinis qué significa altruista.

Niño Toro sonríe como si hubiera visto al Ratoncito Pérez travestido, ha conseguido que me involucre en su paranoia y eso le hace inmensamente feliz. Excitado responde que altruista es el que procura el bien ajeno aun a costa del propio. Lo dice con la convicción y credibilidad de esos documentales televisivos donde el ignorante y famélico campesino metido a guerrillero marxista repite junto a su AK-47 una retahíla de consignas revolucionarias puño en alto. Permanezco pensativo un par de segundos, no quiero ofender a mi colega, es subnormal sí, pero es mi colega y un adorable niño grande capaz de repartir ostias como panes. Finalmente le respondo que altruista se parece mucho a gilipollas, que si está seguro que en vez de altruista no quiere decir gilipollas, ¿seguro que Rosita no dijo gilipollas, eres gilipollas? Niño Toro pone cara de confundido y permanece pensativo un instante. Lagarto suelta una sonora carcajada y continúa liándose su porro de maría en el asiento trasero. Cojo un cigarrillo de un paquete de tabaco que da vueltas por el coche y lo enciendo. La vida es una cosa curiosa. Finalmente el lento cerebro de Niño Toro consigue llegar a la estación y producir una frase inteligible. El gigante dice que Rosita dice que no somos malos, que no somos diferentes a los demás, que somos buenos, que únicamente aplicamos el egoísmo moral como el resto. Doy una calada, después doy otra, y otra más para hacerme el interesante, me gusta hacerme el interesante, siempre he creído que si uno es inculto, pobre y limitado de entendederas, al menos debe tener el buen gusto de hacerse el interesante. A mí no se me da mal. Luego miro a Niño Toro, sonrío y poniéndole la mano en el hombro le digo condescendientemente que somos malos, nosotros somos los malos, no hay que darle vueltas al tema, somos malos, somos marginales, somos delincuentes. Hacemos cosas malas y por eso somos malos. Hay gente buena y gente mala, y nosotros somos los malos. Quizá Rosita fume demasiada hierba, quizá se haya hecho de alguna secta de cristianos renacidos o puede que se haya quedado idiota de tanto masturbarse pensando en El Che, pero puedo asegurar, y El Hacedor sabe que puedo asegurar pocas cosas, que somos mala gente, por qué otro motivo iba Dios a permitir que naciéramos en el gueto si no.

La carretera ha dejado paso a esa urbanización de alto standing donde todo es verde, pero no un verde cualquiera, un verde luminoso, como en ese jardín inmaculado donde viven los adorables gnomos. Me encantan los burgueses adinerados, son geniales, no me extraña que ocupen el nivel jerárquico más elevado, son mis ídolos desde que supe que habían inventado la papelera. ¡La papelera! Qué gran cosa. La primera vez que salí del barrio y vi una estuve mirándola media hora. Parece simple, sencillo, pero encierra una concepción filosófico-social que va más allá y denota la superioridad mental de los ciudadanos sobre los marginales. Un recipiente estanco con una apertura de entrada donde almacenar lo malo, los sucio, lo roto. Me emociono. Por qué convivir con la suciedad, con la inmundicia, con la impureza. Por qué no inventar un contenedor opaco donde arrojarlo todo y de esta manera no mancharse, no contaminarse, no mancillarse. ¡Qué genialidad! ¡Qué portentos! ¿Por qué no hacemos eso en nuestro barrio? ¿Por qué vivimos entre mierda? ¡Pongamos papeleras! Ahí fue cuando alguien me dijo que eso ya lo habían hecho los honrados ciudadanos por nosotros, el gueto, nuestro barrio, no era sino una enorme papelera, un gigantesco cubo de basura, nosotros éramos basura, éramos los desechos que están dentro de la papelera. ¡Qué putada! ¡Qué faena! ¡Qué sofocón más grande! ¿Y si pusiéramos papeleras dentro de la papelera? No, supongo que no. ¡Qué disgusto! ¡Qué desilusión! ¡Entonces no me gustan los burguesitos! Me había olvidado. Yo odio a los burguesitos, y especialmente a los adinerados. Empiezo a pensar que desayunar cereales con whisky no es bueno.

Como era de esperar, mientras busco el nombre de la calle entre las ajardinadas arterias de la urbanización de lujo, Niño Toro me saca de mi particular paranoia mental rebozándome a Rosita por los morros. Rosita insiste en que Niño Toro, su chico, su amor, aquel al que se cepilla después de haberse follado la La Legión al completo, cabra incluida, por lo visto no es malo, y por lo tanto si él no es malo yo tampoco, y por tanto cabe la posibilidad de entrar en el Cielo. ¿En el Cielo? ¿Pero no hay que ser creyente para entrar ahí? Suelto una carcajada mientras volanteo, y después otra, y otra más. Si por un casual existiera un Juicio Final, el día del nuestro se suspendía por falta de abogados defensores. Si por un casual existiera un Cielo, el San Pedro ese llamaría a los de seguridad en cuanto nos viese acercarnos a la cancela. Si por un casual existiera un Dios, pillaría un día de asuntos propios para no tener que vernos los caretos. Me meo de risa. Niño Toro va a decir algo pero yo me tiro del coche antes de que abra la bocaza. Hemos llegado.

La casa del burguesito es igual que cualquier casa del gueto, con su enorme jardín verdoso perfectamente cuidado, su piscina de ochocientos mil metros y su vivienda unifamiliar de seiscientas plantas y tres mil ventanas, incluso tiene telefonillo, me molan los telefonillos. Pulso el interfono una y otra vez con la malicia del niño gamberrete. Lo sé, soy subnormal.

La voz con acento sudamericano del otro lado dice que el señor no está en casa. Le digo que la creo pero que somos una delegación de la Santa Sede que estamos exorcizando por el barrio y que si tiene algo que exorcizar, cualquier familiar epiléptico nos vale. La sudamericana no parece entender. Mientras hablo, Lagarto se sube al capó del coche y se encarama al exquisito murete de exquisita piedra, después se descuelga por un exquisito cedro y abre el exquisito cerrojo. Todo eso sin que salten las alarmas, ¿por qué? Pues porque es un rollo desconectar-conectar cuando llega el pedido del hipermercado, o el reformista, o el jardinero, o el de la piscina. Estos burguesitos siempre primando la estética sobre la seguridad. Mal, muy mal. Yo no entro inmediatamente, sigo pulsando el telefonillo y diciéndole a la ecuatoriana que somos un comando para la liberación de la mujer y venimos a liberar a las criadas machistas que lavan las bragas de las amas feministas. Sorprendentemente la dominicana sigue sin entender.

Al momento recorremos el precioso pasillo empedrado a través del cuidado jardín celestial. No me extraña que los burguesitos crean en Dios, el Hacedor les ha pasado, bajo mano, un plano del Cielo para que se vayan aclimatando aquí en la Tierra. Qué cachondos. Incluso el pitbull que nos detecta y comienza a ladrarnos está lustroso, apostaría que porta menos parásitos que la mayoría de los tipos que conozco, incluidos nosotros mismos. El chucho tiene un problema, quiere destrozarnos pero está encadenado a la caseta, es un perro de presa con un costoso entrenamiento para atacar a tipejos como nosotros pero… está atado, supongo que porque sus mierdas no son verdes y desentonan con el resto del vergel. Son cosas de burguesitos, como lo de hacer un muro superchuli en vez de una pared de ocho metros coronada por alambre de espino. No entiendo a los burguesitos, son raros, como si fueran otra especie. Total que nos plantamos frente a la puerta y llamamos, ¿y qué hace la criada? Abre, ¿por qué? Pues porque está en un barrio residencial con una seguridad privada ineficaz, tras un muro de juguete, con alarmas desconectadas y el perro guardián atado, ¿qué puede pasar?

Me presento a la sirvienta boliviana haciéndole saber que soy un reputado masajista titulado y que yo, y mis bellas acompañantes, venimos a masajear las rótulas del señor. La criada peruana, sorprendida porque, sin ser los señores, hollemos la casa sin uniforme servil o sin mono de trabajo, nos informa de que el amo no está.  Le indico entonces que la creo pero que mi amigo Lagarto se está haciendo pipí y que si puede entrar al baño un momento. Lagarto empuja la puerta y entra ante la confusa sirvienta chilena. Es ahí que se produce un incómodo silencio. La criada me mira. Niño Toro me mira. Yo miro el precioso cielo y silbo. Y ocurre. Lo inevitable ocurre. Niño Toro abre la bocaza.

El gigante dice que Rosita dice que es más probable que el individuo contribuya a la mejora social cuando procura racionalmente sus mejores intereses de largo plazo. Impresionante. Miro a Niño Toro. La uruguaya mira a Niño Toro. La criada y yo nos miramos. Le pregunto a la sirvienta si sabe lo que es “racionalmente”. La susodicha niega con la cabeza. Le pregunto si sabe lo que es el egoísmo ético. La paraguaya niega con la cabeza. Le pregunto a la asustada mujer si sabe que los amos de derechas llaman a su criada, criada, y que los amos de izquierdas, como se avergüenzan, la llaman, la chica que ayuda en casa. La mujer se encoje de hombros y empieza a dudar que seamos masajistas. Niño Toro dice que el altruismo es contraproducente. Esta vez no le miro, directamente le pregunto a “la chica que ayuda en casa” si sabe lo que es “contraproducente”. Nada, que no, que tampoco lo sabe. Inspiro. Expiro. Inspiro. Ahí que aparece Lagarto con una botella de whisky para decir que no hay nadie. Doy gracias al Señor y salgo corriendo. Desandamos el camino del vergel celestial, nos metemos en el coche, le doy tal trago al whisky tan bestial que se me deshacen los empastes. Acelero.  

Pulso la radio hasta que suena música surf. Le doy otro trago al whisky, y otro más, y uno último. Suspiro. Paso la botella hacia atrás y busco en la fotografía la segunda dirección impresa. Enciendo un cigarrillo. Joder, este sería un buen momento para morir. Niño Toro lo intuye y decide jodérmelo preguntándome si lo entiendo. No respondo. Mi amigo insiste, me hace saber que si no lo entiendo no pasa nada, que a él le cuesta. ¿Qué? ¡Que a él le cuesta! ¿Me quiere decir que una puta sudaca con un culo mayor que El Vaticano y un chimpancé de ciento treinta quilos lo entienden y yo no? ¿Quién es el Jefe? Yo, ¿no? ¿Y por qué soy el jefe? Porque soy el más listo, ¿no? ¡Pues ya está! Niño Toro permanece callado hasta que termina la canción de los Ventures, después me hace saber que lo que nosotros creíamos que era malo es bueno, y que ser bueno es malo, es decir, ser altruista es malo y ser egoísta bueno, o sea que como nosotros somos egoístas pues somos buenos, aunque no lo sepamos. Ahí me infla las pelotas y tras pegar un frenazo me echo al arcén. Le señalo con el índice, y tras cagarme en lo más sagrado, le indico que ese modo simplón de explicármelo me ofende, parece que soy un retrasado mental, que si quiere hablar conmigo ya está usando frases complicadas con palabras raras o le abro la cabeza con la barra antirrobo. Niño Toro, acobardado, pide perdón y apunta de inmediato que el egoísta moral se basa en la afirmación de sí mismo, que lo convierte en su propio soberano al volverlo consciente de su realidad moral y personal, y que la realidad es la de su propia existencia y su vivir en una realidad determinada, que si cada persona se preocupa por cumplir sus intereses individuales estaremos mejor en conjunto. Inspiro. Expiro. Inspiro. Así sí. Así sí. Ves, así sí se me pueden explicar las cosas. Arranco el automóvil y retomamos el camino.

Hemos dejado atrás el barrio residencial y regresado a la ciudad en busca de ese barrio empobrecido del centro que un día los artistas y los profesionales liberales decidieron convertir en cool, ahí tiene un elitista gimnasio la siliconada parienta del de la foto.

Doy caladas entre semáforo y semáforo mientras por el retrovisor veo como Lagarto ingiere su medicación para los trastornos disociativos. Observo a través de la ventanilla a los honrados ciudadanos revolotear por las pulcras calles comerciales y después echo un vistazo al afilado careto de mi colega. Gallinas y zorros. Inofensivas palomitas de traje y corbata junto a alimañas semidesnudas, es lo que se ve tras el sucio cristal, pero si te fijas un poco, sólo un poquito, y bajas el cristal, descubres que los raposos agonizan contagiados por unas aves portadoras de todo tipo de infecciones. Así es la vida, así son los honrados ciudadanos, las buenas personas, los altruistas, todos tan dispuestos a hacer el bien, a ayudar al prójimo, todos tan afeitaditos, tan pulcros, tan limpios, todos con sus estandarizadas corbatas y su paso monocorde, todos tan inocentes tras sus sonrisas y sus buenos modales, todos tan educados, tan políticamente correctos, tan peligrosos… Y en medio, nosotros, los marginales, los erróneos, los egoístas, los llamados asociales, siempre sucios, siempre mellados, siempre desentonando, tipos individualistas incapaces de formar parte del rebaño, incapaces de un gesto desinteresado, tipos básicamente malos. Así es la vida, o quizá no sea así, y el gigantesco analfabeto que me acompaña tenga razón y todo dependa de si la observas con la ventanilla subida o bajada.

De pronto, el hecho de descubrirme reflexionando me asusta y, preso de un ataque de pánico, le pregunto a Lagarto si entiende lo del egoísmo moral. Lagarto dice que él sólo entiende de episodios depresivos y de trastornos obsesivo-compulsivos pero que su culo es lo primero. Me parece una reflexión muy a la altura del ateneo cultural que conformamos el presente trío de matones.

Detengo el coche en doble fila junto al estiloso gimnasio. Nos bajamos y caminamos con ese aire pinturero de chulo putas marginales que tanto éxito nos ha proporcionado entre las señoritas con trastornos esquizoides y variados instintos suicidas. Finalmente nos plantamos frente a una exquisitamente musculada rubia que hace las veces de recepcionista y que piensa que su culo y sus tetas la van a llevar a donde quiera ir.  

Informo a la futura premio nobel de nuestra intención de visionar la egregia figura del marido de la dueña de aquel paraíso de la lycra y los bronceados artificiales. La espectacular rubia no responde quizá un tanto impresionada por nuestro patibulario aspecto o quizá porque, la muy ladina, fantasea imaginándonos en chándal. La cosa es que le explico que somos afinadores de pesas, comprobamos que las de un kilo realmente pesan un kilo, las de dos, dos, etc. Una labor oscura pero que alguien tiene que hacer. Total, que como el portento intelectual permanece con la boca abierta anestesiada por mi magnético atractivo físico, esa mezcla explosiva de careto de hijo de puta saturado de tatuajes carcelarios que combina majestuosamente ropajes de Paul Gaultier con los de mercadillo, así pues, Lagarto pasa al interior de la oficina para buscar pesas ilegales y tipos con deudas de juego. Para destensar la espera le pregunto a la barbie si a mayor canalillo mayor éxito evolutivo. Como no hay respuesta le pregunto si se ha enamorado ya de algún empresario casado cuarenta años mayor que ella. Como tampoco hay contestación tiro por lo filosófico y le pregunto si ella es más de egoísmo o de altruismo, esta vez la escultural gimnasta acierta a decir que no entiende, lo que me emociona al extremo, así que me apoyo en el mostrador y le explico que altruista es hacerse de Greenpeace, ser socio de tres o cuatro ONGs con nombres guays, apadrinar tres negritos y dos chinitos, llevar la ropa usada a la parroquia, hacerse vegetariano, reciclar y pasar tus vacaciones en la India rodeado de miseria. Eso es ser altruista. Y egoísta es sentirse bien haciéndolo. Que si lo entiende. La despampanante mujercita dice que los dueños no están. Me quedo mirándola impávido. Está respondiendo a la primera pregunta, ¡dos horas después! Si tengo que esperar a que articule una respuesta con frases subordinadas sobre lo del altruismo me estallará la próstata. ¿Será cierto que lo que se potencia crece y lo que no se atrofia? Le pregunto a la linda damisela si recuerda que su cerebro se fuera encogiendo conforme crecían sus senos. No replica y temo que la saturación de preguntas le cause un ictus. En esto que sale Lagarto negando con la cabeza. Nos vamos sin más, y eso que me hacía ilu meter barriga y hacer posturitas en el espejo del vestuario de chicos.

Justo al salir comprobamos como un señor uniformado de esos que controla el aparcamiento nos está colocando un papelito en el parabrisas. Intrigados, rodeamos y preguntamos al honorable trabajador público el porqué de su acción, a lo que el interfecto replica con voz temblorosa que nos multa por estacionar en doble fila. Le explico que el coche es de nuestra abuelita y que dado que los infractores somos nosotros nos sabe mal que le llegue la multa a la anciana. El funcionario municipal pone cara como de haber visto al Papa de botellón y acto seguido dice que no puede hacer nada. Le sugiero que tome nota de nuestros datos para que se nos remita la infracción y de esta manera contribuir al enriquecimiento de esa casa consistorial, llamada Ayuntamiento, que somos todos, eso sí, le advierto que nuestros documentos de identidad son falsos, que no poseemos domicilio conocido y que las únicas cuentas bancarias de las que hemos estado cerca nos costaron cuatro años de prisión. El rodeado uniformado traga saliva y comienza a ponerse en paz con el Señor. Llegados a este punto le explico que en otro momento, cuando era egoísta, le habría forzado a hacer un canutillo con la multa y acto seguido obligado a introducírsela por lo que viene a ser el recto, pero que ahora que soy altruista voy a cultivarle haciéndole partícipe de la verdad revelada por una puta al troglodita que nos acompaña, dicho lo cual insto a Niño Toro a que le cuente por qué el egoísmo es cojonudo y el altruismo nefasto. Total que mi gigantesco compadre, visiblemente emocionado, me corrige diciéndome que no somos altruistas que seguimos siendo egoístas pero que… ¡Me cago en el roscón de Reyes y en los tres Reyes Magos como siga rectificándome! El cabizbajo Niño Toro recula dolido y suelta que cada uno de nosotros conocemos perfectamente nuestros deseos y necesidades y sabemos qué es lo que nos hará felices y cómo llevarlo a cabo. Los deseos y necesidades de los demás los conocemos imperfectamente, por lo tanto es probable que al tratar de ayudarlos se les provoque un perjuicio. Dicho lo cual le pregunto al señor multador si lo ha entendido. El tipo me mira convencido de que en algún momento saldrá un tío indicándole que es protagonista de un programa de cámara oculta. Inspiro. Expiro. Inspiro. Qué desastre, qué daño está haciendo la escuela pública. Nos montamos en el coche y dejamos al funcionario con gesto de querer orinarse encima.

Doy un trago a la botella de whisky antes de encender un cigarrillo y pedirle a Lagarto que me pase algunas pastillas para trastornos disociales. Qué larga se hace la vida sin edulcorantes o colorantes artificiales. Tengo el tiempo justo de visionar la tercera dirección antes de que el cóctel molotov me haga ver en blanco y negro. Acelero.

Lagarto dice que entre las taradas que ha conocido, ludópatas, pirómanas y cleptómanas, se queda con las tricotilómanas. Lo dice para que le preguntemos qué es una tricotilómana, pero no lo hacemos, Niño Toro porque está centrado en recordar las palabras exactas de Rosita sobre alguna mamonez del egoísmo moral, y yo, bueno yo básicamente porque tengo adormecida la lengua y no puedo hablar, eso y que lo veo todo verde. Inspiro. Expiro. Inspiro.

Conduzco como en un video juego camino de la junta municipal de distrito donde sienta su culo el mal jugador y peor pagador objeto de nuestras pesquisas. Me encanta hablar como los de las películas, me hace sentirme culto, como más listo. No paré hasta que le dije a una amante “Ahora vuelvo, mantenlo todo caliente excepto el champán” ¡Qué bueno! Claro que ni la prostituta era una chica Bond ni yo el agente 007, pero quedó chulo, perdió un poco porque al ser rumana creo que no entendió ni papa pero la vida tiene estas cosas.

Aprieto el dial y busco algo de garage. Doy una larga calada mientras avanzamos hacia el norte por calles repletas de dibujos animados. Vamos despacio muy despacio, vamos así porque no distingo las luces de los semáforos del resto de las explosiones coloristas. Hay ciudadanos, honrados votantes, obedientes consumidores, a los que molesta mi ritmo y pitan, aprietan convulsivamente el claxon e insultan desaforadamente, incluso se sitúan al lado y bajan la ventanilla para… ¡oh, Dios! Descubrir que van a insultar a tres jinetes del apocalipsis. Es entonces que los honrados ciudadanos, los civilizados, entienden de golpe porqué la libertad de expresión es algo tan pernicioso para la salud. Esta vez sólo los miro, son tan envidiables, tan pequeñitos, tan adorables, todos con esa carita de sobre electoral, todos amamantados por Mamá Estado, cuidados y protegidos por papá Patria. Los papis limpian el culito de sus niños, les dan el biberón, les cantan nanas, todo a cambio de que consuman y voten lo indicado, de que voten a mamá hoy o, si están enfadados, a papá dentro de cuatro años, no importa, todo queda en familia. Así los veo, veo eso que llaman El Pueblo como un adolescente infantilizado, dependiente y llorón, exento de responsabilidad y, por tanto, eternamente tutelado por papá y mamá. Como yo no voto ni consumo, mamá y papá no me quieren, me esconden castigado en el sótano, no esperan nada de mí y me alejan de ellos enviándome a un internado. Así lo veo yo, así lo veo cuando estoy drogado claro. Soy todo un visionario metafísico cuando mi cerebro flota en sustancias químicas ilegales, después, con la consciencia pierdo bastante. ¿Lo mismo puedo hablar alemán? ¿Lo mismo sé alemán de modo inconsciente y no lo sé? Lo intento. Gutenmorguen. ¡Coño sé alemán!

Dos psicodélicas horas después detengo el coche frente a la junta municipal y tambaleantes nos disponemos a entrar en sus dependencias. Yo camino errático, Lagarto que se ha pimplado la botella de whisky camina errático, Niño Toro camina recto y nos sujeta cada vez que nos desviamos.

Estamos fuera del horario de atención al público, es lo primero que nos dice el único habitante del recinto, un segurata con aspecto de pureta en paro que se encuentra leyendo el Marca. Una vez junto a él le indico que lo sabemos pero que no somos público somos de Teleprostituta y traemos un encargo para el concejal Sr. Tarrida. Como puede imaginar la prostituta es el lúbrico Niño Toro, nosotros somos únicamente los mamporreros. El deficientemente afeitado segurata no parece tenerlo claro, quizá porque tiene prejuicios contra la sana venta de sexo por parte de gorilas de ciento treinta kilos, quizá porque no imagina a mi amigo con las ingles brasileñas hechas, quizá porque tengo aspecto de haberme comido un bocata de amanitas muscarias, a saber, total que dice que tenemos que abandonar las dependencias. ¡Qué bonito! Las dependencias. Así que le digo que vamos a hacer un trato, nos vamos pero a cambio tiene que escuchar una retahíla de idioteces de mi gigantesco amigo, porque si no será a mí a quien brasee con ellas y yo estoy seriamente perjudicado, y además sólo soy un homínido bípedo con serios problemas de sociabilidad y de disfunción eréctil, bueno esto sólo cuando bebo mucho, que es habitualmente, por lo que es culpa del alcohol no mía, faltaría, lo que pasa es que como bebo mucho pues… vamos que no sé si me entiende. El tipo de barriguilla incipiente y aspecto fofillo pone cara como si su parienta hubiera aceptado hacer un trío. De modo que le hago un gesto con la cabeza a Niño Toro. Y Niño Toro expone que el ofrecer caridad a una persona es hacerla dependiente de otra, es decirle que no es capaz, por lo que en vez de agradecérnoslo se sentirá resentida por la ayuda ofrecida, y que estar pendiente del bienestar de los demás es una invasión a su privacidad, y que si cada persona se preocupara por sus propios intereses habría una mejora en la sociedad, y que la ética del altruismo es algo destructivo para la sociedad. Lo dice de corrido, sin respirar, como un infante la tabla del siete. Le miro boquiabierto. Lagarto le mira boquiabierto. El segurata le mira boquiabierto. Pasan unos segundos y pregunto a mi hercúleo amigo qué hace. Niño Toro replica que no ha hecho sino explicarle al segurata, tal y como le he dicho, lo perjudicial que es el altruismo para la sociedad. Le digo que mi gesto era para que le pegara una ostia y no para que le explique gilipolleces. Niño Toro responde que cómo va a saber eso. Le digo que porque cada vez que le he hecho ese gesto durante los últimos diez años era para que soltara una ostia. Niño Toro contesta que eso era porque antes no tenía una filosofía que contar. A todo esto, el de seguridad asiste a la partida de ping pong dialéctico con cara de bóvido abducido. Inspiro. Expiro. Inspiro. Le repito el gesto con la cabeza. Niño Toro le suelta un oppercut al segurata que le quita las canas y el acné de golpe. Subimos las escaleras.

Caminamos por el pasillo desechando despachos y salas con ordenadores vacías, sabemos que es el del final, el del baranda siempre es el del final, y una vez al fondo del pasillo vemos que el cartelito de la puerta lleva escrito el nombre de nuestro mal jugador. Empujamos la puerta con cuidado pero la puerta no se abre, sonreímos, el conejito está en la madriguera, así que le hago un gesto con la cabeza a mi amigo, pero dado el desconocimiento sobre ironía y sarcasmo que posee mi ciclópeo colega esta vez le explico bajito que deseo que tire la puerta no que le cuente rollos metafísicos. Y Niño Toro destroza la puerta de una patada.

La rubia semidesnuda salta de golpe limpiándose la boca. El tipo no, el tipo de corbata y exquisita camisa azul se queda sentado en el sillón de cuero negro sorprendido. La rubia no sé quién es, puede ser una aplicada secretaria, una militante haciendo méritos, una trabajadora del amor… pero él sí sé quién es, hasta tengo una foto de su careto. 

Cerramos la puerta. El concejal no pregunta quienes somos porque ya lo sabe. De inmediato adopto esos teatrales ademanes de matón cinematográfico que tanto me gustan, me pirra este tipo de situaciones, es el poder, el dominio, degustarlo es fantástico. Así que me siento despacio frente a él mientras mis amigos quedan detrás y le explico que para un desecho como yo tener la oportunidad de departir con un portentoso ciudadano como él es un placer, pero que tener la oportunidad de romperle las rótulas es algo aún más satisfactorio. El motivo es que, en el fondo, todos los marginales, los delincuentes, los alegales, en definitiva, todos aquellos que permanecemos fuera de la manada, deseamos el calor del rebaño, somos libres sí, salvajes, independientes, pero hace frío ahí fuera, dentro de la casa del amo se está tan calentito. Sabemos que comeremos cuando diga el amo, dormiremos donde diga el amo y que al amo decidirá sobre nuestra vida pero… es tan cómodo contar con comida todos los días y poder tumbarse junto al fuego en las noches frías, por ese motivo estamos un poco resentidos con los ciudadanos, con los civilizados, con esos que votan y eligen a tipos de los que despotrican continuamente para volver a votarlos una y otra vez. Y ahí que me viene una bocanada de ira. ¿De qué hablaba? Se me ha pirado la pinza, es que no estoy muy acostumbrado a filosofar pero me gusta imitar a los gánsteres televisivos con parrafadas en plan Tarantino. El político no dice nada, ni la rubia dice nada, ni mis amigos dicen nada, total que sintetizo diciendo que me encanta poder devolverle algo de dolor a un tipo del otro lado del vallado marginal que es el gueto. Y ahí sí que el burguesito adopta ese gesto de mitin, cuando los micrófonos están abiertos y las cámaras le apuntan, lo veo, veo como se trasmuta de descamisado al que le están haciendo una mamada en líder de masas, lo hace delante de mí, sabiendo que nosotros tres somos su electorado, sólo tiene que convencernos, sonreírnos, engañarnos, es fácil para un animal político como él. Y así el mal jugador dice que no tiene un duro, que hay una investigación inminente por desvío de fondos que le va a salpicar, que su mujer está a punto de dejarle por cosas como lo de la rubia, que la casa está hipotecada, que tiene una adicción a la cocaína, que en una semana la prensa lo despedazará, su partido lo apartará y será juzgado por cohecho, por lo que la rotura de tibias no le impresiona, de todos modos no puede pagarnos aunque puede comprarnos para que digamos que no lo hemos encontrado con un reloj de oro y un Mercedes clase S que hay abajo.

Es un tipo genial. Si supiera cómo se vota le votaba ahora mismo. En una sola frase ha conseguido mostrar que la tortura no será eficaz, lo ha hecho sin dar pena, sin suplicar, mostrando desapego, desinterés, es muy bueno, la gente llora, suplica, ruega. Gilipolleces. Nuestro amigo sí que sabe, sabe que somos alimañas que no respondemos a la piedad pero sí al soborno. Es un tipo listo este burguesito. Inspiro. Expiro. Inspiro.

Enciendo un cigarrillo. Le doy una calada. Le doy otra. Jugueteo con el humo. Sonrío. Adopto todas las poses cinematográficas que recuerdo. Y por fin, cuando la situación está suficientemente saturada de dramatismo, hablo pausadamente.

Le comento que recientemente he descubierto, gracias a mi amigo aquí presente y a una señorita con sobrepeso y tendencias marxistas, que el egoísmo es bueno, no sólo bueno para mí sino para mi prójimo, algo que presumo él descubrió hace mucho tiempo haciéndose político. Es decir que gracias al egoísmo ético llevo haciendo el bien a otros individuos sin saberlo toda mi vida, impresionante, ¿verdad? Llegados a este punto le explico que en esta situación, cuando era altruista, habría pensado en mi contratante y ya le habría roto las piernas, pero que ahora que he admitido que el egoísmo moral lo es todo, pienso en mí, pienso más en mí si cabe, lo que supongo me hace más útil para el resto de personas, y por eso voy a aceptar su propuesta del reloj y el coche para que pueda largarse a sacar su pasta de algún paraíso fiscal. El burguesito sonríe. Sin embargo hay un problema. No me gustan los burguesitos. Me apetece romperle las piernas. El burguesito deja de sonreír. Ahora sonrío yo y mi boca sigue jugando con el humo. ¿Soy un poco payasete, verdad? Es que no recibí mucha atención materna durante la infancia y creo que arrastro carencias afectivas junto con un par de docenas de traumas y quizá ocho o diez manías psicosomáticas. Tengo un problema con eso y se lo explico.

Puedo aceptar que Dios le prefiera a él, que le haya bendecido naciendo en un barrio guay de padre constructor y de madre decoradora de interiores, y a mí me haya hecho nacer en un gueto de progenitores heroinómanos donde no hay navidad y donde sodomizan a Papa Noel cada vez que se cae del trineo. Eso puedo aceptarlo. Puedo aceptar que él y los de su clase me hayan encerrado en todo tipo de instituciones correctivas y penales con la sana intención de rehabilitarme, enmendarme y restituirme y me hayan inflado a ostias sin darme un mísero diploma. Incluso puedo llegar a aceptar que genéticamente no seamos de la misma especie y que la suya esté llamada a dominar a la mía. Pero lo que no tolero, lo que me toca especialmente la bolsa escrotal, es que también me gane a egoísta, eso es demasiado. Es decir, que no sólo es mejor ciudadano que yo a los ojos de cualquiera sino que también es más hijo de puta que yo. El colmo. Cuando me entero de que el egoísmo es guay y que cuanto más egoísta seas más guay eres, yo que soy el recordman del egoísmo, el superhéroe del egoísmo, el puto Tío Gilito del egoísmo, y pienso que por fin la mierda ingerida me va a situar primero en algo, descubro que el animal político que tengo en frente me supera. Yo soy egoísta, pienso en mí y después en los demás, pero el animal político primero piensa en él, luego en sus seres queridos, luego en sus amigos, luego en su clan político dentro del partido, luego en su partido y luego en los demás, es decir, yo pienso en los demás en el segundo escalón pero un político lo hace en el quinto, me gana a egoísta, es decir a capullo, es decir, a hijo de puta. Eso es demasiado. Vale que seas mejor que yo, pero… ¡que también seas peor! ¡Joer, eso suena a coña! Y cuando las venas de la frente me van a reventar Niño Toro abre su bocaza.

Tú eres el más listo, quizá seas más listo que él, dice mi colega. Le miro. El burguesito le mira. Lagarto le mira. Incluso la rubia le mira. ¡Sí! Sí, sí. Eso es. Quizá yo sea un neandertal y él un homo sapiens pero yo soy un neandertal de alcantarilla y nada hay más listo que una rata de alcantarilla. Haremos una cosa, lo resolveremos con una pregunta de concurso, el todo o nada, ¡la madre de todas las preguntas! Una pregunta que demuestre que el ciudadano civilizado tiene más suerte, tiene más poder, está más evolucionado, incluso que es más egoísta, pero que no es más listo que una escoria del gueto. Si la respuesta es correcta no se rompen rodillas y nos largamos con el reloj y el coche. ¿De acuerdo? Y El político asiente de inmediato.

-Haz la pregunta Niño Toro -le digo con sorna a mi compadre, al tiempo que le guiño un ojo, seguro de que la pregunta sólo puede girar en torno al tema estrella, mi preferido, es decir, el puñetero egoísmo ético.

Niño Toro piensa un par de segundos, y después otro par de segundos, y un par más, y cuando ve que me cabreo se lanza.

-Qué es una tricotilómana?

-Alguien con un hábito recurrente e irresistible que se arranca el cabello o el vello de distintas zonas del cuerpo -replica al instante el burguesito.

Inspiro. Expiro. Inspiro.

-¡Hijoputa!

Trastorno de identidad disociativo

El cincuentón alopécico nos muestra la foto del tipo al que debemos romperle las piernas y acto seguido pregunta si sabemos lo que es el trastorno de identidad disociativo. Doy una calada y me quedo mirándolo con el típico gesto de malote marginal que me enseñó Papá.

Se trata de un individuo bajito y fondoncete, uno de esos hombres hechos a sí mismos, uno de esos tipos arrolladores de modales cuestionables y modos chulescos que creen conocer el precio de todos sus congéneres. Un empresario de la construcción aficionado a la caza, a los toros y a las putas baratas. Uno de esos especímenes que no se ajustan la carísima corbata ni se abrocha el primer botón de la camisa de seda, entre otras cosas, porque el grosor de su sudoroso cuello lo impide. El tipo es un exitoso verraco al que el dinero no consigue quitar el tufo a mafiosillo cateto, y eso resulta enternecedor a mis ojos.

La cosa es que no es buena idea venir al gueto y meterse en un antro tan oscuro e insalubre en el que no entraría Satanás ni a empujones. No es buena idea sentarse frente a los tres matones desequilibrados que vas a contratar pudiendo hacerlo a través del tipo que conoce a un tipo que conoce a otro tipo que trata con tres delincuentes que dan palizas por encargo. No, nada de eso es buena idea, pero lo que resulta una pésima elección es intentar medir los conocimientos culturales de tres sujetos cuya idea de jugar al Trivial consiste en meterte los quesitos de colores por la nariz, y a base de hostias, sacártelos por las orejas. Y es justo cuando se le voy a hacer saber que Johnny Dos Cruces se me adelanta.

“El trastorno de identidad disociativo es un diagnóstico descrito como la existencia de dos o más identidades o personalidades en un individuo, cada una con su propio patrón de percibir y actuar con el ambiente. Al menos dos de estas personalidades deben tomar control del comportamiento del individuo de forma rutinaria, y están asociadas también con un grado de pérdida de memoria más allá de la falta de memoria normal. A esta pérdida de memoria se le conoce con frecuencia como tiempo perdido o amnésico”, eso dice mi colega.

 Si me pinchan no sangro. El tipo que milagrosamente ha sobrevivido a tantas sobredosis, que ha sido canonizado ocho veces, acaba de pronunciar del tirón la frase más larga que he escuchado jamás sin incluir violencia, sexo o fútbol. ¡Acojonante! Le miro como si se me hubiera aparecido la Virgen María para pedirme tabaco. Niño Toro le observa con gesto de bóvido estreñido, incluso el alopécico contratador permanece un tanto traspuesto ante la verborrea de un espécimen con pinta de yonqui cadavérico.

Johnny Dos Cruces, cómo diría, es ese tipo de persona que podría haber sido lo que hubiese querido, guapo, con buena planta y con un coeficiente intelectual por encima de la media. Habría sido el hijo que toda madre desea o el marido que cualquier maruja elegiría, de no ser por la insana práctica de coleccionar traumas y enfermedades mentales, o su nociva costumbre de fumarse, beberse y esnifarse cualquier sustancia dañina para la salud, eso, unido a una tendencia suicida y a una carencia total de instinto de conservación le convierten en el espécimen más jodidamente peligroso que ha parido madre en este elitista barrio residencial llamado gueto. Hay tipos más grandes, hay tipos más fuertes, incluso hay tipos más amenazantes, pero cualquiera de ellos, si conoce a Johnny, preferiría hacerle una felación a un mandril cirrótico antes que encararle cuando se le cruzan los cables. Así es mi compadre, un tipo encantador cuando está sedado, drogado o ebrio, pero que resulta más peligroso que la peste bubónica si se pone violento, algo que en nuestra profesión curiosamente se valora sobremanera.

