Catarsis

 El mar, nunca le vi el chiste a esto del mar. Una cosa plana llena de agua, con olas, que moja, no sé, no me parece tan relevante la verdad. A Dori le gustaba, le encantaba, claro que también le “encantaba” yo y se piró con el sudaca ese, argentino, pero sudaca.

            Y aquí estamos, yo, un tipo que odia el mar, junto a sus cuatro amigos del alma a punto de meternos en un barcucho para costear el puto Parque Natural de Cabo de Gata. Fantástico. ¿Y por qué? Supongo que por lo de la catarsis, por lo de enfrentarse a los propios fantasmas, por lo de asumir el presente y olvidar el pasado, o por alguna coña froidiana que le diera tiempo a estudiar al gilipollas éste en los dos años que cursó de psicología. Porque esto ha sido idea de Mario seguro, lo han planteando los cuatro, pero fijo que Mario sugirió la excursión, y como los demás son retrasados mentales, pues hala, a imitar a Jack Cousteau. Y yo se lo agradezco, quiero decir que es de agradecer que tu gente se preocupe por tu depresión y quiera ayudarte a olvidar a la única chica que has querido, quiero decir, a la única mala pécora que has querido, pero joder, ¿no podríamos habernos ido de borrachera y luego de putas? No. Había que visitar el último sitio donde Dori y yo estuvimos juntos, por lo de la puta catarsis y los fantasmas esos. Pues menos mal que el fin de semana de la ruptura estuvimos en Almería y no en Irak visitando Babilonia, porque si no veo a Mario pidiendo permiso a los americanos, amén de suníes y chiítas, para que no disparen mientras su amigo realiza la catarsis de los cojones.

            Sí señor, aquí estamos, en el puñetero embarcadero de mierda de este pueblucho de mierda abrasado por el sol. Claro que Dori no lo veía así, para ella, resultaba la última idílica aldeíta pesquera amenazada por el sombrío leviatán del turismo y su fruto, la desaforada destrucción de la costa mediante el hormigón y el ladrillo. He de reconocer que Dori siempre tuvo una visión más novelesca de la realidad que yo, de hecho era algo que siempre me criticaba, mi pragmatismo. No sé, para mí era un pueblucho sin infraestructuras, sin empleo, envejecido y francamente feo, ¿qué iba a decir? ¿No acepté venirme a vivir junto al mar por ella? ¿Tenía además que gustarme? Si veía a un par de jubilados expescadores de manos encallecidas y rostros desdentados, ¿tenía que decir que eran la viva imagen de Ulises? Si veía un montón de exiguas barcas de madera roída pudriéndose en la sucia arena, ¿tenía que decir que estábamos frente a la flota griega? Si veía cuatro casuchas de adobe erosionadas por el tiempo y la miseria, ¿tenía que decir que aquello era El Pireo? ¡Joder! Supongo que si fuera un puto argentino, podría decir, “ché boludo, qué pueblo más chévere”, y ya está, no significaría una mierda pero como lo digo con una entonación sudaca pues queda de un sensual y epicúreo de lo más apropiado. Hay que joderse.

            Bueno, parece que mis amigos ya han elegido el velero en el que vamos a dar el paseo romántico, se llama, “paquita”, o al menos eso dice la desgastada pintura de su costado. Muy elegante, “paquita”, un nombre tomado de la Odisea sin duda, sí señor, a primera vista podría parecer el vulgar diminutivo de la parienta de nuestro octogenario capitán, pero esa sería la apreciación de un pragmático negativista como yo, en el caso de llamarte Dori o ser sudaca, “paquita” es el nombre real de Penélope, y cualquier revisionista helenístico no tardará mucho en descubrirlo. Hay que joderse.

            Total, que el lustroso velero en el que nos disponemos a surcar los mares es más bien un cochambroso bote de pesca pilotado por un reumático fumador compulsivo cuyo impetuoso párkinson amenaza con tirarle por la borda. Qué bonito. Tengo la esperanza de que no flote. Nos hundimos y punto. Ni catarsis, ni fantasmas, ni octogenario con parkinson, ni pollas en vinagre, simplemente este cascarón se hunde y me ahorro la dolorosa recreación del último día que Dori y yo estuvimos juntos. ¡Dios, concédeme este deseo y dejaré de ser ateo!

No hay suerte. Por ahora el “Titanic” navega. Habrá catarsis y tendré que seguir siendo ateo.

            La visión de la costa y el aire salado podría resultar una reminiscencia sentimental, por las veces que navegué con Dori, digo. Lo del vaivén de las olas, lo del aislamiento entre esas tres moles infinitas que son tierra, mar y cielo, lo del sonido del agua rompiendo contra proa. Sí, supongo que podría comenzar la catarsis, podría recordar la belleza de Dori, la suavidad de su dorada carne, la calidez de sus susurros, pero… hay un problema, resulta complicado junto a Matusalén y cuatro masculinizantes hombretones en una cubierta oscilante de dos metros, no sé, si al menos se hubiesen pintado los labios y depilado las axilas.

            Y la cosa es que no me atrevo a decirles que esto es una gilipollez, que vamos a pasar un mal rato para nada, que no me creo los rollos del Freud ese, que estoy viendo que si esto no funciona, Mario, me obliga a reconocer que estoy enamorado de mi madre y que quiero matar a mi padre, o al revés. No sé, quizá debí ser más firme y no prestarme a esto, en el fondo tampoco somos tan amigos, amigos de curro, quiero decir que el que tiene por amigos a los compañeros de trabajo es que no es capaz de tener amigos por la vía ordinaria. Pero yo tengo una excusa, como tuve que “desprenderme de mis ligaduras urbanitas” como mis amigos de toda la vida para ir al puto mar, pues claro, tuve que reemplazarlos por estos hermanos de sangre a los que donaría un riñón sin dudarlo. Hay que joderse.

Lo mismo pasó con lo del trabajo. Quizá yo fuera “un alienado subproducto del sistema capitalista” o “un consumista teledirigido en una ciudad opresiva y deshumanizada”, pero era un subproducto que un sábado por la noche podía elegir entre fútbol, cine o un restaurante coreano, aquí… aquí sólo hay puestas de sol, una y otra vez, puestas de sol, puestas de sol, ¡pero qué coño tienen las puestas de sol! ¡Joder! Cuando estaba rodeado de humos, de atascos y de cancerígenas antenas de móviles sabía quién era, era un alegre urbanita al que la comida basura le produciría una angina de pecho antes de los cincuenta, ¿y qué? Qué placer hay en vivir hasta los cien años cuando lo más excitante de tu cotidianidad consiste en observar las olas lamer la playa, ¡las olas! ¡Por Dios! Si las olas son todas iguales, una igual a la anterior, y la anterior igual a la siguiente, y no dejan de llegar, una tras otra, una tras otra, ¿Cuánta marihuana hay que fumar para encontrar en eso “el rítmico sonido de la naturaleza primigenia”? ¿Hay que ser argentino para percibirlo? ¿Los de Vallecas tenemos vetada esa percepción?

Mientras superamos la primera cala de roca viva y arena calcinada recuerdo lo que decía Dori de que “el mar encierra el secreto de la vida”, observo la ondulante superficie azul, y sólo veo agua salada, supongo que Dori poseía una espiritualidad y una visión con muchas más dimensiones que la mía, quizá por eso me volvía loco, quizá por eso no quedaba bien ser informático de sistemas de una multinacional imperialista yankee con sede en una populosa ciudad, no, era mucho mejor abandonar las materialistas comodidades y venir a buscar el mar. El mar, el puto mar. Claro, mucho mejor entrar a trabajar como policía local en una plantilla de cinco miembros en un pueblucho donde lo más excitante es ver a un turista despistado aparcar en doble fila. Genial. Así puedo sustituir a mis amigos de la infancia y a mi familia por estos cuatro analfabetos funcionales para que me acompañen de catarsis en el barco de Popeye cuando la hippy de la que estaba enamorado, y por la que había abandonado mi vida, me deje por un puto sudaca naturista que lleva un arco iris tatuado en el culo. Hay que joderse.

Hay están, junto conmigo, el televisivo cuerpo de policía en su totalidad del último pueblucho costero almeriense de pluviosidad cero sin un campo de golf de riego diario. El terror de la delincuencia internacional, mafia rusa incluida. Dori dijo que no estaba mal ser funcionario del ayuntamiento con tal de estar cerca del mar, claro, mucho mejor que ser pescador en un mar sin peces o agricultor en una tierra sin agua, sí, visto así podría ser representante de la ley en un pueblo sin ley, como en el viejo Oeste, salvo que este pueblucho por no tener no tiene ni delincuencia. Ser policía aquí es como tener pezones, no sé para qué coño me sirven. Y ahí es donde Dori, molesta, siempre preguntaba si acaso lo de analista de sistemas era vocacional, pues no coño, pero al menos no tenía que llevar gorra, aunque lo de llevar pistola no está mal, por lo de poder “matar” el aburrimiento, digo. Pero si hablamos de vocacional, yo tenía algo vocacional, escribir, sí joder, me gustaba escribir relatos, de hecho era de las pocas cosas que Dori salvaba de mi negativa personalidad. ¿Y qué pasó? Que tampoco le gustaba como escribía, que si muchos tacos, que si un lenguaje excesivamente soez, que si demasiada vulgaridad en las formas, pero coño, que eran textos contemporáneos, con un lenguaje contemporáneo, ¿qué tenía que poner, “excelso” y “egregio” cada dos renglones? ¿Y en vez de “joder” poner “cáspita” o “jopé”? Así que se terminó el escribir, porque como ella era mi correctora y no paraba de cuestionar mis formas literarias, y sin ella yo escribía “esclavo” dos de cada tres veces con equis pues…

Y ahí está el mar, lo incriticable, la intocable gran creación divina, lo tabú, reflejando el sol, qué primor, qué excelso, qué egregio. Y ahí está Mario junto con sus dos años de universidad a distancia, sentado sobre una madera que apestará a pescado aún después de podrida, convertido en el más ilustrado paleto del contorno, observándome de reojo por si alcanzo algún estado de éxtasis catatónico que denote que expulso el fantasmal hechizo de Dori. Si señor, resulta tranquilizante que nos lidere un tipo que es virgen a sus cuarenta años, que vive con su madre, y que todos los días intenta explicarnos el misterio de la Trinidad. Y es que tras esas gafitas y ese rostro blanquecino de curilla tiene que haber un tío peligroso, de esos que como resulte que al terminar el rememorante paseo turístico aún no haya olvidado a Dori, me ata a la cama y me realiza un exorcismo satánico de esos, ahogándome con agua bendita. No sé, siempre me ha puesto nervioso la gente aparentemente buena. Para Dori no, para ella Mario era una persona pura, aislada en un entorno puro, repleta de unos valores que aunque discutibles resultaban puros. ¿Puro? Puro el que habría deseado meterle a ella ese santurrón reprimido, que yo veía cómo la miraba, pero claro yo era un celoso patológico y un escritor soez así que… bueno, pues nada, digamos que Mario anhelaba en secreto poseer fervorosamente la pecaminosa carne de mi amada junto al primigenio mar. Hay que joderse, digo, hay que fastidiarse.

Y ahí está, el guaperas de Jose, conteniendo el vómito agarrado a una sucia maroma preguntándose qué coño hace aquí. Con él al menos no hubo dudas sobre su deseo de tirarse a Dori, fue lo primero que me dijo cuando me conoció y lo primero que le decía a ella cuando íbamos de cañas juntos. Dori se reía, lo consideraba inofensivo, no sé qué de que perro ladrador poco… follador sería. Un tipo gracioso el Jose, siempre bromeando, ¿o no? No sé, como yo era un cascarrabias posesivo pues quizá no le pillaba la gracia, ella sí, Dori reía y reía con las impertinencias y salidas de tono de mi amigo policía. Yo era un escritor soez, pero si el musculado Jose relataba, con todo lujo de detalles, su experiencia en el puticlub de carretera la pasada noche, Dori se meaba de risa. Tenía que entenderlo, decía Dori, se trataba de un tío campechano, sincero, espontáneo, pero sin maldad, claro, cómo iba a tener maldad si se había criado junto al mar, ¡ah claro! No había caído, el mar, había olvidado que la sal marina purifica las mentes, hay que joderse. Y le daba igual que le contara que el muy cabrón se había tirado a toda fémina menor de cincuenta años en un radio de diez kilómetros, incluyendo varias esposas de compañeros. Habladurías, cotilleos paletos, cosas de pueblos pequeños, esa era la respuesta de Dori. Bueno, pues nada, ¡correteemos todos en pelotas por la virginal playa con el culo tatuado!

Mientras sorteamos otra pequeña playa encajonada entre mastodónticas verticalidades de piedra tallada por el viento, observo a Vicente impávido, con ese gesto de bóvido resignado. Vicente no sabe qué significa catarsis, y no creo que le importe, está aquí porque los otros han venido, simplemente. Se trata del único de nosotros que no se marea porque al ser hijo y nieto de pescador tiene el culo pelado de tanta mar. Un tipo primario el Vicente, con ese rostro tostado del analfabeto funcional obligado por la necesidad. Un hombre con la miseria de sus antepasados tatuada en las facciones, en su porte, en sus ademanes. Un bruto, un bárbaro, un ser primario y puro en palabras de Dori. Un tipo hecho de mar y por tanto merecedor de un respeto reverencial por parte de mi chica. El hijo de la naturaleza, el nacido del titán, que se interna en el mar para arrancarle sus riquezas a vida o muerte, una lucha épica que habría emocionado a Homero. Sí, así era para Dori, Vicente era la reencarnación el héroe troyano, poco importaba que fuera un misógino analfabeto, conjuntamente con un racista impenitente, y un homófobo recalcitrante que la miraba libidinosamente. No importaba. Si yo criticaba el mar era un “insensible eslabón de la cadena de montaje capitalista”, pero cuando Vicente decía que el mar era miseria y que sus manos destrozadas por las redes así lo atestiguaban, era la expresión franca de un ser primitivo, y por tanto inocente, que al no haber conocido más que el paraíso tenía momentos de desazón producto del desconocimiento de la maldad exterior. ¿Desconocimiento? ¿La maldad exterior? ¡Por Dios que aquí había televisión! Si no, de qué Vicente iba a decir que nos invadían los inmigrantes si este pueblucho era el único del litoral al que por no llegar, no llegaban ni pateras. Y es que si Vicente decía que los maricas eran unos enfermos, las tías inferiores y las peruanas feas de cojones, se trataba de “la concepción primigenia de un ser tan puro que se encontraba sojuzgado por sus instintos primarios”. Cojonudo. Es decir, un troglodita del siglo veintiuno aficionado a la zoofilia y al que en la ciudad ella escupiría, pero que como vive junto al mar es hijo de Poseidón y por tanto un ilustrado. Eso sí, si yo decía que los argentinos eran todos unos cuentistas salidos, resulta que era un racista inculto incapaz de apreciar el aporte pedagógico de otras culturas. ¿Racista? Pero si los jodidos argentinos son más blancos que yo, y además qué coño era eso del “aporte pedagógico”, porque en el caso de mi chica “aporte pedagógico” supongo que significó la enseñanza de nuevas posturas sexuales junto con el sexo tántrico ese de los cojones. Y es que hay que joderse con el mar, con los argentinos y con la catarsis de los huevos.

Mientras continuamos costeando el dichoso mar permanece en una calma tal que se asemeja a un infinito espejo, es una pena, una buena tempestad y esta entrañable masa de agua nos estrellaría contra los afilados salientes de esta desértica costa torturada por la erosión, así no tendría que continuar con esta dolorosa catarsis. Eso sí, se perdería una honorable representación de la especie humana, un deprimido, un octogenario roído por el párkinson, un curilla vocacional, un chuloputas, una bestia iletrada, y Luís.

Luís es el jefe de funcionarios policiales, lo que sería Harrison en “Los hombres de Harrison” pero en versión paleta. Es el más veterano y el que ha dado el visto bueno a lo de la catarsis de marras. Se mantiene en proa como si fuera Heracles guiando a los suyos por las procelosas aguas del Egeo. Claro que Luís también es un amante marido  padre de siete hijos, amén de alcohólico, ludópata, consumidor ocasional de drogas, y socio del Atleti. Yo diría que es el típico ejemplar amargado que produce un pueblo como éste. El aislamiento, la soledad, el tradicionalismo, hacen que te cases a los dieciocho con tu novia embarazada de diecisiete, así que eres un adolescente padre de familia, alguien te enchufa en el Ayuntamiento y día tras día repites el mismo movimiento circular de existencia. Van llegando hijos y te comienzas a preguntar qué coño has hecho en la vida, miras hacia atrás y estás casado desde que recuerdas, tienes hijos desde que recuerdas, es como si sufrieras condena desde la pubertad, así que intentas buscar algo excitante que dé color a tu grisácea vida, bebes, juegas, vas de putas y tomas coca ocasionalmente. Ese es Luís. Para Dori, era el tipo que no había visto nunca el mar, el culo de mi chica sí lo había visto a juzgar por cómo lo miraba pero el mar no, y eso por lo visto era una pena, a Dori le daba pena. Cada vez que hablaba con él, Luís miraba sus pechos en vez de sus ojos, y eso a ella le daba pena. Si un tipo se hubiera comportado así en la corrompida ciudad, Dori le habría dado una hostia tras llamarle enfermo depravado, pero como Luís vivía junto al mar y había tenido la desgracia de no verlo, porque según ella vivía de espaldas a él, pues era digno de pena, lo que significaba que en vez de mandarle a tomar por culo, había que invitarle a cenar como si fuese una especie de drogata al que hay que rehabilitar. Dori se había propuesto que Luís mirase el mar y dejase ese autodestructivo modo de vida, y Luís… Luís se había propuesto tirársela, lo que ya no sé es si mirando al mar. Y yo tenía que presenciar cuál de los dos ganaba su personal competición. Fantástico. Hay que joderse la guerra que puede dar una cosa tan simple como el mar.

Supongo que ya nada de eso importa. Estamos llegando al final del itinerario, la cala semisecreta a la que únicamente se puede acceder por mar, allí donde Dori y yo nos sumergimos por última vez. Pasado el último farallón de piedra negra aparecerá el pequeño abrigo de aguas cristalinas y arena brillante, nuestro lugar, el escondite donde hicimos el amor docenas de veces, junto al mar, con el mar, en el mar. Es un lugar especial. Había magia en él. En aquel punto justo, en el instante en que nuestros cuerpos se fusionaban los elementos de la vida se aglutinaban, el agua, la tierra, el aire, el fuego de nuestra pasión, y un quinto elemento, la carne, nuestra carne.

Ya hemos llegado, el endeble y apestoso barco dobla la cresta de roca ígnea que hace las veces de portón y ahí está, ahí está el lugar donde Dori se sumergió por última vez. Ahora todos ellos me observan.

Quizá ahora dejen de preguntarme dónde está Dori, quizá ahora me quiten las esposas, quizá ahora termine la catarsis.

Mátalo

A veces golpeas la tapa del ataúd frenéticamente mientras escuchas las paladas de tierra enterrándolo. Y a veces permaneces inánime esperando el final. A veces pasa que te incorporas de un salto porque no puedes respirar y otras que sumerges la cabeza para experimentar el ahogo. Hay veces que sueñas que estás muerto y cuando despiertas descubres que es cierto. A mí me pasa.

Permanezco aquí derrengado mientras los lametazos de la heroína empapan mi interior con una baba alcaloide que todo lo cura. Muerto. Desfallecido en el más oscuro de los rincones del más hediondo garito del gueto, apuntalado sobre una mesucha de madera carcomida por litros de alcohol derramado, inmóvil junto a la botella de tequila y su vaso ajado. Y con todo, los veo sin necesidad de abrir los ojos. Los huelo a pesar de que el humo y el sudor saturan el antro, los percibo gracias a mi lengua bífida de ofidio. Son dos.

Los dos matones abren la puerta y entran con esa pose chulesca que otorga restar vidas. Vienen a por mí. Alguien ha pagado por cazar al reptil, ha dado su descripción y ha señalado la charca dónde encontrarle. Pero ha olvidado decirles que el agua estará sucia. Los dos tipos creen que están en una película de gánsteres, por eso visten chaquetas de cuero negro y gafas de sol. Es un error. Es un error llamar la atención cuando vas de caza, es un error limitar tu visión en un garito oscuro y lleno de humo, pero sobretodo, es un error meterte en el agua para cazar aun cocodrilo. Así, sus amenazantes formas escudriñan los cuerpos solazados en mesas y rincones, buscan al caimán, pero sólo ven figuras hinchadas tras el rigor mortis empapadas en perfume barato, caras desdentadas que cubren arrugadas ojeras con un exceso de maquillaje al tiempo que murmuran mentiras, seres deformes amontonados aquí y allá bebiendo mientras tasan carne humana. Todos perdedores, todos podridos, todos enfermos, y entre todos ellos por fin ven al que buscan tirado en un rincón, uno que parece muerto, soy yo.

Es cierto que estoy recostado contra la pared con los ojos cerrados, es cierto que parece que estoy inconsciente por efecto de drogas y alcohol, es cierto que parece que soy un desecho fácil de pisar, pero deberías notar que mi mano derecha ya no está sobre la mesa, ahora está oculta en el bolsillo de mi gabán. Deberías notar esas cosas si te haces llamar depredador. Los confiados macarras que juegan a ser matones televisivos se limitan a sortear mesas y organismos venenosos. Van a acabar el sencillo trabajo antes de los anuncios publicitarios. De modo que no es hasta que se plantan frente a los restos inertes de mi persona que no buscan las armas. Error. Es ahí que suena el primer sonido seco, es una detonación. El primero por la izquierda cae sobre su costado. Él no lo sabe pero una pequeña porción de metal lanzada a trescientos treinta metros por segundo acaba de destrozarle la rodilla. El segundo tipejo cae dos segundos después de poner cara de incredulidad ante la caída de su compañero. Cojearán el resto de sus vidas.

Cuando me incorporo no hago ruido, sorteo los cuerpos yacentes con la indiferencia del que esquiva quejosos excrementos perrunos, y abandono el local mientras los deformes rostros de los penitentes me siguen.

El frío del exterior golpea con la violencia de una bofetada. Enciendo un cigarrillo y comienzo a caminar sobre los charcos. No hay luna ni estrellas, sólo humedad, una humedad que muerde y entre la que surgen cuerpos aquí y allá. Unos caen, otros vomitan, los más oscilan en un baile zombi sostenido por esa tonalidad narcótica que suena desde instrumentos invisibles. Los veo a todos, incluso los huelo antes de que se hagan corpóreos, ese es mi don, una cualidad animal, una capacidad genética que me ha permitido sobrevivir en este mundo selvático. Quizá fue por eso que la muchacha me buscó. Preguntó. Preguntó a las bestias del averno por el más letal de los demonios, y todas ellas escribieron mi nombre. De modo que la muchacha de ojos claros descendió todos los escalones y dejó que la suciedad la manchara, y al final del túnel me encontró. Colocó un periódico con una foto y un montón de dinero, todo el dinero, sobre la mesa, lo empujó hacía mí y dijo: “mátalo”.

“Mátalo”, eso dijo. Recuerdo que la palabra explosionó en aquellos dulces labios con la furia de una dentellada. La piel blanca, la belleza, la frescura de la juventud, y los ojos enrojecidos de quien ha sido desgarrada para arrebatarle el alma, así era la muchacha de ojos claros.

Yo no necesito motivos más allá del fajo de billetes, ni si quiera necesito palabras, la fotografía era suficiente, sin embargo la chica tenía algo que puntualizar, quizá por eso su delicado dedo se posó vehementemente sobre el careto del tipo de la fotografía y enfatizó que lo matara a él, y lo repitió, “mata al que me violó”. Después quedó mirándome. No me temía, quizá porque ya quedaba poco que pudiera arrebatarle, quizá porque una vez que ves el rostro del horror quedas vacía. Recuerdo que reconocí ese vacío, un huevo enorme y reseco que ocupa tus entrañas. Sí, la olisqueé y dejé que sus pupilas hablaran, estaba muerta, como yo, salvo que yo era un tipo feo, tosco y saturado de cicatrices tatuadas.

No tuve que asentir para cerrar el trato, me limité a rellenar el vaso de tequila y a vaciarlo de un trago, después, se incorporó y mirándome fijamente repitió: “mátalo a él”. Y se alejó.

Creo que hubiera sonreído de saber hacerlo. No es habitual que alguien se plante frente a la Parca y la mire fijamente, pero eso hizo la muchacha, desde que llegó, desde el primer instante, ni siquiera pestañeó. No tiene sentido buscar la mirada del hombre muerto, quizá si careces de instinto de conservación, quizá si estás tarado, quizá muerto. Todos saben que fallecí en aquella paliza que me dio mi alcohólico progenitor, o puede que fuese en aquel reformatorio, o en aquella otra pelea callejera, o quizá fuese en prisión de sobredosis. Ellos no lo recuerdan, pero saben que es mala cosa sentarse junto a mí salvo que quieras marchitar una vida, pero la muchacha de ojos claros lo hizo y sus palabras aún resuenan en mi mente.