La cosa es que el corruptor de concejales de urbanismo que tenemos en frente dice que la definición de trastorno de identidad disociativo de Johnny Dos Cruces es exactamente lo que le sucede al tipo de la fotografía. Bien. Genial. Ahora sólo falta saber si el tipo es vegetariano, budista o sufre halitosis. Empiezo a pensar que el verraco del constructor tiene alguna carencia afectiva y pretende invitarnos a su cumpleaños, quizá sus amigos le dan de lado porque transpira en exceso, puede que las señoritas le rehúyan porque le huelen los pies, o quizá las mascotas se le escapan por culpa de sus flatulencias, no lo sé, lo que sí sé es que esto no es una reunión de corazones solitarios. Cuando uno quiere contratar a alguien para que golpee a alguien, le da una foto, una dirección y un sobre con pasta, y ya está, no es necesario informar de cuando perdió la virginidad el sujeto o de si sufre erecciones frente a los escaparates de las zapaterías, no es tan difícil de entender. ¡Coño!

El tema es que mientras le doy un trago al tequila la parte contratante decide contarnos el porqué de su presencia aquí en vez de gestionarlo a través de terceros, y para que entendamos ese porqué se ve obligado a confesar el motivo por el que quiere hacerle pupita al alelado de la foto. Asustado, relleno el vaso hasta que rebosa y engullo el alcohólico contenido con la esperanza de alcanzar el estado de embriaguez antes de que nuestro nuevo amiguito quiera montar en tobogán o ir a jugar a una piscina de bolas.

Por lo visto el tipo era el informático de la empresa, y un buen día se plantó en su despacho para informarle que había sido padre y que ejercería su derecho al permiso de lactancia, vamos que iba a faltar una hora al día de su puesto de trabajo, y claro, el pobre constructor encolerizado por la afrenta del subordinado, se cagó en su puta madre, lo llamó maricón, vago, rojo y lo despidió al instante, pero hete aquí que al informático se le cruzan los cables y en vez de irse sollozando del despacho, se abalanza sobre su jefe, lo infla a hostias y no contento con ello lo inmoviliza, le baja los pantalones y lo sodomiza. ¡Tócate los huevos Mari Loli! Estoy a punto de lanzarme sobre el cincuentón, abrazarlo y dejar que llore sobre mi regazo. No lo hago porque soy heterosexual, porque no soy gilipollas pero especialmente porque no estoy lo suficientemente borracho. También estoy por explicarle al violado que cuando se contratan matones no es necesario quedar con ellos, invitarles a copas y contarles sucesos en los que está involucrado tu ano, pero entonces la parte contratante señala vigorosamente la foto del tolai y hace hincapié en que le demos la paliza al tipo de la foto, y enfatiza esto último. Nos quedamos un tanto perplejos. Por algún motivo el sudoroso constructor piensa que somos retrasados mentales, y bueno, es cierto que somos escoria marginal, es cierto que usamos los dedos para sumar y es cierto que un chimpancé con discapacidad intelectual nos ganaría al tres en raya, pero somos perfectamente capaces de identificar a un tipejo tridimensional a partir de una imagen bidimensional, incluso somos capaces de atarnos los cordones de los zapatos solitos. La cosa es que el constructor intuye por nuestros caretos que nuestra embrionaria amistad está en riesgo y decide aclarar el tema. Y ahí es cuando entra lo del trastorno de identidad disociativo. Por lo visto el sujeto que nos ocupa tiene doble personalidad y ante una situación estresante salta de una a la otra, se transmuta. ¡Cágate lorito! A mí todo esto empieza a sonarme a rollo de superhéroe y estoy por mirar si el de la foto viste de licra y lleva antifaz, cuando viene lo mejor. Nuestro sudoroso contratador razona porqué hace tanto hincapié en que debe ser concretamente “este” el tipo al que debemos apalear, porque no se trata de sacudir a un hombre sino a una personalidad, es decir, debemos romperle las piernas al tipo que lo ha agredido sexualmente y no al otro, porque se trata de que el violador sepa que el violado se está vengando, porque no tiene sentido golpear a un tipo que no sabe por qué lo golpean, porque eso ni es venganza ni nada, porque por ese motivo no ha denunciado nada a la policía, porque si denuncia  y después le rompe las piernas, él será el principal sospechoso, porque quiere vengarse y no necesita la Justicia para eso, por eso está aquí, por eso ha venido en persona a explicarnos lo singular del trabajo. Juro que como vuelva a decir “porque” le reviento la botella de tequila en su agraciado rostro.

Cuando el verraco aspirante a burguesito da por finalizada su impactante disertación y se recuesta contra la silla, tengo la misma expresión del que descubre a papá vestido con la ropa de mamá. Gracias a Dios que tengo el tequila, de lo contrario me echaría a llorar. No sé si lo he entendido. Me duele la cabeza, algo me ha sentado mal, lo mismo la farlopa del postre resulta que no es un ingrediente de la nouvelle cuisine. Entonces el constructor sodomizado pregunta si lo he entendido… y es ahí que no me da tiempo a responder, no me da tiempo porque la bestia parda que tengo sentada a mi derecha, Niño Toro, se levanta emocionado y dice que lo entiende perfectamente. ¿Cómo? Un tipo que parece que come carne cruda y con el mismo coeficiente intelectual que una lata de alubias, ¿lo entiende? Necesito otro trago.

Sé que la charla ha terminado cuando el abultado sobre cae sobre la mesa y el cincuentón bajito se levanta y dice eso tan televisivo de la mitad ahora y la otra mitad… Me siento desconsolado porque la reunión de amigas íntimas ha acabado. Siento mis estrógenos desbordados. Pensé que nos contaríamos más sucedidos donde estuvieran implicados nuestros ojetes, justo ahora que iba a contar lo de aquella jacapaca que resultó ser un travesti, ¿ni siquiera una batalla de almohadas? ¿Y lo de comer helado juntas? ¡Sincronicemos nuestras menstruaciones al menos!

            Una vez solos relleno el vaso de tequila y lo mato de un trago. Pegarle a un informático, ¡por Dios! Eso podría hacerlo mi abuela desde la silla de ruedas. Sonrío, es un trabajo tan sencillo que da vergüenza hacerlo. Y es ahí, justo cuando el alcohol me abrasa la laringe que Niño Toro vuelve a abrir la bocaza. ¿Y cómo vamos a saber cuándo el informático es el violador y no el normal? Eso pregunta. Lo miro con la misma cara de estupor que pondría al descubrir que me ha crecido vello púbico en las orejas. ¿Eh?

            Niño Toro, cómo diría, es una mole rapada de ciento treinta quilos y dos metros de altura, saturado de cicatrices y tatuajes que tiene la misma función en la vida que una jovencita de tetas grandes y culo prieto, conseguir de ti lo que quiera con sólo ponerte ojitos. La mole iletrada de mi amigo es una de esas personitas especiales que tienen la capacidad de lograr, con sólo aproximarse, que empieces a tener problemas de próstata. Satán se cruza de acera para evitarlo. Esas cositas le convierten en este edén del amor que es mi barrio marginal en un tipo extremadamente apreciable para lo que viene a ser la cosa de repartir besos y abrazos. Es cierto que nunca le he visto leer o rezar pero le he visto curar una artritis reumatoide de un hostiazo, conseguir con un puñetazo que un desgraciado rompiera la barrera sónica o lograr que un tipo hablase griego clásico con fluidez tras darle un cabezazo. ¿Cómo no vas a querer a un tipo así?

            La cosa es que tras vaciar la botella de tequila y meditar un par de horas el porqué de mis pezones, me yergo entre el denso humo seguido de mis dos colegas. Nos dirigimos a la salida sorteando oscuras mesas y cuerpos yacentes de seres tan dulces y afables como una manada de hienas con hemorroides. En el exterior soporto a duras penas el bofetón del oxígeno sin viciar, me tambaleo pero consigo alcanzar el destartalado automóvil que nos llevará hasta el desdichado informático. Y es cuando me siento y voy a prepararme una raya sobre el salpicadero que Niño Toro vuelve a la carga.

            Mi gigantesco amiguito y su angelical careto surgen desde el asiento del copiloto para preguntar cómo haremos para darle la paliza a la personalidad violadora del informático y no a la otra. Ni le miro. Sigo con la meticulosa preparación de la tapa de coca en la que viene a ser la cocina fusión marginal. Como parece que no le he oído, Niño Toro insiste en la dificultad intrínseca y extrínseca que supone distinguir en que personalidad se encuentra el sujeto a golpear. Ni caso, no le hago ni caso pero acelero lo que viene a ser la preparación del narcótico ilegal ante el temor de que el tarado de mi colega me provoque una angina de pecho antes de poder degustarla. Tres segundos. Dos. Uno. Esnifo la raya a toda prisa. Ya puedo morirme. ¿Cómo vamos a diferenciarlos? Pregunta por tercera vez el enorme copiloto. Le vamos a dar una paliza y paso de personalidades ni gilipolleces, respondo. Niño Toro pone cara de asombro, parece que le acabo de confesar que mantengo una relación sexual con mi aspiradora y que quiero presentársela a mis padres. Le ignoro. Arranco el coche y acelero. Horrorizado, me dice que no podemos hacer eso. Pongo un cd de surf y busco el paquete de cigarrillos sin éxito. Observo a Johnny Dos Cruces en el asiento trasero hacerse un porro de maría y se lo solicito amablemente. Percibo como Niño Toro me observa sin pestañear. Sé que va a hablar, lo sé, sé que no se va a quedar callado, no, abrirá esa bocaza y dirá otra gilipollez, efectivamente, lo hace. Si le pegamos al informático bueno en vez de al malo incumpliremos el contrato y además será como pegarle a un inocente. Me quedo mirándole con gesto de pasmo. Estoy a punto de echarme a llorar. ¿Incumplir? ¿Un inocente? ¿Cómo? ¡Somos tres putos matones! Ocupamos el lugar más bajo en cuanto a moralidad y principios, es más, ni siquiera sabemos qué cojones es eso. Damos palizas por dinero, traficamos, robamos, atracamos, secuestramos, y no hacemos más cosas ilegales y pecaminosas porque no las conocemos. Vamos a romperle las piernas al tolai del informático ese en cuanto lo veamos y me da igual que en ese momento se crea Elvis, Marilyn o el Pato Donald. Enfatizo para dar la sensación de enfado y así conseguir que mi colega me deje en paz. Johnny me pasa el porro y le doy una calada mientras sorteo las callejuelas del gueto repletas de basura y seres deformes. Y es entonces, tras unos segundos de placentero silencio, cuando Niño Toro hace eso tan femenino de buscar aliados para reprender a un tercero, se dirige al politoxicómano del asiento trasero, proclama que nosotros somos los mejores, que nunca fallamos, que jamás nos equivocamos, y que todo el mundo lo sabe, es lo único que tenemos, nuestra reputación, y que darle la paliza a la personalidad equivocada sería como equivocarse de tipo, como cagarla, eso dice. ¡Qué cabrón! Ese discurso lo ha memorizado de alguna peli. Está apelando al orgullo de barrio. Le vuelvo a mirar con gesto bovino aun a riesgo de atropellar a algún catedrático o físico nuclear que esté paseando por la barriada, y acto seguido busco a Johnny Dos Cruces por el retrovisor. El colega de atrás no dice nada, sigue ahí dándole lentas caladas al porro, pero ese silencio implica aquiescencia. Cojonudo, ahora son dos contra uno. Mamá ha conseguido convencer a Papá. ¿Nos estamos volviendo locos o qué? Inspiro, expiro, inspiro. Busco el paquete de cigarrillos en el salpicadero. No lo encuentro. Miro a Niño Toro. Miro hacia delante. Miro a Niño Toro. Miro hacia delante. Miro a Niño Toro y le digo que si es capaz de enunciar la enfermedad que tiene el informático lo hacemos a su modo. Trastorno de identidad disociativo, responde de inmediato. ¡Hijoputa!

            Abandonamos el barrio y nos metemos en esas autopistas de circunvalación que te llevan a barrios donde hay jardines y papeleras, donde los burguesitos recogen las caquitas de sus mascotas y donde a los negros los llaman subsaharianos. Me pone nervioso esa gente. Busco el paquete de cigarrillos por entre el pedal de freno y el acelerador, nada. Lo busco por debajo del asiento, por los laterales, miro a ver si me he sentado encima. Juro que estrello este decrépito automóvil como no encuentre el tabaco. Y es ahí que Niño Toro me pregunta si quiero un pitillo. Le digo que no, que lo que llevo media hora buscando es un paquete de tampones porque me va a bajar la regla y no quiero ponerlo todo perdido. ¡Pues claro que quiero un puto cigarro! Niño Toro me lo da mientras me sugiere que haga pilates para acabar con la ansiedad, y ahí aprovecha que me está dando fuego para volver a insistir en cómo distinguir las personalidades del informático. Y es justo cuando voy a sacar la pistola para pegarle un tiro y acabar con esto que desde atrás Johnny Dos Cruces decide unirse a la fiesta.

            Habla de apariencia y realidad, habla del ser y del devenir, habla de un tal Nietzsche, y de que todo fluye y nada permanece, y de como nunca podemos percibir un objeto de la misma forma que se ha percibido anteriormente, porque ese objeto, al igual que nuestra forma de percibir están sujetas al cambio, al movimiento. Y cuenta lo del plátano, eso de que no podemos percibir nunca el mismo plátano porque no hay un “mismo plátano”. El plátano como todo lo existente se renueva cada aquí y ahora. No hay dos plátanos iguales y tampoco el mismo plátano permanece inalterable a lo largo del tiempo. Por lo tanto, la realidad es inaccesible al conocimiento humano. Podemos sentirla, experimentarla, pero no podemos llegar a conocerla porque todo está sujeto al cambio constante. Eso dice Nietzsche por boca de un yonqui esquizofrénico.

            Quedo tan pasmado observando a mi colega por el retrovisor que invado el carril de la izquierda para sobresalto de un honrado ciudadano encorbatado, que decide enseñarme civismo pulsando el claxon para posteriormente situarse a la misma altura e insultarme por la ventanilla. Curiosamente la regañina dura el tiempo de darse cuenta de que el vehículo está ocupado por Satanás, Lucifer y Belcebú, es entonces que la nuez deja de marcársele en la garganta y es sustituida por dos bolitas que han ascendido desde su bolsa escrotal en cuestión de segundos. No le presto mucha atención pero me da la impresión de que el hombre nos indica que podemos invadir el carril cuando gustemos y disponer de su coche o su novia si lo deseamos.

            ¿Qué ha dicho del plátano? Me ha parecido que Johnny Dos Cruces, el psicótico neurasténico al que he visto arrancar una oreja de un mordisco, filosofaba sobre un plátano. El tarado que empotró el coche contra un bar porque estaba cerrado, el psicópata que disparó contra un camión de bomberos porque hacía ruido, el desequilibrado que pateó a un pit-bull porque le había mirado mal, ese tipo, el tipo que tengo sentado en la parte trasera, acaba de hablar de Nietzsche, y eso no es lo peor, lo malo es que nos ha hablado de él a nosotros. Y no es que nosotros no sepamos de filosofía lo que pasa es que no somos capaces de distinguirla del canto gregoriano. Y tampoco es que no hablemos de Nietzsche habitualmente lo que sucede es que no sabemos si es un camello, un proxeneta o un transexual que hace la calle. La cosa es que me importa un carajo que Johnny haya leído libros, me parece vergonzoso pero allá él, mientras no se enteren en el barrio, y tampoco me importa que suelte sus letanías mientras yo esté inconsciente, el problema es que no estoy lo suficientemente borracho y lo estoy oyendo todo, y eso no es lo peor, lo malo es que lo está escuchando el fácilmente impresionable Niño Toro, y eso es peligroso.

            De pronto, Niño Toro abre los ojos más de lo que los ha abierto nunca, se vuelve hacía Johnny y grita excitado que lo entiende, que comprende lo de apariencia y realidad. ¡Tócate los huevos! Dice que entiende lo del ser y lo del devenir. ¡Por favor! Dice que el informático en apariencia es un informático lelo pero resulta que es un agresivo violador, y que claro, como nosotros vemos al informático creemos ver la realidad, pero claro en ese momento pues, puff, ha cambiado en violador y nosotros creemos ver la realidad pero sólo vemos la apariencia no la realidad, porque la realidad es inaccesible al conocimiento humano, eso dice la bestia parda de mi derecha.

            Miro a mi alrededor por si esto es una broma con cámara oculta. Debí haber ingerido más tequila, quizá nos hubiéramos estrellado pero habría merecido la pena con tal de no vivir esta situación. Estoy recluido en un automóvil junto con dos delincuentes confesos que han decidido que el tal Nietzsche es un tema de conversación ideal de la muerte. Bien. Cojonudo. Por mí de puta madre, después podemos ir juntitos a la ópera, tomar sushi con palillos, jugar al polo y decir palabras como “aberrante” o “divino”. Esto me pasa por juntarme con tarados y adictos, tenía que haber hecho caso a mamá y haber seguido regentando el burdel, le rompí el corazón a la yaya, ¿y todo para qué? Para terminar departiendo sobre un alemán racista. Detengo el coche de un frenazo.

Hemos llegado a la primera dirección escrita junto a la foto del informático, es un centro cultural donde se dan clases de… ¿teatro aficionado? ¡La Virgen!

            Dejo el coche en doble fila porque puedo y nos bajamos. Enciendo un cigarrillo y doy un par de caladas. Niño Toro se aproxima y me pregunta si entiendo lo de apariencia y realidad. Doy otra calada y echo a andar, alcanzo la puerta del local y le pregunto al primer gafapasta que veo si sabe la clase del informático de la foto. El tipejo, visiblemente intimidado deja escapar unas gotitas de pipi y señala la secretaría como punto de información. Le doy las gracias y prometo llamarle para ir juntos a alguna degustación de vinos o a comer en un vegetariano. Niño Toro dice que si no lo entiendo no pasa nada, que la filosofía es muy difícil. ¡Madre del amor hermoso! Doy otra calada y me planto frente a la ventanilla donde una cincuentona que cree que tiene dieciocho me advierte de que no se puede fumar en el interior del recinto. Me disculpo indicándole a la maruja metida a progre que sufro trastorno negativista desafiante desde los tres meses de edad lo que me obliga a reaccionar violentamente contra cualquier atisbo de autoridad, es decir, si alguien me regaña, y no me está apuntando con un arma, suele terminar con una bota del cuarenta y tres incrustada en la cara. Le explico a la anonadada secretaria que dicha afección mental se debe, según el psiquiatra de la cárcel, a los traumas infantiles junto a los traumas del reformatorio sumados a los traumas carcelarios, a los que hay que añadir el trauma por no haber sido ni astronauta ni superhéroe, todo eso unido a que me parieron en un gueto donde las ratas eran mascotas, hacen de mí un tipo dificilillo en la distancia corta. La mujer no dice nada, ni siquiera pestañea. Sé que mi historia es de mucha penita y que seguro que hay alguna ONG donde acogen a gente como yo, los curan y luego los reinsertan en la selva, pero por el momento necesito otra cosa, así que deslizo la foto del informático y con una sonrisa le invito a que indique dónde localizarlo. La maripuri levanta el dedo señalando el pasillo y musita “segunda puerta”. Sonrío y le lanzo un beso prometiéndole llamarla para ir de compras y hablar de la inutilidad de las dietas.

            Camino contando las puertas por el pasillo saturado de carteles con gente embutida en mallas haciendo payasadas, menos mal que ha dicho la segunda porque sólo sé contar hasta cinco. El tequila y la coca comienzan a pelearse con la maría y mi consciencia empieza a parecerse al patio de un colegio de primaria. Y es ahí donde Niño Toro decide que es un buen momento para seguir dándome por culo. Me advierte que no podemos pegarle al informático si es el bueno, sólo si es el malo. Acelero el paso, alcanzo la puerta y entro sin llamar, ¿por qué? Pues porque además de lo del trastorno negativista desafiante soy jodidamente mal educado, es una de las pocas licencias que nos podemos permitir la basura marginal.

            Total que tras propulsar la puerta nos encontramos con un grupo de guays vestidos de negro y con unos delantales blancos haciendo el ridículo. Tras observarlos detenidamente y ver que el informático no está entre ellos, me aproximo al barbado líder de pelo ensortijado con pinta de vehemente vividor argentino y le pregunto si es budista, naturista o practica el sexo tántrico. El profesor no responde pero por su gesto de estupor sé que he dado en el clavo, henchido de satisfacción le comento que tengo una duda existencial desde hace tiempo, y pregunto si como ser superior que es, al ser artista y argentino, entiende que mi perro pueda defecar en medio de la acera y yo no. El profesor no responde pero yo insisto. ¿Y si recojo mi defecación con una bolsita? ¿Por qué motivo un perro tiene más derechos que una persona? ¿Por qué puede orinar en las farolas, esquinas y semáforos, y yo no? Pregunto. Nada, el argentino continúa embelesado por mi apolíneo perfil y por mi transgresor corte de pelo.  Total que desilusionado le pregunto por su alumno, el de la foto. El tipo se rehace y replica molesto no sé qué de que no se puede interrumpir y tal y pascual, bueno, la cosa es que le presento a Niño Toro y le explico que mi colega es cinturón negro tercer dan en reiki, la cosa esa de imposición de las manos, y que o me dice dónde encontrar al tonto baba de la foto o le va a imponer la manaza derecha haciéndole fluir la energía vital universal a través de su mandíbula de modo que va a tener que ir a recoger los premolares a la provincia contigua, eso sí, con mucho poder espiritual y mucha atmósfera misteriosa. El argentino responde titubeante que no sabe, che, que ha faltado a las últimas clases, boludo, que me jura que si tal y que si pascual, macanudo. Bueno, le creo, principalmente porque es argentino y sé que no mienten pero básicamente porque se ha defecado encima cuando Niño Toro ha juntado nariz con nariz.

            Total que abandonamos aquel centro cultural imbuidos de conocimiento erudición y sapiencia, es cierto que no sin antes prometerle al profesor de teatro que probaremos el tofu, el wasabi y los lacasitos con salsa de soja  Han sido unos minutos pero hemos quedado impregnados por esa pátina cultureta que cambiará nuestras vidas, a partir de ahora no daremos palizas, haremos café teatro. La cosa es que mientras desvarío camino del coche miro la segunda dirección de la fotografía y enciendo otro cigarrillo. Es ahí que Niño Toro aprovecha para indicarme que el cigarro que acabo de tocar parece el mismo que el de hace un instante pero no lo es porque se ha renovado aquí y ahora. Iba a abrir la puerta del vehículo pero no lo hago, me quedo mirándolo, me quedo observándolo con la misma cara que una vaca mirando el tren. Niño Toro no se corta y en vez de atemorizarse por mi careto atónito me suelta que la realidad es inaccesible al conocimiento humano porque todo está sujeto al cambio constante. Inspiro. Expiro. Inspiro. Aplasto el cigarrillo y le digo a mi hercúleo compadre que como vuelva a darme la brasa con el Nietzsche de los cojones no le vuelvo a dejar sentarse delante, que le quito la videoconsola y no vuelvo a llevarlo al zoo. Niño Toro se amilana y baja la mirada temeroso.

¿Será la pureza del oxígeno de estos barrios? ¿La ausencia de basura en las calles? ¿Será tanto jardín? Aquí estoy en medio del barrio burguesito, rodeado de burguesitos de esos que se apuntan a Greenpeace pero usan el coche todos los días, de esos que alaban la educación pública pero llevan a sus hijos a colegios privados, de esos que apoyan a los drogadictos pero no quieren un centro de rehabilitación en su barrio, en fin, gilipollas, y resulta que mi amigo un tipo que ha sobrevivido hasta ahora sin razonar, se ha vuelto idiota. Enciendo un cigarrillo y acelero.

Sintonizo algo de psychobilly. Apenas recorridas dos calles escucho la voz ronca de Johnny Dos Cruces desde el asiento trasero diciendo que sólo hay devenir, que lo aparente se puede experimentar pero que lo “verdadero” no es más que una construcción de la razón  y que ésta nunca podrá guiarnos hasta la realidad, porque lo real es la multiplicidad y el cambio. Y añade que el mundo verdadero y el mundo aparente de la sociedad actual son realmente el mundo inventado y la realidad, respectivamente. De modo que sólo quedaría el auténtico mundo verdadero, es decir el mundo del devenir, sobre el cual sólo tenemos experiencias. ¡Joooder!

Detengo el coche de un frenazo y girándome hacia mi esquizofrénico compañero le amenazo con el índice espetándole que como siga con el rollo filosófico dejo las drogas, el alcohol, las prostitutas de dudosa higiene y me meto a monaguillo, pero antes busco al Nietzsche ese y les entierro con él. Johnny sonríe y comienza a prepararse una raya sobre un cd. Arranco.

Mientras circulo, y el tequila me acuna, procuro respetar las líneas blancas pintadas sobre el asfalto, procuro respetar las lucecitas de los semáforos, incluso procuro respetar los ceda el paso y los pasos de peatones. Aquí, en estos barrios, a veces me pasa que me gusta experimentar eso del civismo, esa sumisión a la ley, a la norma, a la regla. Enciendo un cigarrillo y freno cuando la luz es roja, después doy una calada y me mantengo entre la línea discontinua que delimita mi carril. Sonrío. Es sencillo ser un buen ciudadano. Supongo que luego puedes llegar a casa y darle una paliza a tu hijo de cuatro años, pero mientras frenes en rojo y aceleres en verde todo es correcto. Me gustan los burguesitos y sus frases de burguesito, “mi libertad termina donde comienza la tuya”, qué bonito. ¿Y qué pasa si soy un nazi o un talibán? Entonces tu libertad termina muy prontito. Doy otra calada y vuelvo a sonreír. Sí, me gustan los burguesitos y sus cosas de burguesitos.

Niño Toro interrumpe mi flipada interiorista para preguntar cómo vamos a afrontar lo del trastorno de identidad disociativo. No respondo. Estoy suficientemente narcotizado como para que la taladrante pesadez de mi compañero no me afecte. Niño Toro dice que él no piensa darle una paliza al tipo equivocado porque es un profesional. Si no estuviera tan drogado y ebrio creo que me mearía de risa. Considerar la palabra profesionalidad aplicada a tres perdonavidas tabernarios como nosotros es de una solidez argumental equiparable al zodiaco como referencia científica. Niño Toro, una bestia iletrada que cortó su propio cordón umbilical a mordiscos y que lleva dando hostias desde que descubrió que es la mejor manera de tener razón, resulta que es un profesional. Johnny Dos Cruces, un politoxicómano que ha puesto nombre a una docena de enfermedades mentales y con un historial delictivo tan completo que su foto ilustra la palabra “delincuente” en la Wikipedia, resulta que es un filósofo. Bien, por esa regla de tres supongo que yo soy un alcoholizado poeta que bebe absenta y quema una tras otra sus obras en la chimenea de su decimonónica mansión. No sé si hay que ser gay para escribir poesía, probablemente sí, por lo que mejor me pido ser un romántico cazarecompensas que busca a top models que incumplan la libertad condicional al otro lado de Río Grande. Creo que esto último lo he dicho en voz alta porque Niño Toro me mira extrañado. Freno de golpe, hemos llegado.

Desciendo del vehículo que dejo aparcado en doble fila y me dirijo a la tienda-taller de bicicletas donde un montón de perroflautas tunean sus bicis. No me puedo creer que seres adultos con pelusa en el escroto se dediquen a este tipo de gilipolleces, cada día me gustan más los burguesitos. Total que me aproximo a un tatuado con coleta y pinta de antisistema, que permanece en cuclillas reparando un pinchazo, y le comento que me preocupa no ser lo suficientemente guay y que he pensado en apadrinar un negrito, pero que no sé si el grado de guaysismo es proporcional al exotismo del ser apadrinado, es decir, ¿es más guay apadrinar un negrito que un chinito? ¿Un pigmeo o un esquimal? Un esquimal es superexótico, eso tiene que puntuar doble, ¿no? El amante del velociclo no responde pero me mira como si fuera un extraterrestre que le estuviera tirando los tejos. Total que le pregunto ¿que si en vez de uno apadrino media docena de golpe conseguiré el carné platino de guay o la medalla de oro con la cara de Gandhi, y tendré una limpieza de conciencia completa que me permita gastarme una pasta en ponerme tetas o alargarme el pene, en vez de dárselo a los necesitados, sin sentir remordimiento por ello? Nada, que el perroflauta no termina de entender la idiosincrasia de mi comedura de coco. En fin, suspiro y sacando la foto del informático le pregunto si puede indicarme la localización exacta del susodicho. El Jipi cabecea negando con aire de superioridad y acto seguido baja la cabeza de modo displicente para seguir con la rueda. Inspiro. Expiro. Inspiro. Me acuclillo junto a él y en voz baja le confieso que en cuanto salga tengo pensado hacerme buena persona haciéndome socio de Greenpeace, yendo a misa los domingos y metiéndole diez euros a toda puta ONG que tenga un nombre lagrimoso, pero que ahora mismo, en este preciso instante, aún soy un hijo de puta con pintas capaz de introducirle la bomba de la bici, manómetro incluido, por lo que viene a ser el culete y darle aire hasta que se le inflen los pezones como a una bailarina de burlesque. El alternativo se enrojece y repentinamente se vuelve más colaborador, dice que el amigo hace dos días que no viene y que me lo jura por El Che, por Kropotkin y por el Ratoncito Pérez. Le pregunto que si me da su palabrita del Niño Jesús. Dice que sí. Le creo.

Abandonamos el taller jipioso y nos dirigimos al coche. Enciendo un cigarrillo mientras observo como un ciclista reprende a un automovilista por no señalizar una maniobra comprometiéndole, tres segundos después el ciclista es reprendido por un viandante por subirse a la acera y estar a punto de atropellarle, y dos segundos después el propio viandante es reprendido por el automovilista por cruzar por un lugar indebido. Sonrío. Me encantan los burguesitos, pero es que cada vez me encantan más. Todos tan pendientes de sus derechos y tan olvidadizos con sus deberes. Resultan entrañables.

Nos metemos en el coche y tomamos la dirección de la casa del informático metido a violador. Pongo algo de garaje y dejo que la música me meza. Estoy tan drogado y alcoholizado que si me hicieran un análisis ahora mismo la sangre saldría fluorescente. Arranco.

Niño Toro me observa, bueno, no veo si me observa pero sé que me observa. Sé que no va a tardar mucho en… y es ahí que Niño Toro me pregunta si he pensado ya cómo vamos a distinguir al insulso informático del violento violador. Doy una calada. Niño Toro sigue mirándome, quizá no se fía de que no le parta las piernas al tipo de la foto en cuanto le vea sin pararme a pensar en que personalidad le posee. Hace bien, yo no soy un ser demasiado fiable. Niño Toro abre la bocaza de nuevo pero esta vez le corto antes de que insista. Sí, sí, sí, sé cómo distinguir al violador del informático, respondo. Niño Toro sonríe, por un momento se plantea preguntarme por el plan pero luego deduce que eso podría irritarme y decide dejarlo estar. Doy otra larga, larga, larga, calada, y la paladeo mientras observo a los burguesitos corretear por encima de las aceras mirando escaparates sorteándose unos a otros como las hormigas camino del hormiguero. Son tan parecidos a nosotros y sin embargo estoy seguro de que esa gente de ahí fuera son de un especie genéticamente tan distinta que de aparearnos nuestra progenie nacería estéril. Y ahí se me ocurre preguntarle a Johnny si el tal Nietzsche dijo algo de los burguesitos. Y Johnny, Johnny Dos Cruces, sonríe allá atrás y bajo una mirada felina responde pausadamente, mientras se lía el enésimo porro, que la creación del “mundo verdadero” se basa en el miedo al devenir, al caos, que se trata de una solución para vivir tranquilos, que con la creación de este mundo los hombres débiles muestran la necesidad de crear un mundo en el que creer y sentirse protegidos, y que de esta forma todos aquellos que creen en él son débiles, cobardes y viven en el autoengaño. El mundo llamado “verdadero” es un refugio antidevenir que habrían creado ante la incapacidad de aceptar un mundo sin orden, sometido a un cambio constante y por tanto gobernado por el caos. Ahí queda eso.

Doy otra calada. Un mundo sin orden gobernado por el caos, ¿a qué se parece? Pregunto para que un agitado Niño Toro replique levantando la mano como un escolar que se hace pis, ¡al gueto! ¡Se parece al gueto! Sonrío. ¿Y quiénes son los débiles, cobardes que viven en el autoengaño? Pregunto de nuevo. De nuevo la manita del sobreexcitado Niño Toro se eleva para replicar que son los burguesitos. ¿Entonces quienes viven el “devenir”? Y ahí mi gigantesco colega alcanza el orgasmo al replicar, que nosotros, ¡nosotros! Nosotros somos el devenir. Cojonudo. Somos el devenir. Tengo que llamar a mi madre y decirle que por fin soy algo en la vida, soy el devenir.

Doy otra calada mientras acelero. Hay momentos en que entiendo que los burguesitos nos hayan recluido en un barrio marginal y nos disparen cada vez que lo abandonamos, porque para ser el devenir tenemos un porte así como a homínido cavernario de descuidadas maneras simiescas.

La cosa es que llegamos a ese barrio céntrico que fue degradado y que la gente guay ha convertido en barrio multicultural guay y tal y pascual. Aparco en doble fila porque buscar sitio sería algo demasiado cívico para los que viven el devenir. Nos bajamos ante la mirada un tanto inquisitiva de un par vecinos culturetas para los que no somos lo suficientemente cool, y a los que les pregunto si pueden indicarme dónde comprar un diábolo, porque yo soy mucho de diábolo y de juegos de mierda de la edad media. La pareja de progres que se encontraban esperando a que baje su amiga para tomar juntos un té en una tetería guay regentada por un tío guay con un corte de pelo guay y vestido de forma guay, ahora está departiendo con una escoria humana con pinta de haberse escapado de una prisión norcoreana, secundado por dos patibularios compañeros salidos de un cuento de terror. No es que la pareja se encuentre incómoda, porque la gente guay carece de prejuicios, pero se les nota, cómo decirlo, sobrepasada por tratar con otra cultura, concretamente una del neolítico. Bueno que me dicen que no saben, lo dicen cabeceando, como asustados. Les pregunto entonces si tienen algo en contra de los juegos electrónicos, lo que vienen a ser las videoconsolas, las teles, los ordenadores, todas las cosas que dan calambre, porque como sólo les gustan las cosas de madera que dan vueltas en cuerdas, las mazas y las bolas de malabares, pues me pregunto yo si de tanto leer libros, tomar té y practicar el sexo tántrico, han sufrido lo que viene a ser un retraso mental inducido que te va convirtiendo en imbécil poco a poco, eso sí, un imbécil que mola, pero imbécil. La pareja de gafapastas esta vez no dice nada, se limita a mirarnos acojonada y a no pestañear, doy por sentado que están razonando la respuesta, porque esta gente intelectual y progre es mucho de razonar, y por lo que tengo entendido ese es un proceso lento que lleva su tiempo por lo que decido despedirme educadamente y dejarles en trance.

Nos aproximamos al portal cuando Niño Toro me pregunta si estoy seguro de tener un método para determinar cuál es la personalidad a agredir. Le ignoro. Pulso el telefonillo hasta que una voz sudamericana me pregunta el motivo de mi insistencia, le respondo que soy de correos y porto una misiva extremadamente urgente para el señor de la morada, la Casa Real le invita a un baile en plan Cenicienta. Sorprendentemente la sudamericana abre. No te puedes fiar del servicio. Total que subimos en ascensor y llamamos a la puerta. Esta vez la chica que ayuda en casa, porque la gente guay no tiene criadas, va un paso más allá y abre la puerta para arrepentirse al instante.

Le comento a la muchacha que somos amiguitos de su amo y que venimos a hacernos las ingles brasileñas juntitos, que si el señor está en casa. La chica, un tanto azorada, niega con la cabeza y balbucea que la señora marchó y que el señor no llegó aún. La creo, las mujeres no suelen mentirme, ¿o quizá sí? La cosa es que acto seguido le comento que mi amigo Johnny se está haciendo pipí y que si le importa que entre un momento a miccionar. La muchacha no responde. Le prometo que mi amigo levantará la tapa. La mujer sigue paralizada. Le doy mi palabra de que mi colega no dejará caer ninguna gotita fuera. La chica parece traspuesta. Total que Johnny la aparta y entra. Niño Toro y yo nos quedamos junto a la aterrorizada sirvienta en una situación de espera un tanto incómoda. Como no suena música de ascensor decido preguntarle si sabe algo de plátanos. Como esperaba la mujer, ni gesticula, simplemente me mira seguro de que va a ser violada. Le explico que si no sabe de plátanos no sabe de realidad, porque el plátano está muy ligado a la realidad. ¿Qué si lo sabe? Nada, que no responde. Por lo visto no podemos percibir nunca el mismo plátano porque no hay dos plátanos iguales y tampoco el mismo plátano permanece inalterable a lo largo del tiempo, por lo tanto, la realidad es inaccesible al conocimiento humano. ¿Qué? ¿Qué le parece? Nada, no hay respuesta. Pero si es muy sencillo, es algo intrínseco al propio plátano. Nada, que la criada ni se inmuta. Le pregunto si lee a Nietzsche. Nada. Le comento que mis amigos y yo somos muy de Nietzsche últimamente. Dejo pasar unos incómodos segundos. Le pregunto si cree que son necesarias las mujeres machistas, incultas y pobres para lavar las bragas de las feministas triunfadoras con exitosas profesiones liberales. La chica pone cara como de no tener una opinión formada al respecto. Y es ahí que Johnny Dos Cruces aparece negando con la cabeza. Nos vamos. Y justo en ese instante la puerta del ascensor se abre, y quién sale…

El informático con las bolsas de la compra no parece entender que hacen tres jinetes del apocalipsis hablando con la chica que ayuda en casa, pero para cuando su cerebro es capaz de articular una hipótesis dos manazas le han cogido y arrastrado al interior de su piso.

Ahora permanece sentado en el sofá sujeto por Niño Toro. La aterrorizada muchacha permanece junto a Johnny en el sofá de dos plazas. Y yo permanezco de pie creando ese ambiente teatral de las películas de intriga. Me encanta esta fase.

Niño Toro me mira fijamente dudando de que realmente tenga un método para diferenciar personalidades. La cosa es que le doy una colleja al lloroso informático, que parece extrañarse por gesto tan infantil. El tema es que le digo que estamos allí por lo de la violación. El tipo niega haber violado a nadie. Le doy otra colleja. Le digo que está feo violar a señores reaccionarios. El balbuceante informático vuelve a negar cualquier relación con un acto semejante. Le cae otra colleja. El temeroso tipejo empieza a irritarse quizá porque entendería los puñetazos, las fracturas o incluso las mutilaciones, pero no comprende estos golpecillos humillantes. Ante la vigilante mirada de Niño Toro, enciendo un cigarrillo y le pellizco la oreja mientras comento que no tenemos nada contra él. El informático me mira con gesto irritado y berrea que él no ha hecho nada. Niño Toro me observa expectante. Le doy otro pellizco en la oreja. El tipo cabecea airado. Le explico que sabemos que “él” como “él” no ha hecho nada y sin embargo ha sido “él” el que lo ha hecho. El informático grita que es un enfermo. Otro pellizco en la oreja. Otra agitación rabiosa de cabeza. Le comento que me encanta lo del trastorno de identidad disociativo, y le calzo otra colleja. El informático me mira excitado. Le comento que es cojonudo el trastorno ese para no tener sentimiento de culpa, al tiempo que le doy otra colleja. El informático vocifera no sé qué de la policía, la inocencia y la madre que me parió. Sonrío. Ahora aproximo mi rostro al suyo y le pregunto que si con esto de la doble personalidad, ¿no siente que su mujercita se folla a otro? Y vuelvo a sonreír. Y es ahí, justo en ese instante, antes de que el colérico informático responda y mientras aproximo mi mano a su oreja, que su mirada cambia y su gesto muta. Ahora vemos al colérico violador surgir. 

La convulsión es tan bestial que apenas el sorprendido Niño Toro consigue sujetarle. El iracundo tipejo intenta liberarse del abrazo de oso para abalanzarse sobre mí. Se sacude violentamente mientras me amenaza e insulta. Permanezco quieto, sonriendo. Aquí está tu violador, le comento al pasmado Niño Toro. Todos los presentes se muestran asombrados a excepción del colérico informático y yo mismo.

Ya podemos romperle las piernas, ¿no? Pregunta el sonriente Niño Toro para acto seguido, quizá cansado de retenerle, soltarle una hostia de tal virulencia que el tipo pierde el conocimiento y queda tendido sobre el sofá. Niño Toro me mira compungido, arrepentido de haber tomado la iniciativa, disgustado por el exceso de potencia del golpe, pero sobretodo afligido porque al perder el conocimiento el violador despertará informático y habremos perdido lo logrado. Sin embargo para su sorpresa no le regaño, sigo sonriendo.

Pienso en ese tal Nietzsche y en lo de la realidad como inaccesible al conocimiento humano. En como un informático es un ejemplar ciudadano pero cuando le tocas resulta ser un violador, en como tres maleantes son tres matones marginales pero cuando te acercas están hablando de filosofía, en como un cateto hecho así mismo es un triunfador social pero cuando te aproximas ha resultado violado. Y en como al violado cuando lo piensas un poco…

El trabajo está hecho, hemos golpeado al violador, eso fue lo pactado. El constructor estará satisfecho, puede parecer que no, puede parecer poca cosa, pero, y aquí razono algo que me ronda por la cabeza desde el inicio de este asunto, cuando alguien te sodomiza a la fuerza, tú contratas a tres delincuentes para matarlo, porque si sólo quieres que le den una paliza, ¡ay amigo! Es que te ha gustado. Sí, eso diría Nietzsche.

Asalto al tren

            -¡Vamos muchachos, vamos por él! -Grita Vicente mientras se lanza frenético loma abajo, Mario y yo nos miramos resignados, nos cubrimos la cara con el pañuelo y azuzamos nuestras monturas siguiéndole.

            El enloquecido Vicente clava los talones contra el animal simulando calzar espuelas mejicanas, y mientras lo hace, con su mano derecha dispara al aire sonoras bolitas de plástico blanco con su pistola simulada. Nosotros le imitamos.

-¡Iiiiiiii ja! -Grita Vicente.

-¡Iiiiiiii ja! -Grita Mario.

-¡Iiiiiiii ja! -Grito yo.

El descenso de la pendiente que muere en la estación de tren no es cosa de broma, pero eso a Vicente parece traerle sin cuidado, montando por vez primera el caballo pinto de la hija de Pepe Pilas, se agita sobre él como poseído.

-¡Ten cuidado Vicente que te vas a matar! -Le chillo.

-¡Me llamo Johnny hostias! Llámame Johnny -grita molesto Vicente.

-Vale, “Johnny”, pero ten cuidado que te vas a dejar los piños, “Johnny”.

-No seas nenaza, Jimmy, vamos por el tren, ¡Iiiiiiii ja!

Me callo y centro toda mi atención en que el maldito penco que cabalgo y yo no terminemos despanzurrados sobre las vías del tren. Es la primera vez que monto a caballo y me parece estar sobre una jirafa. Esto está altísimo, ¡la virgen! No ha sido buena idea, esto no ha sido buena idea, me repito mientras mi desvencijado jamelgo parece preguntarse por qué cojones un retrasado mental cuarentón disfrazado de vaquero le hace bajar por una empinada loma habiendo un precioso camino asfaltado cien metros más allá. Mario, perdón Billy, tiene aún más dificultades que yo, a él le tocó la mula.

Sólo había tres cabalgaduras en todo el pueblo, el caballo usado para dar clases de equitación por la hija de Pepe Pilas, el jaco hace tiempo retirado de las labores labriegas del Soriano, y la mula, de utilidad desconocida, de la Tía Tacones, no había más animales de cuatro patas susceptibles de ser montados en este minúsculo pueblo, el resto eran todos bípedos. Hubo un sorteo, no por el pinto, que lógicamente era para Vicente, alias Johnny, dado que toda esta locura era en honor suyo, sino, curiosamente por la mula, Mario y yo pugnábamos por ella, dentro de nuestra visión urbanita, pensando que la caída desde la acémila tenía que ser por fuerza menos dolorosa que desde el inmenso jamelgo. La cosa es que viendo ahora la cara de terror de Mario, alias Billy, y los continuos bandazos que su uno noventa da a derecha e izquierda sobre la añosa bestia de carga, quedo conforme con la mayor estabilidad y prestancia de mi montura.

-¡Vamos Billy, que se note que eres de Texas! -Berreo jocosamente a un aterrado Mario, añadiendo el obligado -¡Iiiiiiii ja!

Viendo que Mario me ignora concentrado en no perder la verticalidad, espoleo sin éxito a mi montura mientras con una mano disparo al aire y con la otra agito el sombrero vaquero. Mi apestoso alazán parece contagiarse por mi brío soltándose en un pequeño trote loma abajo que me coloca las gónadas en la garganta y hace que me aferre a las riendas replanteándome mi ateísmo.

Vicente nos saca cincuenta metros lo menos y enfila, entre berridos y disparos, el tren que va a detenerse en la vetusta estación. Se trata de un pequeño convoy de la Central Lechera, el único no sólo en parar en este pequeño pueblo sino en transitar por estas vías. Su función, su única función, recolectar diariamente en sus cisternas frigoríficas uperisadas los cántaros de los pequeños ganaderos de la zona, esa es la única razón por la que a la vía no la cubre la vegetación ni el óxido tras cuarenta años sin que ningún viajero transite por ella. Un único tren, precisamente el tren que vamos a asaltar tres peligrosos forajidos.

            -¡Billy! ¡Dispara cabrón que tenemos que acojonarlos! -Brama un Vicente enrojecido desde la distancia, consciente de que su amigo como informático tiene un pase pero como salteador de trenes es una pena.

            -¡Me cago en Dios Vicente! ¡Deja de disparar que estás asustando a la puta mula! -Chilla un acojonado Mario.

            -Me llamo Johnny, ¡Joder! Llamadme Johnny -replica un enloquecido Vicente al tiempo que clava espuelas y vuelve a disparar.

            Mario blasfema de nuevo mientras observa aterrado cómo la mula acelera el trote loma abajo, a tal punto que no sólo me alcanza sino que me sobrepasa.

-¡Me estoy destrozando los huevos! -Acierta a chillarme mientras, entre ridículos ejercicios de equilibrio, intenta quitarse el pañuelo que le oculta medio rostro y amenaza con cubrirle los ojos.

-Eres todo un forajido, “Billy” -le replico en medio de un creciente ataque de risa. Supongo que Mario acaba de descubrir que cabalgar sin estribos supone ir dando continuos saltitos con tu delicada bolsa escrotal sobre el curtido lomo del animal. No puedo dejar de reírme, sé que me voy a caer y voy a partirme la crisma pero no puedo detener las carcajadas, la cómica figura del torpe del informático intentando controlar una desbocada bestia hace que me mee de risa-. ¡Formatea! ¡Formatea la mula Billy! Recuerda Billy, Control-Alt-Supr -balbuceo entre risas incontrolables.

 -¡…abrón! -Es lo único que se escucha de la perorata que me suelta mi aterrado amigo, y lo es porque el pañuelo se le ha metido en la boca.

Soy consciente de que hace tiempo que no controlo mi montura, y que el penco lo sabe, de modo que desisto de ejercer cualquier dominio sobre mi jaco y tanto él como yo hacemos un descenso libre y desenfrenado de la loma.

-¡Soy abogado! -Le grito entre risas-. ¡Interpondré un pleito por esto señor rocín! -Creo que se me ha escapado una gota de orín.

El tren se ha detenido en la desvencijada estación, y no porque tres grotescas figuras cuarentonas desciendan la loma gritando y disparando armas de juguete sino porque le tocaba.

Vicente ha alcanzado vivo las primeras estribaciones del ruinoso edificio que en otro tiempo hiciera las veces de taquilla y casa del guarda ferroviario. Me alegra, no sólo por mi amigo sino también por la montura, el caballo pinto por lo visto vale una pasta, eso dijo Pepe Pilas cuando se lo solicitamos “para dar una vuelta”, no puso pegas porque siempre te puede ser útil un informático, un abogado y un traumatólogo, por eso y porque es familia de Vicente. Más jodido fue convencer al Soriano, un vejete de apolillada boina calada, de que nos dejara su pestilente caballo “para dar una vuelta”. No entendía cómo teniendo coches queríamos montar un animal, y menos en un penco viejo medio asilvestrado que ya no servía para nada. Nos costó doce chatos de vino convencerle tras recordarle que mi abuelo hizo la guerra con él y que éramos familia, ¡la virgen con el vejestorio! Debía tener apergaminado el estómago porque el único que salió sobrio de aquella puta tabernucha fue él. Con todo, aquello no fue lo peor, lo peor fue convencer a la Tía Tacones de que nos dejara la mula “para dar una vuelta”, eso sí que fue jodido. No sólo tuvimos que comernos un insalubre caldo de no sé qué tropezones realizado por una enlutada y arrugada septuagenaria con más bigote que cualquiera de nosotros, sino que Mario tuvo que sufrir las insinuaciones de una venerable abuelilla aquejada de una galopante demencia senil. Finalmente se logró el objetivo tras ingerir todo tipo de pastas rancias y escuchar horas de dramas familiares, además de sufrir docenas de besos por ser sobrinos terceros o primos cuartos del tío del hermano de no sé quién. Es lo que tiene tener familia en un pueblo de menos de cien habitantes, la endogamia.

-¡Vamos Jimmy prepara el arma! -Me ordena Vicente cuando logro situarme a su altura, feliz por haber sobrevivido al descenso.

-De acuerdo Johnny, yo te cubro -respondo metido en mi papel de bandido.

            -¿Dónde está…? -Vicente no termina la pregunta, los dos nos giramos buscando a Mario.

            Billy, también conocido en la urbe como Mario Windows XP, nos alcanza, o mejor dicho, nos alcanza la mula sobre la que se desplaza nuestro sudoroso y descamisado amigo. Ya estamos los tres, ahora toca lanzarse sobre el objetivo, el tren. Pero no lo hacemos, ¿por qué? porque ya no somos tres, volvemos a ser dos, y el porqué estriba en que el cuadrúpedo de Mario no se ha detenido, nos ha alcanzado, sobrepasado, y continuado hacia el final de la estación con un vociferante Mario sobre él. Quedamos perplejos. Esto no es serio. Si nos viera John Wayne.

            -¡Vamos tú y yo! -Me chilla Vicente. Y allá que vamos, clavamos espuelas y rodeando el derruido edificio tomado por la vegetación nos plantamos frente a la locomotora. -¡Alto, esto es un asalto! -Brama Vicente al tiempo que dispara al aire. Yo le imito no sin sentir algo de vergüenza.

Pasan unos instantes que se me hacen eternos. Finalmente se abre el metálico portón y aparece un cetrino tipejo vestido con un arrugado mono azul. El anonadado hombrecillo de poblado entrecejo no parece entender que está pasando y mira a su alrededor seguro de que en algún sitio hay una cámara oculta de televisión filmando.

            -Vamos a asaltar el tren, no haga tonterías y nadie sufrirá daño -canturreo con voz grave en un intento por indicarle a Vicente que estoy plenamente metido en el papel de Jimmy el forajido.

            El maquinista continúa observando a su alrededor con cara de bóvido mientras se asegura una y otra vez que nuestras armas son claramente réplicas de plástico y nuestro aspecto el de unos vaqueros de saldo.

            -No entiendo… esto… ¿para qué es? -Acierta a decir con voz calma el despeinado personaje procurando no sonar excesivamente ridículo por si luego tuviera que verse por la tele.

            -¡Esto es un asalto así que levante las manos! -Le espeta Vicente – Johnny, tú despluma a los viajeros mientras yo vigilo a éste -me señala con la entonación y el gesto tan convincentes que por un momento me hace dudar de que sea consciente de que los únicos vagones de viajeros que este convoy tiene son tres enormes tanques hidropresurizados e hidrohigienizados cargados de leche, a pesar de ello dirijo a mi penco hacia ellos.

            Noto que el maquinista no me presta atención y no lo hace porque toda su curiosidad se centra en una mula trotona y su medio dislocada carga con forma de informático blasfemo, que una vez alcanzada nuestra posición decide continuar desbocada hacia el otro extremo del andén sin que el caballista, o mejor dicho, el mulista, pueda hacer nada por detenerla. La escena resulta tan surrealista que la boca entreabierta del operario demuestra su pasmo.

            -¡Entreguen todo cuanto de valor tengan o les mando al infierno! -Vocifero amenazante mientras recorro los vagones cisterna, apuntando con la derecha y exponiendo con la izquierda una figurada bolsa invisible en la que los invisibles y aterrados viajeros van introduciendo dinero y joyas. Finalmente y con el saco invisible repleto de objetos invisibles regreso presuroso junto a mi amigo y a su anonadado maquinista-. Ya está Vice… Johnny, tenemos el botín.

-Está bien vámonos muchachos pero antes… -y entonces lo veo, observo el brillo malévolo en los ojos de mi amigo y sé que lo va a hacer. Lo conozco, he visto esa mirada otras veces. No me lo puedo creer. Lo va a hacer. ¡Lo va a hacer!

-¡Noooo! -Grito en un desesperado intento por frenarle. No lo logro. Vicente dispara.

¡Bang! A cámara lenta, la pistola de Vicente escupe una ridícula bolita de plástico blanco que traza una perfecta línea recta hasta impactar en la grasienta frente del figurante de mono azul. La minúscula pelotita rebota contra la carne y se pierde. Después el silencio.

Vicente observa sonriente al difunto maquinista, yo observo impávido al difunto maquinista, y el difunto maquinista observa paralizado el cañón de la pistola de treinta euros que acaba de dispararle. No sé cuánto tiempo pasa.

-¡Vámonos muchachos! -Brama Vicente mientras girando el caballo pinto y  clavando espuelas da por terminada aquella ridícula escena. Le imito y azuzo a mi penco. La dirección de huida no la escogemos nosotros, nos limitamos a seguir a una mula desbocada que a su vez ha elegido el asfaltado camino que sale de la estación en vez de las agrestes lomas que la circunvalan. Mientras cabalgo junto a Vicente, y justo antes de que su cabalgadura me deje atrás, mi amigo se gira y con gesto pesaroso me dice, -Tenía que hacerlo, Jimnny, no podíamos dejar testigos. 

Quedo callado. Miro hacia atrás y veo la aún desorientada figura del ferroviario esperando que de entre las retamas salga un regidor con gafas de sol indicándole que ha sido objeto de una broma con cámara oculta, y señalándole el canal en el que podrán verle su familia y amigos. Después me observo. Nos observo.

Tres urbanitas cuarentones, tocados con sombreros vaqueros, con enormes pañuelos al cuello, con unas pistolas de juguete que compré en los chinos, montando sobre unos cuadrúpedos por vez primera en la vida. Ridículo. Una estupidez. Una sinrazón. Algo completamente impropio de un serio informático, de un respetado abogado y de un considerado traumatólogo. Por supuesto que sí, sin embargo aquí estamos, y es culpa mía, yo fui quien lo dijo.

Fue en aquel bar de madrugada. Estábamos los tres. Vicente sonreía pero Mario y yo estábamos taciturnos. Frente a las cervezas. Supongo que lo solté sin pensarlo, sin procesarlo, simplemente lo vomité. “En prueba de nuestra amistad haremos realidad cualquier deseo que tengas, ¡cualquiera!”, eso dije. Después miré excitado a un cabizbajo Mario que rápidamente asintió con el gesto de quien despierta del letargo. Recuerdo que Vicente se carcajeó y preguntó si haríamos eso por él, ¿cualquier cosa? Inquirió. Claro, repetí al instante y busqué el apoyo incondicional de Mario, que asintió de nuevo un tanto confuso. Vicente quedó pensativo, sonreía y repasaba su barba de tres días con los dedos mientras afilaba la mirada. La cosa es que le vi la mirada, esa mirada. Supongo que al lanzar mi arenga pensé que ante circunstancias como esas Vicente elegiría algo corriente, entendible, no sé, un trío con dos prostitutas, un viaje al Amazonas, comer en los restaurantes tres estrellas Michelin, algo lógico, sin embargo, cuando vi sus brillantes ojos, su mirada, esa mirada, supe que la normalidad no tendría que ver con su deseo. “Quiero asaltar un tren”, dijo.

Vicente, Mario y yo nos conocemos desde pequeños, nos conocemos de veranear en un pequeño pueblucho en el que todos teníamos familia. Pasábamos el periodo vacacional jugando entre gallinas y bicicletas, y entre todos los juegos que fuimos capaces de inventar, entre todos los que practicamos, había uno que a Vicente le resultaba especialmente atractivo, el asalto al tren. Montábamos en nuestras bicis y nos situábamos en lo alto de la loma, cuando el convoy entraba en la estación nos lanzábamos cuesta abajo disparando con las manos y detonando con la boca. No sé cuántas veces descendimos aquel altozano durante todos aquellos periodos estivales. La cosa es que allí, en aquel garito, frente a aquellas cervezas, el sonriente de mi amigo, me tomaba la palabra para decirme que quería repetir aquello. Tras veinticinco años aquel destacado traumatólogo metido en canas pudiendo elegir cualquier deseo, deseaba regresar a la infancia y asaltar un tren.

Ahora aquí, montando un penco maloliente, en el pueblo de la infancia, observo a Mario, alias Billy, cabalgar a mi lado, y a Vicente, especialmente a Vicente, le observamos sonreír, ser Johnny, creerse Johnny otra vez, y recuerdo por qué estoy aquí, el porqué de todo esto, estamos aquí por él, por él esta ridícula escena, por él sus amigos cumpliendo su último deseo antes de que el avanzado cáncer de páncreas se lo lleve en menos de tres meses.

-¡Iiiiiiii ja! -Grita Vicente.

            -¡Iiiiiiii ja! -Grita Mario.

-¡Iiiiiiii ja! -Grito yo.

Docencia filosófica

Soy doctor en filosofía, y él no. Soy profesor universitario, y él no. Soy un adulto con pelos en los huevos, y él no, pero aquí estamos los dos. Uno frente al otro. Mirándonos a los ojos. Yo repasando con el índice mi barba de tres días y él paladeando el chupete. Mantengo el rictus grave de la persona culta que se sabe superior intelectual y físicamente. Él, por su parte, sostiene un gesto bovino entre la vaca que mira tren y el jubilado que espera en la cola del pan. Ninguno de los dos pestañea, ¿por qué? Pues porque este es el momento, este es el instante crucial, es ahora o nunca. Sí. Todas las controversias vividas, todos los desencuentros, todos los litigios habidos tendrán su punto y final aquí y ahora.

            Es cierto que yo tengo cuarenta y cinco años y él no ha cumplido los dos, es cierto. Como lo es el hecho de que yo soy el padre y él mi hijo, eso también es cierto, pero nada más lejos de la realidad si eso pudiera hacer pensar a un testigo neutral que este no es un duelo equilibrado, porque si hay un enfrentamiento parejo en el universo infinito es este.

            Todo empezó cuando le regañé por limpiarse las manos llenas de chocolate en el sofá. Lloró, y acto seguido, no sé cómo, mi carísimo iPhone 6 gris de 16 GB apareció en el interior del váter.

            Sé que fue él, básicamente porque aún no había llegado su madre y estábamos los dos solos, de manera que salvo que yo sufra episodios paranoides o tenga doble personalidad, tuvo que ser el pequeñajo de grandes ojos negros y cara de lelo.

            Le pregunté. Le pregunté por qué lo había hecho a pesar de ser consciente de que aquel tierno ser solo era capaz de pronunciar dos palabras, “no” y “más”, palabras con las que se bastaba y sobraba para moverse en la compleja sociedad actual. Le pregunté porque soy civilizado, porque soy dialogante pero básicamente porque soy gilipollas.

            La segunda vez ocurrió después de que le regañara por tirar de un manotazo el plato de puré que no le gustaba. Lloró y de nuevo, sin saber en qué momento o de qué manera, mi flamante y nuevo iPhone 6s de 32 GB en plata terminó flotando en el inodoro.

            Por su puesto que le reprendí, incluso le sermoneé, lo hice con una enorme variedad gestual y toda la virulencia que permite la ley, pero a pesar de que el enano lloró y se refugió tras su madre, noté en la mirada un no sé qué, cómo algo que…, no sé, como sí…

Pero fue a la tercera cuando comprendí que tenía un problema.

            Allí, en el interior del baño, solo, bueno solo no, junto a él, junto a mi recién estrenado iPhone 7 de 32GB negro mate. Allí estaba mi prohibitivo teléfono inteligente de alta gama preguntándome qué había sucedido para que él, el más primoroso de los smartphone, se encontrase en tan nauseabunda situación. No supe qué decirle, de hecho le oculté que sus dos hermanos habían terminado en el mismo escenario. Era demasiado vergonzoso reconocer que un renacuajo, un ser de apenas medio metro y que se defecaba encima sin el menor rubor, había decidido echarme un pulso jodiéndome cada vez que le reprendiera.

            ¿Qué hacer? Se trataba de un problema claramente educacional de manera que, como ser ilustrado, podía recurrir en busca de una solución a toda la enorme bibliografía panfletaria en forma de revistas y libros de títulos impactantes para padres desorientados, o a los recursos conocidos que mi profesión me proporcionaba, Nietzsche por ejemplo.

Total que me senté con él y le expliqué que Dios había muerto y que ahora el hombre solo en el mundo debía convertirse en un superhombre que crea, que ríe, que baila, que canta, que construye. Que cada hombre debe dar a su vida su propio sentido, y la educación debe tender a formar hombres fuertes, que amen la existencia terrenal y se destaquen del rebaño, siendo seres diferentes y únicos. Dicho lo cual permanecí en silencio buscando una reacción en mi interlocutor, sin embargo, salvo los monótonos chupetazos al pezón de goma y una mirada aburrida obtuve poco más. Incluso cuando le hice ver que el superhombre era él y que dependía de él dar sentido a su vida y que para ello estaba la educación y que la educación era incompatible con tirarle el móvil a papá cuando intentaba e-du-car-le, logré la menor alteración gestual en el rostro del pequeño infante, sin embargo confié en que el filósofo alemán hubiera calado en su tierno entendimiento.

Al poco tiempo tuve la oportunidad de comprobar si mis particulares métodos en forma de charla filosófica habían surtido efecto, fue cuando me enfadé con él por pintar con un rotulador la televisión. Se trató de una bronca de nivel medio-alto y él lloró evidentemente, y se escondió tras su madre evidentemente, y me miró evidentemente, me miró con ese gesto… y yo, instintivamente, palpé que mi nuevo móvil estuviera en mi bolsillo.

Sí, había renunciado a móviles tan caros y había comprado un modelo medio, no por nada, es que me parecía que no les sacaba todo el partido que su precio exigía. La cosa es que no me desprendí del teléfono en ningún momento. Ya no lo dejaba por ahí, sino que lo guardaba en mi bolsillo o lo colocaba sobre mobiliarios que estuvieran a relativa altura, pero claro te echas la siesta… te quedas dormido… y tu Huawei P9 Lite termina en el retrete. ¡Acojonante!

Lógicamente se impuso otra charla en la que Nietzsche volvía a ser protagonista. Sentado frente a mi pequeño le expliqué que el pensamiento debe estar al servicio de la vida y la educación debe cumplir en ello un rol fundamental. Que el hombre debe tender a su perfección la que no logrará acumulando meros conocimientos, puesto que así solo obtendrá una educación aparente y sometida a los intereses políticos de quien gobierne. Y que mi misión era educarle en la voluntad de poder en un mundo que está en constante devenir en un ciclo continuo.

No me pareció que a mi retoño le impactara lo del devenir, de hecho sospeché que me prestaba relativa atención únicamente porque el televisivo programa infantil estaba en intermedio. Yo insistí en lo importante de la educación y en lo de tender a la perfección pero no sé, no me quedó claro que entendiese la incompatibilidad entre Nietzsche y lanzar mi móvil al váter.

Había cuatro móviles míos ahogados en aguas fecales, no iba a haber ninguno más, ¿o sí? ¿De dónde había sacado aquella actitud aquel mocoso de abultados mofletes? Yo no era así, y se suponía que aquella cosa retaca era hijo mío. ¿Lo era? Bueno, daba igual, yo como progenitor tenía una responsabilidad, una misión, convencer a aquella criatura hija de Satanás que no podía torearme. No importaba que no pudiera votar, conducir o consumir alcohol, no importaba, como no importaba que no tuviera la menor responsabilidad jurídica, moral o espiritual, un ser que no era capaz de controlar sus esfínteres no iba a acojonarme. Él era un matón con métodos gansteriles, los conocía bien, los había padecido durante infancia y pubertad, esos tipos que basan la razón en la fuerza física. Es posible que aquella pequeña personita pareciera un tierno infante con pañal y chupete, pero detrás de aquel gesto infantil de peluche achuchable estaba el bravucón que te robaba el bocata o el balón en el recreo. No, yo había estudiado filosofía para ser superior a todos aquellos matasietes de época escolar. Había estudiado filosofía para servirme del intelecto y poder reírme de los trogloditas de cabeza hueca. Había estudiado filosofía para ocupar un lugar superior en la escala evolutiva. En definitiva, había estudiado filosofía para masacrar a críos de apenas dos años. Y no tardé mucho en tener mi oportunidad.

Lo bueno de convivir con un pequeñajo con el coeficiente intelectual de un paraguas es que no pasa mucho tiempo sin que cometa alguna barbaridad, en este caso a la pequeña bestia parda le había parecido buena idea garabatearse el uniforme de la guardería con un rotulador fluorescente.

Allí estaba yo, y allí estaba él. Yo con rictus de enfado, él mirándome con gesto doloso, pero de un doloso como si… vamos que no era un doloso, doloso, sino como descafeinado, como diciendo mira que si te pasas ya sabes lo que le va a ocurrir a tu móvil. Y yo como diciendo, sé lo que me quieres decir pero si piensas que te vas a librar lo llevas claro, y no porque sea tu padre, ni porque debas ser educado, sino por Nietzsche. Sí, por Nietzsche. Nietzsche se merece una oportunidad frente al tortazo, el coscorrón o la amenaza física del matón estándar. Y claro usé a Nietzsche.

Le dije lo de que la transmisión de la cultura solo debe ser un principio, no una meta, para la creación de una cultura nueva. Que la educación no debe tender a igualar sino a distinguir a cada individuo en cuanto tal, para que nazcan así los hombres fuertes y poderosos, que no sucumban, que se aparten del rebaño, los “superhombres”, quienes también serán los destinados a educar tratando de que surjan nuevos superhombres con valores propios, desafiando a la cultura de su tiempo. Dicho lo cual permanecí mirando a mi pequeño vástago.

Que si quieres arroz Catalina. Nada. Ni mu. Solo el gesto de la oveja que rumia y le importa la filosofía lo mismo que el índice Nikkei. Suspiré. Recuerdo que suspiré y le pregunté que si se la sudaba Nietzsche, el superhombre y todos los alemanes sifilíticos. No hubo una respuesta sonora pero si esa mirada ladina del que intuye que se va a librar porque el tolai de su padre en vez de gritarle le está comiendo la oreja con una parrafada ininteligible, sí, el cagado de papi está acojonado pensando que como eleve la voz tendrá que usar una tostada como móvil porque el Smartphone terminará en el retrete. Me ofendí. No por lo del rotulador, el chándal o el móvil sino por lo de Nietzsche. Total que le grité, le increpé, le sermoneé, le castigué, bueno eso no, porque descubrí que a un crío de menos de dos años no puedes castigarle con nada salvo no cambiándole el pañal o retirándole la papilla de frutas, medidas que echaría para atrás de inmediato el tribunal constitucional, es decir, su madre. La cosa es que el enano lloró y se refugió tras su madre y tal y pascual, y me miró y eso, y yo localicé mentalmente el móvil, y le dije que como se le ocurriera tirarme el móvil al inodoro iba a… iba a… bueno, a algo. Y es que es jodido amenazar a un ser que solo come, duerme y destroza todo lo que encuentra.

 Esta vez controlé con sumo cuidado el móvil, el móvil y al pequeño Lucifer, claro. Era básico que en las primeras horas el móvil siempre se encontrara a una altura superior a metro y medio del suelo. Eran las horas de mayor riesgo, en esa horquilla de tiempo habían fallecido la mayoría de teléfonos anteriores. En esos momentos aún le duraba la congoja y se podía ver por su mirada de odio que mantenía la venganza latente en su interior. Sí, porque yo le miraba, y él me miraba a mí. Yo veía la tele y… ¡zas! Le miraba. Y él, que estaba jugando, a veces me echaba un vistazo y a veces me ignoraba, pero me ignoraba sabiendo que le miraba. Esto no podía demostrarlo, pero lo sabía, lo sabía.

La idea era que el crío, como cualquier chiquillo, se olvidara con el tiempo de lo ocurrido, se le pasara el sofoco y dejara de pensar en la venganza como fundamento de vida. Era importante llegar a la noche, al sueño, y despertar en un nuevo día con todo olvidado. Y lo conseguí. Mantuve el Smartphone chino de mierda que me había comprado junto a mi escroto todo el tiempo hasta que el antecristo cayó dormido tras la ingesta de su biberón con cereales. Nietzsche había ganado.

Fue al ducharme, o mejor dicho, al salir de la ducha por la mañana, que vas un momento a la habitación a por unos calcetines que has olvidado, y cuando vuelves unos segundos después, alguien ha depositado tu mierda de Smartphone chino en lo que viene a ser el inodoro. Se trata del mierda de Smartphone chino que has dejado sobre el lavabo junto al reloj. El mismo Smartphone chino de mierda que mantuviste junto a tu escroto la noche anterior ocho horas seguidas para protegerlo. Y ahora está ahí, en la mierda. Y no es que el móvil mereciera estar en otro sitio, pero, hombre, es por la cara de gilipollas que se te queda.

Así que aquí estamos. Todo ese doloroso periplo de encontrar una y otra cuerpos con pantalla táctil flotando inertes en las aguas residuales acaba aquí, acaba hoy. Aquí estamos él y yo. Él con su careto de atocinao que rumia un chupete azul y yo con mi gesto adusto de profesor universitario. Es esta una escena que pudiera parecer ya vivida pero hay un pequeño matiz, hay algo en mi mano derecha que no estaba en anteriores ocasiones.

El lugar de reunión también varía de otras veces, estamos en el baño. El lugar donde todo comenzó y donde todo debe terminar. Lo que no varía es el gesto de rumiante caprino de mi pequeño vástago, y no lo hace hasta que no abro la mano y muestro lo que escondía. Sí, en cuanto lo hago, las infantiles pupilas se dilatan y los mofletes detienen los chupetones para permanecer en una pétrea quietud. Mi mano sostiene un chupete, su chupete preferido.

Se trata del chupete naranja que usa para dormir, su favorito, lo más en chupetes, la más valiosa de sus posesiones. Ahora lo tengo yo, y lo sostengo con dos dedos sobre el váter mientras le miro.

Sonrío, sé que nos entendemos. No necesito decirle nada. Solo me deleito en su gesto de terror, en su arrugar las cejas, en sus ojillos llorosos, en su boca entreabierta que intenta dejar escapar una súplica o un breve llanto velado por la sorpresa. Ya no van a aparecer más móviles en el váter, ¿verdad? Eso se acabó, ¿verdad? Lo digo sin usar palabras, solo con el mero hecho de sostener en vertical sobre el agua calma del inodoro, aquella indolente pieza de plástico y silicona llamada chupete. Sé que lo ha entendido pero por si las moscas.

El chupete naranja cae en el interior del váter y el acto de tirar de la cadena hace que desaparezca en un torbellino acuoso que no deja rastro. Ojo por ojo, diente por diente, chupete por móvil.

¡A tomar por culo Nietzsche!

El viejo

 Hay que cuidar a un viejo. El viejo está ingresado en un hospital. El viejo es el abuelo de Jimena. Jimena es mi chica. Jimena es una burguesita de familia bien. Jimena dice que puedo hacerlo yo. Dice que el dinero que su familia le va a dar a una sudamericana me lo gano yo. Dice que como estoy parado pues… Dice que puedo escribir relatos allí. Jimena dice que es fácil. Un fin de semana. Es una prueba rutinaria pulmonar o no sé qué que le hacen al viejo cada no sé cuánto tiempo y tiene que estar ingresado previamente un par de días. Sólo hay que estar con él. Es fácil, repite. El viejo se vale por sí mismo, sólo hay que acompañarlo. Es fácil, insiste. Es por tranquilidad de la familia. Este fin de semana Papá tiene lo de Sudamérica, Mamá está con la inauguración de la tienda, y ella tiene que ir a la India por lo del diseño del metro de Nueva Delhi, como con sus tíos no se hablan y los sobrinos no hacen caso, pues… Es fácil, reitera. Te llevas el portátil y escribes un relato mientras. No hay que hacer nada, sólo estar allí, es por tranquilidad de Papá, ya sabes cómo es Papá. No, no lo sé, replico, porque no le conozco. No lo conoces porque es pronto, cariño, piensa que es un puto burgués católico de derechas y tú un miserable perroflauta izquierdoso que aspira a ser escritor, lo que nos obliga a ir poco a poco, porque si te presento ahora, contratará a un par de bielorrusos para que te den una paliza y te tiren a un contenedor. Jimena, no lo dice así, lo dice con otras palabras, no sé qué del momento ideal y de que tengo que entender no sé qué de la idiosincrasia de un tal Papito. Total, que cuidar al abuelo, además de proporcionarme un dinero fácil, de permitirme usar el tiempo que ella está fuera para escribir exitosos relatos, supondrá mi inclusión y aceptación en el seno familiar, es decir, que lo podré esgrimir cuando “Papito” me esté apuntando con la escopeta de caza tras descubrir que su preciosa y angelical hijita está siendo desflorada por un pelagatos melenudo con pintas de querer dar un braguetazo en el mundo de Barbie. Solo aceptaré si es fácil, digo. Es fácil, responde.