Sigo caminando como el perro famélico en medio del basurero. Las manos en los bolsillos del gabán, el cuerpo encogido y la mirada de soslayo por si las sombras deciden atacar de nuevo. Ellos creen que no cumplí el trato, que engañé a la muchacha de ojos claros, por eso me buscan, quieren enrollarme un alambre al cuello y colgarme de un árbol. Piensan que me quedé con el dinero y que el violador sigue vivo, y en eso tienen razón.

La muchacha dijo “mata al que me violó”, eso dijo señalando al tipo del periódico, señalando a Miguel Manzano, un niño bien, hijo de político, o de banquero, o de empresario, no recuerdo. Un burguesito mal criado de esos que lo tienen todo y deciden que no es suficiente, de modo que bajas al infierno y buscas una meretriz de ojos claros, sin nombre ni futuro, a la que violar y golpear salvajemente durante veinticuatro horas. Y lo haces porque puedes. Como puedes lanzar un montón de billetes sobre el trozo de carne ensangrentado cuando deja de ser divertido y quieres darlo por zanjado. Así hacen las cosas los ciudadanos exitosos al otro lado de la tapia del gueto. Sin embargo los billetes no sirvieron para taponar las heridas ni el rencor de la puta, y ésta, juntó todo lo que poseía y lo empujó hacia el lado de la mesa donde estaba el ser que termina las venganzas, yo. La muchacha tuvo que hacer eso, tuvo que buscarme, porque la justicia de los ciudadanos de bien exculpó a Miguel Manzano. Lo llamaron  “trastorno de identidad disociativo”, y el periódico incluso dio una definición que aún recuerdo: “…diagnóstico controvertido descrito como la existencia de dos o más identidades o personalidades en un individuo, cada una con su propio patrón de percibir y actuar con el ambiente. Al menos dos de estas personalidades deben tomar control del comportamiento del individuo de forma rutinaria, y están asociadas también con un grado de pérdida de memoria más allá de la falta de memoria normal. A esta pérdida de memoria se le conoce con frecuencia como tiempo perdido o amnésico”. Eso dijeron, y mandaron al burguesito a una de esas clínicas mentales. Sí, así son los buenos ciudadanos, los hombres de bien, odian el castigo y mucho más la venganza. Miguel estaba enfermo, no era culpable, no recordaba, no era dueño de sus actos, no distinguía el bien del mal. Los carísimos abogados trajeron carísimos especialistas que certificaron, documentaron, probaron que el trastorno de identidad disociativo le eximía de culpa dado que técnicamente no era él quién violó y torturó a la muchacha sino otra personalidad, y claro, es difícil condenar personalidades sin condenar a la persona. La cosa quedó en unos meses de convalecencia en un inmaculado psiquiátrico financiado por papá del que salió completamente sanado. Así es la justicia de los ciudadanos de bien, de los civilizados, de los evolucionados, pero no la justicia de las putas violadas, ésas preguntan a los suyos por el verdugo, por su precio y por su localización, y después se plantan frente a él. Pero por algún motivo el sicario contratado no ejecutó al burguesito nada más salir, ni siquiera después, ha pasado el tiempo y Miguel Manzano ha continuado respirando sin que el asesino lo rozase. Quizá por eso la muchacha de ojos de ojos claros decidió lanzarse desde un séptimo piso y acabar con las pesadillas. Quizá por eso los suyos me culpan de su muerte y de quedarme con el dinero. Quizá por eso quieren matarme. Lo comprendo.

La cosa es que aquí, en mi charca, yo sigo caminando. Troto como el lobo que sigue el rastro del ciervo enfermo entre oscuros callejones y sucios descampados. Si quieres tocarme sólo tienes que venir a por mí. Ven a tocar al tarado, ven a tocar al inerte, ven a tocar al que no produce latidos ni exhala respiración, ven a tocarme y verás lo que te ocurre, ven a matar lo que está muerto.

Como todas las noches, sigo las mismas huellas, doblo las mismas roídas esquinas y sorteo los mismos cadáveres. A los que venden carne y a los que la compran, a los que comercian con sueños narcóticos y a los que pagan por ellos, a los que tasan pecados y a los que los negocian. Marginales y delincuentes solazándose con impecables ciudadanos descendidos desde el mundo de la luz a la mayor de las oscuridades. Todos en busca de satisfacer instintos, todos queriendo calmar vicios, todos con sus máculas expuestas seguros de que la oscuridad del infierno impedirá verlas. Sí, los sorteo a todos, a los enfermos y a los pecadores, a los contagiados y a los moribundos, a los erróneos y a los sátiros, a todos ellos, y cuando los miro veo los ojos claros de la muchacha y una letanía retumba, “mátalo, mata al que me violó”. Y es cuando veo la luz rojiza del garito que me detengo.

El antro es como todos los lupanares en este hediondo lugar, y como todos ellos tiene guardando su puerta un gigantesco cerbero eslavo que me conoce pero al que no gusto, y que sin embargo se aparta, como todas las noches, porque no hay razón para escupir a Lucifer. Cuando entro es el mismo humo y la misma luz mortecina acariciando bultos lúbricos que se frotan unos contra otros. Siempre los mismos susurros y las mismas miradas de soslayo, siempre los mismos sudores y las mismas colonias baratas, siempre los mismos maquillajes y las mismas babas. Hoy, como todas las noches, busco a la misma joven, aquella que fuera compañera de la muchacha de ojos azules, y una vez localizada, la encaro y le hago la misma pregunta. Y como todas las noches, la joven prostituta debiera negar con la cabeza pero esta vez, quizá porque no hay luna ni estrellas, la nerviosa chica asiente con la cabeza. ¡Está aquí!

La histérica muchacha musita un número y antes de que termine de pronunciarlo estoy ascendiendo la escalera. Lo noto, percibo como los demonios han dejado sus quehaceres y me observan, sé que esperaban este día tanto o más que yo, sé que desean jugar con un alma nueva allá en el abismo.

 El angosto pasillo gime al pisarlo con el lamento del que anuncia la tempestad. Observo las puertas y el número que las bautiza, las observo todas pero es únicamente frente a una que me detengo. La violenta patada desbarata la puerta.

La aterrada muchacha está amordazada y esposada a la cama y el excitado Miguel Manzano está sobre ella. Cuando se gira alterado y me ve, hace lo que todos los amos acostumbrados a tratar con sirvientes, insulta y amenaza. Lo hace el tiempo justo de observar mi careto y ver como la puerta se cierra tras de mí.

Cuando la primera bala se aloja en su estómago le explico que llevo mucho tiempo esperándole. Mientras se revuelve de dolor y aúlla pidiendo ayuda, le cuento porqué le voy a matar a él y no a otro, lo voy a matar porque hice un trato con una puta a la que violó. La violó él. Y ella lo dijo, “mátalo, mata al que me violó”, no quería que matase a un burguesito que no recordaba lo hecho, quería que asesinase al tipo que lo hizo y que él lo supiera, quería que acabase con la personalidad correcta. Ese fue el trato.

Cuando la segunda bala impacta en el cráneo cierro los ojos y escucho. Sí, ya no la escucho, ya no escucho la frase de la muchacha de ojos claros.

Meconio

Yo tardé en tener nombre. Nunca usé el que me pusieron y jamás pensé que debiera usarlo. Siempre creí que tu propio apelativo te define y sintetiza, que es algo demasiado importante como para dejar que otros lo elijan por ti. Yo no recuerdo el mío, el primigenio, de hecho no creo que lo haya conocido nunca. En la alcantarilla, en el gueto, saben mucho de eso, rara vez alguien tiene nombre pero todo el mundo tiene apodo. Chicos listos los seres de mi barrio, saben que el alias, el mote, te condensa, te comprende y lo dice todo de ti. Sí, yo tardé en tener nombre, tuve motes, apodos, alias pero nunca tuve nombre, hasta que lo encontré, Meconio, el nombre perfecto, mi nombre.

Meconio. El meconio. El nombre con el que se denominan las primeras heces. Una sustancia viscosa y espesa de color verde oscuro compuesta por células muertas y secreciones de estómago e hígado que reviste el intestino del recién nacido y que se va formando en el periodo fetal. En realidad es mierda. La primera mierda. Mierda. Simple y llanamente mierda.

Yo sufrí el síndrome de aspiración de meconio también conocido como “aspiración neonatal de meconio”, es decir, tragué mierda antes incluso de nacer, hay algo significativo en eso. Nada más nacer inhalé mierda, antes que aire, antes si quiera de dar mi primera respiración de oxígeno gaseoso lo primero que respiré fueron mis excrementos. A veces, un cinco por ciento de las veces, el sufrimiento fetal durante el parto provoca contracciones intestinales, así como la relajación del esfínter anal, lo cual facilita que el meconio pueda contaminar el líquido amniótico, y entonces se inhala. No es mala suerte, es algo sintomático, revelador, algo profético.

Yo me llamo Meconio, siempre me llamé Meconio, mis padres no lo sabían y pusieron otro nombre en el registro, mis hermanos marginales no lo sabían y me nombraron de otros modos, de hecho yo no lo supe y caminé sin nombre largo tiempo, pero el día que lo encontré, que lo leí, el día que memoricé su definición, me elevé y tuve conciencia de mí mismo, ese día supe que mi nombre había sido siempre Meconio.

Yo soy aquel que nace tragando mierda, aquel que paladea e ingiere mierda, aquel que inhala mierda, aquel que está hecho de mierda, el que no aparta la cara frente al excremento, el que no arruga el gesto ante el olor de la deposición, el que camina entre ella y permanece siempre manchado, yo el que crece y engorda, yo el que aún resbalando se yergue, yo el hombre sin angustias, el que no vomita, aquel al que lo más hediondo y nauseabundo no le genera nauseas, por eso es alto mi valor, elevado mi precio, hay pocos seres como yo, inmunes al asco y a la arcada, capaces de bucear en las aguas fecales sin inmutarse.

Ahora aquí doy caladas cortas y no pestañeo, repito una y otra vez mi nombre mientras paladeo el agrio sabor del tabaco. No me muevo. No respiro. Apenas escucho ya los gemidos y los golpes, los insultos y las súplicas pierden fuerza. Apoyo mi espalda sobre la roída pared y dejo que el humo del cigarro irrite mis negras pupilas. La chica apenas llora y eso parece molestar al cliente, le resta libido. Noto el olor, sé que el oscuro pasillo huele a ese hedor tan conocido, ese olor a…, mi pituitaria no consigue apreciarlo. La puerta se abre y un enrojecido cincuentón canoso sale, un tipo grande, trajeado, uno de esos seres hechos a sí mismos, un hombre de éxito vestido con celeridad. No me mira a los ojos. Se coloca el rólex mientras las manchas de sudor se apoderan de la camisa de seda. Dice que la chica no le gusta, es mayor, la próxima debe ser más joven, y rubia, siempre rubia, y con los tobillos finos, siempre con los tobillos finos. Asiento. Doy una calada y le miro. La cadena de oro y la corbata descolocada, la respetabilidad que otorga el dinero, casi sonrío, casi, hasta que recuerdo que yo no sonrío. Estoy por preguntarle el nombre, no su apodo, ni su alias, no su mote, ni su apellido, su nombre, su verdadero nombre, estoy a punto de hacerlo pero pienso que me dirá el del registro, el que le tatuaron sus progenitores, así que doy una calada y dejo que largue el enorme fajo de billetes extra. Tras eso la exitosa figura se descompone en el sucio pasillo de uno de esos sórdidos lugares donde los seres de luz practican juegos oscuros, lugares tiznados, lugares sin oídos ni ojos, donde eres lo que pagas, donde los gritos son susurros y los golpes caricias. Cuando el cliente desaparece aún aguanto un instante más, de pie, mirando la nada, le pongo nombre, yo digo que se llama Sr. Basura, f. suciedad (‖ cosa que ensucia), alias el exitoso constructor.

Entro en la habitación y observo la sangre, las tumefacciones en la cara de la chica, las heridas, las sábanas manchadas, la muchacha checa en posición fetal con la piel blanca enrojecida, sollozando, sollozando levemente, sólo levemente porque la bestia se ha ido y eso le da vida. Me siento sobre el sucio colchón y observo la botella de tequila que se me insinúa desde la tosca mesilla, la morreo. El alcohol deshace la bilis de mi esófago y calma las llagas de mi estómago. Toso. Le digo a la inmigrante ilegal que se vista, obedece. No la miro, sólo doy trago tras trago mientras intento averiguar a qué huele allí, es un olor familiar como a…

Cuando salimos de la sombría pensión la noche es boca de lobo, fría, distante e ingrata como una vieja puta desdentada. Abro la puerta del coche y dejo que la delgada muchacha se acurruque en el asiento trasero, después quedo un instante pensando quién soy, me llamo… Meconio, sí, yo tengo nombre.

El coche deja las calles fronterizas del viejo barrio y se adentra en el núcleo, en las entrañas del gueto, ese cálido útero que nos parió y nos amamanta con su viscosa leche ilegal. Sólo hemos ascendido a la epidermis para satisfacer al Sr. Basura, alias exitoso constructor, y ahora rápidamente bajamos, descendemos a toda velocidad hasta las calderas del averno como las cucarachas bajo el frigorífico. Echo un vistazo al retrovisor y veo un rostro amoratado y rubio, un rostro que pertenece a un trozo de carne, una carne válida para ser cabalgada, violada y golpeada, una carne blanca y joven llegada de Chequia, ilegal, una carne sin mayor importancia, ni mayor valor. No tiene nombre, es La Checa, es jodido no tener nombre, cuando no tienes nombre no eres nada, sólo un tembloroso ser al que los demás nombran y marcan como si fueras ganado. En el reformatorio yo no tenía nombre, ni en la trena, en el psiquiátrico tampoco tuve nombre, fue jodido, olía raro allí, olía como a…

Mientras sorteo calles sarnosas repletas de basuras y pintadas pienso que la muchacha debería tener un nombre, Sinsabor, m. Desabrimiento del paladar, alias La Checa.

Detengo el coche frente a un tugurio sin nombre que todos conocen, uno de esos lugares donde se almacena lo defectuoso, lo tarado, aquello que avergüenza y ofende, uno de esos sitios que no se borra que sólo se esconde, quizá porque vende un producto que siempre se consume crudo. Saco a Sinsabor y sujetándola de un brazo la arrastro como la mercancía que es, golpeo el tosco portón metálico que guarda las ambrosías de las bocas de los cerdos, el visor se corre y unos ojos cetrinos me escudriñan, confirmada mi pertenencia a los mal nacidos la puerta se abre.

Un gigante sin nombre, repleto de cicatrices y músculos, saluda y se aparta. El olor dulzón de toda clase de fluidos corporales se pega al paladar como una hostia consagrada. El humo, lo rojizo, un calor insano, las miradas beodas y las sonrisas forzadas se besan y babean, está el que compra, y el que vende, está lo comprado y lo vendido, y luego estoy yo, yo soy… sí, me llamo Meconio.

Coronita sale de la barra, mostrando mohín de perro de presa, para hacerse cargo de mi deteriorada mercancía. A la veterana meretriz le desagradan los cabrones que golpean y me lo hace saber con la mirada de desaprobación. No me inmuto, me limito a soltar el delgado brazo. La curtida y fofa prostituta no es de carne sino de metal, frío, duro y resbaladizo, sólo su condición femenina le otorga cierta inferioridad frente a los bragados delincuentes con los que pace. Observa las heridas mientras maldice por lo bajo, masculla blasfemias mientras toca tumefacciones, lo hace hasta que le entrego el voluminoso fajo de billetes, entonces los ásperos dedos de la puta dejan de palpar carne maltrecha para sobar la calidez del dinero, y llega el perdón, la reprobatoria mirada torna en compresiva complacencia, el golpeador podrá volver a golpear.

Mientras me alejo entre roídas mesas que sostienen figuras vencidas, me digo que Coronita no es nombre, es sólo el jodido calificativo de una cerveza, un apodo por la veneración a una bebida alcohólica, una mujer a la que se le han meado en la boca llega a la menopausia llamándose como una cerveza, es un pobre bagaje. Y la cosa es que en ese instante me parece percibir un fuerte olor, un olor a…

            Alcanzo un rincón oscuro, una mesa exigua junto a una pared descarnada, me desplomo. Enciendo un cigarrillo y pienso en un nombre para Coronita, quizá Rancia,  adj. Se dice del vino y de los comestibles grasientos que con el tiempo adquieren sabor y olor más fuertes, mejorándose o echándose a perder, alias Coronita. No me da tiempo a mucho más, mi soledad termina cuando una estilizada figura femenina se sienta junto a mí, deja una botella de ron sobre la mesa y me alarga uno de los dos vasos con los que carga.

            Sussette no tiene nombre, es una de las cubanas, ella dice que se llama Sussette pero yo y su padre sabemos que no, sólo es un nombre real que tapa otro, un nombre que tapa vergüenzas y fracasos, decepciones y sonrojos, infamias y estigmas, tiene que ser un nombre sonoro para cubrir tantas cosas. Sussette dice que tiene la regla y que no trabajará de modo, que si quiero, puedo pasar la noche con ella, pero no lo dice de un modo zafio, lo susurra, con ese tono meloso capaz de endulzar un insulto. No respondo. Engullo el ron de un trago y doy una calada tan pesarosa como lenta. La exuberante cubana no se ofende, me conoce, sabe que hablar no es lo mío, así que se desvencija junto a mí y da tragos cortos, entonces lo percibo, el leve roce, imperceptible, aparentemente casual, es el contacto, el casi imperceptible apoyo de su hombro desnudo junto al mío tiene un significado, ese inapreciable gesto de apego es un mundo en un abismo donde el afecto se compra y se vende, donde siempre resulta interesado. Yo lo noto, y Sussette lo nota, yo no digo nada y ella no dice nada, hablamos con el ron, levemente unidos, como abrazados, con un abrazo invisible pero tangible, y pienso que Sussette debiera tener un nombre de mujer, un nombre real, un nombre que la distinguiera como persona de los retales rebajados que manosean los clientes de saldo, y pienso en Bruma, una vez estuve en el mar, la única vez, en un embarcadero recogiendo un alijo, el mayor de los barcos, un gigantesco yate, se llamaba Bruma, si alguien es capaz de nombrar algo tan valioso con el nombre de una mujer es que esa mujer debe ser una gran mujer. Doy una larga calada y rumio si a Sussette le gustará llamarse Bruma, a lo mejor no es un nombre lo suficientemente sonoro como para tapar sus estigmas, doy otra calada y decido no decírselo, supongo que no es buena idea, yo nunca tengo buenas ideas. Paladeo el ron, miro sin mirar e intento recordar cómo me llamo… Meconio, me llamo Meconio.

            La turbia voz de Coronita me despierta, estoy derrengado sobre la mesa, desmayado, y Sussette se encuentra inconsciente a mi lado. Sacudo la cabeza y fuerzo la vista, las sombras se hacen apenas visibles pero sin embargo escucho el encargo, llevar dos zorras a un barrio residencial para goce de tres niñatos.

            Cuando me incorporo la ebria cubana se apropia de la totalidad de la mesa. Sacudo el pegajoso beso del ron de mi tres cuartos de cuero negro pero sólo consigo manchar mis encallecidos dedos. Busco el tabaco en los bolsillos interiores, en los exteriores, desisto, recurro al ron, el vidrio vacio me escupe a la cruda realidad, abro la boca y exhalo, exhalo mala hostia, si me la quedo dentro no es bueno, siempre que contengo termino haciéndole daño a alguien, generalmente a mí mismo, así que exhalo, es un grito sordo que muestra la impotencia de ser tan pequeño y retener tanta ira en las tripas. Coronita lo nota, no dice nada, simplemente me alarga el paquete de tabaco.

            Una vez erguido, mi figura chulesca camina hacia la salida, junto al portero hay dos señoritas perfectamente empaquetadas y etiquetadas para ser servidas a domicilio, yo las entregaré, las protegeré de todo mal y las devolveré, pero sobretodo, sobretodo, cobraré.

            La morena es… dominicana, y la rubia rumana, ninguna tiene nombre, algún apodo que no recuerdo y la clásica retahíla de abusos desde la niñez. Las sobrepaso a ellas y al gorila en medio de un mareante sopor. Cuando piso la calle la frialdad de la noche roe las soldaduras de unos huesos que se han roto docenas de veces, me siento viejo, desgastado. Toso. Alcanzo el coche y espero a que las damas monten, doy caladas largas mientras cuento los surcos faciales del cabrón que escupe el retrovisor. Arranco, pongo un blues pesimista y me concentro en no atropellar yonquis y vagabundos.

            En el calor del automóvil observo los rostros rotulados de mis acompañantes, mastican chicle y cotillean sobre sus hermanas, lo hacen con esa cadencia soez entre exagerados pintalabios y recargados rímeles. No hay nada que pueda dañarlas, ya no, hace tiempo que superaron la barrera del dolor, están al otro lado, han endurecido la piel al extremo de no distinguir la caricia del golpe, el beso del mordisco, encallecidas, se han arrugado y comprimido hasta expulsar cualquier líquido vital, están secas, muertas, han tenido que morir para resultar inmunes. Sus ropas comprimidas, mal combinadas, semejan los colores brillantes del ofidio venenoso, un veneno letal con forma de trauma, de personalidad destructiva, de culpabilidad malsana. Parecen putas sin nombre pero yo sé que son otra cosa, algo infinitamente más evolucionado.

            Cuando las tiznadas calles oscuras son recuerdo y las vías de cinco carriles nos llevan al inmaculado barrio residencial repleto de jardines pienso en un nombre para la rubia y la morena. Callejeo entre adosados y estilizados chalets exentos. Aisa y Medea, diosas de la fatalidad, alias Fatalidad, f. Cualidad de fatal. Huele a jazmín cuando me detengo frente a una lujosa mansión unifamiliar.

            Desciendo, doy una calada y subo el cuello de mis tres cuartos, aparento ser más peligroso de lo que soy, contraigo las cejas y observo el silencioso vecindario con la incomodidad de lo ajeno. Exhalo humo mientras camino lentamente hasta el interfono de la vivienda, llamo y a la pregunta respondo que traigo dos pizzas, escucho el berrido beodo desde dentro de la casa. Al instante una puerta se abre y tres niñatos exaltados cruzan el cuidado jardín hasta alcanzar la puerta exterior. Yo les veo y ellos me ven a mí, veo sus caras camisas y sus caros jerséis, veo sus pantalones de marca y sus zapatos italianos, y ellos ven mi pose de proxeneta, de chuloputas mal encarado, de predador, y así el de ojos azules relaja el efusivo saludo que la farla pensaba ofrecerme. No hablo. A mi gesto las muchachas surgen del coche y las pupilas babean, después un imponente fajo de billetes cambia de manos y un pedazo de felicidad soluble desciende sobre nuestras cabezas. El excitado líder del trío me invita a pasar y esnifar química. No.

            Cerrada la puerta quedo fuera, solo. Acomodo mi culo en el asiento trasero y me estiro, serán un par de horas de plácida espera. Se me da bien esperar, hay cosas que espero, la muerte, espero la muerte y que haya un dios, sí, espero morir para tratar con mi creador, le llevaré a un sitio apartado y hablaremos, hablaremos de las palizas en la niñez, de las violaciones, hablaremos del porqué de nacer en un estercolero de padres adictos, hablaremos de esas cosas pendientes, de esas putadas, hablaremos largo rato, y cuando termine de “hablar” el Creador ya no volverá a crear nunca más.

            Golpeo el salpicadero hasta que arroja una petaca cargada de tequila. Enciendo el enésimo cigarrillo y recargo mi organismo con el ardiente alcohol. Pienso en el niñato de ojos azules, en su nombre, un nombre pomposo adornado con cientos de apellidos, pienso en su cuatro por cuatro, en su chalet, en su máster en Oxford, pienso en su casa en Ibiza, en sus dos motos, en su velero, pienso en el despacho junto a papá, en la secretaria y el chofer, pienso en las chachas y los jardineros, pienso en eso y en que para divertirse tenga que recurrir a algo que tengo yo, una puta, pero no a una estilizada zorrita de lujo que domina seis idiomas y sabe pelar los plátanos con cuchillo y tenedor, no, a una tirada, a un putón ordinario y burdo, a una escoria que cualquiera de los sudacas que trabajan para él podría tirarse. Curioso chico de ojos azules, curioso que teniendo manjares sobre la lujosa mesa hurgue en el cubo de basura, curioso y… significativo.