            Total, que Jimena le dice a su catoliquísima familia que ha contratado a alguien para que se quede con el abuelo, la cristianísima familia dice que vale y le suelta trescientos euros, y yo y mi portátil me presento en la habitación ciento veintiuno, es decir, planta uno, habitación dos, cama uno.

            Me sorprende que siendo una familia de tanto poder adquisitivo, el abuelo esté en un hospital público, pero es que según Mamá, para este tipo de pruebas como los hospitales públicos nada, porque tienen los mejores aparatos y además si pasa algo ya está ahí. No le pregunto a Jimena que significa “si pasa algo”. “Si pasa algo” no se parece mucho a “fácil”, de hecho no se parece una mierda, ni gramaticalmente, ni filológicamente, ni lingüísticamente. ¿Qué cojones puede pasar? Pues no puede pasar nada, dice Jimena, porque el viejo, digo el abuelo, está perfectamente, sólo que como ha fumado tres paquetes de cigarrillos diarios desde los siete años pues… Vale, pero es fácil, ¿no? Pregunto. Superfácildelamuerte, responde mi amada pijita.

            Total que me presento en el hospital al medio día, justo diez minutos después de que la familia haya dejado al viejo, digo al abuelo, ingresado y Jimena me haya dado el aviso telefónico para que entrara sin encontrármelos.

            La habitación tiene dos camas con dos viejos, no dos viejos por cama sino un viejo en cada cama, me tranquiliza que la Seguridad Social aún no haya llegado a ese punto. Miro el número de las camas y lo comparo con el mensaje de texto de La Yoli indicándome planta, habitación y cama. Perfecto. Ignoro al decrépito abuelo con pinta de alelado de la cama dos y me dirijo hacia el viejo de la cama uno que es clavadito a Popeye. Le saludo y le digo que me ha contratado su familia para que le acompañe el fin de semana antes de la prueba del lunes. El viejo de pequeños oscuros ojos y doscientos treinta y tres arrugas cutáneas me mira de reojo y sigue leyendo el Marca. Le digo que soy amigo de Jimena y… El enjuto viejo y su voz cazallera me preguntan de qué equipo soy. Le digo que no me gusta el fútbol. El viejo arquea las cejas y me pregunta si soy bujarra. Quedo un instante petrificado pero finalmente acierto a responder dubitativo que no, esperando que la pausa no sea interpretada como duda sobre mi condición sexual. De inmediato el anciano pregunta si entonces soy de los que les gusta la gimnasia rítmica y el patinaje sobre hielo. Quedo sobrecogido de nuevo y  respondo que no con toda la masculinidad que puedo reunir, que… mi padre me llevaba a ver al Atleti de pequeño así que supongo que… diría que… soy del Atleti. El octogenario muestra una expresión de asco y replica que ser del Atleti es peor que ser bujarrón. Cojonudo, empezamos bien. 

            Tras la afectiva presentación, decido acomodarme en el sofá, encender mi portátil y olvidar el entorno. Miro al abuelo alelado de la cama dos que permanece sentado en la cama con dos almohadas en su espalda mirando la pared con cara pensativa, suspiro y miro al cejudo vejestorio con cara avinagrada buscando similitudes con el agraciado rostro de Jimena, no las encuentro pero sí noto como el viejo aún sigue mascullando la relación existente entre la camiseta rojiblanca y la sodomía. Me la suda. Yo pienso abrir mi ordenata y ponerme a escribir, será un fin de semana fructífero, terminaré el relato sobre Nietzsche y el sentimiento de culpa.

En un rato he escrito un par de párrafos y me he presentado a enfermeras y auxiliares que entran y salen cambiando goteros, tomando tensiones y dando vasitos con pastillas para evitar trombos. Así, hasta la hora de la merienda.

Estoy yo con lo de que los monos son demasiado buenos para que el hombre pueda descender de ellos, cuando entran las poco agraciadas auxiliares con las bandejas. Las dejan sobre las mesas desplegables y se largan.

Le destapo la bandeja al abuelo de Jimena y descubro una manzanilla y dos galletas dietéticas. Menú “Líquida S/S, baja en potasio, diabética” pone la identificación de la bandeja sobre el nombre del enfermo, o sea que el viejo tiene menú sin sal, sin azúcar, sin grasa y encima todo por la túrmix, exquisito.

El abuelo de Jimena me mira, se levanta la manga del pijama de puntitos azules y me muestra el escudo de la Legión tatuado en su antebrazo, dos segundos después me dice que de pequeño, durante la Guerra, les pedía rancho a los alemanes de comunicaciones que había atrincherados en el Frente de Somosierra, dicho esto me pregunta si estuve en la Guerra. Le respondo que aún no había nacido pero que incluso de cigoto mi espíritu estaba con el glorioso Alzamiento, y que nada me ilusiona más que vestirme de legionario los domingos. Me replica que me hubieran comido vivo y añade que se va a tomar la manzanilla la madre que parió a la Pasionaria. Por un instante me planteo cantar el Cara al Sol como último recurso para ganarme al viejo, pero renuncio sabedor que en cuanto el abuelo se dé cuenta de que sólo conozco la primera estrofa, me fostia. Empiezo a no entender el término “fácil” empleado por mi amorosa pareja.

En ese momento el exlegionario me hace un gesto con la barbilla señalando la bandeja intacta del vecino de habitación. Le miro sin entender. Me guiña un ojo y me vuelve a señalar con el mentón la bandeja. Lo entiendo. ¡Quiere robarle la merienda al Alelao!

Le digo que no puede hacer eso. Me dice qué por qué no si el otro ni se entera, dice que lleva en la misma postura desde que ha llegado. Anonadado al ver que el abuelo habla totalmente en serio, le digo que él tiene una dieta dietética y tal y El Alelao, quiero decir el enfermo de la cama dos, tiene dieta normal. El viejo me dice que por eso. Me niego. El viejo se caga en Dios, en la Virgen Santísima y en el Misterio de la Trinidad, se baja de la cama, mete la mano en la zapatilla derecha, saca veinte euros y me los alarga. Los veinte euros se agitan en la arrugada mano mientras yo no sé qué decir.

Coño, ¡Veinte euros! El viejo Popeye quiere comprarme con veinte euros. Impresionante. Increíble. Asombroso. ¡Qué osadía! ¡Que atrevimiento! ¡Que desmesura! Que… que… que… Trinco los veinte euros.

Después de todo por una vez que coma algo normal no va a pasar nada, y veinte euros son veinte euros. Cuatro cubatas, ocho si son de garrafón.

Total, nervioso, que cierro la puerta y le pregunto al abuelete absorto si va a cenar. Nada, el tipo sigue embobado con la mirada perdida en la pared. Insisto mientras el legionario me apremia dudando de mi heterosexualidad. Como el enfermo de la dos no se inmuta doy el cambiazo de las bandejas sin dejar de mirarle por si me diera un zarpazo o comenzara a gritar. Nada. Como presagió el viejo sobornador, El Alelao ni se mueve.

Una vez con el botín, el legionario levanta la cubierta y se lanza, con los ojos desorbitados, sobre un café con leche y lo que parece un paquete con cuatro galletas. Al ver el café y el ansia con el que el viejo echa y diluye el sobrecito del azúcar quedo pensativo, no sé yo si el café… y además con azúcar, no sé si… La cosa es que ya es tarde, si intento devolverle el billete y arrancarle el café de las manos el vejestorio es capaz de apuñalarme un ojo con la cucharilla. Total, que cojo la manzanilla y rezando para que no aparezca ninguna enfermera intento hacer desaparecer las pruebas, es decir, la infusión. Trinco la taza de plástico verde y sujetando la cabeza del viejo ensimismado se la pongo en los labios y le invito a beber, y el viejo bebe, quizá no a la velocidad que me gustaría pero… Mientras con la izquierda sujeto la cabeza del carcamal agilipollado y con la derecha le sostengo la taza, apremio al decrépito madridista para que dé cuenta rápidamente del café y las galletas, pero éste, lejos de acelerar se regocija mojando y saboreando las galletas en el café. Si en este momento entra una auxiliar y ve el show la cagamos pero bien. Sudo. Tengo palpitaciones. Con las prisas casi atraganto al pobre vejestorio inerte. No dejo de gritarle por lo bajito a la pasa arrugada que deje de mojar galletas y se lo beba de dos tragos. Ni caso. Finalmente le meto la manzanilla al Alelao y los dos últimos dedos me los bebo yo. Tapo la bandeja y me pongo delante del que me ha untado cavilando posibles excusas para el caso de que alguien entre. Los segundos se alargan una enormidad mientras la desdentada boca mastica la masa de galletas que le sobra por las comisuras. Una visión preciosa. El viejo me dice, mientras proyecta trozos de galleta por aquí y por allá, que las mujeres son malas por naturaleza, y que habría que aprender de los putos moros que las usan de criadas y las muelen a palos, que yo me he librado de un montón de problemas siendo trucha. Quedo pasmado. En una sola frase, y de una sola sentada, aquel elemento octogenario ha mezclado misoginia, racismo y homofobia y sin dejar de masticar. Me quedo sin palabras, atónito, estoy frente a un portento. Y el viejo termina el café, suspira placenteramente, se deja caer sobre la cama y acto seguido se tira un pedo de tal sonoridad que la pantalla de la tele hace un amago de encendido. ¡Impresionante!

Sin respirar, recojo las bandejas a toda velocidad y salgo al pasillo en busca del artilugio plateado que hace las veces de carrito recogebandejas. Una vez depositadas respiro.

De regreso a la habitación me coloco los cascos con algo de música surf, enciendo el ordenador y retomo a Nietzsche y eso de que todos los instintos que no se desahogan hacia fuera se vuelven hacia dentro. Miro la cara de placer del legionario y me pregunto si habrá desahogado todos los instintos hacia afuera. Entonces el viejo se tira otro pedo y me lo dedica. Se estira sobre la cama y cerrando los ojos bosteza con rostro de plenitud, hecho lo cual se tira otra sonora ventosidad y mueve los flácidos mofletes pareciendo degustarla. Fascinado, quedo mirándole un largo instante preguntándome si Nietzsche se refería a esto.

Las horas de la tarde pasan rápidas, conmigo escribiendo sobre el origen de la mala conciencia nietzscheriana, el de la cama dos en la misma posición sentado mirando al frente y dormitando a ratos, y con el exlegionario viendo la tele, leyendo el Marca y yendo a mear cada dos minutos.

Ahí estoy yo, tecleando, intentando dilucidar qué finalidad tiene en la sociedad el castigo, o como lo llama Nietzsche, “la pena”. Me pregunto si siendo deudor, es decir habiendo causado daño, debo ser castigado por la persona dañada o la sociedad en su nombre. Sopeso si el castigo es necesario para prevenir el daño, y si de él nace la culpabilidad, estoy por preguntarle al abuelo de Jimena si mi mala conciencia nace por dejarme sobornar e intercambiar las bandejas, o como dice el psicoanálisis y Nietzsche, el origen de la misma es el volverse estos instintos contra sus propios poseedores. Decido no preguntar nada por temor a que me responda con la enésima ventosidad. Y es ahí que la entrada de la enfermera rompe mi concentración junto con mi filosofal escritura.

La enfermera toma tensiones, pincha dedos para comprobar azúcares, cambia, reparte medicación y desgrana estereotipadas frases animosas de enfermera, esto último con un volumen especialmente elevado consciente de que los emisores son ancianos sorderas, eso me irrita un poquitín. Al poco llega la cena.

La bandeja reposa sobre la mesita auxiliar de la cama uno. Me acerco a ella. Levanto la tapa. Miro el contenido. El abuelo de Jimena mira el contenido. Sopa de pollo y gelatina de fresa. Miro al abuelo. El abuelo me mira a mí. Niego con la cabeza. El abuelo pone veinte euros sobre la bandeja. Los dos miramos la bandeja intacta a los pies de la cama dos.

Pollo frito, pan y flan. ¡De puta madre! Exclama el simpatizante franquista al ver la cena de su compañero de habitación. Dudo un instante, aquí hay grasa, sal, azúcar… no sé. El viejo desdentado alienta la sustracción con frases animosas en las que especula con el tamaño de mi pene y el peso de mis testículos, acompañadas con la escenificación de un chihuahua sodomizándome. Me planteo la posibilidad de aplicarle la eutanasia incrustándole la bandeja en el occipital derecho, en la seguridad de que la Seguridad Social, y especialmente la Humanidad, me lo agradecerán, pero desecho la idea porque quizá Jimena no aprecie el gesto.

El babeante sujeto sobornador se hace con la bandeja repleta de grasa, sal y azúcar, mientras, junto con mis veinte euros y mi mala conciencia, me dispongo a hacer desaparecer las pruebas, es decir la sopa de pollo y la gelatina, en la persona del Alelao.

El Alelao se traga las cucharadas de caldo como un autómata, podría darle un zapato y se lo tragaría. Es un tipo con cuatro pelos canosos, un cuello largo y arrugado y unos saltones ojos azules, parece una tortuga con la mirada perdida. Muestra una permanente mueca similar a una sonrisa plácida, como de monje budista que ha alcanzado el nirvana, pero de monje budista fumao.

            Estoy tan nervioso que le meto varias veces la cuchara en la nariz al pobre hombre, eso me pasa por estar pendiente del puñetero exlegionario, el cual, por su puesto, pasa de mis prisas, y se regocija chupando el hueso del muslo obscenamente, la visión de aquella boca desdentada repleta de babas y grasa relamiéndose me hace juramentarme para nunca más comer pollo.

Si la visión de un vejestorio degustando grasiento pollo podría usarse como método de tortura por parte de la C.I.A., el acto de verle comerse el flan serviría sin duda como método de exorcización. Para cuando el abuelo termina con el flan yo le he introducido al Alelao la gelatina de dos cucharadas y tras comprobar que no se le sale por las orejas, me encuentro preparado con la tapa de la bandeja para realizar el intercambio y borrar todas las huellas. La operación se lleva sin contratiempos y para cuando entra la auxiliar en busca de las bandejas, éstas hace tiempo que descansan en el transportador del pasillo. La operación encubierta “cena” se ha saldado sin bajas.

Una vez recostado sobre el sillón y mientras el viejo a mi cuidado ve programas de cotilleo al tiempo que se rasca el escroto, valoro el sentimiento de culpa nietzscheriano en relación con que al abuelo le dé una apoplejía por culpa de lo ingerido, de suceder eso supongo que sería un poco responsable. De mi diatriba me saca un suceso tan extraordinario como prodigioso, El Alelao se mueve.

De pronto, como si el KGB lo hubiera activado, el imperturbable compañero de habitación decide ir al baño ante mi atenta mirada. Se mueve despacio, como un autómata, con la mirada perdida y ese gesto de paz interior tan suyo. Nunca me ha sorprendido tanto que un ser humano miccionara, tanto, que permanezco atento hasta que la puerta del baño se vuelve a abrir minutos después y el paciente surge impertérrito para introducirse en la cama y permanecer recostado con la mirada perdida. Me falta la cocacola y las palomitas. ¡Qué personaje más curioso! Se podría rodar un corto sobre esto, se llamaría, el hombre estoico va a mear y un idiota lo observa embobado, he visto cientos de películas peores. Y es entonces que el viejo de la cama contigua me lo pide.

El abuelo dice que le pase un cigarrillo. ¿Qué? Pongo cara de turista sueco que no entiende español. El vejestorio dice que no le joda que sabe que tengo tabaco. ¿Cómo? ¿Quién? ¿Yo? El cabrón del abuelo se ha coscado de mis fugaces escapadas para echar un cigarrillo furtivo en las escaleras. Lógicamente le explico que esto es un hospital, él un enfermo y por tanto el tabaco no es compatible. Veinte euros por un cigarrillo, me espeta el cirrótico carcamal. De pronto me descubro a mí mismo intentando recordar cuantos cigarrillos me quedan y cuánto sacaría por la totalidad. ¡Estoy loco! ¡Cómo le voy a dar de fumar! El viejo se mete la mano bajo el pijama y saca el billete, lo agita y pone ojitos lúbricos. De repente me siento como una bailarina de striptease. El octogenario me ayuda a tomar la decisión indicándome que si no cojo la pasta buscará otro proveedor entre las visitas del pasillo. Le veo capaz. Aunque para que se lo lleve otro… total, que busco el paquete en el abrigo y sacando uno se lo ofrezco al tiempo que pillo el billete. Ahora soy su camello. El vejestorio dice que soy su putita preferida. ¡Será cabrón! Y el viejo se levanta con la intención de encerrarse en el baño a fumar. Cuando pasa a mi lado, horrorizado, le prohíbo que haga lo que piensa hacer. El arrugado tipejo replica que no me ponga histérica y que me vaya a comprar tampones o a depilarme las ingles, lo que sea que hagan los truchas de mi generación. Le digo que el pestazo del tabaco nos va a delatar y que hasta una enfermera con el olfato de un peluche lo notará. Me responde que se la suda, que él ha trabajado en los Altos Hornos y en la marina mercante, y que una vez tuvo que comerse un mono. No sé qué tiene que ver eso con lo de fumar pero consigue que me quede traspuesto el tiempo necesario para sortearme y encerrarse en el baño. Me voy a comer el marrón, lo veo, esto transcenderá y terminará en los oídos de la catoliquísima familia de Jimena que me culpará del posible enfisema pulmonar del vejete, fijo. En la desesperación, se me ocurre abrir las ventanas y comenzar a meterle prisa al anciano para que termine, en tanto en cuanto echo un vistazo al pasillo por si hubiera ronda de toma de presiones o reparto de medicación. Mientras espero decido sacudirme la tensión preguntándole al viejo si sabe quién era Nietzsche. Como no hay respuesta decido comentarle en voz alta que era un filósofo alemán que habló con exactitud de la situación que estamos viviendo. Nietzsche dijo que el hombre es un ser empujado a vivir en sociedad por interés, por necesidad, y que este vivir en sociedad le obliga a crear un tratado de paz entre todos los hombres para evitar conflictos entre ellos, y que este tratado de paz no es más que inventar una designación válida y obligatoria de las cosas para constatar que algo es verdad entre todos los hombres, en este momento es cuando nacen las palabras verdad y mentira. Dicho lo cual le pregunto si lo entiende. No escucho respuesta así que le digo que yo estoy obligado a vivir en sociedad con Jimena y que necesito de la mentira para evitar conflictos. Una pausa por si hay respuesta y como no la hay, comienzo a aporrear la puerta amenazando al viejo con tirarla si no termina el cigarrillo y sale del baño inmediatamente. Tras un breve silencio, se escucha la cisterna y la puerta se abre.

El abuelete me muestra una amplia y desdentada sonrisa para hacerme saber que no hay nada mejor que un cigarrillo, salvo quizá la mamada de una mejicana, porque cuando era marino mercante y tocaba puerto en México… le ordeno que se meta en la cama mientras intento hacer desaparecer del baño el tufo a tabaco moviendo la puerta a modo de abanico. El viejo se encoje de hombros y una vez en la cama me pregunta si el Nietzsche ese es mi novio.

Pasado un tiempo echando desodorante e intentando aventar el pestazo a tabaco desisto cuando mi brazo dice basta. Es ahí que cierro las ventanas y me dejo caer sobre el incómodo sofá, colocándome los cascos y encendiendo el portátil para intentar terminar el relato. Me suena que alguien dijo que esto sería fácil. Superfácildelamuerte.

La noche cae sin mayores incidencias. Tras ver en la televisión un programa de cotilleo y señalar la cantidad de putas y maricones que lo poblaban, el exlegionario, comienza a roncar sonoramente de repente y sin aviso previo. Por su parte el autista del compañero cierra los ojos en un momento dado y en la misma posición en la que permanece todo el día supongo que queda dormido, y digo supongo porque yo soy incapaz de distinguir entre el sueño y la vigilia del buen hombre de no ser por la posición de sus párpados. Yo caigo tarde, la incomodidad del catre unido al agradable hilo musical de harmoniosos ronquidos me desvelan durante largo rato.

El despertar lo propicia la enfermera de mañana con la rutinaria tarea de sus exploraciones y sus historias. Me duele todo. Dormir en esta tabla de suplicios con forma de sofá resulta devastador. Mi humor se resiente del mismo modo que mi deslavazado aspecto físico. El abuelo de Jimena se percata y dice que se nota que no he hecho la mili. Mientras accedo al baño para miccionar, el viejo cuenta una anécdota de cuando tuvo que dormir cuarenta días atado a un camastro por no sé qué cuarentena. Me importa un carajo. Mientras abandono la habitación el octogenario me hace saber que a mi edad dormía sobre la grupa de un caballo mientras movía el ganado de pastos. Genial. Cierro la puerta y busco el ascensor que me deposite en la salida para poder fumar y respirar toda la contaminación que pueda.

Tras el café con bollería en la cafetería regreso a la habitación para estar presente a la hora del desayuno y cumplir así mi compromiso para con Jimena. Llego cuando el desayuno está servido, y como me temía hay un anciano que no está satisfecho con sus doscientos centilitros de leche descremada. El abuelo de Jimena dice que quiere la bandeja del Alelao. Le digo que no hay trato, que se han terminado esas historias. Me pregunta si me ha venido la regla y por eso estoy de morros por la mañana. Le ignoro. Cojo el portátil y me recuesto en el sofá. El exlegionario no parece asumirlo porque me insta a comprar tampones e irme de compras. Le digo que no estoy dispuesto a seguir con este rollo basado en la mentira. El octogenario replica que si estoy hormonando lo mejor es comer helado viendo Pretty Woman. Respondo que da igual lo que diga no pienso seguir mintiendo a Jimena. Me indica que si mi reloj biológico está sonando lo mismo puedo inseminarme por el ojete. Valoro la posibilidad de tirar al viejo por la ventana y escribir una nota de suicidio. Entonces el ochentón saca un billete de veinte del calcetín y lo agita en el aire poniendo ojitos. ¡Será cabrón! ¡Qué se joda! ¿Quiere cafeína y grasa? Perfecto. Me incorporo, le arranco el billete de la mano y cambio las bandejas.

Al ochentón capullo le cambia la cara cuando al levantar la tapa descubre el café con leche, tres galletas, pan, margarina y mermelada. La leche va para el Alelao lógicamente, leche que hago que ingiera. Porque el Alelao en algún momento ha abierto los ojos anunciando formar parte de los vivos, aunque su postura sea exactamente la misma que la de hace veinticuatro horas.

El abuelo se solaza untando la margarina en el pan para luego masticarla de una forma tan soez que en algunos países sería delito. Mientras paladea la mermelada dejando que parte de ella caiga por las comisuras, me dice que con lo que me ha dado puedo comprarme unos zapatos de tacón bonitos. Paso de él, únicamente estoy atento a la puerta por si entra alguien con bata y descubre la orgía. Le insto a que desayune rápido, pero el abuelo sigue masticando pausadamente con la boca abierta esforzándose por mostrarme su desdentada bocaza. Decido contratacar diciéndole que según Nietzsche para el hombre la verdad es indiferente, y lo único que le mueve es su propio bienestar, es decir, alcanzar la felicidad. El viejo pregunta que si además de leer libros, me gustan los musicales, el bronceado artificial y jugar frente al espejo a esconderme la churra y el escroto entre los muslos. Valoro seriamente la posibilidad de meterle en todo el careto con la bandeja y decir que se ha resbalado. Para calmar mi creciente enajenación respondo con otra frase de Nietzsche que sé que le jode, el hombre es un animal social y ha adquirido el compromiso moral de mentir gregariamente, pero que con el tiempo se olvida de su situación mintiendo inconscientemente y precisamente en virtud de esta inconsciencia, de ese olvido, adquiere el sentimiento de verdad, eso digo. Parece que he dado en el blanco porque el abuelo ha dejado de masticar y parece bloqueado. Sonrío. La filosofía le descoloca. Es como ese sonido agudo que no escuchamos pero que detiene a los perros. El problema es que el viejo paralizado no come y si no come, las galletas y demás restos incriminatorios continúan sobre sus rodillas. A una sonora palmada mía animándole a terminar el puto desayuno, el anciano reacciona y continúa la deglución.

Milagrosamente la ingesta de alimentos termina sin visitas molestas, de modo que agarro las bandejas y me lanzo al pasillo para depositarlas en el portabandejas y eliminar pistas. Empiezo a sentirme sucio. Y es justo cuando me dispongo escribir algo aprovechando que el abuelo de Jimena se encierra en el baño a hacer aguas mayores y menores, pero la suerte no está de mi lado porque en ese momento entran a hacer las camas, lavar pacientes y cambiar sondas. Decido exiliarme bajando a fumar y a leer el periódico. 

Tras un par de horas intentando escribir algo en la salita de las visitas, desisto porque las visitas son un coñazo insufrible con una única misión, generar charlas inconsistentes y cacareos marujiles. Me vuelvo a la habitación con las sonoras flatulencias, las toses con expectoraciones y los eructos inesperados. Se me empieza a hacer largo el fin de semana. Mientras camino entre batas y pijamas verdes y blancos que van y vienen como zombis encerrados en una piscina, empiezo a valorar el término “fácil” empleado por Jimena. No sé, no tengo la sensación de que esto esté saliendo como se había planeado, no sé exactamente en qué falla, pero hay algo… quizá sea el hecho de que esté intoxicando al abuelo con todo tipo de grasas, sales y nicotinas. Sólo me falta pasarle dos gramos de coca y meterle una puta en la habitación. Esto no puede salir bien. Es ahí que caigo en el hecho inevitable de los análisis diarios a los que someten a los pacientes. ¿Qué niveles estará dando el exlegionario? Y salgo corriendo.

Cuando llego a la habitación, ya han pasado las auxiliares e incluso las de la limpieza han fregado el suelo. El viejo está sentado en la cama leyendo el periódico deportivo como si estuviera tomando el sol en Torrevieja. Le pregunto que ha dicho la auxiliar de la tensión. El vejestorio me ignora. Insisto. Me dice que el Atleti va a nueve puntos del Madrid y esta noche serán doce. Le digo que me la suda y que haga el favor de decirme qué han dicho de la tensión. El anciano me pregunta si con el carnet de socio del Atleti te hacen descuento en el transporte público por discapacitado. Me froto los ojos, cuento hasta diez, y con voz calmada le imploro que no me haga ir a preguntarle a la enfermera. El abuelo, sin dejar de mirar el periódico, me indica que ya que voy, le haga saber a la morenita, a la vieja teñida no, a la morenita joven, que hay veinte euros para ella si le magrea un poco la minga con la excusa de que no orina por la próstata. Anonadado me hallo. El octogenario me advierte que no ponga esa cara porque cuando estuvo destinado en Melilla con ese dinero se podía tirar uno a una docena de moras, a las madres de las moras y a los camellos si querías. No puedo ni vocalizar. ¿Qué clase de marrón me ha pasado Jimena? ¿Qué coño significa “fácil”? El viejo demente necesita que lo controlen dos porteros de discoteca ucranianos ayudados de pitbulls. Empiezo a intuir porque toda la familia tenía algo que hacer justo cuando ingresaban al abuelo.

Con el cabreo decido que paso de preguntar nada y colocándome los cascos me aíslo en mi pequeño ecosistema formado por el sofá de tapicería azul. Trinco el ordenador y escribo lo que puedo mientras el viejo no para de descentrarme yendo a mear una media de veinte veces la hora. Acompañando las visitas al baño múltiplo de tres con briosas ventosidades que ayudan enormemente a mi concentración. Sopeso abandonar, dejar a Jimena y apuntarme a la Legión. Y ahí llega la comida.

No me puedo creer que ya sea la hora de la comida. No me gusta, no me gusta nada, no me gusta porque sé lo que va a pasar, y se lo hago saber con la suplicante mirada a la alegre auxiliar que deja las bandejas con la pitanza. No tengo fuerzas para pelearme con el puto viejo. Pero la auxiliar no me hace caso, se limita a soltar una carcajada cuando el vejestorio salido le hace saber que el pantalón blanco del uniforme le marca un precioso culito de pimpollo. Siento una enorme vergüenza ajena unida a un bochorno colosal. Y ahí llega el momento esperado de levantar las tapas.

¡Bieeen! Para nuestro concursante número uno tenemos un precioso plato de caldo blanco junto a puré hervido y un puré de fruta. ¡Bieeen! Bueno, parece que a nuestro concursante número uno no le agrada en demasía su menú, lo sabemos por las frases “¡qué clase de mierda es esta!” o “¡esto no se lo come ni un puto vietnamita!”. Bueno no pasa nada, tenemos la bandeja de nuestro concursante número dos que ha sido agraciado con estofado de ternera, rosada en salsa, menestras, flan de vainilla y pan. ¿Y qué vamos a hacer? Pues vamos a intercambiar las bandejas. ¿Y cómo lo vamos a hacer si el menda no está por la labor? Pues vamos a darle otro billetito de veinte euros. ¿Y si el menda sigue diciendo que esta vez no? Entonces amenazamos al susodicho con cagarle en la boca cuando esté dormido por la noche. ¿Y si no cuela? Pues entonces recurrimos al chantaje tipo “o las cambias o digo que has abusado sexualmente del Alelao”. ¿Eh? ¿Cómo? ¡La madre que lo parió! Venga esos veinte euros. ¡A tomar por culo!

La siguiente escena la conforman tres individuos, en la que uno con pijama enseñando el trasero degusta un estofado aderezándolo con comentarios del tipo “yo he llegado a comer gato” o “ni mi culo caga ese puré”, y en la otra cama un segundo con vaqueros da cucharadas compulsivas a un imperturbable tercero en pijama. Lógicamente para cuando el Alelao ha ingerido el caldo, el puré y la fruta, el capullo de su compañero de habitación va por la rosada. No pienso preocuparme, esta vez no, si entra alguien digo que he sufrido un vahído fruto de la enésima flatulencia del paciente de la cama uno y cuando he despertado la cosa estaba así.

Por suerte para mí, la hora de la comida es un momento de descanso para las enfermeras y probablemente su propia hora de comer. La cosa es que nadie interrumpe la entrañable escena en la que mi tensión alcanza los veinticuatro y catorce. Finjo que no me importa que el abuelo de Jimena se entretenga hurgándose entre los dientes para extraerse posibles trozos de pescado, me limito a fantasear con la visión de la posible obstrucción de la tráquea del viejo con alguno de aquellos pedazos, ¡qué agradable visión!

“Toda la mecánica del conocimiento es un aparato de abstracción y de simplificación que no está encaminado al conocer, sino a conseguir poder sobre las cosas”, espeto de repente en medio las sonoras masticaciones. El arrugado octogenario traga por fin el bolo alimenticio de restos de pescado y permanece aturdido. Alucino con los efectos que provoca Nietzsche en el rugoso exlegionario. Le digo que si se come el flan en dos cucharadas le explico lo que significa. El viejo no responde y continúa pensativo. Decido darle la explicación por miedo a que de no hacerlo tenga que resetear al abuelo como si fuera un pc. El conocimiento y lo que los hombres nos hemos acostumbrado a denominar “verdad” es sólo un medio para alcanzar poder, esa es la explicación. Nada, el anciano continúa en off, de modo que doy otra sonora palmada para acto seguido abrirle el flan y colocarle la cucharilla entre los dedos. El abuelete se reactiva y comienza a engullir el flan contoneando las dilatadas mejillas de modo indecente. Juro que si se le escapan restos del postre por las comisuras le agredo. Me da igual la pena de cárcel y lo que diga Jimena, como salga el amarillento flan y comience a descender por las arrugas mal afeitadas de aquel espécimen, me lanzo sobre él y le aplico una eutanasia preventiva con la tapa de la bandeja. Lo juro. Y con la tercera cucharada, el flan empieza a surgir por las comisuras. ¡Diooos!

No sé cuánto tiempo pasa, la cosa es que no regreso del baño hasta que no dejo de escuchar el estrepitoso rumiar del paciente, eso y el primer eructo, que como trompeta romana, anuncia el final de los juegos, es decir, de la comida. Ocurrido eso, recojo las bandejas a toda velocidad y dejo al Alelao impávido y al exlegionario colocándose el escroto con vistas a dormir una larga siesta. Voy en busca de una hamburguesa y un helado en la cantina de abajo.

Las siguientes horas las paso, sesteando junto al ordenador en una de las mesas de la cafetería aledaña al hospital. Finjo que escribo pero me limito a tocar las teclas y a pensar en mi actuación en todo esto, imagino la cara de Jimena si viese como estoy cuidando a su abuelo, no quiero ni pensar como tendrá los niveles de tensión, azúcar y colesterol. ¡Estoy envenenando al viejo! Empiezo a sentir el sentimiento de culpa niezscheriano.

Cuando subo la tarde está cerca de la noche. El abuelo de Jimena ve por la tele un partido de fútbol o baloncesto o algo y el Alelao mira la pared de enfrente. Nada más verme el viejo me increpa advirtiéndome de que los del Atleti juegan muy duro, cortan todos los contrataques con patadas y debieran estar con siete desde el minuto cinco. Le ignoro. El octogenario continúa haciéndome responsable del juego marrullero de los atléticos culpando de ello a la profesión de prostituta de las madres de todos ellos incluida la mía. Paso de él y me acomodo en el sofá. Encolerizado, el viejo llega a hacer partícipe al Alelao del flagrante penalti no pitado instándole a que proteste con vehemencia. El Alelao le ignora. Yo le ignoro. El colérico madridista lanza un pequeño tetrabrik vacío de zumo a la tele mientras valora la posibilidad de un genocidio en el que se elimine a todo aquel que vista ropajes rojiblancos. Me pongo los cascos y junto a la música surf empiezo a escribir.

La enfermera de noche aparece para realizar no sé qué análisis y para asegurarse de que el paciente ingiera la nueva medicación. Yo me hago chiquitito, protegido por mis cascos finjo no escuchar, sin embargo escucho. Y he dicho paciente porque al Alelao lo ignora, no hay medicación, ni tratamiento, el tipo debe estar o terminal o más sano que una quinceañera. La cosa es que me veo preguntándole a la enfermera cómo es que le han subido la medicación, a lo que me responde que el motivo es el elevado nivel de azúcar y la tensión alta que presenta. Ya está, ya siento la culpa nietzscheriana. Pueden pasar tres cosas, una que el viejo palme, otra que me pillen asistiéndolo en el suicidio inducido, y la tercera que me dé un infarto cerebral al no poder resistir la tensión del encubrimiento y el soborno. Y en algún momento llega la cena.

Juro que nunca he sentido mayor desazón frente a unos alimentos. Aquí estoy, haciéndome el loco, fingiendo escribir con mis cascos y mirando de reojo la reacción del exlegionario frente a su cena.