            La somnolencia del permanente estado etílico me acuna y mece, la ceniza se desploma sobre mi pecho sin que me importe, yo sólo busco un nombre para el muchacho de ojos azules, un nombre que pegue con tanto apellido, un nombre verdadero que defina la debilidad, la enfermedad endogámica, Enerve. adj. desus. Débil, afeminado, sin fuerza, alias Ojos Azules.

            Es el olor el que me despierta, un fuerte olor como a… no sé, luego son los golpes del congestionado Enerve, alias Ojos Azules, contra la ventanilla. La rubia, la rumana, se ha sobrado, una sobredosis, se ha pasado con la farla balbucea el aterrado niñato. Yo salto, me impulso fuera del automóvil con la celeridad del animal que soy, son las carreras por el jardín y las manos sobre inmaculadas paredes, es alcanzar la habitación de la orgía y descubrir el cuerpo inerte de la muchacha sobre la cama, es el hilillo de sangre saliendo de la nariz, es la muerte, el rostro de la parca que hace temblar a todos, los tiernos seres por verse implicados, la dominicana por verse reflejada, y yo, yo… por la pérdida monetaria. Aquel metro setenta de carne, aquellos cincuenta y cuatro quilos de carne, aquel inerte pedazo de carne experto en felaciones y sexo anal supone la pérdida de muchos miles de billetes anuales, ese es mi dolor, un dolor sincero, salido de lo más hondo de mi desacreditada alma.

Es cierto que me agacho, es cierto que lo compruebo, es cierto que lo hago con suavidad, lentamente, sabiendo que no hay prisa, que no hay pulso ni futuro para la meretriz llegada del este, pero me incorporo con violencia, con reto en la mirada, ese tipo de desafío que acojona a mis tres trémulos anfitriones. Hay un ser humano muerto en su casa pero eso no es un problema, su problema, su mayor y único problema, es que le han jodido la bicicleta prestada a un chico malo, a mí. Yo no sé mucho de escusas, ni de cuentos, ni de lloros y mocos, yo sé de dinero, de transacciones, de negocios, y bueno… también sé de dolor, tengo un máster en dolor, un profundo conocimiento en las formas y maneras en las que se manifiesta el dolor. No son cosas que haya que decir, sólo tengo que elevarme y mirarles, dos segundos después los moralistas hijos de papá han decidido recolectar todo el dinero y joyas que hay en la puta mansión, no habrá curso sobre el dolor.

Nadie llora, yo y Enerve, alias Ojos Azules, cargamos a la prostituta simulando que está borracha, los otros dos edulcorados burguesitos entorpecen, sólo la dominicana abre puertas con celeridad y resuelve. El problema termina en el asiento trasero, junto con los agradecimientos y el pánico de tres subproductos de la economía de mercado. Las puertas se cierran y el motor despierta, sin embargo no arranco, enciendo un cigarrillo, y a través de la ventanilla alargo el paquete para que cada uno de los congestionados rostros coja un pitillo, no uso palabras sólo un gesto invitándoles a seguir consumiendo nuestros elaborados productos, porque nunca hay problemas si hay dinero. Finalmente muestro una especie de grotesca mueca, lo más parecido a una sonrisa que mi desagradable careto puede bosquejar, y acelero.

A pesar de llevar la ventanilla bajada noto el olor, un recargado olor a… no sé, no termino de identificarlo. No lo entiendo, quizá sean todos aquellos jardines, aquel cuidado vergel unifamiliar de clase media alta.

Es al girar que me encuentro con el camión de la basura entorpeciendo mi huida. Freno. Inspiro. Inhalo humo. Expiro. El inmaculado operario recoge unos inmaculados cubos de basura y los coloca en el inmaculado camión, después el mecanismo los vuelca, y la basura cae, entonces mi boca se abre y mi mano detiene la errante calada, se trata de la basura, se trata de una basura inmaculada, una basura limpia, una basura que no es basura. Envases impolutos, botes pulcros, botellas brillantes, recipientes relucientes, sin machas, sin mugre, aséptico, sin repugnantes residuos grasientos, sin pringosos restos orgánicos, sin asquerosos inmundicias, sin sobras, sin despojos, sin desperdicios, sin excrementos. Permanezco paralizado. Es un error denominar basura a aquello, aquello tiene otro nombre, otra definición, otro nombre en el registro, basura sólo puede ser un apodo, un alias, un mote. Sólo una mirada al retrovisor hace que mi obtusa mente lo entienda y capte el sistema de clases, de castas, es al ver los cincuenta y cuatro quilos de carne rumana que entiendo que aquellos seres no producen basura, ninguno de ellos osaría dejar en su cubo de basura, basura. Eso les igualaría, les acercaría al animal, al homo sapiens, no, ellos no generan basura, y en el hipotético caso de que la generasen pagarían a un basurero de verdad para que la retirase de modo discreto en el asiento de atrás de un automóvil. Y la cosa es que sigo oliendo como a…

Es un callejón donde tratan las yonquis que abro la puerta trasera y arrastro el cadáver contra el oscuro paredón, después la puerta se cierra y el coche arranca. Fácil. Sencillo. Así no hay preguntas ni culpables, la carne muerta no siente ni padece y la viva, la viva, olvida rápidamente a la muerta, hay una infinita gama de dolores y padecimientos futuros dispuestos a borrar el rictus de constreñimiento que ahora adorna el rostro de la sudamericana, alias Fatalidad. Es el horror, un horror denso y pesado, difícil de tragar, piensas que no lo conseguirás, crees que te resultará imposible, que perecerás en el intento, pero al final lo engulles, y lo digieres, quizá no del todo pero lo suficiente para poder erguirte y seguir ladrando. Creo que lo llaman vida.

Para cuando detengo el coche frente al sórdido lupanar, el blues ha finalizado y la petaca está vacía. Me arrastro tras la dominicana, alias Fatalidad, supero el portón y al gorila, recibo el familiar lametazo dulzón de cálido vicio y cáustico sudor, y noto como la sangre bulle, es la ira bajo el rojizo interior, son los restos sin digerir de mi pútrido pasado que me invitan al vómito, son los latigazos de resentimiento, es el resquemor, la quemazón que pinza mis vértebras, los rescoldos de las palizas y los llantos, el miedo del infante que fui, y son mis caninos que se desenvainan y lucen, Coronita los ve por eso no se aproxima sólo consuela a la doliente dominicana, alias Fatalidad, empapándose del porqué su compañera no ha vuelto ni volverá jamás. Sacudo la cabeza y no consigo quitarme de la nariz ese olor a… como a…

Es con una botella de ron en la mano que asciendo las escaleras, escalones que crujen y se quejan por mi peso, que se jodan, pienso. Es mi caminar lento y pesado por el tenue pasillo en busca de un sueño sin importar si es noche o día. Es la puerta que propulso y la cubana, alias Bruma, que se sobresalta en la cama. Soy yo que me desvisto y derrumbo sobre el nacarado colchón. Son las recargadas cortinas, los besos de Bruma, alias la cubana, o de la cubana, alias Bruma. Es el ron y los pezones que oscilan, la colonia barata y el flujo femenino que montan mi cansado cuerpo, son los gemidos y la decoración hortera. Es algo, sé que es algo, pero no sé que es.

El sueño no es sueño sin el guiño de la pesadilla, no los distingo, de los dos surjo igual, sobresaltado y alerta como el perro apaleado. Bruma no está, está su olor como lo está el de la debilitada botella de ron, pero frente a mí sólo está Coronita, alias Rancia, y una cría rubia de no más de siete años.

Me incorporo e ingiero los restos febriles de ron. Doy la espalda a las dos mujeres, no porque me incomode mi desnudez sino porque no me gusta lo que veo. Coronita, alias Rancia, tiene el rictus de la que traga y engulle, y para poder hacerlo, lo empuja con dinero, con un buen pedazo de dinero. Busco el tabaco y doy una calada antes de que la especialmente fría voz de la madura meretriz diga para quién es el regalo de siete años, después, con la celeridad de quien se sabe en el infierno y finge no importarle, me deja sólo. Doy dos tragos más, o media docena, consumo el cigarro hasta que quema mis dedos, me incorporo y me introduzco en la ducha, lo hago sin mirarla, sé que está ahí, quieta, observándome, pero por lo más sagrado que no la miro.

Es en la ducha que me quedo quieto, bajo el torrente de agua, me concentro esperando escuchar cómo la mugre se desprende y desaparece por el sumidero, no lo noto, por más caliente que sale el agua nada se despega, la roña sigue ahí, la percibo, la siento obstruyendo mis poros y tiznando mi piel, me asfixia y oprime pero al mismo tiempo me protege y aísla, sí, observo cómo la purificadora agua resbala sobre mi protectora capa sin mojarme, sin purificarme, sin limpiarme. Y así, cuando surjo de la ducha y me froto con la toalla percibo mi olor, uno olor a… como si oliese a…

Bajo la cabeza y eludo los ojos claros de la pequeña, calzo las botas y visto la camisa negra, trinco el tres cuartos y dejo que mi chorreante cabello lo empape. Me alzo y detengo, enciendo un cigarrillo y quedo observando la grosera mancha de humedad en el techo. El agua se filtra, se suda, empapa y mancha, a veces se seca pero siempre, siempre, deja la fea mácula de su presencia, y ya no ves la pared, sólo ves la mancha, la humedad, la fea marca, ya no es pared sino mancha, yo soy mancha, sólo mancha, una fea y enorme mancha. Sin mirarla cojo la mano de la chiquilla y echo a andar.

Cuando desciendo las escaleras y cruzo el burdel veo los rostros sin nombre, una masa pastosa de seres no nombrados sólo apodados, ojos vidriosos que observan lo que porta mi mano, bocas sin dientes y cuerpos sin alma que mezclan arrugas y pintalabios a partes iguales. Camino con la sensación de que desciendo, de que me hundo, el pegajoso suelo se me adhiere con restos de alcohol y saliva, me venzo, zozobro. Con la boca abierta y gesto jadeante alcanzo al gigantesco portero y le susurro la petición al oído. Una papelina cambia de manos y cae en mi bolsillo. Sonrío, o hago que sonrío, y pienso en un nombre para la mole iletrada que guarda el averno. Cancerbero, m. y f. coloq. Portero o guarda severo o de bruscos modales, alias Portero.

En la calle la noche es fría, lo sé porque la delicada mano de la pequeña se estremece. No la miro pero inconscientemente mi tosca manaza la aferra con más fuerza, al ser consciente siento algo parecido a la vergüenza y aflojo. Abro el coche y la niña entra en el asiento trasero, antes de imitarla me apoyo en la chapa y enciendo un cigarrillo, tengo ganas de encararme con los dioses que hacen hombres de barro, tengo ganas de preguntarles por  qué cuando se les terminó nos hicieron de excrementos, no hay un solo ser de barro en este agujero, quizá de fango, el barro y el fango son sinónimos, lo sé porque noto el olor, todo el rato noto ese penetrante olor a… es como si no pudiera olerlo pero supiera que me rodea, cuando palme le preguntaré a los dioses, lo haré mientras desangro sus gargantas.

Antes de arrancar esnifo la papelina casi por completo, froto las encías y estrujo mi nariz al tiempo que aprieto los ojos, el tsunami químico se desliza por el torrente sanguíneo arrasándolo todo a su paso para finalmente chocar contra mi hipotálamo con tal violencia que me retrotrae al tiempo en que mis ancestros colgaban de los árboles. Soy la bestia, el animal, el homo sapiens en crudo, sin nombre, sólo uno más de los que chillan y saltan, un ser desnudo y salvaje sin ataduras morales, sin conciencia, sin bien y sin mal. Mis pupilas se dilatan y acelero.

Surgen callejones y bultos, figuras errantes que venden y compran, que roban y rajan, brotan fachadas derruidas y portales oscuros, farolas mortecinas y oscuros pasadizos donde pincharte, fornicar o palmar. Dejo atrás chabolas ilegales que albergan cuerpos ilegales apiñados tras las chapas maldiciendo el instinto de conservación, fogatas y hogueras acá y allá anunciando ritos de clan, colores de banda, pintadas a modo de orina territorial, lo sorteo todo, lo supero, y lo hago sin mirar el retrovisor. Si miro, si dejo de observar la iluminada carretera de circunvalación, tendré que ponerle un nombre y yo no sé nombres de niña. Toso y miro. Miro. Miro.

Los ojos claros dicen ser los hijos de alguna adicta tirada capaz de vender a su hija por una dosis, o quizá una niña campesina secuestrada en algún pueblucho de Bielorrusia, qué más da, hay un sinfín de formas de llegar al asiento trasero de un cabrón. Podría llamarla Virgen, com. Persona que no ha tenido relaciones sexuales. U. t. c. adj. Alias Ojos Claros, después de todo es esa característica lo que la hace tan valiosa y apetecible.

A pesar de entrar en el centro financiero de la ciudad noto el olor, estoy rodeado por enormes edificios y lo huelo, no sé que es, es un olor a… Cristaleras y rascacielos aquí y allá, lujosos apartamentos junto a carísimas oficinas y yo que no consigo distinguir el olor que surge de todos lados. Detengo el automóvil.

Termino los restos de la papelina y quedo quieto mirando el salpicadero. Jadeo. Pienso en encender un cigarro pero no lo hago. Mi madre me dejaba solo, muy a menudo, siempre, quizá era incluso mejor. Eres lo que eres, no puedes ser más de lo que eres aunque, curiosamente, sí que puedes ser menos, irónico, puedes ser un ser humano, luego sólo un hombre, más tarde un homo sapiens, y si te aplicas y te lo curras, un animal. ¿A qué cojones huele?

Abro la puerta, desciendo, hago lo propio con la puerta trasera. No miro, sólo extiendo el brazo y espero que una pequeña mano sujete la mía. Mi padre me golpeaba para que aprendiera, nunca supe el qué porque aquel cabrón no tenía nada que enseñar. Camino por un pavimento impoluto, de pulidas baldosas unidas con milimétrica exactitud, ni un solo error, ni un fragmento partido o descolocado, ni una sola fisura, el suelo que da acceso a la torre de lujosos apartamentos es perfecto, de una perfección que ralla en lo divino. Soy consciente de que lo mancho, de que dejo tras de mí una baba pegajosa, y en otro tiempo no me hubiera importado, pero ahora, de la mano de la cría me siento incómodo.

Alcanzo el vestíbulo y al portero sorprendido de la estampa que conforman un matón y una virgen. Una vez a su altura musito un nombre, el tipo llama desde el telefonillo interior y escuchada la conformidad nos deja pasar.

Frente a los ascensores noto el olor. Pulso el metálico botón y espero que uno de los seis se abra, lo hace. Dentro,  la planta dieciocho es la elegida. El silencio. Asciendo en un habitáculo de dos por dos junto a una pequeña, me incomoda, no estoy acostumbrado a ascender. Trago saliva y muevo el cuello. El olor es más fuerte allí dentro, aquel puto ascensor huele a… ¡joder! Yo diría que es… no sé es como… Alcanzamos la planta dieciocho.

Los verdosos pasillos y sus tenues luces amarillas coquetean con la moqueta y los cuadros hípicos colgados aleatoriamente, es el lujo y el buen gusto. Alcanzamos la puerta. No llamo. Busco en el bolsillo un cigarrillo, lo enciendo. Creí morir el día que me violaron en el reformatorio y sin embargo en la trena yo violé a otros. Inhalo humo. Exhalo humo. Estoy plantado frente a una puerta sosteniendo una cría con la izquierda y fumando con la derecha. Es difícil cuando eres niño saber cómo son las cosas si nadie te dice cómo se llaman, me habría gustado saber los nombres, eso habría ayudado. El cigarrillo muere y cae sobre la lujosa moqueta, lo piso. Pulso el timbre.

La cara del educado sexagenario, alias Falso, adj. Engañoso, fingido, simulado, falto de ley, de realidad o de veracidad, se ilumina tras saludarme brevemente, no es por mí, es por ella. La mirada de aquel respetado rector universitario con pinta de curilla apenas sí me roza, rápidamente se posa en mi pequeña acompañante y permanece un eterno instante allí, deleitándose, fantaseando con lo que ha de llegar, después despierta.

Tiene preparado el sobre, el enorme sobre, y me lo entrega, apenas sí lo ojeo, tras eso extiende la mano al tiempo que muestra una enorme y tranquilizadora sonrisa, no pasa nada, no hay nada que temer, Dios bendice aquella casa y cuanto acontece en su interior, y toma la mano de la cría. No me mira, simplemente, despacio, muy despacio, como si desenvolviese un delicado regalo, hace entrar a la niña. Lo último que veo es su blanquecina mano, esas manos delicadas y anómalas, como de niño en hombre, una mano hecha para rezar y quizá… para violar, una mano que cierra una puerta dejándome fuera. Sin embargo la puerta no llega a cerrarse, mi pie se ha interpuesto e impide que la puerta del apartamento A de la planta dieciocho se cierre.

¡Es mierda! Es mierda lo que estoy oliendo. Un fuerte olor a mierda. Hacía eones que no la olía, dicen que la pituitaria se acostumbra al mal olor al cabo de un tiempo, es un mecanismo de supervivencia. Yo soy un experto en mierda, fue lo primero que olí, lo inhalé en el útero, no me mató pero mi organismo lo asimiló, quizá por eso no he sido capaz de olerla durante mi vida, pero ahora huelo claramente a mierda.

El rector temeroso de Dios no entiende el porqué de aquello, cree que es cuestión de dinero, se equivoca, se irrita, ahora sí que se equivoca, de un cabezazo le fracturo la nariz y dejo que se derrumbe en el suelo, el sangrante me mira incrédulo, no soporto el olor a mierda, no lo soporto, podría explicárselo pero no creo que lo entendiese, no es el dinero, ni la moral, ni la conciencia, es el olor, no soporto ese olor.

 Virgen, alias Ojos Claros, permanece petrificada. No digo nada, sólo tomo su mano y cierro la puerta. Mientras caminamos hacia el ascensor tengo la sensación de que el olor decrece. Las puertas del ascensor se abren y entramos, dentro, en aquel pequeño receptáculo no huele a nada, diría incluso que el olor es agradable. Inspiro. Me agacho. Miro a los ojos de la pequeña, sonrío, y le digo que me llamo Jose, que yo…, que mi nombre es Jose.

La inmortalidad

 Es cuando voy a cerrar el maletero que lo dice, dice que si le dejamos ir nos lo contará, que él sabe el secreto y que por eso le quieren matar pero que a nosotros nos lo contará, el tipo dice que conoce el secreto de la inmortalidad.

            Reconozco que en un primer instante, tanto yo como mis dos patibularios compañeros, nos quedamos un tanto impresionados, ¡somos tan impresionables! Es cierto que cuando la gente es introducida en maleteros de coches genera un sorprendente aumento de verborrea, te ofrecen dinero, te informan de que son padres de ocho niños tetrapléjicos con síndrome de Down o directamente te recuerdan que son parte de tu familia, en fin esas cosas, cosas lógicas, llorar, rogar, suplicar, pero ofrecer contarte un secreto, esto es nuevo. ¿A dónde vamos a llegar? Esto no es serio. ¡Qué daño le ha hecho la tele basura al mundo del lumpen! Cierro violentamente el maletero con el tipo dentro. Nos vamos.

            Una vez al volante sopeso si ponerme el cinturón de seguridad o meterme una raya de coca sobre el salpicadero, elijo la raya por aquello de potenciar el producto interior bruto que sostiene al barrio. Tras el impacto ácido del estupefaciente enciendo un cigarrillo y justo cuando la química alcaloide está aniquilando las pocas neuronas que aún me funcionan, Niño Toro dice que si eso de la inmortalidad es como un superpoder.

Johnny Dos Cruces suelta una carcajada desde el asiento trasero. Miro a Niño Toro, observo su rostro interrogante, por un momento me parece la angelical mirada de mi sobrinito de cinco años preguntándome si la mirra de los Reyes Magos era la coca de la época, pero mi colega no tiene cinco años, ni siquiera una mirada angelical, es una bestia parda de dos metros de altura y ciento treinta quilos de peso saturado de tatuajes y cicatrices coronados por un cabezón rapado.

Niño Toro es un subproducto marginal producido, envasado y etiquetado por el más prestigioso gueto del Primer Mundo. Su sola cercanía le convierte en el mejor diurético del mercado. Con sólo encararte regula tu tránsito intestinal para toda la semana. Es lo más parecido a un neandertal vestido con cazadora de cuero que puede describir el National Geographic. Se trata de un analfabeto funcional que descubrió a temprana edad que lo de dar hostias como panes estaba tremendamente valorado en este nuestro barrio marginal, y no sólo eso, averiguó que con poner en el currículum que era capaz de curar la escoliosis de un solo hostiazo le llovían las ofertas de trabajo. Sí, Niño Toro es una bestia iletrada con un coeficiente intelectual parejo al de una lata de alubias, pero es un tipo muy útil cuando tienes que introducir a gente en maleteros para luego enterrarla en parajes solitarios, y además de eso es mi colega.

Niño Toro dice que molaría ser inmortal, y me mira interrogante. Doy una calada al cigarrillo y le ignoro, no estoy lo suficientemente borracho o drogado para tratar temas serios como la inmortalidad, el porqué de los pezones masculinos o las poluciones nocturnas del Papa, además creo que estoy menstruando. Arranco.

No hemos recorrido diez metros cuando mi gigantesco copiloto me pregunta si me imagino que el burguesito tuviera razón y no fuera un vacile. Sintonizo la radio hasta que suena psychobilly y comienzo a rezar una novena. Niño Toro no se amilana y vuelve a la carga con lo de que el del maletero parecía un tipo de éxito, que lo mismo era un científico de esos que descubren cosas y que no se pierde nada por escucharle. Subo el volumen de la radio y finjo una apoplejía. Nada, eso tampoco detiene al retrasado mental de al lado, el portento intelectual insiste con que parecía un burguesito de éxito con pasta y que lo mismo trabajaba en un proyecto secreto del Gobierno. Resoplo. ¿Por qué no podemos hablar de putas y peleas como estipula el epígrafe cuarto del Convenio Colectivo del Matón?

Todas las calles me parecen iguales, estos barrios residenciales de lujo son un laberinto de casas ajardinadas con farolas que funcionan, ¡por Dios! ¡Es que no hay ni una farola fundida! ¿Cómo se orienta la gente aquí sin callejones, sin descampados, sin coches desvencijados? Ni siquiera hay yonquis, putas o camellos a los que preguntar. Estos burguesitos están locos. Total que Niño Toro me dice que si me imagino que las farmacéuticas, que son malísimas, se lo quieren cargar para que no largue el secreto de la inmortalidad y les joda el negocio. Ahí no aguanto más y le insto a que tenga la amabilidad de pasarme del salpicadero la petaca con tequila. Niño Toro inicialmente no me hace caso pero como le amenazo con echarme a llorar y montar una escena, me la pasa. Doy un trago de anestesiante licor y le digo que lo de la inmortalidad es la misma gilipollez que lo de que el hombre ha pisado la Luna, que el hombre viene del mono o que el hombre puede orinar sin salpicar la tapa del wáter. Y ahí interviene el que faltaba, Johnny.

Johnny, Johnny Dos Cruces, dice, mientras se lía un porro de maría, que la inmortalidad es real y que la turritopsis nutricula lo demuestra. Doy otro trago de tequila mientras, anonadado, le observo por el retrovisor. Lógicamente el futuro catedrático rapado pregunta qué es la tucirrosis matrícula, pregunta que me obliga a morrear alocadamente con la petaca hasta vaciarla, qué breve es el amor y qué pronto se apaga la llama de la pasión. Johnny corrige al iletrado informándole que su nombre correcto es turritopsis nutricula y que se trata de una medusa capaz de revertir a pólipo después de llegar a su maduración sexual, que es el único caso de ser vivo capaz de volver a un estado de inmadurez sexual después de haber alcanzado la madurez sexual como etapa solitaria, y que es capaz de repetir ese ciclo indefinidamente, por lo que biológicamente es inmortal.

¡Tócate los huevos Mari Loli! Tengo el mismo careto que un conejo al que le han dado las largas. No estaría más pasmado si se me hubiera aparecido el Arcángel San Gabriel para guiñarme el ojo y tirarme los tejos ¿Qué ha dicho el tarado este de una medusa?

A Johnny Dos Cruces le llaman así porque estuvo clínicamente muerto en dos ocasiones gracias a la fea costumbre de inyectarse, esnifar o ingerir todo tipo de estupefacientes de modo masivo e incontrolado, vamos que se hacía bocadillos de éxtasis con lonchas de anfetas y se esnifaba hasta la caspa. Johnny es la versión deportiva GTI marginal cabrio con acabado en cuero negro de este nuestro competitivo mundo delincuencial, lo que en latín vendría a llamarse un puto loco suicida. Nuestro compañero nació con un pequeño error genético, un fallo en la cadena de ADN, carece de instinto de conservación, lo que le convierte en el bicho más peligroso que ha parido madre a este lado del Mississippi, algo que hace que antes de tratar con él prefieras comerle la boca a un mandril en celo. Así es mi entrañable colega, un tipo leído, culto y gueapete al que sus adicciones arrojaron a este lugar, y que resulta encantador siempre que no sufra una crisis esquizomaniacodepresivaparanoica, algo tan infrecuente como encontrar una rubia lista.

Justo cuando soy consciente de que es la tercera vez que pasamos por la misma calle y asumo que jamás saldremos de la urbanización de burguesitos, mi hercúleo colega retoma el temita de marras y me dice que si veo como la inmortalidad no es un cuento y es algo real, que la medusa esa lo demuestra. Le pregunto si quiere ser medusa-man e ir por la calle vestido de látex verde fosforito disparando mocos por la nariz, porque si es así va a matar a su madre de un disgusto. Niño Toro queda pensativo, acto que aprovecho para pedirle a Johnny que me pase el porro en un intento por colocarme y encontrar mi animal guía, mi tótem, y que éste me muestre el camino fuera del mundo verde del burguesismo jardineril, pero Johnny Dos Cruces no sólo me pasa el porro sino que decide informarme gratuitamente de que la inmortalidad es considerada la respuesta a la angustia y el miedo que produce en el ser humano la consciencia de su mortalidad y contingencia, que supone la evasión a la muerte, y que para los creyentes la inmortalidad es, básicamente, la continuación de la vida más allá de la apariencia de la muerte física que se produce en este mundo sensorial. Cojonudo.

Doy una calada tan bestial al canuto que se me afloja la goma de los calzoncillos. Ahora lo veo, veo cómo los burguesitos han creado un mundo de jardines y calles pulcras para protegerse de nosotros, los muy ladinos saben que con tanta luz y con tanta limpieza somos fácilmente identificables, somos como cucarachas sobre una inmaculada y pulida encimera de acero. Sé que estoy borracho, y drogado, pero lo veo claro, los burguesitos son muy listos, parecen idiotas pero no lo son. Se hacen los imbéciles recogiendo con sus propias manitas las repugnantes deposiciones calientes y malolientes de sus mascotas. Fingen ser subnormales comiendo algas y pescado crudo mientras se inyectan botox y colágeno hasta que se les pone cara de travelo. Simulan ser estúpidos flipando con el budismo y el feng shui ese diseñando coquetos jardines de grava, piedras sueltas y ramas secas que más que jardines parecen el epicentro de una prueba nuclear. Aparentan ser retrasados siguiendo las “tendencias” de la moda vistiéndose el martes como jamás lo hubieran hecho el lunes pero distinto al miércoles que será otra vez igual al lunes. No. No pueden ser tan deficientes mentales, los burguesitos fingen. No pueden ser tan memos. Y pienso en la moda. ¡Qué cosa lo de la moda! Es que me flipa lo de la moda. La moda encierra un mensaje, simboliza un… es como si… Y el vozarrón de Niño Toro decide arrancarme de mi narcótica alucinación con la violencia desgarradora de la manaza violadora que profana mi tersa piel virginal para poseer mi trémulo cuerpo… Estoy fatal. Tanta fibra no puede ser buena. 

Niño Toro está molesto con el último rollo metafísico con tintes religiosos porque le jode su fantasía de comic de superhéroes, y se lo hace saber a Johnny preguntándole si lo de la inmortalidad, como vida más allá de la muerte, va a ser algún rollo cristiano del Cielo con las nubes y los putos ángeles tocando la lira. Johnny responde que no lo sabe y que para quienes aceptan la existencia de un alma trascendente, la verdadera inmortalidad implica un fenómeno individual en el que la muerte del cuerpo y la rescisión del vínculo terrenal prosigue con la salida del espíritu. ¡Cágate lorito! Ahí queda eso. Cuando quieras vuelves a por otra.

Tuerzo a la izquierda. Es que si lo piensas lo de la moda tiene cojones, es que tú fíjate con los burguesitos cómo le dan a la pelota, ¿quién elige a los tíos que deciden lo que está de moda? ¿De dónde salen esos tíos? ¿Eso cómo es? Doblo a la derecha. Acelero. A Niño Toro se la suda mi especulación estupefaciente y me la violenta sin ningún tipo de consideración para con mi persona como ente individual y ser humano autónomo con sentimientos y almorranas. Me siento tan frágil, tan vulnerable, tan drogado.

El matón de ciento treinta kilos pregunta con gesto torvo que cómo va eso del alma, que si hay que creer en Dios o ser cristiano para tener de eso. Rebusco desesperado por los bajos del coche y la encuentro. ¡Lo sabía! La recordaba. Sabía que seguiría ahí. Lo nuestro fue breve pero intenso. Me dijo que me esperaría y ahí está, ¡una botella de whisky terciada! Se me escapa una lagrimita junto con una gotita de pipí. Tengo el tiempo justo, Johnny lo va a hacer, Johnny va a responder, veo por el retrovisor como prepara su gesto de escritor atormentado que se hace el interesante mientras frota ligeramente su barbilla al tiempo que un mechón de cabello, ligeramente despeinado pero guay, cubre su rostro. ¡Dios! ¿Dónde está la angina de pecho cuando se la necesita?

Por lo visto el alma es un principio o entidad inmaterial e invisible que poseen los seres vivos, y sus propiedades varían dependiendo de la religión o filosofía que escuches, eso dice el esquizofrénico yonki que llevo en el asiento de atrás, y lo dice así, sin vaselina ni nada. Sonrío. A mí me la trae al pairo, me limito a dar vueltas por calles ajardinadas sin nombre. Suelto una carcajada. Nunca saldremos de aquí. Me meo de risa. Se nos acabará la gasolina y tendremos que comernos unos a otros. Me da igual, yo la tengo a ella, mi botella de whisky que ronronea cuando la beso prometiéndome amor sin fin, me recuerda a Sussette, mi meretriz cubana preferida, ella también me promete amol, pero terminan los veinte minutos y se acaba el amol. No sé cómo será el amor pero el amol es breve y jodidamente caro. Y Niño Toro me pregunta, ¡a mí! Si creo que el burguesito se refería con lo de la inmortalidad a ese rollo del alma y tal. Me encojo de hombros y comienzo a sospechar que los orgasmos de Sussette son fingidos. Niño Toro que si creo que es un rollo cristiano de esos de los espíritus y los fantasmas y eso. Le doy el último trago al whisky y me pregunto si será verdad lo que dice Sussette de que nadie la ha follado como yo, que soy un animal en la cama, una bestia… Suena sincera. Niño Toro me dice que él no cree que el burguesito se refiriera a eso del alma, que cree que es un científico o algo así  porque no tiene pinta de cura, además de que los curas viven en las iglesias y éste vivía como los burguesitos de pasta. Asiento como el que oye llover y me pregunto si Sussette dice en serio lo de que no importa el tamaño y que prefiere una pequeña como la mía y juguetona. ¿Juguetona? ¿Cómo cojones es una polla juguetona? Puede ser grande, pequeña, fina, gorda ¿pero juguetona…? ¿Eso qué es, que tienes el glande con forma de nariz de payaso? Niño Toro dice que él está bautizado y que a lo mejor tiene alma y no lo sabe. Doy un frenazo. ¡Hasta los huevos!

El coche se detiene en seco. Mis colegas, sobresaltos, me miran perplejos. Abro la puerta. Me bajo. No se puede hablar de tías y de fútbol, ¡no señor! Hay que flipar con la parida que ha soltado un burguesito. Vamos que con el próximo moñas terminaremos hablando de análisis bursátiles, del Dow Jones o de si hay que hacerse las inglés brasileñas para jugar en bolsa. ¡Hay que joderse! Abro el maletero de una hostia y le digo al tipo que tengo varias preguntas, que como no sea capaz de responder al menos a una le pego dos tiros aquí mismo. El aterrado burguesito no dice nada, así que le hago la primera, ¿por qué cojones me han salido pelos en las orejas a los cuarenta, qué función tienen y si es seguro que la Naturaleza es sabia? El burguesito no responde. Vamos mal. Segunda, ¿que si lo del secreto de la inmortalidad tiene que ver con el alma y el cristianismo y la madre que lo parió? El tipo niega con la cabeza. Bien. Y por último, ¿cómo cojones se sale de este barrio residencial de alto standing para gente de alta cualificación que sabe pelar los plátanos con tenedor?

Después de que el anonadado burguesito me indique la sucesión de izquierda, derecha, derecha, izquierda y otra vez izquierda hasta llegar a la plaza y luego todo recto, me meto en el coche y enciendo un cigarrillo, doy una calada y le digo al atónito Niño Toro, con tono reposado, que la inmortalidad no va del alma ni de rollos cristianos. Arranco.

Vale, retomemos el mensaje trascendental encerrado en el concepto de la moda. Suponemos que hay un grupo de drag queens elegidas desde su nacimiento, por su especial sensibilidad para con lo textil, que son encerradas en un bunker antimisiles y que desde allí deciden qué está de moda y qué no. Tuerzo a la izquierda. Vale. Lo acepto. Ya tenemos al grupo de locazas fashion pero, y ahora viene lo bueno, ¿cómo cojones se hace para convencer a seis mil millones de becerros de que el pantalón pitillo que llevan está out y que lo más cool es el pantalón campana que estaba demodé ayer? ¿Cómo? ¡Cómo! Tuerzo a la derecha. Niño Toro me informa de que el psicólogo del reformatorio decía que en la vida había que aprovechar las oportunidades, que siempre nos quejamos de no tener oportunidades y que lo mismo el burguesito es nuestra oportunidad. Tuerzo a la derecha. Vale, imaginemos que los seis millones de humanos borregos admiten la superioridad modistil del selecto grupo de estilistas sarasas y por tanto se someten a sus indicaciones y designios con la sumisión de la secta al líder, y se ponen lo que dicta el grupo de enteraos. Tuerzo a la izquierda. Vale, eso tiene mérito pero ahí no está la magia, lo grandioso no es eso, lo épico, lo sobrenatural, lo prodigioso, radica en lograr que esa manada de burguesitos se encuentren atractivos con la nueva prenda de moda, ya sea un saco, un taparrabos o un refajo que haga juego con un pubis teñido de rojo pasión, que se vean guapos, que no lo cuestionen, que lo luzcan ostentosos. Sí, eso resulta portentoso, y con todo no es ni de lejos la mitad de asombroso que conseguir que se vean horrorosos y ridículos con la prenda que llevaban el día anterior y que ahora está demodé. Eso es lo extraordinario, lo pasmoso, lo insólito, conseguir que la gente prefiera morir antes que ponerse la ropa que llevaban ayer, pero no por no estar a la moda, sino porque se ven grotescos. El pantalón pitillo con el que te veías estupenda ayer te resulta risible ponértelo ahora, pero ahora te ves genial con el de campana que no te habrías puesto ayer ni muerta. Ahí está la magia. Ese es el hechizo. No sólo conseguir que lo compres y te lo pongas, sino lograr que percibas lo bello o lo feo según el deseo de “ellos”, que tu apreciación, tu visión, se ajusten a sus dictados. La percepción de la realidad de millones de burguesitos residiendo en manos de un reducido y oculto grupo de enteraos, de listos, de genios manipuladores, que si lo hacen con la moda por qué no con el resto. Niño Toro dice que no cree que se pierda nada por preguntarle al burguesito y me mira de soslayo. Sonrío. Soy un pensador. Soy todo un filósofo cuando estoy drogado o borracho, es una pena que sobrio mi intelecto sea parejo al de un chimpancé cirrótico. Soy un tipo más bien cortito, desde luego nunca tan listo como un burguesito. Llego a la plaza y sigo recto. Niño Toro le pregunta a Johnny Dos Cruces si es partidario de preguntarle al burguesito, el yonki se encoje de hombros y me traslada la responsabilidad y la mirada inquisitiva del coloso rapado. Doy otro frenazo junto al pub. Salgo del coche y les dejo ahí.

El pub no es un garito al uso, entendiendo por uso nuestro uso, es decir, un sucio antro de paredes decoloradas y mesas roídas ocupado por un nutrido grupo de inquietantes parroquianos de mirada turbia que se solazan junto a unas descocadas señoritas envueltos en una cancerígena nebulosa rojiza. Este local es más bien uno de esos lujosos establecimientos, forrados de cuero y espejos, creados para que los exitosos ejecutivos se tomen una copa tras la oficina y antes de ir a sus confortables hogares. La cosa es que clavo los codos en la barra y le digo al tipo de pajarita del otro lado si sabe algo de moda. El barman me mira extrañado pero no responde, así que le pregunto si lo de llevar pajarita es por gusto o por una imposición clasista para mostrarle inferior frente a los clientes burguesitos. El impecable camarero parece no entender. Le pregunto si hoy saldría a la calle con hombreras y pantalón bombacho o preferiría operarse de fimosis con una cucharilla de café. El exquisito barman toma conciencia de mi estado etílico pero mantiene las formas porque hay más clientes pero especialmente porque parezco el portero del Infierno. Total que le pido un whisky para que no deje de ser mi amiguito y así me invite a su cumple. Mientras me lo sirve le pregunto si tiene una opinión formada sobre la posible superioridad racial de los burguesitos con respecto a los marginales analfabetos con antecedentes y larga lista de adicciones y traumas. El Barman se encoge de hombros y me pone unos cacahuetes, gesto que me emociona hasta tal punto que le cojo por los mofletes y le beso la boca. Nadie ha sido tan amable conmigo desde aquel compañero de celda llamado Buba, más simpaticón aquel negro nigeriano de ciento cuarenta quilos, y más mimosón. Aprovecho ese gesto de amistad sincera para confesarle que me encanta como visten los burguesitos a sus subordinados, eso de ponerle una ridícula pajarita al camarero y un chaleco rojo es total, ¿y qué me dice de lo de disfrazar a las criadas de pimpollos decimonónicos? Genial. ¿Y lo del chofer con gorra de plato? Buenísimo. Joder, ¿y lo de caracterizar de presentador de circo a los porteros de los hoteles? No me digas que no es bueno. Y es lo que yo digo, joder ya que eres clasista pues que se note, ¿no? El camarero asiente un poco azorado porque el resto de los burguesitos nos miran turbados quizá celosones por el beso en los morros, o quizá valorando las probabilidades que tienen de hacer ademán de llamar a la policía y que yo no les introduzca el móvil vía rectal. Total que me bebo el whisky de dos tragos y noto como Niño Toro y Johnny Dos Cruces hacen acto de presencia en el local colocándose en la barra junto a mí. Le digo al de la pajarita que me ponga otro whisky y mientras lo hace le solicito su opinión sobre la tucirrosis matrícula, turritopsis nutricula, corrige de inmediato el tocapelotas de Johnny. Como por su gesto el tipo no parece controlar latín, le solicito la opinión que le merece la inmortalidad, inmortalidad entendida en plan vampiro y eso, nada de lo de vivir eternamente en el Paraíso después de palmar. Nada, que si quieres arroz Catalina, el de la pajarita está seguro que va a ser atracado, forzado y desflorado por nuesas mercedes y parece preocupado únicamente de dejar claro, frente a los vigilantes burguesitos, que no está flirteando con nosotros. Acto seguido engullo el whisky de un trago, lo agito en los mofletes y me lo trago. Buenísimo esto para combatir el sarro y la gingivitis, me lo enseñó mi padre, es lo único útil que me enseñó junto con lo de que las ladillas no se combaten empapándote el vello púbico con brandy y prendiéndolo con el cigarrillo. ¡Un santo varón mi padre! Total, que me giro y camino hacia un grupo de expectantes trajeados que hay dos metros más allá. Una vez junto a ellos les indico si tendrían la amabilidad de indicarme si lo de burguesito va por oposición, por nacimiento o por designio del cabildo catedralicio, quiero decir, para que te den un traje como ese, unos estudios, un despacho y una secretaria tetona que se lo trague, hay que hacerse socio de algo, practicar alguna religión, jugar al golf quizá… Los sobrecogidos encorbatados no responden pero yo insisto porque soy muy sociable, porque tengo don de gentes pero especialmente porque llevo un pedal del siete. La cosa es que les comento que al entrar en el pub no he podido dejar de apreciar las diferencias craneales entre ellos y nosotros. Es visible a simple vista la desigual capacidad craneal, las fuertes arcadas supraorbitales, la frente huidiza, la ausencia de mentón, la cara ancha con pómulos altos y redondeados, y la mandíbula con ese característico diastema retromolar. Es evidente que no pertenecemos a la misma especie homo, y si ellos son sapiens sapiens nosotros somos… los otros, ¿cómo se llamaban los que se extinguieron? Neandertales, responde un retraído trajeado con gafas ante el gesto reprobatorio del resto. Eso, neandertales. Y señalo a mis dos colegas de la barra, que me miran expectantes, para indicarles que aquellos dos creen en la inmortalidad, uno de ellos porque lo ha dicho un burguesito y el otro por culpa de una medusa. ¿Se puede ser más subnormal? Total que les pregunto si creen posible que en mi barrio marginal, en el que hace un frío de cojones, haya sobrevivido aislada una colonia neandertal de la que procedemos nosotros. Esta vez nadie responde. Joder, qué tímidos son los putos homo sapiens burguensis y qué poca formación paleontológica poseen. Bueno, pues nada, que les comento si pueden invitarme a los dos güiscazos ahora que somos íntimos y ya si eso, un día que pasen por el gueto, pues les devuelvo el favor dejándoles que le disparen a alguien. Los tipos callan y el que calla otorga. Nos vamos.

Es al salir que la veo. Es una señorita de uniforme que toma nota sobre nuestro coche aparcado en doble fila. Lo hace hasta que percibe que hay tres jinetes del apocalipsis junto a ella, ahí levanta la vista y ve que el hermano feo de Satanás la está observando intrigado. La policía se sobresalta un poco pero como tiene placa, pistola y coche con sirena pues decide sobreponerse cortejándome. Total que para romper el hielo me pregunta si el coche es mío, si sé que está aparcado incorrectamente, si soy consciente de que el pantalón que llevo me hace un culito pimpollo para comérselo, esto último no lo dice con palabras pero se le nota en la mirada. La cosa es que le explico que el coche nos lo ha prestado mi abuelita nonagenaria para que le compremos un taca-taca rojo metalizado, con luces de neón, lunas tintadas y alerones con llamaradas pintadas, pero que como somos daltónicos hemos confundido el pub con una tienda de ortopedia, lo que unido al hecho de resultar originarios del peor agujero marginal de Occidente nos lleva a desconocer las normas básicas de la convivencia, las señales de tráfico, el concepto doble fila y el misterio de la Santísima Trinidad. La señora agente de la autoridad valora la posibilidad de pedirme los papeles del coche, el carné de conducir y una prueba de alcoholemia, pero como percibe la solidez de nuestros cívicos valores ciudadanos inculcados en reformatorios y cárceles, decide limitarse a entregarme un papelito también llamado multa. Quedo desolado cuando descubro que no ha escrito su teléfono en el reverso. ¿Es porque no recuerdo el aniversario, porque no levanto la tapa al mear, porque miro de reojo el fútbol durante el coito? ¡Puedo cambiar! ¡Puedo hacerlo! La cosa es que la poli dice que no soy yo que es ella, que necesita su espacio, encontrarse a sí misma, que nos demos un tiempo, total que se monta en el vehículo y me deja allí inconsolable. Lo único que me queda de ella es la multa, hay toda una filosofía en una multa.

Mientras nos montamos en el coche lo pienso, qué cosa curiosa los burguesitos y sus leyes. En el barrio, en el suburbio neandertal, si alguien te jode le das de hostias. Los burguesitos no, ellos te dan un papelito. ¡Qué civilizado! ¡Qué evolucionado! Y luego te mandan más papelitos a casa por correo llamados requerimientos, y luego más papelitos por burofax, y luego más papelitos llamados citaciones, les encantan los papelitos, y al final, después de mandarte docenas de papelitos te envían a un par de tipos con uniforme y esposas que te invitan a ir con ellos al juzgado, y si dices que no, te dan de hostias y te llevan. Supongo que la diferencia entre ellos y nosotros son los papelitos, supongo que la diferencia entre lo civilizado y lo salvaje, entre el ciudadano y el incívico, son un montón de papelitos, porque al final siempre están las hostias, el verdadero sostén de la humanidad. ¡Qué portentosa meditación neandertal!

Por supuesto a Niño Toro se la traen al pairo mis elucubraciones etílicas y decide interrumpirlas retomando su tema preferido, la inmortalidad. Quiere escuchar al burguesito, cree que los burguesitos son más listos que nosotros y que esta puede ser nuestra oportunidad para dejar de ser unos pringaos. ¿Perdón? ¿Pringaos? ¿Quién es un pringao? ¿Quién es el que está en el maletero? Vale, vale, hagámonos burguesitos, hipotequémonos treinta años por un adosado con cinco metros de jardín, casémonos con una semidesconocida maripuri enajenada y bendigamos la unión con tres o cuatro churumbeles hiperactivos, para alimentarlos busquemos un curro alienante de horario asfixiante donde un empresario avaro pueda sodomizarnos cuanto guste, separémonos de la maripuri para que se quede con la casa, los niños, el coche y todo nuestro sueldo como manutención, y finalmente, como acto de constricción, comprémonos un adorable caniche homosexual llamado Fufú que nos obligue a recoger sus deposiciones del suelo cuando cague. ¡No me jodas! De inmediato Niño Toro dice que esos no son burguesitos como el del maletero, que esos son gilipollas, pero que el del maletero es de los que pasan el día jugando al golf, tirándose putas de lujo y conduciendo cochazos. Enciendo un cigarrillo. No sé. No tengo claro lo del golf pero lo de las putas y los cochazos me molaría, eso sí, prefiero que de lujo sean los coches, las putas me dan igual normalitas, es que con el sexo me pasa como con la nouvelle cuisine, que no tengo paladar, vamos, que prefiero un voluminoso bocata de chóped que un exquisito bocado de caviar. Como en vez de pensarlo lo he dicho en voz alta sin darme cuenta, Niño Toro me replica que si fuéramos como el del maletero podríamos comernos las pelanduscas como los donuts, en paquetes de ocho. No sé. Ser inmortal y burguesito… Es que lo de ser burguesito no termino de verlo. ¿Tendría que decir señorita de moral distraída en vez de puta? Niño Toro niega con la cabeza. ¿Y tendría que beber el té con el meñique levantado? Niño Toro vuelve negar con la cabeza. ¿Y tendría que besar la mano de las meretrices al entrar en el puticlub? Niño Toro repite la negación. ¿Y podría atracar, extorsionar, traficar y golpear al menos los fines de semana, por la morriña digo? Niño Toro niega primeramente para de inmediato asentir con el cabezón. Joder, ¡cómo mola ser burguesito e inmortal!, supongo que si le pego dos tiros al que va en el maletero no le pasará nada, como es inmortal… Niño Toro se queda pensativo. Ahí interviene el científico de la vida marina, Johnny Dos Cruces, para recordarnos que la turritopsis nutricula es inmortal pero que si le pasas por encima con un tractor pues…. Dicha aseveración le sirve al sicario rapado de mi derecha para reprenderme por mi demagogia y populismo amén de mi falta de rigor expositivo y mi carencia de criterio teologal. Giro a la derecha. Inspiro. Acelero. Expiro. Yo es que me meo. A ver, suponiendo que el moñas del maletero nos diga cómo ser inmortales y que nos convirtamos, las posibilidades de no recibir un balazo, navajazo o golpe mortal en el gueto son ridículas, ¡si es un milagro que hayamos cumplido los cuarenta! Entonces Niño Toro le pregunta a Johnny cómo se dice la palabra esa para cuando flipas. ¿Desvariando? Pregunta Johnny. No la otra. ¿Divagando? Esa. Niño Toro me dice que estoy divagando y que deberíamos escuchar al burguesito. ¡Por Dios y por la Virgen, pero qué pesados son los neandertales de hoy en día! No me extraña que los sapiens sapiens los exterminaran.

Enciendo otro cigarro sin darme cuenta de que tengo uno encendido. Sintonizo a los Stooges en la radio. Noto cómo mi cerebro flota en una sopa viscosa de whisky. Le pido a Johnny que me pase el enésimo porro de maría que el tarado del asiento trasero se ha liado en lo que va de viaje. Le doy una calada tal que me devuelve de golpe junto a Peter Pan y Campanilla.