El viejo pone cara de asco e intenta leer en la etiqueta el contenido del cuenco blanco de plástico. “Vicisoise”, dice. “Vichysoisse”, señalo, y tras decirlo maldigo por decirlo. ¿Por qué cojones no me quedaré calladito? El viejo con la misma cara de asco pregunta si eso es alguna comida china de mierda. Respondo que no. El abuelo pregunta qué cojones es una “vicisoise”. Suspiro. Respondo que es una crema fría salada elaborada con puerro, cebolla, patata, leche y nata, y que es una variante de una receta tradicional de la cocina francesa, amén de ser una sopa internacionalmente conocida. El viejo se me queda mirando fijamente. Al instante me arrepiento de cada palabra dicha. Como esperaba el viejo relaciona el nombre de la sopa, el término “francés” y el concepto homosexualidad, y una vez enlazados, señala que del diseño y origen de dicha sopa se deduce que ha sido creada no para ser ingerida sino para ser introducida a través de un enema, que la única forma de tragarse dicho brebaje es gracias a que en el culo no hay papilas gustativas, pero que si además la han creado los maricones de los gabachos, no hay duda de la intención de usarla como lavativa porque para esos desviados cualquier excusa es buena para meterse objetos por el ano. Dicho lo cual me indica que el pavo triturado con arroz y el puré de fruta se los va a meter por dicho orificio la maricona del cocinero. Admirado me hallo, nunca pensé que una simple vichysoisse pudiera generar tan virulenta analogía con el recto. Con todo, me hago el desentendido y finjo escribir. Como era de esperar el abuelo carga preguntándome si me van los enemas. No respondo. El viejo se mofa de que conozca tan a la perfección la receta de la dichosa crema y pregunta si me molan los líquidos lechosos y el puerro. No replico pero noto como la sangre comienza a calentárseme. Acto seguido el octogenario saca un billete de veinte euros del bolsillo del pijama y agitándolo empieza a comportarse como un cliente borracho en un lupanar de tercera. No pueden caerme muchos años por decapitar al abuelo, no sólo es una rémora para el país sino una vergüenza para la sociedad. El viejo pasa de mis fantasías inquiriendo si además de recetas, sé de ballet y de peluquería. Nada, no respondo, me limito a imaginarlo sufriendo un paro cardiaco. El desdentado anciano no lo deja ahí, como el tema homosexual no ha funcionado, cambia de terna y señala que no es momento de hacerse la estrecha y que soy su putita preferida. Inspiro. Expiro. Inspiro. El abuelo se cansa y dice que o le paso la bandeja del Alelao o se fuma un cigarrillo en la cama y dice que se lo he pasado yo. ¡La madre que lo parió! ¿Pero por qué tengo que aguantar yo esto? ¡Anda y que reviente! Dicho lo cual suelto el ordenador y los cascos y aferrando con furia la bandeja del Alelao la sitúo en la cama del capullo extorsionador y la de éste en la mesita del vecino. ¡Ya está! Ah no, que falta una cosa, trinco los veinte euros.

   Mientras le doy la Vichysoisse al Alelao como si fuera un bebé en su trona observo como los ojos del otro paciente brillan al descubrir bajo la tapa de la bandeja sopa de picadillo, aguja plancha con patatas al vapor, membrillo y pan. Cuando el viejo comienza a sorber con la cuchara la sopa sé que estoy en el infierno. Algo he tenido que hacer para estar padeciendo esto. La visión del anciano desdentado aspirando sonoramente el caldo es extremadamente desagradable pero a la vez hipnótica, quieres vomitar pero no puedes dejar de mirar horrorizado. Permanezco con la boca abierta en la seguridad de que aquel ser no es un homo sapiens.

El Alelao termina la Vichysoisse, el pavo triturado y el puré de fruta en un periquete, y es que me come muy bien, otra cosa no pero para comer me ha salido buenísimo, y lo mejor es que no necesita ni babero, ahora le doy unas palmaditas en la espalda para que eche los gases y listo. 

Esta vez, o yo he perdido la noción del tiempo por culpa del trauma causado por verle sorber la sopa o me da la sensación de que el viejo da cuenta de la aguja con patatas y del membrillo en un tiempo razonable. Retiro las bandejas justo a tiempo de escuchar el primer eructo y ver como el viejo se deja caer sobre la cama frotándose la tripa hinchada. Es cierto que hace un instante le deseaba la muerte pero al ver la dilatación de la barriga y lo costoso de dicha digestión, empiezo a valorar la posibilidad de que el deteriorado organismo del abuelo no dé más de sí.

Cuando cojo el ascensor para cenar algo en la cafetería no dejo de pensar en lo dicho por Nietzsche sobre que el hombre libre es aquél que puede hacer promesas y trata como iguales a aquéllos a quienes puede hacer promesas, pero despreciará a aquellos que son mentirosos, definiendo la responsabilidad como la conciencia de ese hombre libre capaz de hacer promesas. Yo le hice una promesa a Jimena y soy un mentiroso. Le prometí cuidar de su abuelo y me lo estoy cargando, y encima me estoy lucrando con ello. Soy lo peor. Soy un irresponsable. Mi madre tiene razón, mi padre tiene razón, mis ex tenían razón, y Jimena tendrá razón cuando me mande a la mierda.

Tras la cena, echo un par de pitillos en la puerta del hospital observando el ir y venir del personal, todos tan responsables, todos tan libres, todos haciendo promesas y cumpliéndolas, ¿y yo? Yo envenenando a un enfermo. Cierto es que es un viejales insoportable pero ese no es el tema, se suponía que esta era una prueba de madurez, de responsabilidad, un paso adelante en mi etapa adulta. Fuera los comic, lo del skateboard y la marihuana. Se acabó coleccionar películas de terror de serie b de la Hammer y vinilos de surf. Nada de ir con la camisa desabrochada sobre una desgastada camiseta. Tengo que ducharme más a menudo y dejar de comer pizza recalentada. Y buscarme un trabajo, un trabajo remunerado donde haya que ir con corbata, y dejar esta gilipollez de escribir relatos. Y sobre todo, sobre todas las cosas, tengo que dejar de coger billetes de veinte euros de extraños.

Cuando subo ya es noche cerrada y los pacientes están durmiendo, uno porque después del atracón que se ha dado necesita de toda la sangre para la digestión, y el otro porque… bueno no sé por qué, de hecho no sé si duerme o está en modo stand by. Me tiro sobre el sofá e intento escribir por enésima vez aislado por la música.

Despierto porque la enfermera entra llena de energía. Joder, estoy molido. Me siento como si me hubiera atropellado un elefante. Intento colocar las vértebras en su sitio mientras la auxiliar toma la tensión al abuelo hasta tres veces para comprobar que los niveles que da son ciertos. Con la prueba de azúcar otro tanto, se dispara. Me voy a mear, no quiero presenciarlo. Como le mire la boca fijo que le encuentra algún trozo de membrillo de la noche anterior y la liamos. No quiero ni escucharlo. La enfermera pregunta al viejo si toma la medicación extrañada. El abuelo asiente y responde que él se come todo lo que ella le da. La muchacha suelta una carcajada y le reprende por viejo verde. Yo valoro la posibilidad de meter la cabeza en el inodoro para evitar escuchar la conversación. Total, que la medicación se dobla o duplica o yo qué sé, y la auxiliar se va convencida de que algo raro pasa.

Cuando salgo del baño el abuelo me pregunta si he visto las tetorras de la chati, para de inmediato añadir que es un poco golfilla y que le va la marcha, que va dejando el olor a hembra desde el ascensor. No respondo. No sé si prefiero la versión misógina o la homofóbica. Mientras me desperezo e intento leer el periódico en el ordenata, el viejo pregunta si siempre he sido trucha o he probado la carne. Lo ignoro. El anciano está acelerado y no me extraña con la tensión por las nubes. De improviso le digo, amenazándole con el dedo, que se olvide de pillar el café del Alelao esta mañana, que se ha acabado intercambiar desayunos, y que me la suda lo que me diga. Se hace el silencio. Estoy esperando la retahíla de insultos e improperios, pero no llegan. El viejo está llorando. ¡No jodas!

El abuelo replica con los ojos llorosos que a su edad la vida es una puta mierda, que nada sabe a nada, que le da igual palmar, que la vejez no es vida sino agonía, que la muerte es una liberación, que tomarse un café es la única cosa por la que merece la pena vivir un día más, que sino para qué vivir, que un día me veré como él y lo entenderé, que la vida no es vida si sólo puedes tomar papillas insípidas, que paladear un café le da fuerzas para aguantar otro día. ¡Jooooder!

Y entonces entra la asistente con el desayuno. 

El viejo me mira lacrimoso. No. No. No. El octogenario continúa mirándome. No. Tengo que ser responsable. Tengo que ser como dijo Nietzsche. Tengo que ser adulto. Tengo que ser el hombre libre ese que puede hacer promesas. Y el anciano continúa mirándome con gesto de ir a morirse en cualquier momento. ¡Hostias!

Trinco la bandeja del Alelao y procedo a hacer el cambio. Este es el último café. Hoy es domingo. El último día. No pasará nada por un último café. Esta tarde llegará la familia de Jimena y será cosa suya.

Al exlegionario le cambia la cara en cuanto ve el café. No sé si… La cosa es que le enchufo el vaso de leche desnatada al Alelao mientras presencio como el vecino más que desayunar realiza una obscena carnicería con el azúcar, el pan, la margarina y la mermelada.

Le meto prisa. Puede ser que la vida no tenga sentido sin el café y la mermelada para él pero dejará de tener sentido para ambos si entra la auxiliar y presencia la desenfrenada orgia alimentaria. El viejo pasa de mí. Nervioso, le rebano el pan y le unto la mantequilla y la mermelada para acelerar el final de la orgiástica degustación. El anciano sonríe mientras mastica ostentosamente la última parte de la rebanada, y propulsando pedazos de pan y babas me dice que sabía que con ponerme ojitos llorosos se ahorraba veinte euros, que todas las mariconas somos iguales. ¡Hijoputa!

¡Será cabrón! Trinco las bandejas y las saco dejando al capullo del viejo riéndose tras de mí. No puedo ser más gilipollas. Claro que lo mismo ahora le estalla una arteria y tengo la suerte de presenciar su embolia, habría merecido la pena. Estoy por apostar que la familia de Jimena me recompensaría por haberles librado de semejante bicharraco. De hecho, quizá  lo han dejado en mis manos conscientes de mi incapacidad para atender a seres humanos, esperando que le proporcione una especie de eutanasia gradual a través de los alimentos del vecino de cama. Se me va la olla.

La cosa es que me bajo a desayunar a la cafetería. Estoy hecho polvo. No es porque no me haya podido duchar desde el viernes, ¿o fue el jueves? Me duele todo. Huelo a viejo, a hospital, a flan. Lo único que me mantiene en pie es el hecho de que en unas horas todo habrá terminado. Jimena estará aquí y yo habré cumplido la tarea encomendada. Seré recompensado por mi suegro con un abrazo de esos en plan mafioso dándome la bienvenida a su familia, y nunca más volveré a darle de comer a ningún viejo.

Consciente de que en la tarde del domingo llega Jimena and family me resisto a subir a la habitación. He desayunado, he fumado, he leído los periódicos y he hecho todo lo que se me ha ocurrido para permanecer alejado de la habitación. No quiero volver allí. Sé que lo siguiente será la comida, fijo que no llegan antes de la comida, sería demasiado bonito, no, no, no sucederá, me tocará volver a vivir la pesadilla de la comida. El viejo me insultará, me tangará y terminaré envenenándole, quizá… y ahí me asalta una terrible premonición.

Corro hacia la entrada. Llevo toda la mañana fuera, es tiempo más que suficiente para que al abuelo le haya reventado el cerebro con la tensión que debía tener. Subo angustiado en el ascensor y una vez en la planta corro por el pasillo hasta la habitación. Suplico no ver un equipo de intervención rápida en plan comando de élite pero médico en la puerta. Tengo suerte no veo a nadie. Alcanzo la habitación, abro la puerta y… y nada, allí están los dos. Me siento aún más gilipollas.

El viejo dice que quiere un cigarrillo. Le mando a la mierda. Dice que me da veinte euros. Le digo que se los meta por lo que viene a ser el culo. Me dice que me he perdido a la chica de la limpieza nueva con un trasero impresionante. Le ignoro. Me dice que aunque a mí me gusten los tíos un culo es un culo, ¿no? Ni caso. Pregunta si es que acaso me gustan los ojetes peludos. Me quedo mirándole. ¿Pero de dónde ha sacado Jimena a esta aberración? Y entonces lo entiendo. ¡No van a venir! ¿Quién va a venir a ver a este gañán? No vendrán. ¡No volverán! Llamarán y dirán que han sido secuestrados por un comando talibán y que me quede un poco más. No vendrán nunca. Nadie en su sano juicio se metería en una habitación con semejante mamarracho, no sin la intención de asfixiarlo con una almohada. Jimena estaba conmigo únicamente para liarme y endosarme al viejo. ¿Cómo se entiende sino que una chica como ella esté con un tío como yo? Capta estúpidos, retrasados, y los hace venir a cuidar a su abuelo hasta que uno tras otro se suicidan o desaparecen enloquecidos. ¡Dios! Salgo a respirar al pasillo porque me estoy hiperventilando y lo veo.

Los portabandejas están ahí, frente a mí. No puede ser. ¡Pero es que en este puto sitio no se hace otra cosa que comer! ¡Por Dios y por la Virgen!

Me rindo. Me duele todo. La cabeza me va a estallar. La culpa no es mía, es de Jimena por cargarme con esta responsabilidad, y si no es de ella es de Nietzsche. Es el devenir. ¿Y qué es el devenir? Es la realidad entendida como proceso o cambio, que a veces se opone a ser. ¿Y qué significa esto? Pues que voy a ponerle al abuelo de Jimena la bandeja del Alelao y punto.

El exlegionario se queda extrañado de que nada más dejar las bandejas la simpática auxiliar, proceda a intercambiarlas sin más. El viejo me mira atónito. Le toca cocido andaluz, cerdo braseado con champiñones rehogados de guarnición, yogur de sabor y pan. Por el contrario, al Alelao le cae en suerte sopa de hierbabuena, patatas al vapor y compota de manzana. Pero no se queda ahí la cosa, saco un cigarrillo del paquete de tabaco y se lo dejo en la bandeja para luego. El viejo me mira como si fuera un marciano, no puede creerlo. Sonrío. Ya da todo igual. Estaremos juntos por siempre, el capullo, el imperturbable y yo, juntos en esta habitación eternamente. Con un gesto de rendición cojo la cuchara y comienzo a darle la sopa al Alelao. Y entonces se abre la puerta y aparece la sonriente Jimena junto a sus padres. Cojonudo.

La bucólica escena la delimita un exlegionario con una dieta “Líquida S/S, baja en potasio, diabética” degustando un grasiento cocido junto a su cerdo braseado, su azucarado yogurt y su cancerígeno cigarrillo. Y junto a él, la persona designada para cuidarle que está dándole de comer a un extraño. La escena soñada.

Y entonces ocurre.

Jimena, el padre y la madre se dirigen hacia el Alelao y lo abrazan.

Por lo visto no era planta uno, habitación dos, cama uno, sino planta uno, habitación dos, cama dos. Alguien se confundió. El Alelao es el abuelo.

El Alelao está en magnífico estado, quizá por la atención prestada, quizá por la alimentación sana que ha ingerido, quizá por el hecho de que un atento muchacho se ha molestado en darle de comer con su propia mano.

Ahora, aquí, aún en estado de shock, me pregunto si Nietzsche dejó escrito algo sobre los tipos que llegan a ser individuos responsables por pura casualidad.

Guay

Sujeto el ajado vaso y de un trago apuro el tequila, después, lo dejo sobre la sucia mesa de un sonoro golpe. Estoy borracho, tan borracho como mis dos colegas que completan la escena en la más apartada mesa del oscuro garito marginal. Derrengado sobre la silla, descamisado y con aspecto de haber sido arrollado por una manada de ñus, tomo la decisión, lo hago porque estoy borracho y básicamente porque soy deficiente mental, por eso decido hacer partícipes a mis camaradas de que voy a pedirle matrimonio a Vanessa Con Dos Eses.

            Lagarto, el demacrado politoxicómano con tantos traumas y enfermedades mentales que la Wikipedia pone su foto en la definición de “psicópata”, permanece impasible con esa mirada de ofidio venenoso y ese gesto apergaminado que hace que los chicos del gueto prefieran morrear a un mandril con almorranas antes que sentarse junto a él. Comportamiento opuesto el de Niño Toro, una gigantesca mole iletrada de dos metros y ciento treinta quilos saturada de cicatrices y tatuajes, que consigue que Satanás se cambie de acera cada vez que lo ve.

A Niño Toro se le ilumina el rostro como si fuera Cenicienta y empieza a revolotear como una puta mariposa desde la silla de al lado. El alcohol en vena no me impide apreciar lo ridículo de que un neonazi con aspecto de comer carne cruda se comporte como una quinceañera en un concierto pop. Es la primera indicación de que la he cagado. De mataos al río, pienso, de modo que mientras relleno el vaso de tequila, digo eso de que llega un momento en que todo hombre tiene que sentar la cabeza, tener un hogar al que regresar y una mujer en él que lo cuide. La frase es cojuda, me suena que la he sacado de alguna película del oeste de John Wayne. Lagarto no dice nada, como era de esperar permanece mirándome recostado contra la pared, con el cigarrillo en los labios y esos ojos achicados de demonio que leen el alma. Niño Toro es todo lo contrario, todo expresividad, hasta que de pronto trasmuta la excitación inicial en gesto de duda y preocupado dice algo que todos sabemos, que Vanessa Con Dos Eses es puta. Le miro con la vista turbia ante la obviedad del comentario. Bueno, sí, es puta, pero todas las putas quieren retirarse, formar una familia y ese rollo, todo el mundo sabe eso. Lo digo rápido para que no se note que no estoy muy convencido y añado rápidamente una justificación definitiva. Lógicamente es una puta, nosotros unos matones y ella una puta, es lo lógico, es como los toreros y las folclóricas, o los millonarios sexagenarios y las modelos veinteañeras, o los diseñadores gais y los caniches, son profesiones asociadas para el amor. Unos tipos como nosotros, que trafican con drogas, dan palizas por encargo, extorsionan, roban y atracan, no pueden aspirar a liarse con una peluquera. ¿Qué tía que no sea una puta va a querer casarse con un delincuente que está más tiempo en la cárcel que en casa? ¡Claro que es una puta! Niño Toro queda pensativo y parece convencido de que el amor es posible que inunde nuestro futuro hogar, sin embargo, hay algo que no termina de convencerle, pero es argentina, replica finalmente. Ahí me ha pillado. Le miro y él me mira a mí, pasan unos segundos y sigo mirándole, incluso pasa una puñetera eternidad y continúo observando con gesto de estreñimiento el interrogante careto de mi colega. Finalmente me derrumbo. Es cierto, es argentina. Estoy jodido. John Wayne tenía frases para todo en sus películas, incluso en las que salían maléficas cabareteras en los salones junto a rudos pistoleros, pero no eran argentinas, eso hubiese sido demasiado incluso para el bueno de John.

            Vanessa Con Dos Eses es argentina, porteña o no sé qué cojones, la cosa es que sabe quién es Nietzsche, y sabe que no es un defensa central del Bayern de Múnich, y no solo eso, es que ha leído a Nietzsche, y además… lo entiende.

            ¿Qué se puede hacer frente a una puta que lee filosofía? Pedirle matrimonio es una opción, tan aconsejable como usar una podadora para rasurarse las ingles, cierto, pero opción, a fin de cuentas. Sí. Vanessa Con Dos Eses es una mala opción. Las putas inteligentes son peligrosísimas, si además tienen carácter son letales, pero si a todo eso le sumas que es argentina entonces es más sano emborrachar a una hiena e intentar seducirla poniéndole un liguero. Todo el mundo sabe eso, pero yo soy gilipollas, y como paso la mayor parte del tiempo drogado o borracho pues me encapricho de prostitutas argentinas que no paran de hablar de cosas que no hay dios que entienda.

            Es entonces que Niño Toro me recuerda que ya le pedí matrimonio no hace mucho, y tras mearse de risa, me definió como un enajenado neurasténico con delirios esquizoides, algo tan ininteligible como comprensible. Niño Toro es idiota, pero tiene razón. Me rechazó, algo que debiera incapacitarme para manejar maquinaria pesada.

Enciendo un cigarrillo con aire de escritor atormentado y tras dar una larga calada al estilo Bogart le explico a Niño Toro los motivos subyacentes por los que fui rechazado, y recalco lo de “subyacentes” a sabiendas de que no tiene ni puta ida de lo que significa. Somos malas personas, le comento con la voz torturada del cantante de country. Apuñalamos, disparamos, golpeamos, amenazamos, somos malas personas, y no podemos cambiar, ¿por qué? Pues porque esto no es Disneyworld. Nacimos en el gueto de padres maltratadores y madres alcohólicas, crecimos entre traficantes y toxicómanos, aprendimos en reformatorios y cárceles, y eso no sale en las películas de Disney. Así que somos malas personas condenadas a ser malas personas, ¿quién quiere casarse con una mala persona? Nino Toro queda pensativo y finalmente responde que si otra mala persona. No, replico. ¡Error! Ni siquiera las malas personas quieren juntarse con malas personas, quieren formar familias con buenas personas a las que joderles la vida. Niño Toro asiente persuadido. Y es ahí que le comento la solución para que la prostituta me acepte, ¡ser guay!

No podemos ser buenas personas pero podemos ser guais. Niño Toro queda con la boca abierta como la vaca que ve pasar el tren, pero Lagarto muestra una malévola sonrisa denotando que entiende mi razonamiento.

Guay es como buena persona pero en plan postureo, quiero decir, que no eres buena persona pero lo pareces. Es como una faja para los gordos, una faja social que te deja seguir siendo un hijo de puta pero embutido en un ciudadano aparentemente bueno. Es un convenio social que te permite sustituir el ingrato sacrificio de realizar acciones bondadosas por una serie de pamplinas políticamente correctas. Niño Toro pone cara de no entender, y es lógico porque es idiota, no como yo que soy un portento intelectual desde que me junto con argentinas. Por ejemplo, ¿qué opinas de la limosna? La gente que da limosna es buena, ¿verdad? Pues no ¡Error! Son guais y la limosna una mierda. ¿Por qué? Pues no lo sé, pero una meretriz argentina se acalora vociferando que es una engañifa de los pudientes para lavar de balde sus conciencias usando a los pobres. Palabra de meretriz argentina.

Niño Toro permanece con el mismo gesto de bóvido, y lo entiendo, se parece bastante al gesto de rumiante pasmado que tenía yo mientras mi chica y su acento porteño me instruían sobre la diferencia entre buena persona y guay.

A ver, un ejemplo, en vez de donar todos los meses mi nómina a los pobres, algo jodidamente cansado y estúpido, me compro un televisor de ochocientas pulgadas y al tiempo por veinte euros al mes apadrino dos negritos obteniendo el carnet de persona guay de inmediato, y eso sin tener que coger un avión, ir a un país de mierda y darle en la mano los mil setecientos euros a un famélico subdesarrollado de tripa hinchada saturado de mosquitos. ¿Por qué? Porque el desarrollado mundo occidental pone a mi disposición todas las facilidades para ser guay on line, sin tratar con los sucios negratas y sin saber si el dinero les llega o se lo gasta el presidente de la ONG viajando en business o en unos chulísimos todoterrenos. ¿Capicci? Yo ya he dado mis veinte euros, me la suda lo demás, es una transacción automática para lavar mi mala conciencia. La sociedad me permite limpiar mi mala conciencia siempre que entregue una miseria a un extraño que representa un buen fin, y además me permite restregárselo a todo tipo de visitas, amigos, compañeros de trabajo y familiares diversos. Bien, pues eso es ser guay, y eso sí está a mi alcance. Y tras soltar la memorizada perorata y dar muerte al enésimo vaso de tequila, me incorporo torpemente seguido de mis dos amigos.

Mientras caminamos tambaleantes por medio del tétrico garito en busca de la salida escucho la voz de Niño Toro indicándome que a las buenas personas les gustan los animales, y que quizá si me pillo un perro eso impresionase a Vanessa Con Dos Eses convenciéndola de que soy guay.

Sí, es un pensamiento extendido que los amantes de los animales son buenas personas, y sería sencillísimo pillar un chucho para purificarme a sus ojos, pero hay un problema, la jodida argentina tiene una opinión “particular” sobre los amantes de los animales.

La última vez que hablamos de animalitos domésticos su cabeza empezó a dar vueltas mientras echaba espumarajos por la boca. Los dueños de perros son unos jodidos egoístas que sólo quieren mascotas para no sentirse solos y rellenar sus tiempos muertos, aulló. Son gente que encierra a un pobre animal veintitrés horas al día en un piso de cuarenta metros, que los sacan a dar un paseo rápido a la manzana o los abandonan a diario para que se meen en la cocina. Sin contar el rollo clasista del pedigrí que tanto les pone y que tiene un tufo racista que tira para atrás. Además del hecho de haber deformado lobos en aberraciones genéticas que solo pueden caminar sobre moqueta, a los que se humaniza hablándoles, vistiéndoles y llevándolos en cestitas como los peluches que son. Solo si posees una casa con un amplio terreno donde el perro pueda correr es plausible, todo lo demás es un animal esclavizado por un amo que lo disfruta por puro egoísmo, como sustituto de la pareja que no tiene, del amigo que desea o de la familia que añora. Y recuerdo que sentenció que el que posee docenas de pájaros enjaulados y dedica todo su tiempo a cuidarlos, llorando desconsolado cuando uno muere, no ama a los pájaros, es un carcelero. Todo eso dijo mi chica mientras yo permanecía pasmado intentando mantener la erección.

Tambaleantes, salimos al exterior y nos acercamos al automóvil. Enciendo un cigarrillo y abro el maletero. Ahí está encogido el tipo de traje gris a rallas. No sabemos quién es, sabemos que es el tipo de traje a rallas al que le gusta apostar y pedir prestado cuando pierde, también le gustan las putas, la coca y el póker, lo que ya no le gusta tanto es pagar las deudas, así que claro, terminas metido en el maletero de un coche junto a tres jinetes del apocalipsis. Comprobado que el paquete permanece en su sitio igual de asustado que cuando lo trincamos camino del aeropuerto, cierro el maletero.

Es al ponerme al volante que lo noto, a Niño Toro se le ha ocurrido otra cosa guay, y claro, me la hace saber de inmediato. Se trata de hacerme vegetariano, que eso por lo visto está muy bien visto por aquello de que resulta feo lo de comer cadáveres y  tal, y que es como de más civilizado y es muy guay. Eso tiene que encantarle a Vanessa Con Dos Eses, asegura.

Sí, es posible que lo de ser vegetariano te otorgue puntos con la mayoría de las féminas, pero para la peculiar argentina, esa gente son supremacistas morales que reniegan de su condición de omnívoros negando su propia naturaleza, para alcanzar un estado de supuesta superioridad ética sobre unos homo sapiens sapiens que no hacen otra cosa que aquello para lo que está diseñado su aparato digestivo, comer carne. Según la prostituta esa gentuza va de guay, obligando a los seres humanos a avergonzarse de una constitución genética en la que la ingesta de carne permitió desarrollar sus cerebros, evolucionar, y convertirse en lo que son. Mi chica dice que no hay nada peor que el mierda que reniega de su naturaleza animal y rechaza admitirla creyéndose un ser superior al resto de primates por el mero hecho de comer brócoli. Dice que son los responsables de que en las películas de Disney quede feo que los tiburones coman peces, y que dentro de poco obligarán a los lobos a comer pizza, eso sin contar que en breve descubrirán que defecar es demasiado animal y se coserán el culo, alardeando de su condición etérea frente al resto de los homínidos. Sí, recuerdo que la argentina dijo que le gustaría batearles la cabeza a todos los putos vegetarianos, y también recuerdo que me hice un poco de pipí al ver a aquella pequeña meretriz gatear por el techo.

 Narcotizados, dejamos atrás los sucios callejones del barrio marginal que nos amamanta y oculta, y entramos en las limpias calles con papeleras de los barrios ajenos. Conduzco despacio observando de reojillo como mi gigantesco copiloto fuerza su pequeño cerebro en busca de nuevas actitudes guais, mientras lo hace, Lagarto, desde el asiento trasero paladea el porro con gesto ladino.

¡Ecologismo! ¡Ser de Greenpeace es ser guay! Grita de pronto Niño Toro, y añade que implicarse en la protección de la naturaleza es guay. A todo el mundo le gusta la naturaleza, a todo el mundo le gusta Greenpeace. ¡Es superguay!

Ya. Sí, seguramente Greenpeace es guay pero para mi pequeña prostituta argentina hay una pequeña diferencia entre ser de Greenpeace jugándote el tipo montado en una lancha esquivando el cañón de agua proveniente de un ballenero, e ingresar veinte euros al mes y permanecer tirado en tu sofá tocándote el paquete escrotal y escribiendo en tu perfil de páginas de contacto que eres miembro de Greenpeace, ¿Miembro? ¡Qué cojones! Miembro no, ¡que lo fundaste tú! Y que el oso panda no se ha extinguido gracias a que lo escondiste en tu mueble bar. Es decir, que si le enseño a mi porteña preferida el carnet de ecologista categoría gold, y acto seguido cojo el coche para ir a por el pan, me lo mete por el recto. Y la verdad, no me veo subido en la chimenea de una central nuclear desplegando una pancarta que diga, “churri, soy yo, cásate conmigo”. Podría ser guay comprándome los cuarenta tipos de contenedores para reciclar, cierto, llenar la cocina con ellos y tener que cocinar en la terraza, cierto, pero Vanessa odia ese tipo de postureo. Detesta a la gente que por separar dos cartones de tres vídrios se les llena la boca haciendo notar que gracias a ellos el mundo es más limpio, cuando después, consumen enloquecidamente todos esos productos tan innecesarios como publicitados, cuya fabricación supone talar miles de árboles, verter miles de contaminantes y esparcir miles de humos. Pero ahí estás tú, sacando pecho, con tus contenedorcitos de colorines, convencido de que gracias a ti el aire es respirable, y por supuesto sermoneando desde tu ecológico altar a to’dios. Luego, evidentemente, vas a comer al chino usando uno de los ochenta mil millones de palillos de madera desechables que se producen cada año, pero claro, no vas a usar una cuchara sopera, una cosa es ser guay y otra ser un notas. Sí, Vanessa Con Dos Eses conoce la cantidad de palillos chinos que se producen, esas son las cosas que me vuelven loco de ella, lo de que sueñe con sodomizar con ellos a todos los ecologistas de boquilla me enloquece menos, pero no me desagrada por aquello de que se parecería a hacer un trío.

Desechado lo del ecologismo Niño Toro sugiere usar la bici, lo hace mientras salimos de la ciudad. Por lo visto montar en bicicleta es guay porque no usas el contaminante automóvil y eso te concede un aura de deportista comprometido con el medio ambiente a la par que de luchador anticombustibles fósiles. Sí, parece lógico.

Tras observar por el retrovisor la irónica mirada de Lagarto, le pregunto a Niño Toro si es gilipollas, por qué si lo es pues no pasa nada, pido hora para que le midan el grado de deficiencia y lo mismo le dan un carnet con el que montar gratis en el autobús. Niño Toro me mira un tanto acobardado pero no se ofende, algo de agradecer porque a cualquier otro, por menos ya le habría quitado las dioptrías de una sola hostia.

A ver, cada vez que la que lee filosofía se encuentra en una carretera de sentido contrario con un grupo de ciclistas domingueros que van a diez por hora ocupando todo el carril mientras departen amigablemente, y se tiene que jugar la vida para adelantarlos, la dulce prostituta, trasmuta en una enajenada psicópata capaz de proferir tal cantidad de insultos, maldiciones y blasfemias, que horrorizarían a un taxista, entrando en un estado colérico tal que solo desea la muerte lenta y agónica de los que visten con maillot. No se pueden juntar bicicletas y coches por muy guay que sea, porque solo es un truco para ahorrarte los carriles bici. Eso dice ella con ese acento que me enloquece. ¿Y sabes qué digo yo? Niño Toro cabecea negando. ¿Que cómo coño íbamos a llevar al del maletero si fuéramos unos putos perroflautas montados en triciclos? ¿En la cestita? Niño Toro baja la cabeza y para desviar la atención larga rápidamente lo de la solidaridad.

Ser solidario es guay. Eso dice el neonazi de mi derecha.

Bueno, es cierto, ser solidario resulta barato, cómodo y sencillo. Que hay una limpieza étnica en algún lugar del culo del mundo, te solidarizas. Que un terremoto arrasa un pueblo en las antípodas, te solidarizas. Que una empresa de no sé qué esclaviza a no sé quién, te solidarizas. Que a unos señores con bigote no les dejan casarse entre ellos en Marte, tú te solidarizas. No hay forma más cómoda de ser guay. La solidaridad es el culmen de lo guay. La cima. Lo máximo. Pero claro, sería demasiado fácil cuando anda por medio una jodida meretriz con una forma de pensar un tanto alternativa.

Vanessa Con Dos Eses siente un especial odio por los solidarios. Cree que habría que degollar a todos los burguesitos que deciden pasar unas fantásticas vacaciones en la India disfrazándolo de viaje solidario. Le gustaría patear al tipo que vestido con la carísima ropa de marca, junto con su carísimo móvil, su carísimo ordenador portátil, su carísima cámara de fotos, sus carísimo seguro de viaje y sus carísimas reservas de hotel, decide sumergirse en el tercer mundo como el que va al zoo. Y tras fotografiarlo, regresar sin haber aportado una mierda, pero con la imperiosa necesidad de trasmitir la buena nueva de que hay pobres en el mundo. Ahí es donde comienza a decir eso de “aquello te hace valorar lo que tienes” o “te cambia la vida” o “ves que no necesitas tanto”, para acto seguido comprarse el último iPhone. Sí, mi chica odia a los guais que juegan a ser buenas personas a tiempo parcial.   

¿Y lo de donar ropa usada a la parroquia o comida a las asociaciones benéficas? Replica desesperado Niño Toro. No. Lo de donar cosas que ya no quieres, obtener satisfacción haciéndolo y creer que eres una gran persona, es algo que debiera avergonzarte. Eso dice la prostituta. ¿Quieres ser buena persona donando un kilo de arroz y un tetrabrik de leche de marca blanca? Me preguntará la argentina, lo sé, y luego dirá que soy un mierda, un mierda guay, y que si quiero follar me folle una oveja merina de marca blanca. Que ya me lo ha dicho varias veces.

 Creo que no hay más cosas guais, apunta Niño Toro con gesto deprimido, sabedor que el cinematográfico amor entre el matón y la puta se diluye.

Hace tiempo que, lejos de la ciudad, andamos metidos en carreteras comarcales buscando un paraje solitario donde enterrar al del maletero. Y es entonces que ocurre.

Lo mismo las buenas personas no existen y solo hay gente guay pululando por ahí. La sentencia la acaba de emitir Lagarto con esa voz cavernosa suya y sin casi gesticular desde el asiento trasero.

Se hace el silencio. Niño Toro y yo permanecemos con la mirada perdida acojonados por la trascendente revelación del tarado de atrás. Estoy jodido. La mala persona que soy no le gusta a Vanessa Con Dos Eses, y la persona guay a la que podría aspirar, le gusta aún menos. Sí, estoy bien jodido. Y es ahí que doy el frenazo y me detengo en la cuneta.

Tambaleante, me bajo del coche seguido de mis compadres en medio de un paraje boscoso tan solitario como el cubil de un lobo. Abro el maletero y saco el paquete vestido con traje gris a rayas. El tipo está tiritando de miedo, me mira acojonado mientras cae de rodillas lloriqueando, ya ni siquiera suplica. Le observo, le observo un montón de segundos y finalmente se lo explico.

Verás, tengo que pedirle matrimonio a una puta, el problema es que no le gusta lo que soy y tampoco lo que podría fingir ser. Podría intentar engañarla, pero es argentina y conoce a Nietzsche lo que hace inviable esa opción, así que estoy jodido. Si te mato soy mala persona, si me voy al coche a subir el volumen de la música mientras estos dos te matan, soy guay, solo queda la opción de no matarte, eso es lo que haría una buena persona. El tipo deja de moquear y mira a su alrededor por si se trata de la broma de un programa de cámara oculta.

Mientras montamos en el coche y aceleramos dejando atrás a un desconcertado traje gris a rayas, valoro lo jodidamente arriesgado que resulta tomar decisiones borracho, decisiones como decirles a nuestros jefes que no hemos encontrado al deudor. Todo sea porque Vanessa valore mi nueva condición y emita el sí quiero, porque en cuanto lo emita, dejaré esta gilipollez de ser buena persona, algo estúpido y peligroso que no me extraña que nadie quiera ser.

La moda

¿No os parece que el mundo de la moda encierra un mensaje intrínseco? Es con la segunda hostia, justo cuando Lagarto está calentando y se dispone a desencajarle la mandíbula a Guau Guau que Niño Toro hace la pregunta. La pregunta es como todas las preguntas, un conjunto de palabras pronunciadas con una entonación particular con la que se pide una información determinada, en fin lo que viene a ser una pregunta, pero por algún motivo dicha interpelación hace que el enajenado Lagarto detenga el puñetazo y gire la cara atónito, también provoca que yo deje la apática calada a medias y mire a mi colega con gesto de incredulidad, incluso el arrodillado Guau Guau deja de lamentarse y suplicar para observar a Niño Toro con gesto de bóvido pasmado. Niño Toro nos mira a todos y a cada uno, se siente azorado, y se siente azorado aún a sabiendas de que no sabe lo que significa azorado, pero yo sí lo sé y se siente azorado, punto. La cosa es que la mole rapada de ciento treinta quilos y dos metros de altura saturada de tatuajes y cicatrices parece sorprendida de que estemos sorprendidos, de manera que visiblemente molesto pregunta si no puede tener dudas. Nadie responde, todos seguimos con la cara pasmada de quien acaba de ver al Papa salir borracho de un after hour abrazado a una dragqueen. Así es la vida, un día normal te encuentras haciendo lo normal a un sangrante tipo normal y de repente tu colega, una bestia parda que provoca severas pérdidas de orina con sólo sentarse a tu lado, decide hacer una pregunta sobre moda. ¿Y qué haces? Pues tras unos segundos de estupor le ignoras y sigues haciendo aquello por lo que te pagan y que mejor se te da, hacer daño. ¿Y cómo se hace eso? Fácil. Por ejemplo, tú quieres saber dónde está Johnny Dos Cruces así que buscas a su mejor amigo, que en este caso es un camello julandrón llamado Guau Guau y se lo preguntas amablemente.