No es que yo niegue que el del maletero sea más listo que nosotros, porque seamos sinceros, entre los tres no juntamos coeficiente intelectual suficiente para competir con un orangután con demencia senil, pero es que lo de la inmortalidad suena a gilipollez incluso yendo drogado hasta las trancas. Pero claro, de lo contrario voy a tener que excavar otra tumba junto a la del burguesito para meter a Niño Toro, porque éste es capaz de estar recordándome lo de la inmortalidad hasta en el geriátrico. Doy un frenazo.

Está bien. Vamos a preguntarle al puto burguesito, pero que conste que somos retrasados mentales sólo por el hecho de plantearnos preguntarle una gilipollez así a un trozo de carne como esa. No importa lo que pase ahora, desde este instante y hasta que una sobredosis o un balazo nos lleve por delante, cargaremos con el vergonzoso recuerdo de que un día detuvimos un coche para preguntarle a un burguesito por el secreto de la inmortalidad. No importa lo que hagamos de aquí en adelante, llevaremos eso con nosotros, y eso amigos míos nos recordará que somos gilipollas, nos definirá por los restos como imbéciles crónicos. ¿De verdad queréis hacer esa pregunta al del maletero? Y mis dos colegas no tardan ni dos décimas de segundo en bajarse del coche y dejarme aquí con cara de canguro estreñido. ¡Capullos! Tengo menos poder de persuasión que unas bragas de esparto.

Abro la puerta y me bajo con gesto cansino. Me resisto a admitir que soy un neandertal. Me tambaleo un poco. Estamos en una calle de esas del extrarradio, de esas feas con comercios feos y gente fea, creo que lo llaman barrio obrero. Estamos en doble fila bajo las farolas. Mis dos colegas esperan junto al maletero, Niño Toro ansioso, Johnny risueño. Exhalo rendición y tras echarles una mirada reprobatoria abro el maletero. Me gustan las miradas reprobatorias, son como de clase, otorgan nivel.

El burguesito nos mira asustado, como corresponde a su condición, y se refugia en el maletero en claro gesto de que lo encuentra más confortable que una fosa de tierra junto a una senda cicloturista. Doy una calada y después otra, y otra. Me resisto a hacer la pregunta, tengo miedo que haya una cámara grabando y que lo cuelguen en internet. Total, que ante la mirada insistente de mi gigantesco colega, le pregunto al burguesito que cómo es eso de la inmortalidad. No lo pronuncio así, lo digo como insonoro, lo siseo entre dientes por si alguien lo está oyendo. Sin embargo el burguesito lo entiende porque se le iluminan los ojos y pregunta si a cambio lo dejaremos ir. Vale, que sí, respondo. El burguesito no parece muy convencido, por algún motivo no termina de confiar en un sórdido delincuente con culo pimpollo y gesto de disgusto, pero como no hay a la vista ningún notario, parece conformarse con que le jure que le dejaré ir sin daño alguno. Está bien, está bien, lo juro, pero como lo que diga sea una gilipollez, que lo será, lo voy a enterrar vivo, ¿hay trato? Y el burguesito con sus cojones acepta. Ahí ya me toca los huevos. ¡Será chulo el cabrón! Estos burguesitos con sus palos de golf y sus calzoncillos sin zurrapas se creen que los pobres neandertales creemos en los Reyes Magos y en el Ratoncito Pérez, exceptuando a Niño Toro lógicamente, y como diga algo de los ovnis, del triángulo de las Bermudas, de la Atlántida o de la chica de la curva, le reviento la cabeza contra el parachoques.

Total que se hace el silencio. Aquí estamos los tres, tíos adultos, con el culo pelao, de pie, en medio de una solitaria calle, esperando a que un moñas que está dentro de un maletero nos cuente el secreto de la inmortalidad. ¡Qué bochorno!

Y es ahí que el burguesito coge aire, se serena, carraspea, hace una pausa dramática, y comienza a largar con la misma naturalidad y espontaneidad que si estuviera en el canal de Teletienda. Mirando a cámara dice que el secreto de la inmortalidad es la descendencia. Nuestros hijos somos nosotros. Nuestra progenie es nuestro mismo ADN. Nosotros somos nuestros padres y nuestros hijos somos nosotros. Cualquier animal por simple que sea lo sabe. Sólo importa reproducirse, dejar descendientes, perpetuarte, después puedes morir tranquilamente. Una vez transmitido tu ADN tu hijo será una copia de ti sólo que no tendrá tus recuerdos ni tu aspecto físico, será como si tú hubieras sufrido amnesia y trasplantes por culpa de un accidente, sigues siendo tú aunque no recuerdes nada y no te reconozcas. Los animales lo saben, por eso, por lo único que sacrificarán la vida es por reproducirse y por defender a su prole, es decir a ellos mismos. La inmortalidad es la descendencia. Los cuerpos solo son envases reciclables. Somos ácido desoxirribonucleico que se transmite de un envase a otro. Sólo morimos cuando no nos reproducimos, ahí nos extinguimos.  

No sé cuánto tiempo pasa. No sé cuánto tiempo permanecemos de pie con cara de empanaos. Si me pinchan no sangro. Si en este momento se aparece la Virgen María para revelarnos el duodécimo secreto de Fátima ni la miro, es más, si junto a la Virgen aparece un coro de querubines en pelotas y empiezan a bailar flamenco, no les hago ni puto caso. ¡Qué hijo de puta el jodido burguesito! A que va a tener razón. Si es lo que yo siempre he dicho, por cosas como estas ellos están arriba y nosotros debajo. Ellos sapiens, nosotros neandertales. ¡Qué no era una gilipollez, qué es cierto que sabía el secreto de la inmortalidad!

Ahora mientras Niño Toro y Johnny ayudan al burguesito a salir del maletero, disimuladamente, cojo el móvil y llamo a Sussette para preguntarle cuándo ovula y si está dispuesta a dejar de trabajar nueve meses.

Ser humano

Lo observo. Juro que lo observo. Lo miro bien con mis ojos vidriosos y mis pupilas dilatadas. Me fijo en su cabeza, tronco y extremidades, en su posición erguida y en esa condición bípeda que deja libre las manos para la fabricación de artefactos. Me parece un homo sapiens, un ser racional, un individuo civilizado, un ciudadano, así que le pregunto por qué violó repetidas veces a su pequeño sobrino.

El homo sapiens no dice nada, no lo dice antes ni durante los golpes, no lo dice cuando brota la sangre, ni en medio de los estertores, no lo dice cuando la violencia animal lo satura todo ni cuando los alaridos paren silencio. El homo sapiens no responde a mi pregunta, se limita a quedar inerte con los ojos abiertos, muy abiertos. Se limita a dejar de inhalar con la boca repleta de incredulidad. Se limita a detener los latidos transmutándose en un deslavazado pelele. Quedo observándole, por si dice algo, pero el tiempo gotea formando charco sin que la explicación me salpique.

Y así comienzo a trotar.

Hay calles llenas de vaho, del humo denso y dañino de mi cigarro, llenas de charcos negros y de miradas curiosas, son las calles por las que yo correteo, aquellas en las que están los agujeros en los que duermo, las esquinas en las que orino y las basuras de las que me nutro. Son los callejones sin techo mi casa, las hogueras el cálido hogar y los cartones mi lecho. Son los yonquis los angelitos que cuidan las cuatro esquinitas de mi cama, y el ulular de las sirenas las nanas que me acunan. Son las putas el padrenuestro y la heroína el vaso de leche con galletas. Es la navaja el beso en la frente y la sobredosis el arropar de la madre devota.

Soy yo el que no se yergue, el que no oculta su vello, aquel que en vez de defecar caga, aquel que mea en lugar de orinar, el que se cubre de sudor en vez de perfume, el que no lima ni pinta sus ennegrecidas uñas, aquel que no unta de cremas sus manos encallecidas ni recorta sus greñas. El que mastica con la boca abierta y produce baba. El de los mocos y legañas, el del cerumen y la caspa. Soy yo el animal. Ellos lo dijeron y yo les creo.

Ahora jadeo entre luminosos escaparates que venden la felicidad al peso junto a pulcras papeleras donde arrojarla una vez consumida. Corro en medio de la noche olfateando gigantescos carteles publicitarios que indican al rebaño lo que ha de desear esta semana. Salto y me escurro entre seres sanos que me miran despectivos y se apartan para no infectarse. Soy yo el perro al que lanzar la patada o tirar la piedra. Soy yo el cánido esquivo que husmea el rastro, yo el que lo sigue, el que no cesa, el enfermo, el tarado que no ceja, soy yo el que la ve salir del trabajo.

La veo. Juro que la veo. La observo con mi gesto bovino y con la mueca del tardo. Veo su cráneo de gran capacidad, su forma globosa, la frente alta, la nariz estrecha, la existencia de mentón en la mandíbula. Me parece una homo sapiens, un ser racional, una individua civilizada, una ciudadana, así que le pregunto por qué abandonó en un contenedor de basura a su hijo recién nacido.

La homo sapiens no dice nada, no lo dice antes ni durante la paliza, no lo dice mientras las patadas la revientan, ni cuando las lágrimas y lamentos trazan vómitos rojizos en medio de la noche de lobos. La homo sapiens no responde a mi pregunta, se limita a desvencijarse con el horror tatuado sobre el dragón del hombro, a boquear antes de no necesitar oxígeno, a detener el párpado encogiendo un cuerpo que ahora sólo almacena órganos rotos. Quedo observándola, por si dice algo, pero el tiempo gotea formando charco sin que la explicación me salpique.

Y así comienzo a trotar.

Con la somnolencia etílica busco la alcantarilla progenitora, con esos pasos oscilantes que dibujan mis pezuñas y que denotan el rastro narcótico de la química en mi sangre. Es el baile del gueto, la dulce danza estupefaciente de la puesta de largo, el alcaloide fondo musical que acompaña a la noche de bodas, es la evasión, la condena a muerte que evita el suicido, es el ADN del erróneo, del defectuoso, del nacido imperfecto, del torcido en la cadena de montaje, del desechado tras el control de calidad. Soy yo la aberración. Ellos lo dijeron y yo les creo.

Soy yo el no higienizado, aquel que se cubre con ropajes demodé y colores mal combinados. Soy yo el que no usa cubiertos y eructa. Soy yo el que tose sin pedir perdón y vomita, el que escupe flemas y se pee. Yo el de los granos y calenturas, yo el de los puses y las costras, soy yo el que no tiñe sus canas ni blanquea sus dientes, el que no rasura sus sobacos ni depila sus ingles, yo el que sufre las diarreas y las almorranas. Soy yo el animal. Ellos lo dijeron y yo les creo.

Ahora troto, correteo entre las luces rojas y verdes que mueven o detienen cíclicamente a obedientes electores con D.N.I. Sorteo las innumerables señales y líneas pintadas que estabulan el devenir del rebaño de sumisos consumidores con número de seguridad social. Esquivo cajeros repletos de felicidad y usura con identificador y contraseña. Paso junto a locales con lista de espera y tarjeta de cliente, gasolineras con hojas de reclamaciones y precios pactados, agencias de viajes que te sacan y te llevan lejos, porque siempre todo es mejor lejos. Evito a transeúntes con número de teléfono, correo electrónico y firma digital que quieren perder de vista la degradación que represento. Y ahora entre caladas me mimetizo con la escondida esquina y me tiendo a esperar. Me lamo, me espulgo, me atuso las orejas y acurruco para engañar al frío, lo hago hasta que le veo llegar a casa.

Lo miro. Juro que lo miro. Lo miro con el rictus impávido del ofidio, con la insensibilidad del animal de sangre fría que soy. Miro su razonamiento abstracto, su uso de sistemas lingüísticos sofisticados, su capacidad de introspección y especulación, el gran desarrollo del lóbulo frontal de su cerebro. Me parece un homo sapiens, un ser racional, un individuo civilizado, un ciudadano, así que le pregunto por qué propinó tantas palizas a su pequeño hijastro.

El homo sapiens no dice nada, no lo dice durante los primeros puñetazos, ni durante los frenéticos cabezazos saturados de histeria que siguen, ni siquiera cuando llegan los rabiosos puntapiés y los feroces pisotones. No lo dice cuando la carne se abre y el hueso se quiebra, cuando la piel se rasga y el músculo aflora. No se forjan palabras en el furibundo alud de gruñidos atávicos y quejidos dolientes, sólo se percibe el vendaval de sonidos guturales que definen al ancestro salvaje renacido, la sanguinolenta visión de la naturaleza primaria desgajada de su cobertura epidérmica y expuesta en toda su original animalidad, la bestia irracional que se arrastra por el conducto uterino para bramar con la primera inhalación de oxígeno no líquido. El homo sapiens sucumbe y su flujo sanguíneo se detiene, no hay respuesta en sus inanimados labios ni en su extraviada mirada, sólo es un bulto ensangrentado, un resto orgánico más que tirar a la basura. Quedo observándole, por si dice algo, pero el tiempo gotea formando charco sin que la explicación me salpique.

Y así comienzo a trotar.

Con la tensión del que se sabe maldito aúllo mientras corro hacia mi sucio cubil, me apresuro por huir del higiénico mundo de farolas lumínicas que fingen que no hay noche. Me precipito por escaleras manchadas y callejones tiznados de hipocresía mientras un asustado Satanás me señala advirtiéndome que no me quiere a su lado. Recorro cuantos pasadizos encuentro salpicando de barro las promesas de justicia y redención validas sólo para los hechizados por dioses de amor. Jadeo mientras aligero el paso para no toparme con rostros políticamente correctos que mastican decencia pero escupen cinismo. Recupero el resuello junto a la iglesia en la que la limosna convierte al pobre en apreciada utilidad con la que limpiar la conciencia del rico. Escapo a la carrera hacia la cuna marginal donde fui defecado para mamar el nutriente ateísmo colmado de calostros sacrílegos que sustenta a los pecadores carentes de oro, incienso y mirra.

Soy yo la fealdad del que no depila su entrecejo, la monstruosidad del ser primitivo dotado de caninos que devora cadáveres para horror de los vegetarianos, yo el carroñero que sodomiza a la hembra y se solaza con la felación, yo el inicuo que produce semen y bilis en vez de ambrosía y néctar. Yo el dotado de la visión frontal del cazador y del instinto atávico de atacar. Soy yo el animal. Ellos lo dijeron y yo les creo.

Ahora brinco entre los estandarizados urbanitas que bajo la luz piden perdón, guardan cola y ceden el paso pero que en la oscuridad golpean a sus parejas, conducen borrachos y buscan en la red pornografía infantil. Deambulo entre socialistas que tienen criados y conservadores que entran en saunas gays, entre ateos que se casan por la Iglesia y creyentes que consultan videntes, entre el que abomina del aborto mientras defiende la pena de muerte, y el que critica la eutanasia pero sacrifica a su perro para que no sufra. Zigzagueo entre esterilizados votantes que defienden que la venganza no es justicia pero claman por ella cuando matan a uno de los suyos. Serpenteo entre pasteurizados consumidores que juran que la justicia es ciega pero contratan abogados caros. Sorteo liofilizados usuarios que aseguran que la pena rehabilita pero recelan de los ex presidiarios. Camino entre el rebaño de seres domesticados que dicen ser libres en sociedad pero a los que es necesario anular los instintos y mantener reprimidos con la continua amenaza del castigo. Son estos pululantes parroquianos en busca de su diaria dosis de placebo envasado al vacío a los que evito rozar. Y ahora quedo quieto olfateando una noche que habla de nihilismo, inmóvil esperando que las voces se acallen y el dolor cese, inerme hasta que lo veo acercarse al coche.

Lo contemplo. Juro que lo contemplo. Lo contemplo con el mohín del cánido irracional, del mamífero amoral indiferente a culpa o conciencia. Contemplo como tiene el foramen magnum desplazado, la columna vertebral con curvaturas, la pelvis ensanchada, el fémur inclinado hacia dentro y el pulgar no oponible. Me parece un homo sapiens, un ser racional, un individuo civilizado, un ciudadano, así que le pregunto por qué maltrató tantas veces a su pequeño hermanastro.

El homo sapiens no dice nada, no lo dice cuando el sorpresivo primer impacto lo tumba ni cuando los siguientes apagan su consciencia. El homo sapiens no responde, se limita a absorber la brutalidad histérica del que golpea, a dilatarse o encogerse carente de voluntad en manos de la bestialidad hecha cuerpo. Es aquí que sólo la jadeante resonancia de la rabia se escucha, el estallido embebido de furia que impone el atávico bulbo raquídeo sobre el evolucionado cerebro, forzando al salvaje lobo a aniquilar a la mascota perruna. Es el ritmo monocorde de la patada con el consiguiente eco ataviado de crujido, la cadencia de la agresión que se destila acorde a la arritmia del homicida, es la cada vez más espaciada embestida, remitiendo en fiereza conforme el agotamiento crece proporcional al charco de sangre. Quedo observándole, por si dice algo, pero el tiempo gotea formando charco sin que la explicación me salpique.

Y así comienzo a trotar.

Ahora, mientras marco con orina la esquina de mi territorio, me huelo, me husmeo por si la venganza hubiera borrado mis máculas, observo mi correoso pellejo por si el desquite cumplido hubiera eliminado las vergonzantes cicatrices, suprimido los estigmas y extirpado las taras, ya no noto el reconocible hedor del miedo infantil concentrado sobre mi piel lacerada. Doy una calada y exhalo un humo en el que creo ver diluidos pedazos de mi alma animal. Porque yo era un animal, ellos lo dijeron. No era yo un homo sapiens puesto que no violaba, no abandonaba, no golpeaba, no maltrataba. Ellos los homo sapiens, realizando actos de homo sapiens. Tardé en entenderlo, debía renunciar a mi animalidad para ser uno de ellos, para evolucionar, para civilizarme. Ahora ya he golpeado, torturado, asesinado. Ahora ya soy como ellos, ya soy un homo sapiens, un ser racional, un individuo civilizado, un ciudadano.

Y así comienzo a caminar…

Valor Pirata

Valor. El valor. Dícese de la cualidad del ánimo, que mueve a acometer resueltamente grandes empresas y a afrontar los peligros. Dícese de mí. Dícese del mar. Dícese de los piratas de cara tiznada y pies descalzos.

Era yo pequeño y valiente. Era yo un bravo guerrero de epidermis imberbe y piernas delgadas. Era yo un pirata de fingido parche en el ojo y camisa desabrochada. Era yo el temible capitán de un artillado galeón trucado en desvencijada barca de remos. Y mi océano, mi reino, mi mundo, era la cala que servía de fondeadero a los mortecinos botes allí varados en espera de su reparación o muerte. Así era yo cuando conocí el valor.

Fue aquella tarde ventosa de pueblo miserable tejido con redes salitrosas de escasez y dedos encallecidos tallados de penuria. Fue aquella tarde de escamas que siempre apestan y madrugadas de agua fría que doblan a los hombres y apergaminan a las mujeres. Fue aquella tarde, aquella maldita tarde, de bocas desdentadas y resignación impresa en estampitas luctuosas y medallones supersticiosos. Fue aquella tarde que vi el valor.

Cuando no hay nada lo poco es todo. Nuestro todo, el todo, era ese fondeadero de barcas quebradas, de maderas despintadas, de óxido omnipresente.

Había un puerto, el puerto grande, con sus barcos de pesca y sus amarras, con sus motores y sus redes amontonadas, con sus neumáticos colgando y sus mástiles oscilantes, pero era ese el mundo de los mayores, un mundo ajeno. Nuestro mundo, nuestro todo, era la pequeña cala donde agonizaban junto a sus temblorosas boyas las pequeñas barquillas a remo ya jubiladas, o usadas de tarde en tarde por algún viejo para tender una línea de redes cerca de la costa, o para acceder a un barco de mayor calado. Aquella pequeña flota de restos flotantes lo suficientemente improductivos como para no merecer pagar un amarre por ellos, pero insuficientemente deteriorados como para retirarlos de la mar, era nuestra armada real, la escuadra que se enfrentaba todas las tardes de pan con aceite al navío pirata.

Eran tiempos de grandes batallas. Eran aquellos crepúsculos instantes de épicos combates, de feroces contiendas e intrépidas incursiones bucaneras. Eran ocasos de pólvora y roídas banderas piratas toscamente dibujadas, de cañonazos emitidos con la boca y espadas de madera. Eran gritos y sal, ejércitos conformados por cuatro críos de rodillas heridas que resultaban masacrados tarde tras tarde. A veces, el barco pirata era hundido y sus malandrines tripulantes ejecutados en la horca tras pomposa sentencia, a veces la razzia tenía éxito y los corsarios pasaban a cuchillo a los marineros o los hacían saltar desde el tablón de estribor, a veces el alcoholizado padre de Mario se pasaba con la paliza y nos faltaba uno.

Si éramos impares no jugábamos por la desigualdad de los bandos. Cuando esas batallas, tras el aburrido colegio diurno y el anodino almuerzo, son tu vida recuerdas con nitidez cada día que no pudiste jugar. Mario faltó en veintidós ocasiones. Veintidós batallas que no pudieron celebrarse.

Éramos nosotros, a pesar de nuestra bisoñez, perfectos conocedores del significado de términos como valor o cobardía. El celuloide mostraba a aquel capitán de recargado sombrero, afilado bigotillo y acento franchute afrontar con gallardía la triste suerte de caminar por el tablón empujado por las espadas de los filibusteros, eso era valor, como lo era que aquel bizarro corsario sufriera impertérrito los latigazos tras osar enfrentarse a su maléfico capitán por defender la honra de la dama cautiva.

La cobardía la personificaba el obeso virrey de exuberante peluca blanca que no dudaba en escudarse tras la heroína en el combate a espada, o recaía en aquel enjuto pirata de pañuelo rojizo que vendía a sus compañeros a la armada inglesa por una bolsa de doblones de oro.

Era fácil. Valor. Cobardía. Tan sencillo como el hecho de que esas dos acepciones estaban ausentes en los tiempos que nos tocaba vivir, en nuestro presente, en aquel presente. Frente a nuestras infantes pupilas resultaba imposible detectarlas en la grisácea cotidianidad que todo lo empapaba. Los curtidos hombres iguales que parten de madrugada para regresar a la lonja por la mañana con la pesca del día, las enlutadas mujeres clónicas que hacen la comida y zurcen las redes, los viejos que se encojen bajo el sol mimetizados con el tabaco de liar, la taberna, los chatos, la partida, la plaza, los cotilleos, lo gris. No había estilizados personajes con llamativos perifollos que se atusaran el bigotillo mientras arrastraban la erre con ese amanerado acento francés, por tanto no había valentía. No había toscos individuos barbados que caminaran sobre una pata de palo al tiempo que sobre su hombro se sostenía un llamativo loro parlante, por tanto no había cobardía.

Tirar de la red con los dedos heridos, caer al agua fría en noche de lobos, tensar el espinazo madrugada tras madrugada desde la pubertad hasta la vejez, pescar el pez que te sustentará el tiempo justo hasta poder pescar el siguiente, aquello no era valentía.

Parir hijos sin que el concepto asistencia médica esté presente. Hacerlo constantemente desde la pubertad hasta la menopausia. Ayudar a tu hombre mientras crías sus vástagos y sostienes su casa, aquello no era valentía.

Fue aquella tarde sin embargo que encaramos la valentía por vez primera, no una valentía cinematográfica, sino la real, esa con cara de perro y aliento fétido, esa de piel áspera que con el roce te hace sangrar, una valentía saturada de miedo sin acento francés.

 Por algún motivo, o sin motivo aparente, como otras veces, alguien dijo de ir con la barca a las islas que la bajamar dejaba fuera de la protección de la cala, allí donde un brazo de mar penetraba en tierra descubriendo en su nacimiento una serie de prominencias de erosionada roca a cuyos costados se aferraban algas y mariscos. Resultaba aquel escenario la mejor copia a escala del Caribe y su isla Tortuga.

Al instante cuatro muchachos remaban por turnos sobre el viejo bote confiscado. Quizá era tarde para encarar el juego, quizá en breve se metería la puesta de sol, quizá la pubertad lampiña debió reflexionar, pero resulta difícil cuando eres un temerario bucanero rodeado de feroces piratas.

El remar descompensado, el continuo salpicar, las órdenes y contraórdenes, nos llevaron hasta los negruzcos arrecifes batidos de continuo por el oleaje calmo. Era aquella una zona de playa somera y salvaje, una zona alejada a la que ningún lugareño acudía y de la que sólo algún excéntrico turista gustaba. Era la zona de gaviotas rapiñadoras al caer la tarde y de cielos enormes y planos. Era el Caribe y nosotros la flota que persigue al bergantín pirata.

Pronto empezó la batalla, con sus órdenes para soltar amarres y velamen, para inclinarse todo a estribor, para preparar el abordaje. Pronto los capitanes ordenaban el disparo de los cañones del fuerte. Pronto la flota pirata desembarcaba cuchillos en boca y espadas en mano. Las bolas de algas secas prensadas que el mar devolvía de continuo a la playa, eran los proyectiles que la soldadesca uniformada, al mando del virrey, disparaba contra la chusma pirata. Incontables los impactos en cara y cuerpo, las risas y los piques. Incontables las estocadas con las cañas tornadas espadas, las roturas y sus inmediatas recomposiciones. Incontables las carreras y saltos, los mandobles, las caídas y treguas para perseguir a tal o cual cangrejo…

Era frecuente con la bajamar que en los charcos formados en su erosionada superficie quedaran peces atrapados a los que, piratas y soldados, daban caza conjunta con preferencia sobre los cangrejos a los que tampoco se desdeñaba. Quizá fue este el error.

No nos dimos cuenta. No fuimos conscientes. Es lo que tiene la batalla, la guerra, el fragor del combate. Fue Mario el que lo apreció, de los cuatro era el único que siempre percibía ese tipo de cosas. El viento había aumentado su intensidad y las olas acometían el peñasco con mayor virulencia, pero no sólo era eso, la pleamar estaba allí, la superficie de nuestra minúscula isla había menguado considerablemente desde que desembarcamos. El bote que fuera amarrado a roca seca, ahora flotaba y se agitaba a punto de soltarse. En ese momento, al elevar la vista tras el aviso de mi amigo sólo sentí susto, el miedo, el pavor, vendría después.

Cuando los piratas vieron bambolearse su embarcación tornaron en niños, en críos desasistidos y asustados, en un instante, en un breve fulgor, en un chasquido, los arrogantes y valerosos bucaneros se transformaron en estremecidos infantes. Si la barca se soltaba, si no conseguíamos montar, quedaríamos en la roca y la marea subiría hasta cubrirla, a ella y a nosotros. Esa reflexión no había que articularla, no era necesario pronunciarla, cruzó al mismo tiempo por cada una de nuestras tiernas mentes con la velocidad de la electrocución. No podríamos nadar entre el oleaje, cubría y las olas nos golpearían contra los islotes. Estábamos cerca de la playa, muy cerca, al lado, y sin embargo la rompiente nos revolcaría contra los laberínticos salientes despedazándonos. Estábamos solos, en la nada. Fue entonces que surgió la carrera, al unísono.

Es la cortante y deforme superficie de roca que hiere las plantas descalzas de los pies, es el no sentirlo, detenerse es quedarse, perecer. No piensas en morir, morir no es lo peor, el castigo paterno te horroriza más. La única visión que tu cerebro es capaz de reproducir es el rostro encendido de tu progenitor y el lagrimoso llanto de tu madre. La muerte por ahogamiento resulta infinitamente más atractiva.

Fui el primero en alcanzar el bote. No recuerdo sensación más placentera que sentir en mis falanges el contacto de la deteriorada madera. Sujetar aquella barca entre las olas y saltar dentro fue el acto de mayor gozo que he experimentado en mi vida, la mayor dicha, el instante supremo donde juegas la partida existencial con el órdago de la vida y vas… y ganas.

No sé quién subió a la embarcación en segundo lugar pero tengo claro que el escuálido de Mario fue el último, poco después el cabo se soltó y la barca comenzó a agitarse a merced del oleaje. De pronto, sin saber cómo, lo que fuera galeón se tornó débil barcucha, lo que hace breves instantes era un orgulloso buque de guerra salpicado de cañones se había tornado frágil barquichuela, la que fuera orgullosa carabela ahora no era sino un endeble conjunto de maderas despintadas.

Por instinto, nos tiramos sobre los remos. Bajo presión, aterrado, con las olas batiendo, descubres que el peso de algo tan cotidiano como un remo de madera es enorme y que su manejo es complicadísimo. Miguel y yo logramos colocar el nuestro pero con la tensión y el movimiento Mario y Vicente no fueron capaces y el suyo cayó al mar. Era el fin. Con un solo remo no se puede hacer sino girar. Intentar recuperarlo era misión imposible. Ahí quedamos quietos, cuando vimos que el remo se precipitaba sobre los escollos y se estrellaba contra ellos, quedamos paralizados. Resulta ridículo lo fácil que se traspasa la capa del celuloide y te estampas contra la demacrada realidad. Lo imposible, lo irreal, te está encarando y muestra los dientes, tú le dices que sólo eres un niño, un indefenso chiquillo, pero lo inverosímil dice que eres pirata e ignora tus súplicas. Y así la barca se aleja, se aleja de la rompiente, de la roca, y piensas que eso está bien, salvo por una cosa, la resaca te lleva mar adentro…

El pavor no tiene lugar, no puede impregnarte porque estás tan saturado de espanto, de pánico, de horror, que no tiene cabida, no hay sitio para él, no puedes sentirte peor lo que te sientes. Te alejas de la costa, hacia la oscuridad. No hay mayor estrés que el de la niñez, es el que te marca, dibuja tu carácter y sus cicatrices te acompañan siempre. No hay mayor dolor que el de la infancia, no se olvida, te dices que lo has enterrado bajo adultas paletadas de madurez, te mientes, es el miedo primigenio, aquel que arañó por vez primera tus inmaculados órganos, aquel que dibujó sobre tu virginal personalidad los surcos indelebles que aún supuran. En aquella barca, en aquel instante, los cuatro fuimos marcados.

Había que saltar. Flotar significaba ser engullido por la oscuridad, nadie sabía que estábamos allí, tardarían una eternidad en unir cabos, en venir por nosotros, quizá ni nos encontraran. Había que saltar. Lo dije yo. No fue todo lógica, fue miedo, quería huir de allí, aunque fuera arriesgado, era la desesperación. Estábamos lejos de las rocas sólo había que nadar contra la resaca y alcanzar la playa. Fácil. Pero éramos pequeños, se necesitaba fuerza para aprovechar el impulso de la ola y combatir el retroceso. La respuesta no fue sonora, sólo los ojos que miden la distancia con la playa y valoran sus fuerzas. Cada segundo de espera eran centímetros de nado. Y yo salté.

Al hundirme en el agua era tal el miedo, el pánico, que aunque un tiburón hubiera tirado de mí hacia el fondo, yo habría flotado. El instinto de supervivencia se activa y controla un organismo bloqueado. De pronto tu bulbo raquídeo, ese cerebro primario y atrofiado, vestigio de cuando no eras sino un primate carroñero, toma el mando y te convierte en un animal, una bestia que lucha por lo más básico, sobrevivir, un ser que multiplica su fuerza y anula el dolor, es el estrés, un chute de adrenalina que si no te mata genera tal frenesí que braceas desesperadamente.

No escuché el impacto contra el agua de los restantes cuerpos, o quizá sí, no importó, sólo era agua, todo era agua, agua en los ojos, en la boca, en la garganta.

No sé lo que duró la travesía, años, lustros, a veces el tiempo se detenía y mis brazos surgían lentamente hasta hundirse en el líquido salado, una y otra vez, sin avanzar, toda una inacabable coreografía de angustiados buches de agua y agónicas bocanadas de aire. Y al final… la playa.

Nada como sentir la solidez bajo tus pies, nada como la gravidez, nada como el desplomarse. Y tras recuperar la respiración ver como otros dos cuerpos se arrastran junto a ti, Miguel, Vicente… ¿y Mario?

Mario permanece sobre la barca, alejándose, observándonos aferrado a la madera. Tras toser, tras escupir agua salada te incorporas y le instas a saltar. ¡Salta! ¡Salta! ¡Salta! Somos tres bocas gritando, agitando los brazos. ¡Salta! ¡Salta! ¡Salta! Un solo nombre, ¡Mario! Una sola conjugación verbal, ¡salta!

Pero Mario no saltó.

El valor, la falta de valor, la cobardía. Pensé en todo eso mientras empapados corríamos, en medio del crepúsculo, por la playa en dirección al pueblo para avisar, creo que lo vocalicé, lo pronuncié, le llamé cobarde, y mis jadeantes hermanos piratas asintieron. Nosotros habíamos saltado, habíamos encarado el peligro, éramos dignos de formar parte del celuloide con sus duelos a espada, no así Mario, su cobardía nos distinguía, nos elevaba, creo que de algún modo, de algún vergonzante modo, agradecí que no hubiera saltado para así poder diferenciarme, y cuando digo distinto, digo mejor. Después el caos.

Lo que se montó fue inimaginable. La travesura con tintes de tragedia transmutó en carreras y rostros desencajados, en suspiros y prisas, en gritos y agitación. Y nuestras bocas que repitiendo una y otra vez lo ocurrido. No sólo es avisar a los hombres, es salir con los barcos, es perder la noche de pesca. El desastre. Sólo cuando vimos aquello comprendimos que era mejor para Mario no ser encontrado y perecer, de lo contrario su padre lo mataría. Nadie dijo nada, pero por lo más sagrado que estoy seguro de que los tres lo pensamos.

Nadie durmió aquella noche. Curiosamente no hubo zurra, creo que porque su intensidad estaba supeditada a que apareciera el perdido, o quizá porque mis padres no dejaban de pensar que podría ser yo el que estuviera a la deriva en medio del mar, eso me salvó de la zapatilla, mi amigo me salvó, su cobardía me salvó.

Mario fue encontrado a las tres de la mañana con síntomas de hipotermia, aunque mamá dijo “aterido de frío”. Y ya no fue lo mismo, nunca volvió a ser lo mismo.

Tardamos en verlo, tardamos mucho en volver a verlo, y cuando lo conseguimos nos rehuía. No hubo más razias piratas en aquellas costas, no sonaron más cañonazos desde el fuerte, no se produjeron más combates a espada en aquellas playas. Algo se desveló en aquella tarde, algo quedó al descubierto con aquel incidente, supongo que la cobardía. Los ojos de Mario, de nuestro amigo, del niño que era, mostraban la vergüenza de no poder encarnar con credibilidad a un valeroso pirata. No tenía sentido personificar a un bravo capitán de pomposos ademanes cuando has sido el único que no ha saltado, no cabe que representes a un intrépido corsario de acento francés cuando no saltaste, no ha lugar que encarnes al audaz bucanero si no has saltado, no puedes ser un pirata sin valor, y si no eres un pirata no eres nada. Supongo que Mario pensó eso y el resto estuvimos de acuerdo.

Ahora, aquí, con muchos más años uno permanece sentado en la playa solitaria, convertida en parque natural, frente a los mismos salientes rocosos sobre los que se celebró la última gran batalla allá hace mil años. Fumo y bebo cerveza de lata junto a Miguel y Vicente. Nos juntamos y bebemos este día concreto del año, sólo hoy, venimos hasta aquí estemos donde estemos, estemos con quien estemos, siempre. Permanecemos en silencio recordando la tarde en la que conocimos el significado del término cobardía. Hoy, ahora, hay algo que deseamos decirle a nuestro amigo, aquel que no saltó de la barca. Miguel, el pirata valiente, le dice a Mario que trabaja amargado en la empresa de su suegro porque no tiene valor para buscar otra cosa. Vicente, el pirata valiente, le dice a Mario que es homosexual y vive reprimido porque no tiene valor para reconocerlo. Yo, el pirata valiente, le digo a Mario que no quiero a mi mujer pero que aguanto porque no tengo valor para quedarme solo.

 Venimos porque los tres marchamos a la universidad y Mario se metió en la pesca, venimos porque una noche de temporal un portugués cayó al agua y Mario se lanzó por él ahogándose, venimos porque descubrimos que nuestro amigo no sabía nadar…

Cobardía. La cobardía. Dícese de la falta de ánimo y valor. Dícese de mí. Dícese del mar. Dícese de los piratas de cara tiznada y pies descalzos.

El pecador

Y sucedió que en un momento dado Vicente se cagó en Dios.

No fue mientras se afeitaba, ni mientras se recortaba los pelos de la nariz, no fue al peinarse la raya ni con el tercer sorbo de café, fue al untar de mantequilla la tostada y ver como ésta se partía y caía al suelo pringándolo todo. Ahí fue. En ese momento preciso en el que el sol sale para anunciar un nuevo día con la rotura de una tostada, que   Vicente decidió romper con Dios.

            Hasta ese instante Vicente había sido un honrado ciudadano, un escrupuloso cumplidor de las leyes de los hombres, un temeroso hijo de Dios, uno de esos seres a los que los demás denominan buenas personas, pero aquella mañana, y para su propia sorpresa, se cagó en Dios.

            Era Vicente un tipo que siempre fue a misa, que siempre comulgó, que rezó y obedeció los mandatos divinos por boca de sus representantes en la tierra. Era Vicente un creyente fiel, un fervoroso practicante y un devoto católico que daba limosna y cumplía fielmente los diez mandamientos, pero que llegada esa mañana decidió cagarse en Dios.

Vicente nunca culpó a Dios de esa infancia regordeta y torpona que tantas humillaciones le valió para con el resto de los chiquillos. Nunca censuró al Señor por la juventud poco agraciada y la alopecia  prematura que le supuso el desprecio de las chicas. Jamás reprochó al Altísimo la madurez poco afortunada a la hora de seleccionar estudios y trabajos. No, nunca  le reprochó nada que estuviera relacionado con su ADN, es decir, con aquello con lo que cargas de fábrica y sobre lo que no tienes control ni culpa, nunca lo hizo, simplemente pensó que habría un motivo, de manera que lo masticó y se lo tragó. Hasta que llegada la citada mañana, lo vomitó.

Es posible, aunque Vicente no llegó a analizarlo, que la blasfemia matutina tuviera que ver con el hecho de que, recientemente, hubiera tenido conocimiento de que su mujer venía follándose al vecino del tercero desde hacía eones, o puede que fuera por la reacción de ésta al saber que lo sabía, supongo que decidir golpearse con el quicio de la puerta del baño y acusarte de agresión para quedarse con la casa, la hija y la pensión, desquicia a cualquiera. Luego estaba la maniobra de la empresa para despedirle sin pagarle finiquito, es feo que, tras diez años de echar miles de horas extra no remuneradas, te destinen a la India sabiendo que preferirás dejar el trabajo y quedarte sin paro. También había que contar lo de la muerte de la madre, eso y el pequeño detalle de que, justo antes de palmar, la vieja le vendiera el piso materno al manipulador de su hermano por un tercio de su valor real. Luego estaba lo del robo y posterior incendio del coche por parte de los yonquis aquellos, lo de la citación de Hacienda, y esa historia de la compañía eléctrica de cortarle la luz por impago tras no sé qué confusión con su referencia de contador. Y todo esto en menos de seis meses. Uno, por muy creyente que sea, puede llegar a plantearse si Dios se está cachondeando de ti.

Lo que diferencia a un creyente de un ateo es básicamente que el primero atribuye a Dios todas las cosas buenas que le pasa y le exime de las malas, eso y que, lógicamente, no para de pedir favores a su omnipresente amigo invisible. Vicente podía tolerar que no hubiese demasiadas cosas buenas en su vida, podía achacarlo al ADN, a su falta de autoestima, a sus limitadas entendederas. Podía asumirlo, lo había hecho desde pequeño, era algo que podía digerir. Podía exculpar a Dios de las cosas malas que le ocurrían, aunque éstas fueran frecuentes, incluso excesivamente frecuentes, sospechosamente frecuentes. Incluso podía pasar sin pedir ayuda a su Creador, nada de favores, nada de milagros o intervenciones divinas o mediaciones mágicas. Bien, podía asumirlo, podía vivir con ello, podía pensar en que todo le sería multiplicado en el Cielo, en que era puesto a prueba por el Señor, en que algún plan inteligible se estaba tejiendo y en algún momento sería recompensado. Pero lo de la tostada… ¡lo de la tostada…! eso superaba el límite de lo humanamente resistible. ¡Dios se estaba partiendo el culo allí arriba! Le había escogido a él y había apostado con todos los putos ángeles, arcángeles y querubines cuánto podía aguantar aquel pringado de allí abajo. Sí, incluso se podían oír sus carcajadas cuando la tostada cayó. Todo el puto Reino celestial mofándose de él. Mofándose hasta que Vicente se cagó en Dios, entonces dejaron de escucharse las risotadas.

Aquel día de ruptura, que no de pérdida de fe, puesto que Vicente jamás dejó de creer en el Altísimo, simplemente asumió que Jehová le tenía ojeriza, pues ese día, Vicente se planteó contraatacar e insultar al Señor, ¿cómo? Siendo el mayor de los pecadores, ¿cómo? Cometiendo los siete pecados capitales en un día. Y lo pensó él solito.

Y así, mientras daba de comer a las palomas en el parque con el nerviosismo del que está a punto de perder la virginidad, Vicente enumeró mentalmente los siete pecados: soberbia, avaricia, lujuria, ira, gula, envidia y pereza. Y en ese momento, en ese preciso instante, fue consciente de algo que jamás hubiera podido sospechar, algo que nunca se había planteado hasta ahora, ¡pecar era algo dificilísimo!

Nunca pensó Vicente que pecar fuera tan complicado. Ofender al Señor puede parecer sencillo y quizá lo sea si únicamente piensas practicar uno o dos de los pecados capitales, pero no es tan fácil si deseas efectuarlos todos en veinticuatro horas. Había pecados con los que se sentía capaz, la gula, la pereza, quizá la envidia, pero la lujuria y la ira, ¿cómo iba a consumarlos? Él, bueno, no es que no le gustara el sexo pero… digamos que… no era un virtuoso, es decir que la lujuria le era tan desconocida como la menstruación. Y luego estaba lo de la ira, era un poco embarazoso la verdad, le resultaba difícil enfadarse, por mucho que le putearan le resultaba imposible, desde pequeño, era de suponer que era un cagueta, una nenaza, uno de esos seres llorones incapaces de generar cólera. Y tampoco estaba muy seguro con respecto a lo de la avaricia y la soberbia. No, no las tenía todas consigo. Quizá entrenando, proponiéndoselo a largo plazo, estableciendo un plan de trabajo, a la larga… quizá en veinte o treinta años pudiera ser un pecador aceptable. Pero esa no era la historia, la clave estaba en hacerlo en veinticuatro horas, se trataba de abofetear a Dios ahora que estaba pendiente de él y así ganarse su respeto, convencerlo de que no era un mierda con el que juguetear, hacerle perder la apuesta celestial fuera cual fuera, demostrarle que si no dejaba de putear, hasta el cordero más dócil podía revelarse. Sí, Vicente estaba seguro que, tras convertirse en el pecador total, en el recordman de los pecadores, Dios le haría una oferta y podría volver al cubil con una vida tolerable. Así pensaba Vicente. Y así me lo contó.

Sí, yo entré a formar parte del maravilloso plan Pecados Exprés S. L. gracias a mi condición de…, como diría, capullo. Vicente no lo dijo así, creo que me llamó profesional en la materia, dijo algo como que yo era lo más cercano a un “perito del pecado” que conocía, dado que, en sus círculos catoliquísimos, este tipo de aficiones no se practicaban, y si se practicaban no se comentaban, le resultaba difícil saber a quién recurrir.

Yo era el tipo que sacaba los cubos de basura en la Comunidad, quizá fueron mis tatuajes, las patillas, que fumara cosas raras, que a veces apestase a alcohol, no sé, o quizá lo que se decía, que si me había follado a una rumana en el cuarto de los cubos, que si me habían encontrado dormido en las escaleras, que si me vieron sacar doce plantas de maría de dentro de los cubos. Leyendas urbanas. La cosa es que, por lo visto, ese tipo de chismes unidos a un aspecto opuesto al de las juventudes del partido conservador, habían llevado a pensar a Vicente que yo era un tipo cualificado para ayudarle en su estúpido cometido. Inicialmente me pareció una gilipollez. Cuando lo repitió por tercera vez me siguió pareciendo una gilipollez. Tras la cuarta copa en su saloncito Ikea presidido por el póster del Papa continuó pareciéndome una gilipollez. Cuando dijo que habría dos mil euros para mí me pareció una gran idea.

Vicente era un tipo con tanto potencial para pecar como una bombona de butano. Era una mezcla entre curilla pederasta y friki pajillero vestido con ropa de padre desfasado. Era uno de esos tipos a los que apetece pegar, uno de esos que no sabes porqué pero, si no te vieran y si no fuera políticamente incorrecto, te encantaría soltarle una hostia. Vicente representaba ese tipo de personaje con el que jamás dejarías a tu sobrino de cinco años a solas ni dos minutos. Ese tipo de ser de manitas blanquecinas y sudorosas que sabes que tiene el interior del armario empapelado con fotos de una actriz a la que ha recortado los ojos. Ese que roba ropa interior de octogenarias de los tendederos. Ese que hace la compra con pinzas de la ropa en los pezones y una brida estrangulándole el escroto. Por más que lo miraba no podía dejar de imaginármelo vestido con la ropa de su hermana y pagando por chuparle el pie a una dominatrix. Vicente no sostenía la mirada, tartamudeaba, daba la mano flácidamente, se sentaba juntando las rodillas y se le formaba una babilla blanquecina en la comisura de los labios. Cuando me contó la teoría conspiranoica sobre la ojeriza de Dios, lo que me extrañó fue que su dios no quedara con el Buda ese y el Alá para emborracharse y darle una paliza entre los tres. Hubo un momento en que pensé en cambiar la remuneración de mi trabajo, en vez de los dos mil me dejaría inflarle a patadas, pero desistí en la seguridad de que el cabrón disfrutaría y claro eso le quitaría gracia al asunto.

Frente a unas cervezas y tras hacernos íntimos, lo primero que hice fue pedirle que me enumerara los siete pecados capitales esos, y una vez que lo hizo, me parecieron una mariconada. ¿La gula es un pecado? ¡Por Dios! ¿Los obesos son pecadores? ¿Pero de qué época son los pecados estos? Vicente respondió que son los vicios mencionados en las primeras enseñanzas del cristianismo para educar a sus seguidores acerca de la moral cristiana. Pues vale. Me parecía curioso que fuese pecado hincharse de pizza y que no lo fuera matar al pizzero. ¡Qué raritos son los cristianos estos!

Todo estaba más o menos claro salvo una cosa, ¿qué coño era la soberbia? Vicente respondió que se trataba de una sobrevaloración del Yo respecto de otros por superar, alcanzar o superponerse a un obstáculo, situación o bien en alcanzar un estatus elevado y despreciar al contexto. Como vio que mi cara de bóvido permanecía inmutable en una demostración de ignorancia supina, añadió que era como el orgullo. Ah, vale.

Inicialmente pensé que estos iban a ser los dos mil euros más fáciles de ganar de mi crapulosa vida hasta que me fijé detenidamente en el nervioso Vicente, sonreía histéricamente y parecía que se fuera a hacer pipí en cualquier momento, en ese instante me asaltó la duda.

En fin, lo primero iba a ser ponerse de pizza y donuts hasta el culo, y mañana igual, todo el día, y después de estar lleno, más donuts. Con eso solucionado lo de la gula. Vicente asintió con el gesto del disminuido psíquico que tras esperar dos horas está a punto de montar en la noria.

Lo segundo la pereza, nada de madrugar, todo el día tirado, levantarse a las tantas, comer los donuts en la cama, de la cama al sofá, del sofá a la cama, ¿ok? Okey, respondió un agitado Vicente haciendo un gesto con la mano que se suponía enrollado pero que se asemejó más a la convulsión post morten de un epiléptico.

Tras las fáciles íbamos con las complicadas, la envidia. Preguntado Vicente si envidiaba a alguien, el susodicho replicó que no puesto que la envidia era un pecado. Inquirido el referido de que de eso se trataba y de que no estaba precisamente ante su confesor apostólico, el susodicho piensa durante unos segundos y termina encogiéndose de hombros. Preguntado si envidia al Papa, responde que siente admiración hacía él. Preguntado si envidia a Santa Teresa de Calcuta, responde que siente admiración por ella. Preguntado si envidia a Gandhi, responde que siente admiración por él. El interrogador resopla, se bebe la cerveza de golpe, y pregunta si envidia a John Holmes alias “35 centímetros”, el susodicho responde no conocer al señor John por lo que el interrogador indica que se trata de un actor porno que hizo el amor con catorce mil mujeres y que tenía un miembro de treinta y cinco centímetros en erección, el susodicho no sabe qué responder y parece asustado. La cosa se complica. 

            Estábamos en el tercer pecado y ya estábamos estancados, esto no iba a ser fácil, así que decidí saltarme la envidia e ir a por lo de la avaricia. Vicente dijo que nunca le había importado mucho el dinero, cosa por la que estuve a punto de abofetearle, que si él no necesitaba mucho, que si se conformaba con poco, que si se ajustaba a un sueldo normal. Me quedé mirándole, esos comentarios deberían estar penados con la castración química en este mundo liberal y capitalista. Eran una blasfemia para mis oídos, cada vez me apetecía más golpear a aquel engendro, rechazar a Dios es una cosa pero ¡rechazar el dinero! ¡Vámonos al bingo!