            Lagarto le vuelve a preguntar a Guau Guau dónde está y éste sigue con lo de
“no sé”, “os juro que no lo sé”, “os lo diría si lo supiera”, bueno, todo el rollo estándar entre golpeador y golpeado que a nadie le interesa, él sabe que sabemos que lo sabe y nosotros sabemos que él sabe que lo sabemos, así que le daremos hostias hasta un punto, él aguantará, y nosotros fingiremos creer que no lo sabe y todos contentos. Así son las cosas, bueno, así son las cosas cuando el tipo al que estás golpeando es íntimo amigo y además novio del putón de tu hermana, porque si fuera un desconocido la cosa cambiaría, pero nosotros somos unos mandaos y este nuestro trabajo, te dicen que encuentres a Johnny Dos Cruces ¿y qué vas a hacer? Lo buscas, ¿y cómo lo buscas? Pues, ¡coño! Preguntas. Y aquí, en el gueto, las preguntas se hacen así, sustituyendo los signos de interrogación por hostias, de otro modo el personal marginal creería que eres analfabeto.

La cosa es que doy un par de apáticas caladas más y le digo con la mirada a Lagarto que un monaguillo pegaría con más fuerza, y los ojos de mi patibulario amigo me responden que no le va a golpear más, así que le pregunto a Guau Guau si tiene buena coca. El golpeado asiente, se limpia la sangre de la nariz tras escupir un esputo sanguinolento, se incorpora, y saca una papelina. Le pregunto si es colombiana o peruana o alguna porquería de esas. Responde que afgana. Le insisto en si está seguro porque la última vez era una mierda. Replica que es cojonuda y que son ochenta. ¡Ochenta! ¿Cómo que ochenta? ¿Cree que soy un pijo universitario al que tangar? Para ese son ciento cincuenta, para ti ochenta, contesta mientras escupe otro gargajo rojizo. ¡La madre que lo parió! Saco la cartera y empiezo a contar billetes, ¿cuánto se creen que gana un matón? ¡Putos camellos!

Tras intercambiar billetes por química, un magullado Guau Guau nos acompaña a la puerta y nos cuenta que su vieja celebra el domingo los diez años de viudedad, vamos que hace diez años que palmó el maltratador de su marido, y que si queremos pasarnos a tomar algo. Respondo que miraré la agenda y que mi secretaria lo llamará con lo que sea. Lagarto dice que irá si va su hermana. Guau Guau replica que La Lola está preñada. Lagarto dice que eso le da morbo. Todos reímos a sabiendas de que La Lola y Lagarto fueron novietes de pequeños hasta que la chiquilla lo apuñaló por tontear con otra, cosas de críos. La puerta se cierra y bajamos la escalera, y es ahí que Niño Toro vuelve a la carga.

¿De verdad que no veis el mensaje filosófico que encierra el mundo de la moda? Seguimos descendiendo escaleras. Juraría que he escuchado pronunciar “filosófico” a una mole iletrada de dos metros con cara de comer carne cruda, pero eso es imposible así que lo achaco al alcoholismo y a la falta de verduras en mi dieta. Salimos a la calle y nos montamos en el coche, pongo algo de psychobilly y comienzo a extender la coca sobre un cd. ¿Quién decide lo que está de moda? Pregunta Niño Toro. Sigo haciendo rallas. ¿Quiénes son esos tíos? ¿Quién los ha colocado ahí? ¿Qué distinción tienen para decidir lo que está de moda o no? Esnifo un par mientras ignoro al gigante rapado de mi derecha, acto seguido le paso el cd a Lagarto para que lo limpie. Sacudo la cabeza ante el impacto alcaloide. Guau Guau no nos ha engañado, es cojonuda, estimulante sin rebasar la barrera de la euforia paranoica, no me extraña que sea ilegal. Arranco.

Tras el parabrisas el mundo adquiere una tonalidad azul metalizado y las siluetas se dilatan como gotas de mercurio sobre una tela de araña, frente a mis narcotizados ojos el gueto muestra su belleza interior como en una pintura de Klimt. Sí, sé quién es Klimt, y lo sé porque era el pintor favorito de un profesor de arte ludópata con el que compartí celda dos años. Esta es mi nebulosa estupefaciente, la que me permite levitar, despegarme el pegajoso pellejo del barrio marginal, pero levito con cuidado, incómodo, porque noto la mirada obsesiva del copiloto, un retrasado mental de ciento treinta kilos que quiere joderme el lisérgico viaje.

¿Lo has pensado? Pregunta. ¿Has pensado que poder tienen esos tipos para conseguir que todo el mundo, to-do-el-mun-do, millones de personas, vistan como ellos quieren? ¿Lo has pensado? Y el interrogante careto de Niño Toro queda a veinte centímetros del mío. Resoplo. Uno paga una pasta por unos gramos de química ilegal para tener una ensoñación agradable que le haga olvidar que es un sucio matón arrastrándose por el sucio barro, no para hablar con un troglodita iletrado diseñado genéticamente para dar hostias, de modo que dejo a un lado el colocón, le miro fijamente y le pregunto si está menstruando o algo así. ¿Tiene falta de azúcar? ¿Se le ha aparecido la Virgen? ¿Se ha pillado la pilila con la cremallera? ¿No? ¡Entonces por qué cojones me está jodiendo! Acelero.

Evidentemente Niño Toro permanece callado, ofuscado como el chiquillo al que acaban de regañar, pero no deja de mirarme. En condiciones normales reprender a Niño Toro es tan buena idea como morrear con un oso polar, pero a mí me está permitido por varias razones, una porque soy el jefe, y dos, porque somos amigos de la infancia, y fui yo el que, con catorce años, le ayudó a deshacerse del cadáver de su alcohólico viejo después de que lo dejara seco para proteger a su madre. Esas cosas unen. Es por eso que sigo ileso sentado al volante.

La cosa es que callejeamos por todas esas bucólicas calles que caracterizan a los barrios marginales, con sus coches quemados, sus descampados llenos de mierda o sus callejones oscuros y pestilentes, lo típico de las postales. Finalmente nos detenemos frente a un local rojizo con aspecto de ser la puerta del infierno, ese antro típico donde no entraría Satán ni a empujones. Está situado en una de las zonas más turísticas del gueto, es decir, la calle con más yonkis, putas y camellos por metro cuadrado a este lado del Mississippi. Cuando nos bajamos no me molesto en cerrar el coche, ¿para qué? Nadie va a robarle el automóvil a los chicos del Turco. ¿Y quién es el Turco? Pues el narcotraficante que ocupa el puesto de regidor virtual del gueto, es decir, el baranda. Y el baranda, alias El Turco, ha dicho, buscar a Johnny Dos Cruces que quiero departir con él amigablemente mientras le taladro las rodillas con una broca del ocho. Y ocurre que por alguna razón Johnny no está por conversar con el amo del averno, quizá porque cuando conversas con El Turco ya no vuelves a conversar con nadie jamás, cosas que pasan. Además el guaperas de Johnny Dos Cruces no es muy de hablar, es más de tirarse a cualquier ser bípedo que pase cerca, incluyendo a la nueva novia del Turco, una jovencita checa tan inocente como el beso de una boa constrictor. Son cosas que pasan cuando tu pene es mayor que tu instinto de conservación. En fin, que esa historia de amor es por la que estamos aquí. Ya que nosotros somos mucho de amor.

La cosa es que nos acercamos a la puerta del garito que, como todas las puertas aquí, tiene su cancerbero, en este caso el perro tiene aspecto de ucraniano de dos metros con espaldas como una tapia. Le pregunto si ha visto a Johnny aunque sé lo que responderá. El portero niega con la cabeza y yo dejo que me mienta. Entramos.

La barra que hay tras la opaca capa de humo la regenta un tipo grasiento y con aspecto de haber sido vomitado. Es cierto que para llegar hasta él hay que sortear las mesas en las que se solazan fofas meretrices junto a desdentados clientes, pero si hay que hacerlo se hace. Una vez superada la zona vip te plantas frente al mal encarado de El Cuervo y le preguntas de mala gana por Johnny Dos Cruces.

Tratar con El Cuervo es como lamer la suela del zapato, es repulsivo y no tiene sentido. ¿Por qué? Pues porque El Cuervo ayudó a Lucifer a pintar el infierno y conoce todas las puertas y todos los trucos, y eso nos incluye a nosotros. Él sabe que tenemos que preguntarle delante del vecindario porque es lo que se espera, como sabe que sabemos que no nos va a decir una mierda básicamente porque Johnny le cae de puta madre, bueno como todos nosotros, de hecho él nos enseñó a beber.

La cosa es que El Cuervo escucha la pregunta con la cara avinagrada del que está de vuelta de todo, y mientras nos convertimos en el centro de atención del garito, responde que no tiene ni idea, usa un tono elevado intencionadamente. Suspiro, y tirando de toda la teatralidad que puedo, le amenazo con el dedo y digo esas cosas feas que dicen los matones televisivos. El Cuervo eructa y me cuenta por lo bajo que mi madre dice que no la llamo y que quiere que vaya a ver más a menudo a papá a la cárcel. Asiento un tanto abochornado y acto seguido le susurro que ya sabe que toca lo de golpearle la cabeza contra la barra y esas cosas. El Cuervo, en voz alta y mirando al graderío, nos invita a ser sodomizados por un caniche. Total que sujeto la grasienta pelambre del barman y dejo que éste se golpee dos veces la frente contra la barra de forma aparatosa. Y es cuando la cabeza rebota por segunda vez contra la madera que Niño Toro decide que es un buen momento para intervenir.

No puedo creer que no lo veáis, dice molesto, es evidente que hay un rollo metafísico en el asunto de la moda. ¿Perdón? ¿Ha dicho “metafísico”? ¿Un tipo con el coeficiente intelectual de un inodoro ha usado la palabra “metafísico” en un antro copado por seres que usan los dedos para contar? Yo le miro con gesto de incredulidad, Lagarto le mira con gesto de incredulidad, El Cuervo, directamente, le observa con el rictus anonadado que pondría si un cliente se quejase de que no hay papel higiénico en el nauseabundo baño. La cosa es que como no respondemos, y aprovechando nuestra bajada de defensas por la ausencia de ácido fólico en la dieta, Niño Toro, insiste en el hecho inalienable que supone que un grupo reducido ordene al resto como vestir, y la analogía de dicho gesto con el uso del poder por parte de una minoría sobre la mayoría. Acojonante. Empiezo a sospechar que mi gigantesco colega lee libros a escondidas, eso, o sufre una infección vaginal que le está afectando el sistema linfático. El tema es que decidimos ignorar las reflexiones del simio rapado y dar por zanjado el interrogatorio con Lagarto, no sin que antes de marcharnos, éste me vuelva a recordar en voz baja que llame a mi madre. No respondo avergonzado.

Cuando salimos fuera enciendo un cigarrillo y oteo el horizonte en busca de ese universo informativo conformado por proxenetas, meretrices y trapicheadores varios. No llevo ni dos caladas cuando Niño Toro aproxima su careto y se queda mirándome. Le miro. Me mira. Le miro. Prefiero que me bese a que me suelte otra chorrada. Me suelta otra chorrada.

Mi colega dice que la moda demuestra lo sencillo que es manipular a las masas, que es el más claro ejemplo de cómo los pastores controlan el rebaño, y que si no lo veo es que soy tonto del culo. Me quedo mirándolo con esa cara de mala hostia que he entrenado desde pequeño. Niño Toro repliega velas y su vehemencia inicial se torna contrición de inmediato. Doy otra calada y comienzo a andar entre las peonzas humanas que van y vienen. Finalmente fijo mi felina mirada en un chulo putas llamado Bubu.

Cuando Bubu nos ve se le contrae el esfínter y maldice al Altísimo, sin embargo ya no puede escabullirse porque además de resultar ridículo sería estúpido. La cosa es que a medio metro sonrío y le pregunto si piensa que soy tonto del culo. El proxeneta no responde por aquello tan del gueto de pensar que hay truco en la pregunta, quedando pensativo con cara de extrañeza, eso sí, se repone de inmediato para jurar que no sabe dónde está Johnny Dos Cruces. Le explico que no estoy departiendo con él para conocer el paradero de mi colega sino por algo más prosaico, dicho lo cual le pregunto si sabe algo de moda. Bubu, que como todo chulo que se precie tiene una estudiada pinta de alimaña con vivas señales anunciando su perniciosidad, vuelve a quedar pensativo sabedor de que la moda me interesa tanto como el Misterio de la Trinidad. Como veo que no responde le consulto si es consciente del símil que supone la moda con respecto al control que ejercen unas pocas corporaciones multinacionales sobre el resto de los habitantes del planeta. Nada, que Bubu no entiende ni de moda ni de símiles. Es ahí que Niño Toro le sujeta y Lagarto le golpea en el estómago. Que no sabe nada de Johnny, ¡joder! Eso dice mientras se retuerce. La gente nos mira pero nadie hace nada porque prefieren una multa por omisión del deber de socorro que perder las treinta y dos piezas dentales por el efecto Niño Toro y su conocido hostiazo odontológico. La cosa es que le cae otro puñetazo en el estómago, y al instante, entre toses, la misma respuesta de desconocimiento del paradero del que se ha follado a la novia del jefe, pero sobre el tema de la moda, nada. Bueno, qué se va a hacer, la vida es así. Total que enciendo otro cigarrillo mientras Lagarto ayuda a incorporarse a Bubu y le pregunta por Sussette, una cubana con unas tetas proporcionales a su mala hostia, a la que “representaba” nuestro proxeneta y que robó el corazón a nuestro taciturno compañero. Bubu dice que se largó porque Lagarto le daba miedo. Lagarto responde no sé qué del amor y los regalos. Bubu se encoje de hombros y comenta que tiene a una dominicana nueva muy amorosa y tal. Lagarto contesta que quiere a la cubana. Como veo que parecemos un grupo de quinceañeras, decido intervenir explicándole a Lagarto que el hecho de que sea un jodido demente politoxicómano con un historial delictivo del tamaño de la guía telefónica, junto al hecho de que haya dado nombre a varias enfermedades mentales y que, de tanto en tanto, le asalten brotes psicóticos por los que la gente prefiera meterle un dedo en el culo a un rinoceronte con hemorroides antes que encararle, no ayuda al tema del amor. Lagarto queda desconsolado. Me siento mal y le pregunto a Bubu si tiene alguna fulana tarada con la que puedan tener taraditos y vivir felices todos en algún psiquiátrico. Bubu niega con la cabeza y pregunta mientras se frota el estómago que qué coño era eso de la moda. Le respondo que celoso de que Lagarto se haya enamorado, Niño Toro se haya metido a filósofo, pues yo, para igualar a estupideces, estoy pensando en hacer un cursillo de feng shui, hacerme las ingles brasileñas y meterme a modelo de pies. Bubu queda extrañado mientras nos alejamos.

No pasan ni cinco segundos cuando tengo a Niño Toro explicándome que lo de Bubu no cuenta porque es un ignorante, pero que resulta evidente el poder de sugestión que tiene la moda sobre la población, y como consigue no sólo que la gente vista como ellos deciden sino que no cuestionen dicho acto. Suspiro. Qué pesado. ¡Por Dios y por la Virgen!

Recorremos dos o tres calles oscuras entre gente borracha que se pega, vomita u orina aquí y allá. La cosa es que llegamos a otro garito de los muchos que crecen por aquí, y que como todos ellos, tiene pinta de ser tan recomendable como la guarida de una hiena cirrótica. Lógicamente tiene su portero ucraniano o bielorruso o albanokosovar con aspecto de comer carne cruda, portero que nos conoce sobradamente y que nos flanquea el paso no sin antes negar con la cabeza a la pregunta de si ha visto a Johnny Dos Cruces. Por supuesto no me sorprendo, total este es el lupanar preferido de Johnny y donde ha despilfarrado el dinero de atracos, extorsiones y trapicheos, por qué iba a venir por aquí, probablemente esté rezando en la iglesia, apadrinando negritos o con Greenpeace salvando ballenas. La cosa es que cruzamos la rojiza antesala con sus mesas roídas sobre las que solazan figuras apestando a colonia barata y sudor, para, descubrir apoyada en la barra a la gerente del local.

La Tacones pesa unos ciento veinte quilos y es capaz de hacerte una rinoplastia de un cabezazo si la cagas en el local. La cosa es que no nos sonríe cuando nos ve porque sabe lo que buscamos y resulta que el embaucador de Johnny es su favorito. Cuando me planto frente a la sobremaquillada profesional le pregunto por Johnny de sopetón. Responde que no está y que deje de comer mierda que estoy engordando. Le digo que no me joda y que retengo líquidos. Replica que rebusque en el antro si quiero y que tengo que buscarme una buena mujer que me cuide. Contesto que la última buena mujer me dejó sin blanca y me disparó con la escopeta de caza. Responde diciendo que le puse los cuernos y que todos los hombres somos unos cerdos. Le pregunto por la rumana esa de los ojos azules que era la preferida de Johnny. Indica que está con un cliente y que tengo que hacer ejercicio por los triglicéridos. Le digo que me paso el día corriendo detrás de gente a la que quiero golpear y delante de gente que me quiere disparar. La Tacones dice que la muchacha bajará en breve y hace un gesto a la camarera para que nos sirva unos tequilas en la mesa cercana. Le digo que la veo más delgada. Responde que me vaya a la mierda, que llame a mi madre y que visite más a menudo a mi padre en prisión. ¡Joder!

Derrengados en la mesa damos cuenta del tequila mientras observamos el ir y venir de lindas damiselas junto a sus apuestos caballeros. La escena es tranquila y relajada, diría que agradable, para lo que suele ser el gueto, y es por ello que mi ciclópeo colega decide jodérmela.

Niño Toro se gira sobre mí y me hace ver la magnitud del poder de sugestión que tiene la moda, que es capaz de conseguir, de un día para otro, que te veas atractivo con la ropa que han decidido que esté de moda, y lo más impactante, que te veas repulsivo con la ropa que llevabas hasta hace un instante. ¿Qué magia emana esa gente para conseguir que el martes te pongas la ropa que jamás te habrías puesto el lunes anterior, y al tiempo, lograr que prefieras amputarte una mano antes de volver a ponerte el martes la ropa que llevabas el lunes? Y pregunta, acelerado, si soy consciente de la fuerza de control de masas que encierra ese acto. No sólo te pones una ropa como gesto social, como deferencia hacia el resto de la sociedad, como acto grupal del que no deseas desentonar, sino que consiguen alterar tu percepción de la realidad, de modo que te veas elegante con una ropa con la que veinticuatro horas antes te veías ridículo, y lo mejor, que te veas grotesco con la ropa que has llevado hasta ese instante y con la que te sentías apuesto. ¿No es acojonante? La moda parece una gilipollez, pero es el mejor ejemplo de cómo el Estado controla al pueblo, de cómo los amos controlan a los siervos, de cómo el pastor controla al rebaño. Eso dice mi amigo, y lo dice del tirón.

Lo cierto es que no puedo cerrar la boca, lo intento pero no lo consigo, del mismo modo que no logro pestañear, mi simiesco cerebro se ha bloqueado mientras intentaba seguir el razonamiento de la bestia parda que tengo enfrente. Quizá me quede lelo de por vida. Por pensar. Mi progenitor tenía razón cuando decía que pensar era malo porque si lo pensabas nunca lo hacías. En aquel momento me pareció la reflexión de papá una gilipollez etílica de las muchas que decía, pero quizá mi padre fuese un pensador incomprendido además de un ludópata borracho con tendencia al maltrato. La cosa es que despierto.

Asombrado, señalo con mi índice a Niño Toro y le señalo que es jodidamente profundo todo lo que acaba de decir. Niño Toro sonríe con la expresión del prostático que encuentra el baño libre. ¡Joder! ¡Sí! ¡Es cierto! Lo de la moda es verdad le espeto a Lagarto, pero mi desequilibrado colega me ignora inmerso en lo del desamor y tal. Estoy acelerado como el adolescente que toca teta por primera vez, pero es que… ¡es verdad! La gente, los burguesitos, preferirían salir desnudos a la calle antes de ponerse ropa demodé, y la cosa es que esa misma ropa la llevaban orgullosos el día anterior. ¡Sí! No es que les obliguen a vestir de un modo determinado, es que ellos desean vestir así. No es que les digan cómo están atractivos, es que ellos se ven atractivos. No es que les fuercen a aborrecer la ropa que vestían, es que ellos mismos se ven caricaturescos. ¡Sí! No es que consigan que toda esa gente haga algo a la fuerza, es que logran que deseen hacerlo. Modifican la percepción de todos esos honrados ciudadanos haciendo que vean las cosas del modo que ellos quieren que las vean. ¡Acojonante! Y entonces la estilizada rumana de ojos azules desciende por la escalera.

  Hay que reconocer que la muchacha está para mojar pan, pero es cara y hay que heredar un capital cada vez que quieres que se enamore de ti. La cosa es que, a una indicación de La Tacones, la eslava se sienta junto a nosotros y con ese acento meloso asegura que Johnny no ha venido a verla en días. Entonces debe estar follándose los buzones, respondo, porque jamás vi a mi colega pasar más de dos días sin realizar el acto sexual con ser vivo o ser inerte, dicho lo cual le hago un gesto a Lagarto para que inspeccione el piso de arriba. La rumana no demuestra preocupación así que doy por sentado que el objeto de búsqueda no se encuentra aquí, sin embargo tenemos que hacer ruido y dejarnos ver, para eso nos pagan. Por hacer tiempo le pregunto a la muchacha si saldría a la calle con unos pantalones de pata de elefante y una chaqueta con hombreras. La meretriz sonríe y responde que se lo pensaría si yo salgo con minifalda y tacones. No, creo que preferiría operarme de fimosis con una cucharilla de postre. La rumana se sirve un tequila al tiempo que me mira lascivamente. Juega conmigo y yo la dejo. De pronto dice que si hay algo que ella pueda hacer para que nos olvidemos de Johnny Dos Cruces y le digamos al Turco que se ha largado. Doy un trago al tequila y le explico todo eso del código deontológico de los matones y del deber para quién te paga, amén del hecho de que vacilar al Turco es la mejor manera de terminar troceado en diferentes bolsas de basura. La rumana se mantiene callada hasta que aparece Lagarto negando con la cabeza. Nos incorporamos. Y es ahí que la cortesana me recuerda que debo llamar a mi madre. Joder.

En la calle enciendo un cigarrillo y comienzo a caminar. Las callejas y pasadizos aparecen y desaparecen mientras caminamos con ese aire chulesco de los que se sienten manada de lobos. Observo las caras de los que compran y de los que venden. Observo sus ropas, las de todos ellos, las de todas ellas, los veo como canicas que interaccionan unas con otras lanzadas por manos invisibles. Los ciudadanos. Los veo. El pueblo. El populacho. El burgo. Eso tan valorado, tan estimado, eso tan exaltado, un rebaño, una piara, una manada de obedientes rumiantes dirigidos por la experta mano del pastor, del jefe, de la sociedad bancaria, que genera la ilusión de libertad mientras manipula y dirige a ese ciudadano que cree que tiene pleno dominio de su propia vida. Mientras caminamos observo a unos y a otros, consumiendo cosas ilegales, practicando cosas amorales, vendiendo cosas letales. Como si de una catarsis se tratara tomo conciencia del hecho de que la libertad en sociedad es imposible y que todo resulta un espejismo perfectamente elaborado para que creas que tu voto es significativo, que tu elección es libre y que tu vida es la mejor posible. Joder, casi puedo ver los hilos con los que nos sostienen, no somos sino marionetas manejadas por unas pocas manos, dueñas de los medios de comunicación y de los políticos, del dinero y de las armas, de las religiones y de las patrias. Creo que me estoy deprimiendo. Y alcanzamos el portón oscuro de la casucha donde se hacen las timbas.

Llamamos a la puerta y la mirilla se mueve, tres segundos después la puerta metálica se abre y un tipo mal encarado con aspecto de neonazi se hace a un lado. El tipo nos saluda por nuestro nombre, uno a uno, nosotros correspondemos, incluso yo me atrevo a preguntar si por un casual ha visto a Johnny Dos Cruces. Sorprendentemente  el rapado niega haberle visto con la misma convicción que negaría que Hitler tenía bigotillo. Nos introducimos por un pasillo angosto y oscuro hasta una sala mal iluminada rellena de humo en la que una docena de seres, de cuestionable aspecto humano, juegan a las cartas.      

 La partida se detiene porque nosotros somos unos invitados un tanto especiales y porque, a estas alturas, todos en el puto barrio saben que estamos buscando, y están deseosos de contarnos lo que saben, es decir, nada. Como me sé el rollo, me dirijo al auditorio en ese tono teatralizado que tanto me gusta, indicándoles que estoy especialmente jodido porque acabo de descubrir que no era suficiente con nacer en un miserable gueto y tener que dar mordiscos desde la más tierna infancia para lograr una vida de mierda, sino que, para colmo, resulta que carezco de libertad y de poder de elección, y esto se debe, no sólo a que sea una insignificante larva, sino a que soy una puta larva tejedora de capullos de seda, que junto a millones de larvas tejedoras de capullos de seda, permanecen en una puñetera fábrica manufacturera de seda. Y lo peor de todo, es que hasta hoy no me he dado cuenta de que, los dueños de la fábrica, habían conseguido convencerme que producir seda no sólo era algo cojonudo sino que deseaba hacerlo por deseo propio.

Los caretos de los jugadores de póker parecen constatar que no tienen la menor idea de lo que estoy diciendo, pero que entienden que pueda estar drogado, borracho o las dos cosas, en cualquier caso van a escuchar todas las gilipolleces que pueda decir porque a los chicos del Turco se les escucha con la misma devoción que los monaguillos a los curas. Total, que suspiro y pregunto si alguien ha tenido la fortuna de cruzarse con Johnny Dos Cruces, alias La Meto Donde No Debo. Pues no. Nadie responde. Unos niegan con la cabeza, otro ponen cara de desconocimiento y los más bajan la mirada. Suspiro. Les pregunto si les preocupa ir a la moda. Ahora sí que todos me miran, acaban de alcanzar el convencimiento de que la cocaína caducada me ha cortado la digestión o que la ingesta masiva de alcohol me ha provocado por fin una paranoia etílica. Desisto. Sólo Niño Toro me entiende. Nos vamos.

Cuando alcanzamos la calle repito la misma ceremonia, enciendo un cigarrillo y tras unas cuantas caladas comenzamos a trotar en busca del siguiente abrevadero donde encontrar a la presa.

Esta vez regresamos al coche porque el último lugar está alejado, y por alejado se entiende más de tres manzanas. Una vez al volante observo como Niño Toro me observa compungido, como si sintiera haberme sacado de mi burbuja de desconocimiento por el malestar que eso me causa. Mi colega se pregunta que quizá hubiera preferido permanecer sumido en la ignorancia pensando que era un homo sapiens libre. Sonrío y sacando la petaca con whisky del salpicadero se la ofrezco. Eso es lo más cerca que vamos a estar de un abrazo. Somos colegas pero ante todo somos heterosexuales de modo que nada de sobarnos ni llorar como nenazas. Cederle el primer trago de la petaca es mi manera de agradecerle que insistiera con lo de la moda, y la forma de disculparme por mi cerrajón inicial. No pasa nada dice Niño Toro sin decirlo, sólo sonriendo mientras da el trago y me mira.

Mientras acelero y contravolanteo por entre cruces ruinosos y calles asoladas, se me ocurre preguntarle a Niño Toro de dónde ha sacado todo el rollo de la moda, porque si una cosa tengo clara es que a él no se le ha ocurrido. Me lo contó Johnny, responde de inmediato. Cojonudo.

Y llegamos a la casa baja donde se crió Johnny Dos Cruces y donde vive su señora madre, señora que nos conoce sobradamente porque nos ha puesto de merendar infinitas veces de pequeños, quizá por eso resulta un poco jodidillo presentarse aquí buscando a su hijo. La cosa es que llamamos a la puerta y a los pocos segundos una mujer canosa vestida con ropa desfasada nos abre.

Se podría pensar que se iba a producir un silencio incómodo o algún intercambio de palabras malsonantes, pero la cosa es que la mujer se aparta y entramos en la humilde vivienda como hemos hecho cientos de veces de chicos. El pasillo desemboca en la cocina y en el centro de la cocina hay una mesa de madera blanca, bien, pues en esa mesa está sentado Johnny Dos Cruces mojando churros en un café.

Uno a uno ocupamos las sillas vacías junto a la mesa y la madre procede a colocar tazas para todos y a llenarlas de café. Cada uno de nosotros se surte de la fuente de churros que descansa en el centro y los degusta con la parsimonia del que se siente en casa.

Llevamos todo el día haciendo ruido por el barrio, buscando a nuestro amigo, sabedores de que mientras seamos nosotros los que lo buscan jamás tendrá que temer. Quizá Johnny deba irse fuera un tiempo, quizá al Turco se le pase o quizá alguien le meta un balazo entre las cejas y zanje este asunto, alguien de su confianza. Es algo que tenemos que hablar mientras comemos. La cosa es que desde que he entrado algo me ronda la cabeza y no sé lo que es.

Paso tiempo masticando y engullendo, mojando y sorbiendo. En silencio. Y la cosa es que hay algo… y de pronto lo veo.

Es la ropa de la madre de Johnny. Ropa pasada de moda.

Es entonces que sonrío mientras me observo. Yo no voy a la moda. Nunca me he preocupado por saber cuál era la última tendencia. Aquí nadie lo hace. Y si no me preocupa la moda es porque no soy un ciudadano, uno de esos que vota y consume, uno de esos que acata las leyes y respeta las normas sociales, uno de esos seres civilizados de buenas maneras y mejores costumbres. Yo soy un desecho apartado en un gueto, una basura depositada en una papelera. Soy un delincuente, un marginal, un asocial. No soy productivo ni útil a la sociedad y por tanto al amo. Nunca he pagado impuestos ni pedido una hipoteca, jamás he cotizado, nunca he tenido un trabajo remunerado que no fuese en dinero negro. No he comprado nada que no fuera robado, ni hecho otra cosa que no fuera ilegal. Jamás he generado riqueza ni he aportado a la sociedad beneficio alguno, todo lo contrario. Y sonrío, y mientras sonrío doy una fuerte palmada en la espalda de Niño Toro, y cuando éste me pregunta extrañado el motivo de mi buen humor, respondo que es que acabo de darme cuenta de que no soy una insignificante larva productora de seda sino una improductiva.

Y ahora aquí, con la boca repleta de café y churros, tomo conciencia de que quizá sea uno de los pocos homos sapiens libres.

Libre albedrío

Erika escupe a los dioses, y los dioses no lo entienden. ¡Hijos de puta! A los ojos de la desconsolada muchacha es su culpa, son ellos los responsables de que Vicente no esté allí. Pasa más de media hora de las tres y él no ha venido. No vendrá. Ya no vendrá. Era mentira. Todo era mentira. Vicente la engañó, en el último momento no se atrevió. ¿Por qué? Los dioses, con sus voces mudas, exponen el libre albedrío y se exculpan. Pero los desolados ojos de Erika no entienden de escolástica medievalista y continúan observando el cielo negro y apretando los puños con la violencia fanática del descreído. ¡Hijos de puta! Repite obsesivamente la creyente checa en la idea de que su maldición afectará a las deidades que rigen su sombrío mundo. Y quizá les afecte. Quizá en el celeste Cielo, o en el lejano Olimpo, o en el plácido Edén, o en el soñado Paraíso, o incluso en el Nirvana delirante, los dioses se revuelvan inquietos ante el insulto de aquella insignificante inmigrante. Y quizá bramen que no es su culpa, quizá rujan ofuscados que no es su designio el responsable de dicha ausencia, quizá, quizá, pero Erika no les cree. Ya no les escucha. No quiere escucharles. Les ha rogado tantas veces que sus súplicas se muestran desgastadas. Esta vez, sólo esta vez, debían ayudarla. Esta vez, y las deudas quedarían saldadas. Esta vez, y todas las miserias pasadas serían olvidadas. Esta vez, sólo esta vez, y todos los sufrimientos y daños padecidos quedarían relegados. ¡Hijos de puta! Pero también en esta ocasión le niegan rozar la felicidad. ¡Hijos de puta!

            Erika.

Erika no es suya, nada de ella misma le pertenece, no ya objetos o bienes sino la simple propiedad de su organismo le es ajena. Toda ella pertenece a Klaus. Erika es un trozo de carne traída del este, tasada y vendida a un proxeneta de dientes dorados y tupé desfasado.

            Erika tiene la piel blanca y suave, pero no gusta de acariciarse por creer que su epidermis retiene el sudor y la baba de todos los jadeantes seres que a diario la cabalgan.

            Erika ha olvidado la miseria del útero rural del que escapó, como también ha olvidado las mentiras con las que la atrajeron a este mundo de provisión. La falsa oferta de trabajo, las amenazas, las palizas, y la deuda, todo aquello ha quedado relegado, todo excepto esto último, porque la deuda la ata. Y son esos nudos intangibles los que hacen que Erika se pregunte si es ella la que los anuda o si son los dioses quienes la amarran a esta desdichada existencia. Y cada vez que un consumista occidental se corre en su interior y deja que su monetaria masa corporal desfallezca jadeante sobre su delgado organismo, piensa si es la suerte, o quizá la mala suerte, lo que esculpe su destino. O quizá, piensa, sea el ADN, esa cadena de ininteligible de ácido ribonucleico la responsable de nacer en un deprimido sistema económico, en el interior de una deprimida familia que habita un deprimido país. Quizá sí, o quizá no, quizá sean sus dioses cristianos los que la fuerzan a caminar por la vía del calvario en la creencia de que así ganará el cielo. Y Erika maldice a los dioses en los que cree, y piensa que es mejor creer en ellos y maldecirlos que no creer en nada y no tener a quién maldecir.

Y Erika piensa, que de ser cierto el libre albedrío, en qué se ha equivocado. No eligió nacer en un entorno rural desfasado y poco competitivo en el interior de un sistema económico hundido y colapsado que bracea agónico para alcanzar el lujoso salvavidas capitalista. No, no lo eligió, como tampoco eligió nacer mujer en una familia numerosa y retrógrada, donde tu cometido desde la pubertad es parir y aguantar las palizas de tu dueño y señor. No, tampoco eligió eso, como tampoco eligió que su juventud y sus agraciados rasgos atrajeran una falsa oferta de trabajo como empleada de hogar allá en el paraíso consumista. No, eso tampoco lo eligió, como no eligió ser vendida y violada, o traspasada y violada, o transferida y violada. No, no lo eligió, ¿o sí? Quizá sí. Quizá se dejó engañar, quizá su familia aceptó la mentira y una boca menos, quizá ella aceptó el artificio de aquella voz dadivosa y astuta que prometía el paraíso a cómodos plazos. Quizá fue su culpa. Sí. Y Erika se araña mentalmente, y se mutila anímicamente, y se golpea inconscientemente. Y las lágrimas surgen una vez más destilando la rabia y la culpa de la elección errada. Y las manos que ocultan el rostro doliente de la mujer que se acusa de su propia desdicha mientras el enésimo cliente se viste y olvida. Y la congoja que ahoga y presiona hasta que falta el aire. Y el gemido que deja de ser aullido para ser eco. Y las uñas que se clavan en la dermis con la intención de desgarrar lo insano. Y la rabia que amenaza con la violencia del vómito que llega. No. ¡No! ¡No! No es su culpa. Fue engañada, criada en la miseria y en la ignorancia, y deslumbrada y tentada por los collares de cuentas de vidrio barato con los que los conquistadores compran las almas de los desafortunados. No. No fue su culpa. Ni fue el ADN y su procelosa serie genética la que decidió convertirla en un producto cárnico de venta en los mejores prostíbulos de carretera. No. Su herencia biológica, su belleza, no era sino un don, una gracia que debiera haberla valido sonrisas y júbilos, y así habría sido de no haber nacido en el lado equivocado de la línea. ¿Quién era responsable? ¿Quién el culpable? ¿Por qué no nació en occidente, en el seno de una familia burguesa con dos coches? ¿Por qué su padre no era cirujano plástico y su madre diseñadora de interiores? ¿Por qué no estaba traumatizada por no llevar un bolso Gucci como sus adolescentes amigas? El destino. ¿Era cosa del destino? ¡Y una mierda! El ADN, ¿era cosa de la genética? ¡Y una mierda! Ella, ¿era cosa del libre albedrío? ¡Y una mierda! Entonces sólo quedaban los dioses, sus dioses, ellos eran responsables. Ellos los todopoderosos, ellos los hacedores, ellos los supremos, ellos los responsables. Y Erika maldice uno a uno sus nombres.