            Aquel viernes a las doce y un segundo Vicente comió pizza y donuts hasta reventar y después fue al bingo a intentar ganar dinero, el mayor número de dinero posible, no lo ganó pero qué importaba, lo intentó, lo deseó, se apasionó con ello, se sumergió en la avaricia. El sábado por la mañana se levantó a la hora de comer, ingirió más pizza y más donuts aún cuando no tenía apetito, y después, la siesta tirado en el sofá, mientras daba bocados cansinos a otra pila de donuts. Entonces le hablé del puticlub y de la lujuria.

            Vicente estaba francamente asustado pero pasó a un estado de angustia convulsiva cuando le indiqué que para que fuera lujuria, lo suyo sería hacérselo con dos mujeres, y que además debería realizar alguna práctica sexual penada por la Iglesia, le pregunté si había oído hablar del sexo anal. Ahí fue cuando Vicente sufrió las palpitaciones y se hiperventiló, estuvo diez minutos con la cara metida en una bolsa contándome cómo la única mujer con la que había yacido, su ex, se había autolesionado para acusarle de maltrato, suponía que de tanto practicar la postura del misionero. Le tranquilicé diciéndole que no tendría problema, las señoritas ucranianas se encargarían de todo, yo las conocía, fue entonces que lo dijo. Dijo que me envidiaba, que envidiaba a los tíos como yo, con esa seguridad en sí mismos y esa gran autoestima con las mujeres. Sí, me envidiaba. No le dije nada, me limité a mirarle sonriendo hasta que se dio cuenta. ¡La envidia! ¡Sentía envidia! Y me abrazó eufórico.

            Sacarle del coche una vez aparcamos en el puticlub fue más complicado, no dejaba de repetir que aquello le parecía una acto humillante para la mujer, lo repitió hasta que le comenté que aquellas señoritas ganaban en veinte minutos lo que él en un puto mes, y que para ellas lo humillante era estar de rodillas limpiando un retrete por el sueldo mínimo interprofesional mientras una zorra burguesita vestida de Versace  las reprendía por no frotar más fuerte los zurullos del señor de la casa.  

            Una vez bajo los neones rojos no lo hizo mal salvo por lo de intentar explicarle al portero rumano de dos metros y careto de comer carne cruda el motivo por el que se veía forzado a entrar allí. Creo que Boris quedó pensativo un buen rato descifrando qué tenía que ver Dios en que un panolis con pinta de zoofílico pagara por tener sexo. Ahí decidí que había que emborracharlo.

            Con el cuarto whisky Vicente había jurado amistad sincera a media docena de clientes y había relatado a otros tantos la llorosa experiencia de tener que pelearse con el Señor. En ese momento lo empujé con las dos meretrices.

Como en los primeros veinte minutos las expertas prostitutas no consiguieron nada, y dado que pagaba él, lo apunté a veinte minutos más. Y ahí triunfó. Eso al menos salió diciendo. Surgió balanceándose, descamisado pero con esa sonrisa de quien ha visto el Edén de cerca. Con la voz pastosa me hizo saber que había cortado dos orejas y rabo, que había ofendido a la Iglesia en al menos media docena de actos sexuales, algunos de los cuales dudaba que los curas tuvieran conocimiento. Lamentó haber estado desaprovechado todo este tiempo, alardeó de esa capacidad amatoria recién descubierta y de unas condiciones naturales envidiables para el acto sexual, que no lo decía él, que lo habían dicho las anonadadas señoritas, saturadas de orgasmos ellas y de placer libidinoso como no habían sentido nunca. Era él el mejor amante que habían tenido, es más, no habían sabido lo que era un hombre hasta que él entró en aquella habitación, era una bestia, una máquina sexual, prácticamente las había vuelto multiorgásmicas, ellas, que eran frígidas. Y aquellas damas no tenían pinta de mentir. Fue entonces que le señalé que estaba dando todo un máster en soberbia, y que ya solo nos restaba la ira. Me dio un abrazo, me dijo que me quería y, completamente alcoholizado, me señaló que quizá fuera soberbia pero que estaba seguro que al menos una de las damas se había enamorado de él.

Lo arrastré fuera del local. Miré el reloj y comprobé que quedaban diez minutos para las doce, no quedaba tiempo para cumplir con el último pecado capital en las previstas veinticuatro horas, salvo que…

Le susurré al oído a Vicente que Boris acababa de ofender a la licenciosa chica a la que había enamorado, no sé qué de que eran unas guarras poco higiénicas y unas mentirosas compulsivas, amén de ser del Atleti, todo lo cual resultaba del todo ofensivo a mi modo de entender. El medio inconsciente Vicente me apartó de un empujón y oscilando cual péndulo se dirigió hacia el pétreo portero del garito y señalándolo con el amenazante dedo le llamó “alfeñique troglodita”, para acto seguido lanzar un gancho de izquierdas que se perdió en el aire pero que hizo girar al borracho trescientos sesenta grados sobre sí mismo y caer al suelo.

Boris no se inmutó, por varios motivos, porque no sabía lo que era un alfeñique, porque Vicente le parecía tan amenazante como el pedo de una gallina, y especialmente porque yo le hacía gestos para que no lo desmembrara.

Y fue ahí que tras mirar el reloj y ver cómo quedaban cinco minutos para las doce, me agaché para informarle de que con su reciente y, del todo sorprendente, ataque de ira, habíamos cubierto la totalidad de los pecados capitales en el tiempo establecido. Era el puto amo de los pecadores. Vicente dibujó algo parecido a una sonrisa e inmediatamente vomitó hasta el hígado.

 Llegados a ese punto reclamé mis dos mil euros. El nuevo plusmarquista de los pecadores asintió mientras intentaba, inútilmente, limpiarse el vómito del pantalón. Lo arrastré hasta el coche, lo metí dentro y comencé a conducir camino de una casa donde a mí me esperaba el dinero y a él una resaca de órdago. No había conducido mucho cuando ocurrió.

En una solitaria callejuela, de repente, el tipo negro con el macuto se abalanza sobre el coche. Doy un frenazo. El acelerado negro suelta el macuto y sigue corriendo. Otro tipo negro descalzo surge corriendo tras el primero, nos sortea y continúa su frenética persecución. Ambos se pierden tras la esquina. Quedo unos segundos aferrado al volante aún con la pose instintiva del que se ha visto atropellando a un pandillero, tras esos segundos veo el macuto sobre el capó, sopeso bajar y retirarlo, pero no me gustaría verme rodeado de marginales mientras manipulo sus cosas, de modo que acelero con el bulto sobre el coche. No he recorrido ni media docena de calles cuando detengo el automóvil en el vado de un garaje. Tras echar un vistazo alrededor, descorro la cremallera y los veo.

Hay un montón de fajos de billetes dentro. Un montón de billetes ganados con el duro esfuerzo del menudeo de drogas, un montón de dinero que le va a costar un navajazo a alguien, o puede que a más de uno. Histérico lo lanzo dentro del coche. Acelero.

Mientras volanteo y contravolanteo no puedo borrar de mi rostro la incredulidad por lo sucedido. ¡Increíble! No lo puedo creer. ¡Asombroso! Este tipo de cosas solo pasan en las películas, nunca a tipejos como yo. ¡Impresionante! No hay forma más ridícula de que te llueva dinero del cielo. Es un milagro, sí, es un puto milagro, y no lo digo yo, creo que lo he pensado pero lo ha dicho… ¿quién lo ha dicho? Ha sido la pastosa voz de Vicente, ese tipo que va a mi lado y al que había olvidado. El enrojecido rostro del borrachín muestra una estúpida sonrisa mientras observa el contenido del macuto que he dejado instintivamente sobre sus rodillas. Es un milagro, repite, sabía que Dios reconocería mi acto y me gratificaría por haberle ganado el pulso, añade antes de sacar la cabeza por la ventanilla y vomitar hasta la última papilla.

            Yo soy un tipo pragmático. Materialista. Ateo. Incrédulo. Un tipo sin suerte porque la suerte no existe, solo existe la mala suerte. Así que sigo conduciendo en silencio intentando reírme de lo ridículo del personaje que llevo conmigo y lo estúpido de su proceder. Un bendito que cree que debe pecar para cambiar, entonces, ¿qué debería hacer un pecador como yo para cambiar? Sonrío. Sí, pobre Vicente, siempre un perdedor, un inadaptado, un fracasado, un tipo sin suerte, en definitiva, alguien muy parecido… a mí.

Y es al aparcar bajo su casa que no puedo dejar de mirar el macuto, ese macuto, y entonces se lo pregunto.

            -¿Me ayudarías a realizar las siete virtudes del Catecismo en veinticuatro horas?

            -Por dos mil euros -responde Vicente.

Endemoniada

Endemoniada. Endemoniado o endemoniada del participio de endemoniar. Primera acepción, adjetivo, poseída del demonio. Usada también como sustantivo. Segunda acepción, adjetivo, coloquialmente, sumamente perversa, mala, nociva.

Fue al comulgar. Lo hizo por mí, como gesto hacia los míos en la boda de mi hermana. Se puso en la cola. La iglesia llena. Mi familia al completo. La mitad del aforo del OPUS. La totalidad de conocidos y vecinos del barrio. El cura amigo íntimo de la familia. Tres fotógrafos contratados y dos cámaras de vídeo. Todo el mundo mirándola y preguntando si era mi novia. Y Yolanda alcanza al cura, abre la boca, el sacerdote dice “cuerpo de Cristo”, le da la hostia, Yolanda cierra la boca, da la vuelta y al tercer paso, en medio del pasillo central le da la arcada y… ¡vomita la sagrada forma!

Yolanda, Yoli, Mofletitos, era preciosa, inteligente y activa. Yolanda, Yoli, Mofletitos, era doctora en filosofía, profesora titular de universidad y ganaba un buen sueldo. Yolanda, Yoli, Mofletitos, era risueña, tierna y ocurrente. Yolanda, Yoli, Mofletitos, comía el sushi con las manos, gustaba de ver porno y se encendía viendo jugar al Madrid. Yolanda, Yoli, Mofletitos era mi novia, mi chica, mi amor. Yolanda, Yoli, Mofletitos… ¡estaba endemoniada!

No lo noté, de hecho no lo advertí en ningún momento. Uno conoce a la amiga de unas compañeras de carrera en el cumpleaños de una de ellas, habla, bromea, bebe, sigue hablando, bromeando, bebiendo más, la acercas a casa, te intercambias teléfonos, te bebes la última y… ¡zas! Te lías con una chica poseída por Lucifer.

Yo no lo había notado, juro por lo más sagrado que no había percibido nada extraño, nada hasta que ocurrió lo de la Iglesia. Anteriormente mi esfuerzo había estado centrado en la aproximación táctica de la figura de mi amada a los candorosos brazos de mi tolerante progenitora.

Le dije a Yolanda que lo de ser de familia obrera iba a suponer un problema para Mamá, y Yoli se horrorizó replicando que Mamá era una clasista y que usara de la razón, dado que el ser humano es capaz de identificar conceptos, cuestionarlos, hallar coherencia o contradicción entre ellos y así inducir o deducir otros distintos de los que ya conoce.

Total que le dije a Mamá que mi chica era de familia obrera y por tanto más pobre que las ratas. Como era de esperar Mamá se espantó y contestó que Mofletitos era una lagarta únicamente interesada en el peculio familiar, reforzando dicha aseveración con el argumento de que mi horóscopo de ese día señalaba insistentemente que había de cuidarme de los nuevos amores puesto que serían interesados, dado que Marte estaba en Capricornio y por eso dirigía mi energía física y mis impulsos hacia objetivos materiales personales y de consecución a largo plazo.

Le dije a Yolanda que lo de ser socialista iba a suponer un problema para Mamá, y Yoli se horrorizó replicando que Mamá era una reaccionaria y que usara de la razón, dado que más que descubrir certezas es una capacidad de establecer o descartar nuevos conceptos concluyentes o conclusiones, en función de su coherencia con respecto de otros conceptos de partida o premisas.

Total que le dije a Mamá que mi chica era socialista y por tanto interesada en socializar los medios de producción, o sea, la empresa de papá. Como era de esperar Mamá se espantó y contestó que Mofletitos era una comunista estalinista interesada únicamente en crear gulags donde desterrar disidentes, reforzando dicha aseveración con el argumento de que ese día la echadora de cartas le había advertido insistentemente del peligro que corría mi persona a manos de alguien de sexo femenino y corazón rojo, dado que el arcano de la muerte representaba la transformación interior que forzosamente y con angustia acarrea la disolución urgente de viejas relaciones.

Le dije a Yolanda que lo de ser atea iba a suponer un problema para Mamá, y Yoli se horrorizó replicando que Mamá era una supersticiosa inculta y que usara de la razón dado que evidencia que un concepto es ese mismo concepto, además de evidenciar que un mismo concepto no puede ser y no ser a la vez, igual que evidencia que entre el ser o no ser de un concepto, no cabe situación intermedia.

Total que le dije a Mamá que mi chica era atea y por tanto consideraba que la Virgen de la Piedad que presidía nuestro salón era simplemente un muñeco de escayola. Como era de esperar Mamá se espantó y contestó que Mofletitos era una blasfema adoradora del diablo interesada únicamente en fusilar curas y quemar iglesias, reforzando dicha aseveración con el argumento de que ese mismo día le había pedido a Jesús de Medinaceli una prueba a favor de nuestra relación, y que al instante una corriente de aire había apagado todas las velas del sagrario, dado que jamás la majestad del Espíritu Santo ha estado separada de la omnipotencia del Padre y del Hijo todo lo que hace el gobierno divino para administrar el universo procede de la Providencia de toda la Trinidad.

Llegados a este punto entendí el conflicto latente entre razón y superstición. Era éste el trance que atenazaba mi existencia encarnado por las dos figuras femeninas que aglutinaban mi universo personal. Resultaba evidente que sólo podría contentar a una de las partes a entera satisfacción, y eso siempre y cuando eliminara o anulara a la otra facción contendiente, cosa inviable tratándose de mi amor único y verdadero, y de la persona que me había dado la vida y amamantado. Pudiera parecer fácil la resolución de dicha diatriba dado que siendo yo un individuo culto, versado, lo que viene a llamarse una persona leída, en definitiva un ser instruido, debiera resultar natural mi inclinación por el camino de la lógica, de la cognición, en definitiva de la razón. Sin embargo, no resultaba tan sencillo oponerse al criterio de una madre, que por algún motivo insondable, acertaba en el noventa por ciento de las cosas desde que yo tenía uso de razón.

Inicialmente, como era lógico, me posicioné junto a Yolanda, ella representaba la razón frente a la superstición materna, la materia gris de mi cerebro frente al atrofiado y atávico bulbo raquídeo, encarnaba la evolución del ser humano frente al homínido bípedo personificado por Mamá, en definitiva, el científico frente al chamán, la ciencia frente al ocultismo, la fórmula matemática frente al milagro. Por tanto, el esfuerzo se orientó a que Yoli fuera aceptada por Mamá, es decir, educar al analfabeto, civilizar al salvaje o, en términos maternos, evangelizar al pagano. En dicha combinación de factores Yoli hacía de parte comprensiva, Mamá ejercía de ser irracional, y yo tenía asignado el incómodo papel de vaselina.

Para Mamá, Yoli era Satán, y lo argumentaba de formas diversas, generalmente con un sueño recurrente en el que un demonio con una Y tatuada en la frente la crucificaba en la puerta de una iglesia. Luego estaba la sorprendente y sintomática rotura de tres espejos de la casa en las últimas fechas. La sospechosa y visionaria actitud del gato que erizaba sus pelos al olisquearme el perfume de mi amada. Y finalmente el premonitorio gesto mustio de los siempre esplendorosos rosales.

Armado por los irrefutables razonamientos de Yolanda me enfrenté a la draconiana irracionalidad materna y a sus incuestionables demostraciones mágicas.

Así, cuando la posesa adivina consultada por mamá aseguró entre espantosas convulsiones e impactantes sonidos guturales que Mofletitos era la encarnación de Lucifer en la Tierra, yo repliqué, tal y como me indicó Yolanda, con el razonamiento deductivo, sobre que las leyes universales podían ser descubiertas por el pensamiento humano sin necesidad de que éste tuviese que optar por mirar casos particulares para establecer dichas leyes. Incluso invoqué a Aristóteles y Platón.

Cuando los planetas de la carta astral solicitada para la ocasión por mamá, reflejaron sin lugar a dudas que Mofletitos era el mismísimo ángel exterminador surgido del averno para devorar las almas humanas, yo lo refuté, tal y como me indicó Yolanda, con el razonamiento inductivo, que toma una cantidad de datos sobre un fenómeno y establece conclusiones basadas en modelos probabilísticos acerca del fenómeno estudiado. Incluso llegué a nombrar a Leibniz.

Cuando los arcanos del tarot demandados por mamá, señalaron con precisión milimétrica, que Mofletitos era la cadavérica Parca llegada de ultratumba para arrasar los pueblos y sembrar los campos con sal, yo lo rebatí, tal y como me indicó Yolanda, con el racionalismo, que dicta que sólo por medio de la razón se pueden descubrir ciertas verdades universales, evidentes en sí, de las que es posible deducir el resto de contenidos de la filosofía y de las ciencias. Incluso hice mención a Descartes y Pascal.

Cuando la difunta abuela materna habló por boca de la convulsionada espiritista contratada por mamá, asegurando sin margen de error, que Mofletitos era el mismísimo Luzbel caído del Cielo para extender la peste bubónica en el reino de los hombres, yo lo objeté, tal y como me indicó Yolanda, con el Idealismo, que señala que la realidad extramental no es cognoscible tal como es en sí misma, y que el objeto del conocimiento está preformado o construido por la actividad cognoscitiva. Incluso aludí a Kant y Hegel.

Cuando el oriental Feng shui analizado por mamá mostró como el aliento vital o chi alteraba su flujo revelando la naturaleza maligna de Mofletitos y su insana inclinación a la desarmonización de la energías cardinales, yo lo contradije, tal y como me indicó Yolanda, con el existencialismo, que indica que los seres humanos, en forma individual son los que crean el significado y la esencia de sus vidas. Incluso nombré a Sartre y Camus.

 Cuando la clásica quiromancia con forma de lenguaraz gitana remunerada por mamá afirmó científicamente que Mofletitos era el producto de un mal de ojo con forma de jinete del apocalipsis, yo lo desmentí, tal y como me indicó Yolanda, con el nihilismo, que revela que el mundo, y en especial la existencia humana, no posee de manera objetiva ningún significado, propósito, verdad comprensible o valor esencial superior, por lo que no nos debemos a éstos. Incluso enumeré a Slovo y Nietzsche.

Y así sucedió que alcancé extenuado el final del combate, constatando con horror que los argumentos racionales saturados de filosofía, tan cariñosamente enunciados por mi parte, no habían movido ni un ápice a mi terca madre de sus supersticiosas creencias. El destino, los astros, los ritos mágicos y por supuesto los espíritus seguían constatando irrefutablemente que mi novia era un ser maligno llegado del infierno para cubrir con el pecado a todos nosotros, y era esa una verdad inalterable a ojos de mi dulce progenitora. Los argumentos dados por rezos, ensalmos, conjuros, hechizos o maldiciones eran infinitamente más poderosos y reales que cualquier enigmática metafísica o ininteligible filosofía barata.

Ni que decir tiene que el fracaso a la hora de desasnar a Mamá me valió no pocas críticas por parte de la racional Yoli, llegando a plantearse como posible causa del fracaso de la conversión, mi poca implicación con los argumentos racionales, e incluso, serias dudas sobre si realmente yo llegaba a entender las argumentaciones filosóficas o me limitaba a repetirlas como un loro amaestrado.

Aquello me molestó, quizá yo no tuviera un doctorado en filosofía pero era un ser racional bípedo que caminaba erguido, capaz de generar actividades racionales del intelecto y abstracciones con la imaginación. Quizá no fuera profesor universitario pero era perfectamente capaz de distinguir entre superstición y racionalidad. Yo era un ser humano con una capacidad craneal de mil seiscientos centímetros cúbicos, no un homo sapiens cavernario adorador del sol que pintarrajea las paredes. Es posible que no tuviera publicaciones ni congresos como mi amada compañera en su currículo pero no iba leyendo los posos del té, ni frotando a jorobados o saltando aterrado al ver un gato negro. Puede que no fuese un portento intelectual como el engreído círculo de amistades de Yolanda, pero era un ser civilizado, refinado, instruido, cultivado, una persona de mi tiempo que aceptaba a Darwin y no se le pasaba por la mente que el hombre proviniese de un montón de barro y la mujer de una costilla.

Finalmente, dado que el combate dialéctico se había mostrado estéril, me vi forzado al uso del infantil chantaje emocional. Tras enfados y pataletas, amenazas y lloros, disgustos varios, dramáticos berrinches y teatrales sofocos, conseguí que Mamá admitiera mi derecho a salir con el Maligno y le otorgara un periodo de prueba en el que cesarían las hostilidades por ambas partes.

La firma del tratado de paz se rubricaría en el inminente acontecimiento histórico llamado a eclipsar la llegada del hombre a la Luna, la pomposa boda de mi hermana. Qué mayor gesto de amor maternal que consentir a su malcriado hijito acudir a tan señalado evento de la mano del Demonio. Qué mayor prueba de afecto materno que tolerar la presencia del Ángel Caído en un acontecimiento familiar de tantísima importancia. Qué mayor demostración de cariño de mi progenitora que permitir a su hijo mostrarse de la mano de Lucifer frente a la totalidad de nuestra conservadora familia y las elitistas huestes de nuestras amistades. Sin duda aquello me conmovió, y convenció a Yolanda de que Mamá no pretendía clavarle una estaca en el corazón, al menos por el momento.

De manera que el día en el que la razón y la superstición estaban llamadas a entenderse llegó. Era ese el momento vital en el que la gnosis y el ocultismo se darían la mano, el instante capital en el que el logaritmo neperiano y el amuleto se sentarían juntos, en que el escepticismo y el fanatismo compartirían techo, juntos el método científico y la quimera, la demostración y el mito, la investigación y el tabú. Y todo ello gracias a mí. No era poca cosa lo que había conseguido, y aunque el Nature o el Science no fueran a mostrar mi cara en su portada yo me sentía como si tal cosa fuese a suceder.

De manera que los lujosos coches y carísimos vestidos de diseño se fusionaron con la aparatosidad del escenario eclesiástico. La ostentación del terrenal evento rivalizaba con cualquier episodio de carácter divino relatado en libros sagrados o paganos. El buen gusto, el saber estar y la clase se derramaban por doquier. Lo más rancio junto a la más moderna tecnología. Los valores más tradicionales y sacrosantos junto a los espectaculares implantes y carísimos retoques de cirugía estética. Y todo ello con ese destello especial de la capa de barniz que imprime el dinero.

Y así alcanzamos el fatídico momento. Celebrada la misa y llegada la hora de comulgar, le tocaba a la atea de Yolanda formalizar la firma del tratado, ¿cómo? Comulgando.

Mamá había rubricado el acuerdo de paz entre el ejército lógico y las hordas irracionales invitando a Yoli a la boda, ese fue su doloroso sacrificio,  ahora Mofletitos tenía que corresponder tragándose el sapo y realizando el, para ella, humillante gesto de aceptar el cuerpo de Cristo. Así ambas partes mostraban su disposición a renunciar a sus creencias por el amor que me procesaban, pero sobre todo Yolanda demostraba ante mi catoliquísima familia que no era una impía antirreligiosa como alguna venenosa lengua proclamaba.

Y he aquí que sucedió. Ante la atónita mirada del sacerdote, ante el pasmo de todos los presentes y especialmente ante el horrorizado gesto de mi persona, Yolanda, Yoli, Mofletitos, mi amor, vomitó la sagrada forma en medio del pasillo, expelió el cuerpo de Cristo, expectoró la hostia, expulsó la oblea, en definitiva, mancilló la eucaristía, el más sagrado de los sacramentos, demostrando científicamente ante el boquiabierto aforo una cosa… ¡Era el Anticristo en persona!