Y es entonces, o después, o quizá al tiempo, cuando aparece Vicente, ese tipo asustadizo de grotesca apariencia temerosa. Vicente, uno más, o quizá no. Uno que ha pagado por abalanzarse sobre ella y penetrarla, por embestirla, por sodomizarla. Uno que ha pagado por desfogarse, por usar un ser humano del que nada quiere saber y al que no quiere oír. Uno que ha pagado por conseguir aquello por lo que no se debería tener que pagar, porque no debiera haber oferta, porque no debiera haber demanda.

Y quizá sí, o quizá no, quizá Erika percibió un efluvio reconocible, el temor. Aquel muchacho alopécico y fondón, de maneras torpes y ojos huidizos tras gruesas gafas, mostraba una vergüenza y turbación del todo alejada de las formas autoritarias y displicentes del resto de clientes. Incluso los educados y simpáticos, en el fondo, dejaban entrever entre sus sonrisas y gestos retóricos que ella no era sino una puta, una simple puta con la que no querían saber nada más allá del orgasmo. Atentos y afables pero con ese sutil mensaje subyacente de “me importa una mierda que no desees hacer esto, porque no es mi responsabilidad, porque no sé nada de ti y no quiero saberlo, porque deseo engañar a mi conciencia de manera que sigue sonriendo para que después de correrme no tenga sentimiento de culpa, puta”. Así era con los mejores, mejor no hablar de los infames, de los traumados, de los enfermos, de los no humanos.

Vicente olía a otra cosa, olía a miedo, a vergüenza, y Erika sintió simpatía por él. Vicente y su leve tartamudeo, presa de un permanente nerviosismo, denotaba su inexperiencia frente a cualquier fémina, pero era visible que su angustia se acentuaba frente a una con el porte de la muchacha checa. A Erika le resultó tierno encontrar a alguien más asustado que ella misma, quizá se identificó con aquella sensación de apocamiento y desasosiego, quizá reconoció e identificó el temor y la vergüenza como propios, quizá quiso arropar a aquel joven grotesco como hubiese deseado ser arropada ella misma, quizá por ello olvidó que aquel ser la había comprado para un instante, quizá porque quería olvidarlo, quizá porque necesitaba olvidarlo. Y Erika hizo el amor.

Y sucedió que aquel cliente llamado Vicente y sus torpes maneras marcharon sin apenas decir nada excepto gracias. Y Erika sintió ternura por aquel rechoncho personaje que eyaculó apenas la hubo penetrado, sintió ternura por cómo la tocaba, con ese temor con el que se maneja lo hecho de cristal, lo delicado, lo que se puede romper. Y Erika sintió ternura por aquel ser primerizo e inofensivo al que no volvería a ver. Y casi lo lamentó.

Y ocurrió que al siguiente fin de semana, regresó Vicente con su mirada gacha, con su respetuoso silencio, y sus temblorosas maneras. Y Erika se descubrió sonriendo. Quizá porque le hacía gracia aquella inusual torpeza, quizá porque le resultaba entrañable aquel ser desvalido y desorientado, o quizá porque le conmovía reconocer aquel sentimiento de inferioridad en alguien que no era ella misma.

Y aconteció que Erika adoptó a aquel joven como si de una mascota se tratara. Y le enseñó, y le guió, y le sonrió y le habló bajito, incluso llegó a soltar alguna carcajada ante los despropósitos del peor amante que pudiera concebirse. Y Vicente pidió perdón, una, dos, mil veces. Y Erika cayó, y posó la mano sobre aquel sonrosado rostro masculino, y lo acarició, y fue consciente de que nadie le había pedido perdón nunca. Y los ojos de la muchacha se licuaron, y cuando las lágrimas rebosaron, Erika lloró, y lloró como no había llorado nunca, y apretó aquel asustado corpachón con la demencia del naufrago, y se sintió bien, y supo que se sentía bien porque era algo que ya no recordaba. Y dio las gracias a los dioses por tener alguien a quien abrazar.

Y acaeció que Vicente volvió una y otra vez, y dejó de temblar, y habló, y se interesó por ella, y la escuchó, y le contó cómo era su mundo. Y Erika comenzó a sentir aprecio por aquel apocado personaje que no paraba de decirle que conocerla era lo mejor que le había sucedido. Y olvidó que era un cliente y lo convirtió en un amigo, y lo hizo porque lo sentía como un amigo, o quizá porque necesitaba un amigo, qué importaba. Y aquel chapurrear castellano se convirtió en la calidez de charlas donde se mostraban dos mundos. Y hubo ocasiones donde Vicente se empeñó en no hacer el amor para demostrar que no era eso lo único que apreciaba de ella. Y hubo veces en que Erika se empeñó en hacer el amor porque sabía que eso volvía loco a Vicente. Incluso hubo veces en que Vicente se salió con la suya y únicamente permanecieron abrazados, y Erika sintió que deseaba que aquel torpe amante la poseyese, y lo deseaba por ella misma, y le sorprendió que así fuera. Y con el tiempo, Erika descubrió que Vicente la tocaba de un modo diferente, su tacto, su roce, no era igual que con el resto, había veneración en aquellas regordetas falanges, no se trataba de la reconocible excitación, ni de la pasión desaforada del común de los clientes, aquel muchacho temblaba cuando la acariciaba, y eso, eso trastornaba a Erika. Tardó en darse cuenta, pero tuvo que reconocerlo cuando Vicente faltó por enfermedad dos semanas seguidas a la cotidiana cita. Erika lo supo en aquel instante. Entonces fue cuando descubrió que Vicente, aquel muchacho feúcho y de mediocre percha se había convertido en la única cosa que hacía soportable su cotidianidad. La pasividad de sus compañeras, las amenazas de los proxenetas, la indiferencia de los clientes, la dureza del cautiverio en aquel lupanar de carretera, se reveló algo insoportable sin la visita de su anodino amante, porque así era, para ella Vicente ya no era un cliente, era la ternura prohibida, era el respeto negado, era el cariño del que había sido privada. Y quizá fuera cierto, o quizá imaginado, pero lo cierto es que era necesario, necesitaba a su apocado compañero. Y creyó morir. Y sintió pavor. Y señaló a los dioses y les amenazó. Y Vicente regresó, y pidió perdón una, dos, mil veces, y Erika selló aquellos indulgentes labios con los suyos, y revivió.

Y resultó que llegó el día en el que el temeroso Vicente reconoció amor por Erika, y le pidió que huyera con él al pequeño pueblo materno, lejos de las mafias, de la ilegalidad, de las represalias, de la expulsión. Y Erika aceptó con la misma porción de miedo que de ilusión. Y pensó que el destino, el ADN, o la suerte, la sonreían. Y cerró los ojos, y apretó los puños, y suplicó a los dioses que esta vez no la engañaran.

Y la huida fue pactada. A las tres de la madrugada del siguiente sábado, cuando más actividad y trajín había en el club, Erika saldría por detrás y protegida por la noche, alcanzaría el coche detenido en la autovía donde la esperaría Vicente. Así debía ser, y así debía ocurrir, la ausencia de uno de los dos implicaba la renuncia.

Vicente escupe a los dioses, y los dioses no lo entienden. ¡Hijos de puta! A los ojos del afligido muchacho es su culpa, son ellos los responsables de que Erika no esté allí. Pasan cincuenta agónicos minutos de las tres y ella no ha venido. No vendrá. Ya no vendrá. Era mentira. Todo era mentira. Erika le engañó, en el último momento no se atrevió. ¿Por qué? Los dioses, con sus voces mudas, exponen el libre albedrío y se exculpan. Pero los desolados ojos de Vicente no entienden de teología y continúan observando el cielo negro y apretando los puños con la violencia fanática del descreído. ¡Hijos de puta! Repite obsesivamente el católico joven en la idea de que su maldición afectará a las deidades que rigen su sombrío mundo. Y quizá les afecte. Quizá en el celeste Cielo, o en el lejano Olimpo, o en el plácido Edén, o en el soñado Paraíso, o incluso en el Nirvana delirante, los dioses se revuelvan inquietos ante el insulto de aquel insignificante ser. Y quizá bramen que no es su culpa, quizá rujan ofuscados que no es su designio el responsable de dicha ausencia, quizá, quizá, pero Vicente no les cree. Ya no les escucha. No quiere escucharles. Les ha rogado tantas veces que sus súplicas se muestran desgastadas. Esta vez, sólo esta vez, debían ayudarle. Esta vez, y las deudas quedarían saldadas. Esta vez, y todas las miserias pasadas serían olvidadas. Esta vez, sólo esta vez, y todos los sufrimientos y daños padecidos quedarían relegados. ¡Hijos de puta! Pero también en esta ocasión le niegan rozar la felicidad. ¡Hijos de puta!

Vicente.

Es Vicente el resultado de aquel niño sobreprotegido que fue. Es Vicente el producto de la estricta educación de aquella familia temerosa de Dios en la que fue concebido. Es Vicente la consecuencia del aislamiento de su infancia, de la cobardía frente a otros muchachos, del desprecio por su sobrepeso y sus torpes maneras, de la repulsa de las chicas y sus hirientes críticas.

Es Vicente un joven introvertido que desprecia su físico, en la creencia de que su prematura alopecia, sus dioptrías, su grosor y en definitiva su aspecto, es una condena con la que ha sido forzado a penar para regocijo de algún dios burlón.

Es Vicente un tipo apocado que siente miedo de un mundo que siempre le ha mostrado una hostilidad feroz obligándole a comulgar con la creencia de que si consigues no cambiar nada de lo que hiciste el día anterior, el día de hoy no tiene por qué ser diferente, y si nada malo te sucedió ayer, nada malo ha de sucederte hoy. Es una fe incondicional la suya. Un concepto animista que se extiende entre todos aquellos que se apresuran a incluirse en eso que se llama gente corriente. Lo normal, lo estándar, lo uniforme, como doctrina. Lo reglamentario, lo vulgar, lo ordinario, como dogma. Lo usual, lo cotidiano, lo estereotipado, como culto. Una secta masiva que quiere ser de clase media sólo si la clase media es mayoritaria, una hermandad que quiere ser heterosexual sólo si lo heterosexual es mayoritario, un clan que quiere creer en Dios sólo si la creencia en Dios es mayoritaria, una raza que quiere ser políticamente correcta sólo si lo políticamente correcto es mayoritario. Sí, Vicente lo deseaba, lo necesitaba, precisaba ser gente corriente. O quizá no lo necesitaba y únicamente no quería que sus aristas destacasen, que sus contornos sobresaliesen, que sus bordes se distinguiesen, quizá por miedo a que fueran sus defectos los que primasen sobre sus cualidades, quizá porque fueran sus vicios los que se impusieran a sus virtudes, o quizá porque fuera su mediocridad lo que terminase destacando sobre su improbable excelencia. Sí, quizá por algo de esto, o quizá por todo ello, Vicente ha decidido que lo mejor es cubrirse de gris en el convencimiento de que hay en él mucho más de palidez que de colorido.

            Y así Vicente ha realizado lo que su padre esperaba de él, lo que tenía que ser, porque para eso fue educado por sus cultos y poco afectivos progenitores, de manera que ha logrado una licenciatura y conseguido aprobar una oposición para ser un honrado funcionario toda la vida, ha comprado un piso y negociado una hipoteca en inmejorables condiciones, tiene un coche que se ajusta a sus necesidades y un grado de infelicidad por encima de la media. Pero es que en Vicente siguen resonando las feroces burlas de su infancia, el desprecio atroz de sus compañeros, las collejas y humillaciones, la ausencia de amigos salvo los tullidos, los deformes o los apestados. Y la cosa es que el presente no ha hecho sino actualizar el pasado, renovándolo, reconstruyéndolo. Ahora no hay capones, ni insultos, pero sí cuchicheos de los compañeros de trabajo que se silencian a su paso. Las burlas ya no son visibles, se mutan en inexistentes invitaciones a cenar, a tomar unas cañas o a compartir un simple café frente a la máquina. Los educados y civilizados adultos no muestran la cruda crueldad infantil, no, se transforman en la urbanizada indiferencia, en el correcto rechazo, en la afable exclusión del grupo, y así Vicente queda aislado, junto el autista de nóminas y la extraterrestre de contabilidad, junto a los diferentes, los raros, los apestados.

Y Vicente piensa si es la suerte, o quizá la mala suerte, lo que esculpe su destino. O quizá, piensa, sea el ADN, esa cadena de ininteligible de ácido ribonucleico la responsable de nacer con un físico que no cumple el mínimo de calidad exigido por la Comunidad Europea. Quizá sí, o quizá no, quizá sean sus dioses cristianos los que le fuerzan a caminar por la vía del calvario en la creencia de que así ganará el cielo. Y Vicente maldice a los dioses en los que cree, y piensa que es mejor creer en ellos y maldecirlos que no creer en nada y no tener a quién maldecir.

Y Vicente piensa, que de ser cierto el libre albedrío, en qué se ha equivocado. No eligió una madre infantil que consideraba prioritario rezar en vez de jugar con los chicos del barrio. No, no la eligió, como tampoco eligió un padre insensible que creyese que el estudio debiera primar sobre el cariño. No, no lo eligió, como no eligió nacer en aquel entorno cerrado y opaco donde Dios proveía y el orden lo regía todo. ¿Quién era responsable? ¿Quién el culpable? ¿Por qué la suya fue una infancia obesa? ¿Por qué su pubertad hubo de vivirla escondido en el tendido? ¿Por qué su juventud se redujo a una enumeración de traumas y lacerantes heridas? El destino. ¿Era cosa del destino? ¡Y una mierda! El ADN, ¿era cosa de la genética? ¡Y una mierda! Él, ¿era cosa del libre albedrío? ¡Y una mierda! Entonces sólo quedaban los dioses, sus dioses, ellos eran responsables. Ellos los todopoderosos, ellos los hacedores, ellos los supremos, ellos los responsables. Y Vicente maldice uno a uno sus nombres.

Y es entonces, o después, o quizá al tiempo, cuando aparece Erika, aquella prostituta de piel blanca y aspecto aniñado. Erika, una mujer, algo inalcanzable para él, algo intangible, inmaterial. Una prostituta, pero en suma una mujer. El sexo, lo negado, lo prohibido, pero también lo deseado, lo tanto tiempo anhelado.

Tardó mucho tiempo en decidirse, demasiado, debió hacerlo muchos años antes, en cuanto asumió que el rechazo de las niñas que más tarde tomaría cuerpo en el repudio de las jóvenes se materializaría en el desprecio de las adultas. No era ya su físico, sino el pavor que aquella educación castrante le había inculcado frente a las pecaminosas hembras lo que le bloqueaba y angustiaba. Aquel miedo instintivo, algo inconsciente, automático, algo que provenía de lo más profundo del bulbo raquídeo, allí donde estaban amontonados los desprecios y burlas de la infancia, allí donde yacían ocultos los insultos y humillaciones de la juventud, allí, los “feo”, los “gordo”, los “raro”. Todo aquello le llevó al convencimiento de que ninguna mujer se acostaría con él si no a cambio de dinero. Incluso las defectuosas y apestadas aspiraban a seres inmaculados, y cuando no los conseguían se conformaban con físicos imperfectos pero jamás con personalidades traumadas. Así que estaba solo, solo, como siempre. Y fue entonces cuando pensó en el prostíbulo de las afueras, aquel de neones verdes y rosas que todos los domingos veía tras visitar la institución mental donde residía mamá.

Y nada en el mundo le costó más que atravesar aquel umbral y penetrar en aquella penumbra de luces rojizas, música melosa y ambiente refrigerado. Nada en el mundo le costó tanto. Como nada pudo igualar el terror que sintió cuando estuvo frente a aquella chica delgada llegada del este que apenas hablaba castellano. A sus ojos era aquella una mujer de una belleza prodigiosa, alguien a quien muy pocos hombres podrían aspirar, y que sin embargo se acostaría con él, no le rechazaría, no se reiría de él, haría lo que él quisiese cuando él quisiese, y aún así Vicente sentía un pavor atávico.

Era su primera vez y no tenía con qué compararlo pero a Vicente le dio la sensación de que los ojos de aquella muchacha retenían el mismo temor recurrente. Le pareció reconocer en aquel rostro ojeroso el recelo frente al que puede dañarte, incluso creyó ver cómo aquella joven prostituta se avergonzaba de mostrársele desnuda. Y Vicente sintió afinidad por aquella hembra a la que acaba de comprar, quizá porque aquellas maneras timoratas se encontraban del todo alejadas de las formas profesionales y neutras de la profesional tipo que pensaba encontrar, quizá porque aun buscando sexo lo que más necesitaba eran cálidas caricias y ese tipo de ternura que sólo se puede encontrar en el fondo de la epidermis femenina. Quizá fuese así, o quizá él hizo que fuera así, lo único cierto es que Vicente aquella noche hizo el amor.

Y tras abandonar aquel prostíbulo y su tufo a mercadería, sucedió que aquella muchacha de rostro triste sobre la que Vicente descubrió la supremacía de lo biológico frente a lo cerebral quedó impresa en su mente de modo indeleble. Y Vicente durante el resto de la semana paladeó hasta desgastarlas aquellas lisonjas fingidas, aquellos besos comprados, aquellos espasmos simulados, hasta antojársele reales, y aunque vivió y respiró, lo cierto es que nunca terminó de salir de aquella habitación de burdel ni de abrazar a aquella deidad. Y pensó que sentiría no volver a ver a aquella meretriz.

Y ocurrió que al siguiente fin de semana, de modo instintivo regresó a aquel mercado de neón para descubrir que aquella muchacha le sonreía. Y Vicente advirtió que aquel gesto no lo había comprado, y le supo a verdad, y por vez primera en su vida percibió que una mujer gustaba de su presencia, y la palabra “plenitud” quedó escueta para expresar lo que sintió al ver aquella sonrisa.

Y aconteció que Erika le permitió besarla, y Vicente descubrió que lo vivido hasta ahora no era vida, y que de hecho no había nada que mereciese la pena fuera de aquella aséptica habitación donde Erika le enseñaba la compatibilidad entre pasión y ternura. Y Vicente hundió su rostro en el pecho de aquella inmigrante ilegal y descansó, por vez primera no tuvo miedo, entre aquellos brazos se sintió seguro, a salvo de todo y de todos, y supo que allí los niños no podrían golpearle, que nadie podría reírse de él, y que no le afectaba el desprecio de sus congéneres porque lo tenía todo.  Y los ojos del  muchacho se licuaron, y cuando las lágrimas rebosaron, Vicente lloró, y lloró como no había llorado nunca, y apretó aquel delicado cuerpo con la demencia del naufrago, y se sintió bien, y supo que se sentía bien porque era algo que ya no recordaba. Y dio las gracias a los dioses por tener alguien a quien abrazar.

Y acaeció que Erika le esperó una y otra vez, y dejó de mostrar temor en la mirada, y habló, y se interesó por él, y le escuchó, y le contó cómo era su mundo. Y Vicente comenzó a sentir aprecio por aquella triste muchacha. Y olvidó que era una prostituta y la convirtió en su compañera, y lo hizo porque la sentía como su compañera, o quizá porque necesitaba una compañera, qué importaba. Y aquel chapurrear castellano se convirtió en la calidez de charlas donde se mostraban dos mundos. Y con el tiempo, Vicente descubrió que Erika era mucho más que una necesidad. Aquella muchacha le miraba como no le habían mirado jamás, le tocaba, le rozaba, con la mesura de quien respeta lo que acaricia. Y había deseo, algo que Vicente nunca habría llegado a concebir, aquella escultural mujer, aquella fémina apocada y dolorida le deseaba, era increíble.

Y resultó que llegó el día en el que el temeroso Vicente reconoció amor por Erika, y le pidió que huyera con él al pequeño pueblo materno, lejos de las mafias, de la ilegalidad, de las represalias, de la expulsión. Y Erika aceptó con la misma porción de miedo que de ilusión. Y Vicente pensó que el destino, el ADN, o la suerte le sonreían. Y cerró los ojos, y apretó los puños, y suplicó a los dioses que esta vez no le engañaran.

Y la huida fue pactada. A las tres de la madrugada del siguiente sábado, cuando más actividad y trajín había en el club, Vicente esperaría con el coche detenido en la autovía a que Erika saliese por detrás protegida por la noche. Así debía ser, y así debía ocurrir, la ausencia de uno de los dos implicaba la renuncia.

Son las tres de la madrugada del sábado y los inquietos dioses escuchan los insultos de dos seres desvalidos, de dos seres desafortunados, de dos seres que no se encuentran y que se creen malditos. Y es en el celeste Cielo, o en el lejano Olimpo, o en el plácido Edén, o en el soñado Paraíso, o incluso en el Nirvana delirante que los dioses, con sus voces mudas, exponen el libre albedrío y se exculpan. No es su culpa, gritan, que los seres humanos giren confundidos chocando cuando no desean tocarse y perdiéndose cuando lo anhelan. No es su culpa, vocean ofuscados, ¡es el libre albedrío! La libertad del hombre. Es el capricho del hombre el que hace que un sábado de madrugada el reloj marque dos veces las tres, lo hace mediante un convenio internacional con la finalidad de ahorrar energía. Es el hombre el que dos veces al año altera el horario, atrasando o adelantando una hora las manecillas de sus relojes. No es su culpa divina, es el libre albedrío, braman los hacedores, que en esta madrugada se atrasaran una hora todos los relojes y se cumplieran dos veces las tres. Es el libre albedrío que un cumplidor Vicente atrase su reloj y que una despistada Erika olvide hacerlo. Es el libre albedrío.

El homicidio

Imagina que quieres morir. Imagina un porqué. Imagina que eres un importante cargo en un importante banco. Imagina que eres un tipo respetable y poderoso. Imagínalo. Imagina que tienes una esposa perfecta y tres perros con pedigrí. Imagina que tienes cuatro hijos impecables y una piscina enorme. Imagina que vives en una amplia casa unifamiliar en una acomodada zona residencial con seguridad privada. Imagina que lo tienes todo. Imagínalo. Y ahora, ahora imagina que de pronto un tipo con bata te dice que tienes S.I.D.A. ¿Puedes imaginarlo? Bien, ahora imagina que no te contagiaste con una transfusión, ni con una puta en un pub de carretera, no, imagina que te infestaste aquel fin de semana que te quedaste solo y te follaste a aquel travesti. Imagínalo. ¿Lo imaginas? Imagina su cara, la sórdida callejuela donde lo recogiste, imagina ese vergonzoso deseo que dejaste suelto aquella noche, sólo aquella noche. ¿Lo imaginas? Pues ahora imagina que aquella noche moriste.

            Mario imaginó los rostros de sus colegas, imaginó las miradas, los gestos, los “lo siento”, y también imaginó los ojos de su esposa, las caras de sus hijos, las lágrimas de su madre. Mario imaginó la vergüenza, el deterioro, la vergüenza, la agonía, la vergüenza, y pensó, pensó que prefería morir un poco antes a vivir aquella devastadora vergüenza convaleciente, y eso, eso le llevó a mí.

            Yo soy hijo de unos alcohólicos ludópatas que a los dos años me ingresaban en urgencias medio muerto como consecuencia de una paliza mayor que las habituales. Yo soy al que un amante de mi madre apagaba cigarrillos en la espalda antes de cumplir diez años. Yo soy el que violaron en el reformatorio. Soy el politoxicómano de constante ingreso en urgencias. Y soy el tipo duro de la cárcel. Y también soy el tipo que mató a aquel otro en aquel garito por no se sabe muy bien qué. Yo soy ese. Y con todo nunca pensé en quitarme la vida, claro que yo no soy un tipo listo.

            Mario sí lo es. Mario no quiere que nadie sepa que es un apestado, no quiere que sepan cómo se infectó, no quiere dejar ese recuerdo, porque es un tipo listo. Mario podría coger la escopeta de caza y pegarse un tiro, pero entonces su gente se preguntaría por qué y terminaría descubriendo el vergonzoso secreto, y Mario, Mario no quiere llevarse esa angustia al infierno. Pero no sólo es eso, hay algo más, algo importante para quien está amasado no con barro sino con dinero, está lo del seguro. Y es que Mario, el chico listo que lo tiene todo, posee un notable seguro de vida que no pagará un duro a su familia si se suicida, y Mario quiere dejar situados a los suyos, porque Mario es un tipo listo, muerto, pero listo, y por eso la perra vida hace que un tipo como él conozca a un tipo como yo.

            Si un ladrón asalta tu lujosa residencia cuando casualmente te encuentras solo y te descerraja un certero e indoloro disparo en la frente, tu intachable familia llorará, tus clasistas colegas bancarios llorarán, tus amigos de marca lloraran, pero todos te recordarán como el inmaculado triunfador que eres, nada de repugnantes desviaciones mancillando el recuerdo de un muerto, pero sobre todo, sobre todo, el seguro pagará. Y es que la gente lista se distingue porque siguen pensando incluso después de muertos.

            Recuerdo haber pensado que aquel trajeado hijo de puta de mirada altiva estaba frente a un asesino, en un tenebroso garito de la peor cloaca marginal de Occidente, y no descomponía el puto gesto. ¡Qué cabrón! Aquel burguesito estaba tan acostumbrado a que su dinero arrodillara a sus semejantes que ni siquiera se amedrentaba en un barrio del que huían hasta las ratas. Sí, recuerdo que pensé que aquel capullo creía que lo podía comprar todo, y que mientras tuviera talones bancarios hasta el mismísimo Lucifer se la chuparía. ¡Qué hijo de puta pero que razón tenía! Era cierto, nada le ocurriría allí dentro, y no porque tuviera dos gorilas protegiendo su perfumada espalda, sino porque él era el comprador en el mundo donde todo se vende, mi mundo.

            Desgranó su historia de modo aséptico y conciso, como el que relata al mayordomo los quehaceres diarios, después sus refinados dedos sacaron un sobre y lo dejaron sobre la roída mesa de madera, la mitad ahora y la otra mitad… como en las películas. Yo no dije nada, sólo cogí el vaso de tequila y lo maté. Después miré aquellos ojos de ciudadano honrado y vi al depredador que había tras ellos. A aquel hijo de puta no parecían impresionar mis tatuajes carcelarios, ni mi rostro desgastado, ni siquiera mi mirada caníbal, y me sorprendí bajando la vista y repasando con el dedo el contenido de aquel inmaculado sobre para terminar asintiendo en silencio. Eso fue todo. Me había comprado.

             Ahora continúo aquí sentado, rellenando el vaso de tequila y observando la penumbra de un garito al que adorna un blues de perdedores. Las miradas esquivas del resto de cánidos denotan interés, interés por el sobre que hay bajo mi desgastada chupa de cuero, interés porque un señorito en persona departa con un desecho como yo, interés por saber cuantas balas lleva la pistola encajada en mi cintura. Repaso la barba de cuatro días y exhalo algo parecido al desaliento. Siento una extraña picazón, una incomodidad que taladra mi hipotálamo con el anuncio de lo que ha de llegar. El caos. Ya sé lo que es. Se trata de matar a alguien que quiere morir. Es raro. No es asesinar. Es matar. Yo soy un asesino, no un matarife. Mi simiesca mente no termina de asimilar que alguien desee morir, ni siquiera estando podrido por dentro. En el lodazal donde me crié raro era el no defectuoso, raro el no deforme, raro el no anómalo. Todos agonizando en un charco de miseria humana dando brazadas para alcanzar una bocanada de pútrido oxígeno que les permitiera durante unos segundos más seguir revolcándose entre aquella inmundicia de vida, aunque vida al fin. Hasta ahora no había entendido el sentido de toda esa fauna marginal repleta de taras para los que la muerte sería una liberación y que sin embargo se aferran a una vida que no es vida sino calvario. No tiene sentido. Los dioses deben partirse el culo. El que lo tiene todo paga para que lo mate, y yo, con una existencia que aterrorizaría a Lucifer deseo vivir. ¿Por qué? Quizá, sólo quizá, es que lo mío no sea vida y por tanto no tenga derecho ni siquiera a perderla, quizá sólo si pago a alguien para que me mate, pero por qué habría de hacer eso, yo no soy tan listo.

            Cuando me levanto y camino entre mis desdentados congéneres me pregunto cómo aquel ciudadano ha localizado mi hedor. Supongo que el jefe de seguridad del banco tiene un amigo que conoce a un tipo que sabe de alguien que puede matar por dinero. Los honorables ciudadanos siempre saben dónde están los intocables para… no tocarlos. Pero ahora él me ha tocado.

            El aire de la noche corta la cara, así que meto las manos en los bolsillos y encojo los hombros. Camino por callejones repletos de gritos sordos, callejas ahogadas que sólo dejan escapar el eco del taconeo de mis botas. Los pasillos del infierno no pueden ser más lúgubres y mortecinos. Y entonces los veo.

            Las dos figuras delgadas esperan en la esquina. Detengo el paso. Sus pálidos rostros reflejan la luz de Luna como si la muerte quisiera marcarlos. Vieron el sobre allá en el garito y piensan que pueden comprar mucha química con él. Tienen razón sólo hay un problema, yo. ¿Qué dirán? ¿El dinero o la vida? No, tendrá que ser una oferta mejor porque la vida no vale una mierda para mí, ¿o sí? Sí, si vale, vale lo que llevo en el sobre, ese es mi valor, en eso estoy tasado.

            Fijo los pies y permanezco con las manos en los bolsillos. A veinte metros se agitan nerviosos los bandoleros. Muestran inseguridad. Dudan. Error. Cuando has de atacar, se ataca, no se piensa. Yo cumplí siete años por matar a una basura y cinco por degollar a un yonqui, por los otros tres la ley no me cobró nada porque no se enteró o no quiso enterarse. Supongo que me salió barato no pensar. Es lo que los dos marginales están sopesando. Piensan si valoran sus vidas más que yo la mía. Piensan si me rajaré. Piensan si no será mejor atracar a una vieja o mamarla en la estación de autobuses. Es jodido pensar cuando la sangre te hierve y el mono amenaza. ¡Vamos chicos, vamos a bailar! Borrémonos de este puto mundo. Seamos perros que comen carne de perro. ¡Vamos!

            Las figuras, tras mirarse, comienzan a caminar hacia atrás de espaldas para terminar difuminándose entre un mar de sombras. Exhalo algo parecido al abatimiento y siento que algún dios hijo de puta se burla de mí. ¡Cabrón!

            Todo ha acabado y supongo que cualquier ser humano normal, ante una amenaza como la vivida, tendría el corazón saliendo de su boca. No es mi caso. Ni siquiera lo noto. Creo que yo morí en la infancia pero no me he enterado. Así que camino.

            A cada paso pienso en lo dicho por Nietzsche sobre que la mala conciencia es un proceso por el cual el hombre tiene que adaptarse si quiere sobrevivir, ya que ha perdido su entorno natural, o sea la selva, el vagabundo, la aventura. Ha desaparecido el mundo que los cobijaba durante milenios, y el nuevo que nace les obliga a pensar, a razonar, calcular, a combinar causas y efectos, a su conveniencia. Pienso en ello, y en el hecho de que un desecho como yo conozca palabras de un filósofo. No es culpa mía. Charlas era mi compañero de celda en el trullo. Durante la larga condena aquel atracador reumático había leído un libro del Nietzsche ese y no hacía sino repetir, una y otra vez, citas del cabrón alemán. Uno termina reteniendo lo que escucha aun cuando no entienda su significado, pero ahora, tras conocer a ese burguesito sentenciado lo veo. Él es el que piensa, el que razona, el que calcula y combina causas y efectos a su conveniencia. Y yo, yo el hombre que falto de enemigos exteriores, encajonado en una opresora estrechez y regularidad de las costumbres se desgarra y se maltrata impacientemente, a sí mismo, yo el animal al que se quiere domesticar, yo el ser al que le falta algo, yo el loco, el prisionero añorante y desesperado, yo el inventor de la mala conciencia. Yo la figura solitaria que piensa en filosofía en medio del suburbio marginal más incivilizado del civilizado Occidente.

            Y mis pasos me llevan al secreto portal. La oscura guarida que sólo los depredadores conocen. El recóndito lugar donde se fabrican los colmillos del cazador, las garras de la alimaña, las armas de la bestia. 

            Tras el golpeo de la carne contra el metal, el gigante rapado que hace las veces de cancerbero me observa desde el otro lado de la rectangular mirilla. Un segundo, dos, y el portón de acero se abre. Me conoce. Entro. Lagarto me observa, con ese aire de indiferencia que los chuloputas se aplican junto al after-save, desparramado sobre el sofá, rodeado de acólitos esnifadores sus pupilas de ofidio vibran.

Lagarto es ese tipo de ser que demuestra que la teoría de la evolución es incuestionable, un predador cuyas taras genéticas serían causa de internamiento en el mundo civilizado, pero que aquí le permiten sobresalir y elevarse sobre los cadáveres de sus congéneres. Algún error en su cadena proteínica provocó la ausencia de conciencia en el pequeño Lagarto, pero resultó que el fallo genético se reveló como una virtud en esta obscena alcantarilla donde los insanos se alimentan de los sanos.

            Mientras mantengo las manos en los bolsillos y el rostro pétreo del matador que soy, solicito un arma marcada. Los ojos de los presentes me hacen protagonista y sus miradas denotan una infinita curiosidad. Nadie desea un arma marcada, de pillarte con ella cargarás con todos los marrones donde haya estado implicada. Es estúpido desear algo así, pero Lagarto sabe que yo no soy estúpido, así que su húmedo rostro se contonea intentando atisbar la razón. Él no sabe que fingir un asesinato resultará más convincente si encuentran junto al cadáver un arma usada en otros delitos, quizá incluso algún desgraciado cargue con la muerte de un banquero engreído que deseaba morir. O quizá Lagarto sí sepa todas esas triquiñuelas de bajos fondos pero no se atreva a preguntárselas a un perturbado cuya profesión es eliminar la vida. Finalmente la sudorosa pelambrera de aquel adicto oscila con un gesto permisivo para que uno de sus chicos penetre en el cuarto de los juguetes. Ya está. Y ahora la espera. Yo de pie, quieto, muy quieto, y ellos observando. Y mientras enciendo con la derecha un cigarrillo sin sacar la siniestra del bolsillo, pienso, pienso que quizá aquel mal nacido conozca la respuesta, y le pregunto si sabe que para Nietzsche la mala conciencia tiene su origen en la domesticación de los instintos.

Mientras la incredulidad se dibuja en el rostro de mi anfitrión señalo que según el alemán los viejos instintos del hombre salvaje, libre, vagabundo al que se quiere domesticar forzándole a vivir en sociedad no desaparecen de golpe, y que todos los instintos que no desahogan hacia fuera se vuelven hacia dentro. A eso lo llama interiorización del hombre, y según él, ese mundo interior crece en el hombre a medida que el desahogo del hombre hacia fuera queda inhibido. Y dicho esto, doy una calada densa y pregunto con voz grave si alguno de mis interlocutores ha interiorizado tanta mierda que cree que va a estallar.

            No hay respuesta. Los gestos felinos se agrian en la creencia de saberse vacilados. No entienden que hace la filosofía en boca de un analfabeto matador de barriada. Y es cuando Lagarto se ve forzado a intervenir para salvaguardar su posición de líder que su subordinado regresa con una pistola envuelta en un pañuelo. Lagarto se refrena, y mi mano izquierda deja de jugar con el arma del bolsillo. El silencio. Y yo que pregunto el precio. Y el traficante que da un excesivo mil doscientos para joderme. Sonrío. Doy una calada larga e irritante y mientras exhalo el viscoso humo señalo que hasta el día de hoy no había sido consciente de mi problema. Había tenido que ser un puto burgués venido del otro lado de la Luna el que me había mostrado que la vida sólo merece ser vivida si la puedes llamar vida, si no, es mejor borrarse.

            Quizá Lagarto no llega a entender la totalidad de la perorata, sin embargo su experiencia de reptil de sumidero le permite detectar lo deteriorado de la mente que está frente a él, esa capacidad le ha permitido sobrevivir en el lodazal, así que sopesa los riesgos y decide no estar interesado en continuar sosteniendo un pulso con un demente. -Seiscientos para ti, amigo -repone con gesto aparentemente relajado.

            Extraigo el sobre y recuento unos billetes que dejo caer sobre la mesa. Mientras cojo el arma envuelta soy consciente de la ansiedad que despierta aquel fajo de billetes ensobrados, así que una vez que guardo la compra permanezco un instante quieto esperando que alguien decida jugar conmigo. No sucede. Los chicos malos no están suficientemente colocados y el pit-bull rapado no muerde si su amo no lo ordena, y su amo no lo ordena, de modo que con la siniestra en el bolsillo abandono aquel peculiar establecimiento.

            Cuando la fría noche de nuevo me envuelve noto el vacío, la mala conciencia bullendo en mi interior, y me pregunto si mi estilo de vida es un estilo de muerte, si no seré el tipo que golpea con la cabeza el muro, o quizá sea el muro el que me golpea a mí. Con cada charco que piso pienso en lo que Charlas, o mejor Nietzsche, decía sobre cómo las penas se convirtieron en los bastiones con los cuales la organización estatal hizo que los instintos del hombre salvaje, libre, vagabundo, diesen la vuelta y se volviesen contra sí mismo. La enemistad, la crueldad, el placer en la persecución, todo eso vuelto contra el poseedor de tales instintos. Y cómo eso era el origen de la mala conciencia. Mis padres aplicaron penas represoras contra mí, el Estado aplicó penas carcelarias contra mí, el homo sapiens aplicó penas violentas contra mí, y ahora sé que la rabia y el resentimiento no son sino mala conciencia. No importa cómo se llame, sé que me quema dentro.

            Camino entre figuras de borrachos que no llegaron a casa, de prostitutas que empaquetan el amor o lo venden a granel, de jóvenes ladinos que juegan a ser malos antes de que los dientes les asomen. Camino entre tinieblas consciente de que nada puede dañarme puesto que yo soy el dolor. Camino con la siniestra enterrada en el bolsillo del gabán por si alguien equivocara el camino al Paraíso. Yo y mi mala conciencia nos adentramos en una callejuela donde la música marginal atrona. La muchachada y sus rasgos de banda me observan amenazantes, me conocen, no es un gesto, es una pose, aquí nadie sonríe, y si lo haces, lo haces una única vez. De modo que sobrepaso sus puestos de vigilancia entre escombros y hogueras improvisadas. Camino hasta la zona cubierta, una vez allí quedo quieto. Entre la docena de pandilleros que rodean el bidón humeante uno de ellos se aproxima. Una cicatriz recorre longitudinalmente su carrillo izquierdo. Se planta a medio metro y queda expectante. Le explico que necesito un carro para mañana. Asiente. Extraigo el sobre y varios billetes cambian de manos. La jauría observa de reojo aquel dinero, y quizá alguno escuche los cantos de sirena, sí, las sirenas, unas hijas de puta que siempre hacen que algún objeto de metal termine adosándose a tu pecho. El sobre pasa al interior de mi gabán y el adolescente marcado retrocede. Quedo quieto un instante mientras mi siniestra acaricia algo metálico. Nada. Nadie hace caso de las sirenas, de modo que doy la vuelta y abandono el territorio del clan.

            Mientras camino hacia mi cubil revivo el rostro del chulesco burgués que me ha comprado, pienso en él como el ejemplo del ciudadano de estado, el civilizado, el elector perfecto, un modelo a imitar en ese mundo límpido y evolucionado donde se respetan las leyes y lo ilegal es arrinconado. Sí, un hombre ejemplar, excepto por una cosa, por aquella noche donde dejó escapar al salvaje, al libre, al vagabundo. Dejó que el instinto surgiera, y eso le mató. Aquella noche su disfraz no le ocultó, el maquillaje no resultó, aquella noche el animal reprimido emergió y tomó cuerpo. Quizá el adinerado consejero bancario consiguió encerrarlo de nuevo, quizá logró confinarlo bajo capas de educación, civismo y corrección. Sí, quizá pudo amordazarlo y fingirse un ciudadano ideal pero esta vez hubo un pero, aquella bestia le dejó marcado, su verdadera naturaleza no quiso ocultarse sin dejarle una mácula, la muerte. Yo lo entiendo bien, los estigmas son lo mío, sólo que en mi caso la bestia, el salvaje, no salió una noche sino que ellos lo sacaron y desde entonces ha estado presente cada puta hora de mi existencia.

            Cuando alcanzo el siniestro portal donde habito y subo la decrépita escalera hasta la buhardilla sé que este día no será igual a los demás. Después, volcado en la cama beso la botella de licor con la cadencia que requiere el saber espantar las pesadillas que acosan mi sueño. Y en algún punto la consciencia decide abandonarme.

            El día ha muerto cuando mis ojos resecos asoman entre el sopor de la resaca. La noche acomete fuera del pequeño ventanal que adorna mi madriguera. Es la hora. El predador nocturno se incorpora y observa en el espejo el rostro deteriorado de lo que no puede ser un ser humano. Paladeo el rostro del burgués aderezado con la mala conciencia y trago la bola reseca de todas las mañanas. Me visto, recojo los trastos de matar y la puerta se cierra tras de mí.

            El frescor de la noche nueva me descubre un precioso coche aparcado junto al portal. Abro la puerta y uno el cableado. El rugido de aquella pieza de metal se muestra casi animal, es un aviso, es el aullido del lobo que va. Voy. Ya voy.

            Mientras las calles y sus tullidos habitantes son recorridas, caigo en el hecho de que un coche de este porte no haya sido tocado a pesar de estar abierto, quizá el hecho de estar aparcado en un lugar exacto, quizá la circunstancia de que se encontrara situado frente a la casa del asesino, quizá.

            Cuando dejo atrás el barrio, lo atávico, aquello que te hace añorar el pútrido olor de tu vertedero natal cada vez que te alejas aun cuando todos los días maldigas haber sido parido entre sus brutales calles, hace que tus sentidos se tensen y algo punce tu nuca. Es lo irracional, lo ilógico, lo anormal, dejo atrás los viejos callejones y me siento desnudo fuera de aquel infierno sobre la tierra. No deja de resultar estúpido sentirse incómodo al divisar la primera papelera, la civilización, el lado sano de la sociedad, no tiene sentido pero es real, tanto tiempo en la oscuridad que la luz te ciega y te daña. Quizá mis ojos no puedan resistir la claridad, ya no.

            Las ajardinadas urbanizaciones caen junto a la carretera hasta que una de ellas resulta la elegida. Giro el volante y penetro en el mundo del chalet individual con piscina y perro peligroso. Circulo entre calles perfumadas y perfectamente iluminadas por ornamentales farolas. Al fin una de aquellas lujosas residencias hace que detenga el coche. Es el número que figura en el tosco plano incluido en el sobre. Desciendo y enciendo un cigarrillo. Las luces de la vivienda dicen que sus ocupantes están despiertos y que han desconectado la alarma. Doy otra calada y tiro el cigarrillo. Conforme me aproximo a la ridícula valla exterior el pastor alemán ladra tensando la cadena que le une a su caseta. Hay que ser idiota para atar al perro que ha de defender tu hogar. Salto la valla. La mascota se estrangula intentando alcanzarme. He visto ratas más peligrosas. Me sitúo junto a la puerta de la casa y espero que ocurra lo inevitable, los ladridos harán que el dueño abra la puerta para reprender al can por acosar a un gato. Idiota. Los honrados ciudadanos que residen en honradas existencias aquí en sus honradas viviendas son tan patéticos y predecibles que su carne blanda no está hecha para el choque. Y el tipo abre la puerta.

            Del empujón inicial mi viejo amigo el asesor bancario cae de espaldas en el interior de su recibidor. La puerta se cierra y mi pistola le apunta en silencio. Tras un instante de estupor aquel frío burguesito me reconoce y su mueca de sorpresa se truca en un mohín de reproche. Modulando la voz me reprende por elegir un día en el que su familia está en casa, ese no era el trato. Llega a insultarme, y me insta a marchar y regresar cuando esté solo. No lo hago.

             El segundo puntapié le propulsa en el interior de su exquisito salón. Su inmaculada mujer se sobresalta, y sus dos preciosas y edulcoradas hijitas se sobresaltan, todo el mundo está sobresaltado, todos menos yo, y es una pena, me gustaría sentirme humano.

            Mientras mi siniestra le apunta, con la diestra doy una calada y espero que la virtuosa esposa acoja en su regazo a su refinada y asustada prole. Ahora todos parecen ansiosos por saber qué pienso. Creen que lo saben. La gente como ellos cree que lo sabe todo. Creen que conocen a la gente como yo. Creen que me conocen. Se equivocan.

            Tras la enésima calada, con la calma que reporta la locura mi voz pausada les hace saber que estamos aquí por culpa de mi mala conciencia, eso es lo que nos ha traído aquí, eso, y Nietzsche, un puto filósofo alemán al que nunca he leído pero que tengo insertado en el bulbo raquídeo. Y ante el estupor general señalo que según Nietzsche entre los presupuestos del origen de la mala conciencia, está el hecho de que la domesticación de los instintos no fue voluntaria, ni gradual, fue una ruptura, una fatalidad. El actor de tal hecho fue el Estado. ¿Y quién es el Estado? Pues según el enterado del filósofo son aquéllos que organizados para la guerra y dotados de la fuerza para organizar se levantan siendo menos en número sobre una población, pero todavía informe, errabunda. Hago una pausa. Doy una larga calada. Y mirando al dueño de la casa le bramo que yo digo que el Estado eran mis padres, el Estado las pandillas, el Estado los responsables del reformatorio, los funcionarios de la cárcel, el Estado los jueces, el Estado eres tú, burguesito. Tú y tus amigos adinerados los que confináis a la población informe y errabunda en el gueto. Tú el responsable de mi mala conciencia. Tú el que ha introducido una dolencia siniestra, el sufrimiento del hombre por el hombre, resultado de la separación violenta de su pasado animal, resultado de una declaración de guerra contra los viejos instintos, en los que hasta entonces reposaba su fuerza, placer y fecundidad. Tú que como organizador no sabes lo que es culpa, responsabilidad o consideración y sin quien la mala conciencia no habría quizás ocupado el mundo. Tú el responsable al que puedo tocar porque tú decidiste tocarme a mí, diles por qué me tocaste, dile a tu gente por qué invocaste a un demonio como yo, ¡Díselo! ¡Díselo o las mato! Y el horror que modela el rictus del caído. Un segundo de duda. Dos. Tres. Y mi pistola que apunta al tembloroso trío femenino. Y Mario comienza a balbucear, a llorar, a desarmarse, toda aquella fachada de seguridad se derrumba y su entrecortada voz comienza a desgranar una historia de vergüenza y horror. Y quizá la inmaculada mujer hubiese preferido recibir un balazo en vez de esta confesión, y quizá las edulcoradas princesitas hubiesen preferido morir a conocer a su verdadero padre, quizá, o quizá no, pero seguro que Mario, el burguesito, hubiese preferido que una bala le reventase el cráneo antes que reconocer aquel acto y su consecuencia posterior. No lo entiende. Lo sé. Sabía que no conocerían el porqué de todo esto. Pero fue él el que me lo enseñó, él el que me mostró el camino, él el que tenía la solución frente a la mala conciencia.

Me siento en el brazo del sofá y vomito mi verdad.

-Llevo toda mi puta vida no siendo otra cosa que un hombre salvaje, libre y vagabundo que no es otra cosa que un marginal desecho delincuencial, y no he conseguido sino esa puta mala conciencia que yo llamo dolor, un infinito dolor. Trescientos sesenta y cinco días al año, veinticuatro horas al día, sin saber por qué, sin entender mi pecado, sin conocer la posibilidad de otra vida. Golpeando y siendo golpeado, mordiendo y siendo mordido, escupiendo y siendo escupido. Hasta que un día, en medio de esa agonía, un ciudadano inmaculado, un hombre civilizado, un ser sin mala conciencia, representante del Estado que ha intentado modelarme a fuerza de dolor, se planta frente a mí y me dice que durante dos horas, dos horas, de su exquisita y dulcificada existencia fue salvaje, libre y vagabundo, y que no pudiendo soportarlo decide comprarme para que calme su dolor. Me compra -y extraigo del interior del gabán el sobre repleto de billetes que lanzo sobre la mesita de cristal-. No hay trato honorable representante de los seres humanos. -y señalándole con la pistola grito-¿Qué se siente siendo una bestia? Una salvaje, libre y vagabunda bestia, ¿dime? Se siente mala conciencia, ¿verdad? Es un asunto jodido. ¿Sientes el dolor? Te dirán que terminarás acostumbrándote, mienten. No podrás comprar la calma. No hay dinero que compre el descanso. Sin embargo, hay una manera de eliminar la mala conciencia, ¿quieres que te la muestre?

Aprieto el cañón contra mi sien y hasta me parece escuchar el chasquido del percutor…

Muerte canina

Yo soy el perro, el animal, aquel que no es hombre aun cuando pudiera parecerlo. Yo soy la bestia que se rasca y olfatea. Aquel que come restos y duerme al raso. Yo aquel que babea y gruñe, aquel que trota y se lame, el que ladra y aúlla. Y sé que soy perro porque nací de perros, porque fui criado como perro, porque crecí entre perros. Es mío el mordisco y no el arrumaco, la patada y el grito que no la caricia y el susurro. Es mío el ladrido y no la palabra, como lo es el desprecio y el desapego, la animalidad y lo irracional, pero también lo es el colmillo y la garra, la piel curtida y el instinto animal, la ausencia de conciencia y la falta de remordimiento. Yo soy el perro pero no la mascota, el que no lame sino muerde, aquel que hace presa y no suelta, yo el que desgarra, el que hiere y mata. Yo el perro de pelea, el que ataca, el que tensa tus músculos y afloja tu esfínter.

Como perro habito las calles, olisqueo el aire del gueto y orino en las esquinas marcadas de territorialidad. Recorro el vertedero marginal que es mi barrio entre seres que no se distinguen de la basura y cuyos sueños tornaron pesadillas al caer del útero. Es la noche, la noche eterna sobre un averno cuyos pecadores aún están infectados de esa peste llamada vida. Y es en la noche cuando el lobo que habita en mis entrañas me muerde para que salga, para que trote y aúlle, para que surja y rastree presas. Y surjo.

Jadeo mientras la húmeda madrugada mezcla el vaho denso de mi respiración con el humo mortal de las caladas del cigarro. Escondo mi rostro animal entre solapas oscuras, camino encogido y tenso, rápido, con las orejas tiesas y las manos en los bolsillos rozando metales letales. Mis pupilas de cánido ojean las sombras pecadoras que brotan ansiosas en busca de los caprichos ilegales y las sórdidas ambrosías que germinan en estas mis tenebrosas callejuelas. Todos me sortean, incluso los más narcotizados y ebrios saltan y se apartan en cuanto ven al cimarrón sin bozal. Las risas se acallan y las conversaciones se pausan. Los más duros, los más chulos, aquellos a los que el grupo y el calor de la banda tornan pendencieros quedan quietos, rígidos, observando como la alimaña pasa junto a ellos y no los roza. Me conocen. Nadie ladra al enorme perro callejero repleto de cicatrices y tatuajes. Nadie lo llama. Nadie molesta al bicho maligno al que ni siquiera Satán desea en el Infierno, salvo quizá el suicida, el ciego o el loco, aquel al que le fue extirpado el instinto de conservación, ese cree que puede jugar con la bestia y termina descubriendo que sus entrañas son de un rojo intenso.

Ahora la veo. Al trote recorro los charcos y esquivo el vómito. La puerta escondida del sucio lupanar y el gigante negro que la custodia semejan, bajo el mortecino neón rojo, una vieja gabarra que naufraga, que se hunde con sus lúbricos sueños en este oscuro infierno de perversión y violencia. Es el vicio en crudo, sin aditivos, en carne viva, lo amoral soldado al desespero, lo indecente trabado a la impotencia, fusionándose, seres violando seres, esclavizándolos, masacrando lo humano y revelando lo animal, y todo en apenas trescientos metros.

El oscuro cancerbero me ve y ya no mira otra cosa. Me conoce, sabe de mí, así que maldice al dios en el que no cree, contrae las cejas y aprieta los puños dentro del gabán. No se permite la entrada de perros en el local, ¿o sí? Intuye que no es presa pero mi hedor lo tensa. Mientras mis patas revientan los charcos pego mi costado al ladrillo y lo rozo mientras ladeo la cara a semejanza de la hiena que acomete el cadáver. El coloso se cuadra y dilata, eriza la espalda en el convincente intento de mostrar su peligrosidad y… se aparta. Lo supero. Cabizbajo propulso la puerta y la dulzona condensación me lame y empapa con la violencia de lo repentino. El humo y la transpiración ajena se pegan de inmediato otorgándome la pátina pecaminosa que recubre la totalidad del burdel. Me detengo y oteo el cálido útero viciado. La música mortecina acuna docenas de bultos entre una neblina rojiza que disimula defectos y traumas. Nadie ve al perro o quizá nadie quiere verlo. Enciendo un cigarrillo mientras mi instinto primario comienza a susurrarme obscenidades. Doy una calada al tiempo que sorteo mesas roídas y perdedores quebrados. Las risas melladas me observan, y me observan las etílicas ojeras, y las carnes fofas y las barbas de tres días. Es la miseria echa carne, el sótano de la humanidad, el cuarto de atrás de este civilizado mundo donde los gritos no se oyen y los lamentos jamás se escuchan. Y yo lo atravieso, me sumerjo y buceo en un lodazal donde lo malo flota y lo bueno se hunde, y mientras lo hago, la asustada muchacha de la barra me descubre y hace un gesto al encargado. Para entonces he alcanzado las escaleras y asciendo peldaños con la cadencia del sepulturero que lleva toda la vida caminando entre nichos. Lamento no sentir, me gustaría sentir, notarme humano, pero mi naturaleza animal no cesa de recordarme que sólo soy un perro. El maltrato en la infancia, el reformatorio, las vejaciones carcelarias embisten y roen mi ánimo haciendo que una ola de resentimiento arrase mi cordura, entonces sólo queda el aullido, el jadeo animal, sólo queda el perro.

He alcanzado el pasillo superior y camino entre puertas clónicas y gemidos fingidos. Lo hago despacio, amortiguando la pisada sabedor de que ella está cerca. No quiero asustarla. Finalmente me detengo frente a un número. Doy la última calada y dejo que el agónico cigarrillo se estrelle contra el suelo. Exhalo el humo y giro el picaporte.

Un tipo calvo de espalda peluda cabalga a una rubia blanquecina, casi una niña, sobre un camastro arrugado y descolorido. Quedo quieto observando la escena. El tipo, saturado de lujuria, no percibe mi presencia, pero sí lo hacen los azulados ojos de la muchacha. No hay extrañeza en las brillantes pupilas de la inmigrante eslava. No se sobresalta, se limita a susurrar suavemente algo a la oreja del varón que la monta. Las embestidas cesan. El tipo se gira inflamado y confuso. Me ve. No entiende. Le jode. Le irrita que un perro interrumpa su coito. No comprende qué coño hago plantado mirándole, así que me insulta, pero el perro no se mueve. Suda, y la ira amenaza con la congestión. El cliente se yergue y su mueca de rabia acompasa las amenazas, pero el estúpido cánido continúa inmóvil. Entonces la muchacha le ruega que se vaya. El tipo no entiende. Es por su bien musita la blanquecina prostituta. Yo sólo le miro. Sólo soy un perro, no entiendo lo que dicen, únicamente espero a que el otro macho se aleje de la hembra. Y es en el instante en el que el sudoroso competidor se dispone a cargar cuando el encargado entra, le sujeta y le salva la vida.

Jadeo mientras las manos agarran y retienen, mientras tonos graves mascullan consejos extremos y sugerencias vitales, mientras el respeto y el temor bañan rostros curtidos de matón. Agito el rabo con la cadencia del latido de un corazón que no se inmuta, por qué habría de hacerlo, la violencia es mi nana, siempre fue mi canción de cuna. La puerta se cierra y el perro y la puta quedan solos. Y la chica sonríe.

Es el perro el que se despoja de sus ropajes, deja caer las penas y los lastres. Despacio, muy despacio, sin dejar de observar aquella piel blanca, como nieve cálida. No hay temor en la prostituta cuando el perro gatea sobre la cama hasta situarse sobre ella. Son unos brazos blancos sin vello los que abarcan el rostro del can, y son unas manos blancas, casi infantiles, las que lo acarician, sorteando cicatrices y costras, repasando el insensibilizado pellejo y revolviendo el tosco cabello. Buen chico, buen perro. Y el can observa los hipnóticos ojos claros de la puta, fascinado por unas pupilas tan trasparentes que dejan escapar el dolor, un dolor infinito, el dolor de la raptada, de la violada, de la esclavizada. Y el animal y su limitado raciocinio captan la hermandad, el mensaje obsesivo, la perturbación, el dolor, el infinito dolor, mientras las caricias le hacen gruñir de placer. Y la mejilla de la bestia llega a reposar sobre un pecho tan blanco que se diría leche, y las caricias, los leves besos, el silencio, producen la transmutación. Es el placer, algo inédito, tan ajeno que casi sabe a dolor, lo que cambia al perro, lo que le convierte en hombre, por un instante, por un breve espacio de tiempo, mientras aquella infinita blancura vestida de puta decida que aquel trastornado ser es aún más desgraciado que ella y merece su pena, mientras lo acaricie, mientras lo roce, pero no como hace la pagada sino como lo hace la ama, la dueña, aquella a la que guardas y que te nutre. Y el perro, ya hombre, es capaz de penetrarla y pensar que los golpes y mordiscos recibidos no son nada, que los escupitajos e insultos sufridos no son nada, que las torturas y maltratos padecidos no son nada. El asesino y la puta, la escoria abrazada, lo erróneo, lo imperfecto, aquello que no debe ser reproducido, juntos, fundidos, produciendo un calor que sana. Hubo otras putas, pero sólo con la desafortunada inmigrante del este emerge lo humano, lo oculto, lo negado, sólo con ella el perro de pelea cierra los ojos y ronca.

Tras escasas horas despierto, veo que la muerte me ha vuelto a olvidar, espero un instante por si hubiera un recuento y volviera por mí. No hay suerte. Me despego de la durmiente y tal como llegué me enderezo, me visto, dejo el dinero y salgo. No hay miradas, ni hay palabras. Camino por el pasillo con el olor a prostituta saturando la epidermis. Enciendo un cigarro hasta rellenarme de humo y sequedad.

Desciendo unas escaleras hacia un averno que huele a hogar. Olfateo el sudor y paladeo el rancio sabor a perdedor. Tras la pastosa música distingo al rudo encargado y a dos de sus obedientes gárgolas esperándome abajo. Quizá estén cansados de que un perro callejero entre aquí, asuste a sus clientes, y se folle a sus putas cuando le plazca. Quizá quieran golpear al perro con una escoba. Quizá estén cansados de vivir. Quizá, pero para cuando llego abajo mis anfitriones reculan dos pasos y las muecas se tornan sonrisas. Quieren algo del perro. Mantienen las distancias sin necesidad de que muestre los incisivos y me invitan a sentarme en la mesa esquinada donde espera el enjuto dueño del lupanar.

Hay un grueso fajo de billetes sobre la mesa y un papel con una dirección. No hay palabras porque no hay nada que hablar con un perro, al perro sólo se le lanza el palo y se espera a que lo traiga. Son temas de drogas, tráfico, competencia, absorción, eliminación. Es algo viejo, es la violencia, la solución ideal, la única en este lugar y en todos. Y así el pequeño amo de lo ilegal rellena dos vasos de tequila y sujetando uno me alarga otro. Beber con un perro. Le miro pero él no me mira a mí. Dicen que no es buena cosa mirarme porque estoy maldito, quizá la muerte pudiera fijarse en ti a través de mis ojos. Veo el vaso pero no lo toco. No me agrada beber con humanos. Recojo el papel, el dinero y me alzo. Los turbados sicarios dan un paso hacia atrás temerosos de que algo mío les salpique. Quedo quieto. ¿Hay trato? El traficante mata su tequila de un trago. Hay trato. Doy un paso y después otro. Mala cosa codearse con animales, sin tacto, sin modales, sin respeto.

Cruzo la viciada sala sorteando siluetas derrumbadas y rostros esquivos. Mientras camino pisando saliva la música fúnebre alerta de que la parca está suelta. Y es al propulsar la puerta cuando la bofetada fría me arranca la costra rojiza a prostíbulo. Vuelvo a las calles sin nombre, a sus esquinas atestadas de basura, a olfatear y trotar entre excrementos y disparos cruzados.

Sólo detengo el paso cuando un ruinoso portal me da la bienvenida, y con él unas decrépitas escaleras que ascienden hasta la buhardilla que me sirve de cubil. Allí caigo con la botella de tequila en el camastro, y entre besos y coca las pesadillas van llegando.

Sueño que yo soy el mal. Yo y mi negruzco cuerpo somos un demonio, uno de los que forman legión y combaten el bien bajo la bandera roída del averno. Yo soy la muerte y el fin. Yo el que escupe fuego y cuya correosa piel no puede ser atravesada. Yo el que decapita níveos ángeles y viola sagradas escrituras. Yo el caído, el perdido, el deteriorado pero el aún vivo.

Despierto. Abro un ojo y lo cierro. Estoy vivo. Aquí estoy. Casi treinta años y nada me ha matado. Increíble. Imposible. Mis alcohólicos progenitores lo intentaron, y lo intentó el reformatorio y la cárcel, lo intentó el homo sapiens y la droga, y la veloz bala, lo intentó el alcohol y alguna que otra puta, todos fallaron. Dicen que el Diablo no me quiere abajo y por eso me sostiene aquí arriba.

            Huelo a baba y vómito. No me incorporo, espero que la muerte haga recuento y vuelva por mí. El tiempo gotea y el oscuro cubil se torna ataúd. Agonizo. Tanteo la mesilla y después el suelo, encuentro una botella de tequila con la que morreo obscenamente. Siento el alcohol desgarrar mi interior. Doy un alarido y me incorporo. Golpeo el interruptor y la luz se me mea encima. Maldigo y me tambaleo hasta sostenerme sobre la vieja cómoda, esnifo los restos de química de la noche y cabeceo. La ola alcaloide golpea frenética las paredes de mis venas arrancando histérica el miedo y el temor. Sólo cuando mis neuronas han perecido en masa sonrío. Me miro en el espejo y mi cara de perro me da miedo. Dicen que estoy muerto, que por eso no me pueden matar, dicen que morí en alguna de aquellas palizas paternas o con alguna de las balas recibidas, dicen que la vieja dama ha olvidado recogerme y que hasta que lo recuerde me toca penar entre los vivos. Eso dicen, y tras decirlo, se apartan.

            Tiro la ropa sobre la cama y me meto bajo la ducha para que el agua intente limpiar mis pecados. El agua fría recorre mis tatuajes pero no los borra. Y yo quedo quieto y pienso en el dolor, en el infinito dolor que me causa respirar.

            Cuando surjo, cuando me elevo y visto mis cicatrices con ropajes oscuros, sólo el arma junto al costillar me promete fidelidad, sólo ella me susurra y acaricia, sólo ella jura lealtad al perro, a la bestia que soy.

            La noche me ve y se asusta. Piso la calle al tiempo que el mortal cigarrillo se prende en mis labios. Observo el papel con la dirección, arrugo la sentencia y la dejo caer. Echo a andar en la noche de aullidos. Encojo mi cuerpo dentro del abrigo, reclino la cabeza y acomodo mi paso el pavimento herido. Olisqueo y escudriño en busca de otro macho dominante que quiera chocar la testa. Voy, camino con un objetivo, mi tosca mente lo reproduce como finalidad, me engaña diciendo que eso da sentido a mi vida, finjo creerla pero sé que no hay razón para mi existencia. La sabia Naturaleza parió un hombre que mutó en perro y no hay designios para el chucho, no hay ropa de su talla ni protocolos para su caso, es un perfil erróneo, el error, la involución, la vergüenza de una Naturaleza que dice ser sabia pero se sabe humana.

Y así mis pasos recorren sendas secretas y atajos ocultos, cruzan territorios con manchas de clan y oscuros abismos con aspecto urbano. Avanzo entre seres que no pueden caer porque no hay nada más abajo. Me pego a sucias fachadas que nacen de sucias callejuelas, mimetizado con lo gris, con lo mediocre, correteando y olfateando entre charcos de vómito y restos orgánicos. Aleatoriamente muestro el canino a la sombra que se excede y se aproxima en demasía, pero en general nadie molesta la carrera del perro, todos aquellos que saben oler huelen mi tufo. Hasta que por fin mi paso se detiene y mi jadeo permite que me esconda tras mi propio vaho. Lo veo.

El extraño portón metálico que protege la chabola se encuentra custodiado por dos figuras meditantes que alternan las caladas con pequeños paseos con los que engañar al frío. Me echo y espero. Apenas escucho el latir de mi corazón a pesar de la inminente acción, quizá esté muerto y no me he enterado, quizá pereciese en la infancia en alguna de aquellas palizas paternas y ahora sólo vague difunto. Quizá todos en este lugar estén muertos y no lo sepan, quizá esta marginal alcantarilla es tan pestilente que ni siquiera la muerte le echa cuenta. O puede que no sepa distinguir entre la muerte y la vida, ¿qué coño es la vida?

Una tambaleante figura blancuzca se aproxima al portón. Los guardianes observan al nervioso recién llegado y golpean la puerta como contraseña. ¡Ahora! Surjo de detrás de la esquina y para cuando los defensores me huelen estoy tan cerca que distingo los surcos de extrañeza. El portón se abre para dejar paso al yonqui. Error. Los cancerberos no dan la alarma a pesar de mi rápido caminar. Error. Uno de ellos pretende cortarme el paso pero no saca el arma. Error. En mi bolsillo algo metálico dispara fragmentos de muerte. El primer impacto gira y derrumba a uno de los traficantes, el segundo voltea e inmoviliza al restante. El torpe drogata obstruye la puerta en busca de su dosis de manera que el tercer objetivo no puede cerrarla, intenta sacar el arma pero para cuando lo hace mi aliento está junto a él. Tercera detonación. El yonqui se gira esperando la bala, lo empujo hacia un salón donde yacen putas y matones. Unos se arman, otras chillan, hay quien está tan colocado que no hace nada. Disparo al rapado con galones que preside la sala, después a su lugarteniente. Para entonces hay quien responde. Protegido tras el dubitativo adicto es éste quien recibe los balazos por mí. Replico. Las figuras caen, saltan, se protegen, disparan y terminan inertes. Aquello sólo dura unos segundos, después, el olor a quemado, los quejidos y la sangre. Es todo tan insípido. Todos mueren, el perro vive, aunque sigue sin estar seguro.

Estoy fuera. Enciendo un cigarrillo y me nutro del humo. No se es persona si no se teme a la muerte, no se es ni siquiera animal. Tengo suerte para esquivar a la vieja de la guadaña, siempre la tuve, o quizá no sea suerte y sea ella la que me evita, quizá porque le doy miedo, quizá porque teme que la mate.

Y así, la bestia que soy gira, y retorna al trote hacia su cubil. Retraigo las orejas con la facilidad que omito el remordimiento. Mis patas saltan sobre bordillos manchados y escaleras roídas con la misma destreza con la que mi instinto lo hace sobre mi conciencia. El frío me susurra al oído, me lame y me soba sabedor de que no puede dañar mi coraza, se pega y corre conmigo, me quiere a su lado frente al resto de alimañas, dice ser mi hermano, igual que la noche y el miedo. Exhalo humo rancio y quedo quieto frente a mi mundo, el infierno de los pecadores, de aquellos pecadores que aún padecen la infección de la vida. Los veo, veo sus deformidades, todos esos seres defectuosos, perdedores, almacenados en un gueto urbano ocultos a la vista. Percibo su hedor, el olor de la escoria, del no apto, del nacido marginal, del que ni siquiera es un número. Jadeo y las caladas acompasan mis pasos. La muerte como redención, Dios como salvador, quizá, pero la cosa es que Dios no vive aquí, defeca aquí. Elevo la cabeza para descubrir que no hay cielo sobre las roídas fachadas del barrio. Los rescoldos alcohólicos y los restos alcaloides abrasan mi estómago y machacan mi cerebro con hirientes destellos de mi infancia. Sufro la repentina pesadilla de la vida y eso me enfurece. Aprieto los dientes hasta que la mandíbula se tensa, es el furor, la ola de ira que todo lo barre, cuando surge la oscuridad se hace en mi cerebro y mi raciocinio perece ahogado, en ese instante no existe bestia más letal sobre la faz de este apestoso averno.

Todos ven un perro cruzando sus calles, un perro doblando sus esquinas y protegiéndose entre las sombras, todos ven al chucho y se creen mejores, humanos, seres, hombres, pero nadie lo grita, ni siquiera lo musita, se lo callan y evitan parpadear hasta que el cánido pasa de largo, hasta que su hedor es sólo un desagradable recuerdo. Y yo jadeo, saco la lengua y la dejo colgando entre los colmillos mientras rastreo el familiar olor de mi guarida, su cercanía, la cálida pestilencia a descomposición. Acelero el paso.

Finalmente el orín olfateado es la marca de mi territorio, son mis calles con sus pintadas grotescas. Y así quedo quieto en medio de la noche midiendo la distancia con el negro cancerbero que protege la única cosa por la que me tenso. Troto hacia él y huelo su miedo a cien metros. Me mira. Le miro. Se aparta. Presiono un puerta invisible y penetro en un lupanar rojizo y dulzón. El denso calor del pecado me abraza y me soba. La viscosidad del instinto básico me lame y babea. La lógica arcada se torna guiño y mi cuerpo demuestra estar podrido. Sorteo las mismas caras saturadas de alcohol y babas, las ojeras rellenas de rimel y las manos encallecidas que abrazan cuerpos fofos. Me escoro entre figuras rendidas que miran de soslayo la figura perruna sorprendidas. Cruzo la estancia y alcanzo las escaleras, cuando lo hago observo el rostro de pavor en la camarera, esta vez no es miedo, es pavor, y sé que algo sucede. Mientras mis patas saltan sobre los escalones lo huelo, es el dolor, el sufrimiento, lo reconozco porque forma parte de mi sudor. Recorro el pasillo jadeando y con los pelos del lomo erizados. Llego hasta la puerta y la presiono sin más. La chica me espera sobre la cama, desnuda, sola, sin embargo hay algo más.

Su piel blanca ya no es blanca, está cubierta de sangre y hematomas, las sábanas tampoco son blancas sino rosáceas casi rojizas, y su cabello rubio es un amasijo fosco saturado de sudor y sangre. La prostituta no se mueve, permanece boca arriba mirándome con la cara deformada por la hinchazón. Su labio inferior tiembla como balbucear algo, sin embargo no brotan palabras sino sangre. No pestañea. Me mira. Me mira obsesivamente. Sus ojos se dilatan. Quiere decirme algo pero no puede. Las lágrimas surgen y disuelven los coágulos junto a los ojos. Su mano derecha se agita espasmódicamente por la impotencia y la tensión. No me muevo, ni siquiera me acerco, sólo la observo. Sé lo que quiere decirme. Que la han castigado y no sabe por qué. Yo si lo sé. La han castigado porque un perro rechazó beber con un amo delante de su manada. La han castigado para castigar al perro, para recordarle que sólo es un perro. Han pensado que esto me molestaría e igualaría la ofensa. Han creído que me importaría lo que le pasase a la puta. Han deducido que podrían hacerme sentir dolor después de tanto tiempo. Y han acertado.

Ahora el arma está en mi mano. Ahora sí que me aproximo a ella. Ahora sí que la cojo con cuidado y la elevo entre mis brazos. Y es ahora cuando camino por el pasillo con una frágil inmigrante sujeta a mi cuello. Y con ella doblo la esquina y enfilo la escalera, para entonces ya he visto la figura enjuta del jefe en una esquina junto al inquieto encargado y sus tensos chicos. Parecen sorprendidos por lo que porto. Les miro. Les robo. Me llevo la puta. Quizá quieran evitar que me lleve lo que les pertenece. Así que desciendo las escaleras muy despacio, tanto que nadie traga saliva. Llego abajo y la puta sigue siendo mía. Me giro y les encaro. Les miro, en silencio. Les hago saber que en otro tiempo moriría matándoles pero que hoy no quiero disparar porque tengo algo, y tener significa temer perderlo. Tengo miedo a perder lo que tengo. Es una nueva sensación. Es agradable. Por eso ellos vivirán, pero deben quedarse quietos, muy quietos, extremadamente quietos, y mantener esas caras de temor y tensión, si sonríen, si se mofan, si pestañean, se desatará el infierno y todos marcharemos de la mano camino del averno. Lo entienden. No se mueven. Ni si quiera pestañean. De modo que me giro y sorteo las mesas y cuerpos que no entienden cómo siguen vivos. Cargo con mi hombro contra la puerta y dejo atrás el humo dulzón.

El frío hace tiritar a la muchacha que se aferra aún más a mí. Y entonces lo noto, percibo la transformación, el efecto de aquella piel femenina junto a mi pellejo, siento la mutación. Lo animal deja paso a lo humano. Sonrío. De pronto descubro que el gigantesco portero negro me observa impávido. Así que le miro, y mientras enfilo la oscura calle, respondo a su interrogante mirada.

-Nos necesitamos para parecer seres humanos.