En aquel momento, en aquel instante lo entendí, Mamá tenía razón, Mamá siempre tenía razón, por algún insondable motivo aquella venerable mujer jamás se equivocaba. ¿Cómo podía haber estado tan ciego? ¿Cómo podía haberme equivocado así? ¿Cómo podía haber dudado? Ante mí tenía la demostración palpable, ¡qué mejor ejemplo! Un ser satánico que no tolera el contacto con la divina forma. Un engendro del averno con forma femenina forzado a vomitar el cuerpo de Cristo. ¡Cielo Santo! Mamá lo supo siempre pero ante mi estúpida cerrajón no le quedó otra que idear este magnífico plan que lo demostrara frente a mis ojos. ¡Qué mujer! Y yo ahí con lo del razonamiento deductivo, ¡por Dios! Si no hago ni autodefinidos, cómo voy a entender qué es esa milonga, ¡pero si eso es incomprensible! Qué estupidez es hacerle caso a unos griegos de hace dos mil años. Lo mismo que el razonamiento inductivo, ¿eso qué es? ¿Para qué sirve? ¿Cómo se come? Que de boca de Yolanda pues sonaba precioso y muy… muy… como muy inteligente y tal, pero eso no había Dios que lo comprendiera. Siempre pensé que Yoli y sus amigos lo trataban pero para vacilar, vamos como yo cuando hablo del cambio climático. Pero si además el Descartes y el Pascal son del año la tana. Ni el racionalismo ateo del gabacho del Sartre ese que no es más incomprensible porque no practica, yo lo nombraba para gustar a Yolanda pero… Y no digamos del nihilismo terrorista y el nazi ese del Nietzsche, ¿eso qué función tiene? ¿Cuánta gente basa sus existencias en eso? Porque la religiosidad está presente en una mayoría, y la adivinación dirán lo que quieran pero la C.I.A. tiene adivinadores en nómina, y el F.B.I. también para resolver los casos imposibles de asesinos múltiples. Porque yo no sé cuanta gente conocerá al Slovo ese pero el horóscopo lo consultan todos, por algo será, tanta gente no puede estar equivocada. Y el curanderismo es cierto, porque está constatado por innumerables testimonios y la sapiencia popular. Y qué decir del feng-shui, una cosa oriental, milenaria, de los chinos, con lo que saben los chinos, no veo yo que los chinos defiendan el conocimiento deductivo ese. Y el espiritismo pues… algo tiene que haber, que a veces tienes la sensación de estar en sitios que has estado o que alguien mira por ti, porque lo de los espíritus está en todas las culturas. Total, que en aquel instante vi la luz, el conocimiento no estaba en lo demostrable, en lo científicamente probado, sino en lo irracional, en lo instintivo, ahí radicaba el mérito, puesto que lo que hoy se sabía y daba como cierto en un tiempo fue indemostrable y sin embargo era verdadero. ¡Qué visión! ¡Qué catarsis! ¡Qué iluminación! Somos instinto, homínidos bípedos vestidos y afeitados pero en el fondo un primate, no somos sino instinto, animalidad, atavismo, herencia genética compartida al noventa y nueve por ciento con el chimpancé. Somos animales irracionales disfrazados de seres humanos. Y en ese instante me levanté del banco con una claridad mental tal como si me hubieran disparado con un diamante en el centro de la frente. Me fui hacia Yolanda, y ante el atento aforo le espeté con dedo acusador.

¾Mamá tenía razón, ¡eres el Anticristo!

Yolanda me observó un segundo con gesto incrédulo y replicó.

¾Lo que soy es celíaca, ¡gilipollas!

Gilipollas. Única acepción. Adjetivo. Vulgarismo. Gilí. Usada también como sustantivo.

El superhombre

Hay un barrio marginal similar a la tumba, un garito oscuro que hace las veces de ataúd y un sinfín de tragos que simulan paletadas de tierra. Hay un muerto en vida caído en ese agujero malsano con forma de rincón oscuro, un blues maldito a modo de marcha fúnebre tañéndole y como mortaja una densa nube de humo insalubre. Soy yo el muerto y este el entierro que se prolonga ya treinta años. Soy yo el superhombre del que habló Nietzsche y mis babas de alcoholizado los restos de la ambrosía que rellenan al semidiós. Soy yo el cirrótico patibulario con años de cárcel y recuerdos de reformatorio. Yo el homínido carroñero que gruñe y se yergue bípedo en medio de los carnívoros cuadrúpedos. Soy yo la escoria, la hez, el caníbal inadaptado y erróneo, yo el mal sueño, el maleante adicto de cuyo hedor hay que apartarse. Y con todo tú estás frente a mí.

            Un burgués, un precioso burguesito de piel suave y estudiado corte de pelo, un honrado contribuyente de pulcras uñas y perfecta alineación dental, un concienciado elector de voto útil y planchadísimo traje azul marino, un amante padre de familia que paga sus impuestos y reza a un Dios en el que no cree, ese superhombre está frente a mí, frente a la bestia, frente al ser que por piel posee correoso pellejo y por pelo tosca greña, frente al animal cuyas uñas son garras y cuyos dientes aguzados colmillos, yo la alimaña tocada con ropajes sucios y desgastados que sobrevivió a sus heroinómanos progenitores y orina en los templos de los dioses, yo el infrahombre. Y con todo, el ser humano hecho de barro permanece sentado frente al homínido hecho de mierda, frente a mí.

            Dice el engreído superhombre que un amigo de un amigo que conocía a un tipo que sabía de otro le había dicho que yo podía ayudarle, y lo dice mientras engullo el tequila con la teatralidad del que comulga. Dice el arrogante superhombre que no está solo, que los empleados de seguridad de su empresa esperan en el coche, lo dice sin venir a cuento, para meterme miedo, para infundirse seguridad, y lo dice mientras mi demente mirada observa a la mosca beber los restos de cerveza. Dice el altivo superhombre que una zorra, una puta sudaca que trabajaba en su mansión y a la que se folló un par de veces le chantajea, amenaza su idílico hogar, su ejemplar familia y su intachable nombre en el conservador mundo empresarial en el que pace, y dice todo eso mientras mis encallecidos dedos repasan cadenciosos una barba de cinco días. Y el fatuo superhombre no dice más, sólo muestra un sobre con un desproporcionado fajo de billetes en su interior y una foto con una dirección en el reverso, después lo empuja hacia mí con el gesto altivo del que está acostumbrado a comprarlo todo, ahora la mitad, el resto al terminar el trabajo.

No me muevo. Ni uno solo de mis músculos se contrae hasta que mi boca expulsa una bocanada de cancerígeno humo, un humo blanco, indolente, que permanece suspendido entre empresario y matón, como si se tratará de la sustancia primaria, la esencia genética, el alma, lo maligno que une al ser de luz con el de oscuridad en un abrazo básico. Sin embargo, no toco el sobre. Permanezco dando lentas caladas mientras observo el extrañado rictus de mi comprador. Una bonita historia, sin embargo aún no ha dicho en qué puedo serle de ayuda.

Matar. Es curioso lo difícil que resulta que los honrados ciudadanos salidos de honrados barrios residenciales pronuncien la palabra “matar”. No quieren mancharse y esa palabra mancha. Tengo claro que tanto dinero no es por asustar, ni por apalear, pero es mi deseo escuchar el verbo prohibido. Es mi costumbre, mi hábito, la retorcida práctica de un demente politoxicómano cuya principal ocupación consiste en producir dolor y miedo, es mi capricho que te manches, pronúnciala para mí, burguesito.

El tenso empresario de éxito pregunta si hay algún problema porque sea mujer. Niego con la cabeza. Me mira extrañado. Lo observo indiferente. Piensa y razona sabedor de que es más listo que yo. Fumo mientras husmeo la cara colonia de quien genéticamente se cree superior a mí. Creo que en este instante y no en otro, mi interlocutor toma conciencia de que no trata con uno de sus sumisos empleados uniformados sino con un desequilibrado marginal defecado en un sucio gueto, pregunta entonces, incómodo, si puedo solucionar su problema. Asiento. No queda convencido. Mientras me observa doy una lenta calada y dibujo con la uña ríos sobre la roída madera con el tequila derramado. Entonces lo hace, hace lo que mejor sabe hacer, tasa, valora, pone precio. Con el tono del mercantilista pregunta si es suficiente dinero por eliminar a la sudaca. Asiento de nuevo entre la calcinante calada. Eliminar no es matar, pero puede servir. Mataré a la muchacha en nombre del honrado ciudadano temeroso de dios, seré un utensilio en manos del superhombre, me dejaré comprar. Trato hecho. Cojo el sobre.

El tipo de pulcro afeitado sonríe sabedor de que ha cerrado un trato y solucionado un problema, pero en realidad sonríe porque acaba de matar a un ser humano. Hay poder en matar a un semejante, un poder extremo, el mayor poder tras el de dar vida pariendo. El hombre encorbatado y ungido en caras lociones no sólo tiene capacidad para matar a otro ser humano sino que tiene la determinación para ejecutarlo, es por tanto el superhombre.

Así, el poderoso financiero, el amo de hombres, se incorpora y tras recordarme que tenemos un trato, hace aquello que está acostumbrado a hacer, amenaza. Su dedo índice de superhombre me señala y me hace saber que si le engaño me joderá, si le fallo me joderá, si incumplo el trato me joderá. No me muevo, no gesticulo, el tiempo se detiene mientras aquel dedo índice me apunta, percibo la intimidación del ser acostumbrado a intimidar, noto la presión del fuerte, del padre que te lanza contra la pared, del preso que te viola, del policía que te golpea esposado. No me gusta pero no escucho que mi corazón altere sus latidos. Le miro, sólo le miro, mi mirada de homínido tardo observándolo, el despojo que soy entendiendo la amenaza, si incumplo el trato el superhombre me joderá.

Así mi comprador se despide, no se plantea estrecharme la mano, no por miedo sino por asco, se limita a sonreír, girarse y abandonarme a paso rápido pero seguro, esa velocidad que no denote ni miedo ni desagrado pero que te lleve rápido junto con unos escoltas a los que inteligentemente no has querido hacer partícipes de la firma de un asesinato, quedaría feo que declararan contra ti en un juicio.

Quedo quieto observando la nada, resbalando, intentando recordar si pensar resulta un ejercicio útil en esta alcantarilla. Soy hombre o superhombre, ¿soy superhombre porque mato hombres o soy la mascota a imagen del obediente mastín al que el amo echa a luchar con los lobos? Y observo a los lobos rodeándome en el insalubre garito, las alimañas del bosque que se congregan a beber en esta ciénaga oscura. Y recuerdo lo dicho por Nietzsche, “¿qué es el mono para el hombre? Una irrisión o una vergüenza dolorosa. Y justo eso es lo que el hombre debe ser para el superhombre: una irrisión o una vergüenza dolorosa”.

Me incorporo y me aproximo a la barra, junto a Mugido, un gigante mulato del que las putas dicen que muge al correrse, un proxeneta, un traficante ocasional rebosante de testosterona y musculada fisonomía que bebe ron mientras escruta ladino su rededor, uno de esos seres de los que el instinto de conservación te recomienda alejarte. Una vez acodado junto a él, le pregunto si le produce vergüenza el mono.

El agriado rictus de mi chulesco compañero denota estupefacción, quizá piense que hay sorna en la pregunta, quizá lo confunda con racismo, quizá no lea a Nietzsche, lo cierto es que no responde inmediatamente sino que queda observándome extrañado. Me conoce, de ser yo otro ya me habría golpeado brutalmente para escarnio de la concurrencia, pero el gigantesco latino observa la verticalidad de mis pupilas de ofidio, mi quietud, la inmovilidad del organismo de sangre fría que me contiene, escruta las llamativas marcas en mi piel tatuada advirtiendo de mi toxicidad, y el titán decide no acometer. No me produce irrisión el mono, le digo.

Tampoco esta vez replica mi compañero de barra, más preocupado, como buen superviviente, de otear y olisquear el viento intentando descubrir la posible amenaza que de departir sobre metafísica. ¿Cómo se sabe que eres hombre y no mono? Pregunto lacónico.

No hay respuesta porque mi altanero contertulio se retira de mi lado lentamente, sin darme la espalda, seguro de que el mal bicho que soy busca pelea, de que mi corrompida sangre porta la toxina de la coca inyectando agresividad en mi agrietado cerebro. No será hoy cuando Mugido se la juegue por nada con un demente como yo. Y así quedo solo sobre la plancha de madera, preguntándome si retirándose el rufián sudamericano es un ejemplo de superhombre o sólo una bestia hábil. No creo que supere a mi comprador, al superhombre.

 Dedos y su calva aparecen frente a mí. El dueño del garito no pregunta qué deseo, se limita a rellenar un vaso de tequila. Dedos es ese ser avejentado y corrompido, saturado por años bajo la radiactividad de este lugar, una radiación que ha eliminado cualquier rasgo de humanidad de su morfología transformándole en un mutante cuya agudeza le permite vivir entre feroces caníbales y alimentarse de ellos.

Cuando hablo, lo hago sin mirarle, así evito ver su pútrida dentadura. Dice Nietzsche que hemos recorrido el camino que lleva desde el gusano hasta el hombre, y muchas cosas en nosotros continúan siendo gusano, que en otro tiempo fuimos monos, y aún ahora es el hombre más mono que cualquier mono. ¿Te sientes gusano, Dedos?

Dedos no dice nada, se limita a sopesar y medir, no ha sobrevivido veinte lustros abriendo la boca soltando lo que pensaba, de modo que estudia mi estado y mi peligrosidad, y construye una respuesta que le cubra de baba de modo que mi posible dentellada resbale. Mi parienta dirá que sí, responde el dueño del garito soltando una risotada. Piensa que ha toreado el peligro pero le inquieta que mi rictus no comparta su sonrisa, chico listo Dedos. ¿Quizá te sientes mono? Esta es mi segunda pregunta tras vaciar el tequila.

Como en la anterior ocasión Dedos no responde inmediatamente, se vuelve a tomar su tiempo mientras rellena el vaso de transparente licor. Me observa en la seguridad de que las drogas y el alcohol hablan por mí, y lamenta que no reviente en algún callejón en vez de en su barra, sin embargo no lo dice, ni siquiera una leve alteración de su arrugado rostro denota que desprecie lo que represento, el subproducto más letal que puede parir el averno. Creo que tengo más de mono que de metrosexual, replica finalmente el mesonero con la carcajada añadida que tiene como finalidad destensar la escena.

Vuelvo a vaciar el vaso sin alterar mi postura recostada sobre la barra, sin dejar de mirar una sucia estantería donde no hay sino botellas rellenas de resaca y vómito, con esa voz que se me escapa, calma, exageradamente calma, la voz del que ha escuchado a la parca llamarle insistentemente y ahora la imita, con esa voz le hago saber a Dedos que no creo que sea el superhombre a pesar de aventajar a una cucaracha en capacidad de supervivencia, aunque tendría que escuchar a Nietzsche pronunciarse al respecto. Cuando el vaso está relleno me giro y dejo respirar al sudoroso tabernero.

Nietzsche, un filósofo alemán del que nunca debería haber oído hablar, pero mi compañero de celda, un viejo demente, no paraba de leerlo y de largar sobre él, todo el rato, constantemente. Podría haber matado al viejo, pero me caía bien, estaba loco y sólo me incomodan los cuerdos, sólo ellos me han dañado, así que terminé sentándome frente a los barrotes y escuchando las lecturas en voz alta del veterano presidiario. Eso me hizo pensar, y la cosa es que yo no fui construido para pensar, no me sienta bien.

La sonrisa de la pequeña Ranilla es lo siguiente que veo. La diminuta prostituta salta sobre la barra y me hace saber con su coqueto saludo que no me tiene miedo. Doy un trago al tequila y una calada mientras observo el hermoso páramo de apenas unos metros que se muestra devastador frente a mí. Ranilla habla de peleas con otras compañeras, de broncas con quien quiere chulearla, de sobredosis y redadas, habla, habla y habla, con esa voz aguda, insufrible, y esas formas sensuales toscas y deslavazadas de a quien le ha sido tatuado el pecado a hostias. Tras el trago lento y mientras extraigo el humo del cilindro prensado de tabaco, pregunto a la pequeña meretriz si está de acuerdo con Nietzsche en que como superhombres debemos permaneced fieles a la tierra y no creer a quienes nos hablan de esperanzas sobreterrenales, puesto que son envenenadores, lo sepan o no.

La muchacha responde de inmediato, como un resorte, sin apenas digerir la reflexión filosófica. Yo creo en mi virgencita, dice, ella me libra de todo mal, añade, la tierra y los curas me la sudan, de hecho odio este puto barrio y a los pederastas de los sacerdotes, sentencia, dicho lo cual retoma el relato de la pelea con la Polaca y cómo le marcó la mejilla.

Doy otra lenta calada mientras termino el tequila. Ranilla es dura, capaz de morder incluso tras haberle sido arrancadas las extremidades, uno de esos seres que se la ha chupado a Satanás y no les resta más mierda que tragar, sin embargo, algo cálido late en su interior, algo humano, animal, algo que le quita poder frente al frío burguesito que me ha contratado, él está hueco, sin conciencia ni remordimientos, él el superhombre. Y sin más, me alejo de la barra escuchando los improperios de la despechada puta por mis feos modales.

Mientras sorteo las mesas entre la mortecina luz, paso junto a monos, junto a hombres mutados en animales, seres humanos a los que en algún momento se les arrancó el pellejo y ahora asemejan bestias. Observo las ojeras y las bocas melladas, las arrugas hechas callo, las orejas aguzadas junto a los cuerpos curtidos, la omnipresente pose tensa del carnívoro famélico que otea posibles víctimas. Los supero a todos en la seguridad de que no hay individuos más resentidos, organismos más traumados, naturalezas mejor modeladas para la supervivencia que las presentes. Oportunistas carroñeros, feroces cazadores, despiadados gladiadores, y con todo pecadores caídos, apestados marginales repletos de pústulas y vicios enterrados en una poza marginal, hombres que reptan en vez de caminar, hombres que rugen en vez de hablar, hombres que quizá ya no sean hombres, tan alejados de la genética superior del burguesito, de ese porte de amo, de dueño, de propietario de seres humanos, de ese halo de semidivinidad que convierte a los caníbales que me rodean en sus sirvientes, en babeantes mascotas que suplican los huesos mondados de su mesa. Sí, él el ciudadano con derechos, él el destacado representante de la comunidad, él el depredador que ocupa la cúspide de la pirámide alimenticia, él el superhombre.

Para cuando dejo el oscuro cubil la fría noche es el todo. Ahora piso charcos entre sombras y rostros mal encarados que buscan dosis, tragos o felaciones. Salto y corro con las manos en el gabán, siempre atento, sabedor que las tenues luces del gueto ocultan las trampas y cepos, las simas donde caer y ser devorado, y mientras lo hago pienso en lo dicho por el filósofo alemán, “Dios ha muerto, viva el superhombre”. Quizá Nietzsche quiso decir que el burguesito de piel blanca ha conseguido declarar senil a Dios y ser nombrado administrador único de su patrimonio. Quizá quiso decir que es el tiempo del superhombre con superabogados que hacen que la ciega Justicia les guiñe un ojo sino los dos. Quizá quiso decir que es el tiempo del superhombre metido en política, no para medrar, sino por vocación de servicio a los demás. Quizá quiso decir que un hombre un voto pero que es el superhombre el dueño de la urna y por tanto el que cuenta las papeletas. Quizá quiso decir que es el tiempo del superhombre, que dueño de los medios de comunicación, muestra a los demás el color de la verdad y la sincera realidad a doble portada. Casi sonrío, soy afortunado, el superhombre ha venido a mí, y ha solicitado mis servicios, ha dicho, mata por mí, y yo he asentido. El ser más evolucionado de la Naturaleza, la criatura más parecida a Dios, el ser más civilizado, más desarrollado, más ilustrado, más perfeccionado, se ha situado junto a mí y me ha permitido por comparación vislumbrar mis taras, mis máculas, esas anormalidades que son la razón de que naciera en una cloaca, de que creciera entre golpes y mordiscos, por las que pertenezco a una clase inferior, una casta de apestados tan alejados de la nobleza de mi comprador como el charco del mar. Yo el semihumano.

Y así vislumbro en la descarnada esquina la figura del vigilante camello, del moro vendedor de dosis de felicidad, ese tendero que trapichea con el secreto que convierte a los hombres en espíritus. Y es cuando sus ojos de rapaz me identifican que ya no miran nada más, mis furtivos pasos centran toda su atención, y su rostro deja entrever el desconsuelo de encarar un reptil. Y es cuando estoy a su lado que el traficante traga saliva y fuerza sonrisas y palabras atentas. La papelina de siempre cambia de manos al igual que el dinero, pero esta vez, hay una pregunta.

¿Cuál es la máxima vivencia que puedes tener? Pregunto al anonadado marroquí. Tras dos segundos sin respuesta, replico que según Nietzsche es la hora del gran desprecio, la hora en que incluso nuestra felicidad se nos convierta en náusea, y eso mismo ocurra con nuestra razón y con nuestra virtud. El pequeño magrebí no dice nada, a pesar de estar acostumbrado a tratar con todo tipo de colocados y alucinados se limita a mirarme abrumado sin querer contestar al matador. ¿Desprecias tu felicidad? Esa es mi segunda pregunta. ¿Desprecias tu razón, tu virtud? Y esta es la tercera. Hace frío, es de noche, la calle está despoblada y un traficante y un matón permanecen inmóviles conversando de filosofía en el gueto. Si no desprecias esas tres cosas no eres el superhombre, le indico. El tipo asiente asustado para inmediatamente negar y volver a asentir indeciso ante la opción correcta. Tras un breve silencio me giro y continúo andando.

Tras dejar atrás las chabolas y recorrer caminos embarrados alcanzo un oasis de luz en medio del páramo de infraviviendas, la solitaria gasolinera que descansa a un costado de la autovía.

Surjo como la alimaña tras el olor de los cubos de basura, esquinado, huidizo, sólo una sombra que observa y que no tarda mucho en descubrir cómo la dulce princesita deja las llaves puestas mientras va a pagar el repostaje. La alimaña ya tiene coche.

Mientras conduzco golpeado por luces blancas y rojas doy instintivas caladas. Abotagado recuerdo las preguntas de Nietzsche, ¿qué anuncia vuestro cuerpo de vuestra alma? ¿No es vuestra alma acaso pobreza y suciedad y un lamentable bienestar?

Soy un animal y los animales no poseen alma, difícilmente tendré una, sin embargo estoy seguro de que el burguesito posee tres, quizá las compre o se las hagan a medida. Me pregunto si el burguesito sabrá qué es el superhombre, estoy seguro de que sí, ningún otro tendría cojones para señalarme y decirme: “si me engañas te jodo”. Nadie en el poblado marginal haría eso salvo un suicida, porque a mí no se me puede joder y todos lo saben, no puedes dañar lo que no siente, ni matar lo muerto, lo mejor que puedes hacer es apartarte y no rozarme, porque si lo haces te mancharé, pero el burguesito sabía que podría amenazarme y salir indemne, porque es el superhombre y sabía que yo lo reconocería.

Gracias a la autovía, las chabolas y la infravivienda dejan rápidamente paso a un barrio feo del sur, de esos creados para proletarios y ahora atestados de inmigrantes ilegales. Esnifo la coca en un semáforo y recupero algo de humanidad. Busco la calle, callejeo, volanteo entre caladas y pausas para esnifar. Finalmente la encuentro. Detengo el coche en doble fila y con él mis pulsaciones. Es el silencio y Nietzsche diciéndome que el hombre es una cuerda tendida entre el animal y el superhombre, una cuerda sobre un abismo. Un peligroso pasar al otro lado, un peligroso caminar, un peligroso mirar atrás, un peligroso estremecerse y pararse. La grandeza del hombre está en ser un puente y no una meta: lo que en el hombre se puede amar es un tránsito y un ocaso. Doy otra lenta calada y abandono el coche.

Desciendo la calle hasta el único bar iluminado en todo el suburbio. Cuando lo alcanzo y propulso su colorida puerta la llamativa música andina me golpea. Quedo quieto un instante reconociendo el antro y a su sudamericana concurrencia. Yo no los conozco ni ellos a mí y sin embargo, al instante, ellos saben que yo no soy una buena noticia y yo sé que ellos son nada.

Camino hacia la barra y solicito un tequila al receloso inmigrante de rasgos indígenas que hace las veces de camarero. Mientras lo sirve echo un retador vistazo sobre las interrogantes miradas que me rodean apagándolas. Cuando el tequila deja de caer pregunto al sudamericano, si como Nietzsche, él también ama a quienes no saben vivir de otro modo que hundiéndose en su ocaso, pues ellos son los que pasan al otro lado. El incómodo empleado no responde, baja la mirada y se retira en la seguridad de que el silencio es la respuesta más acertada. Engullo el tequila.

No hay superhombres junto a mí, ninguno de los beodos que me rodea vive hundiéndose en su ocaso, sólo son restos del naufragio social que la corriente arrastra, damnificados, daños colaterales del liberalismo. Tengo junto a mí al jardinero del burguesito, a su criado, a su chofer, todos nacidos para ser empleados del superhombre, como yo, nada distingue al pit bull que guarda la puerta del podenco que trae las perdices abatidas, todos mascotas al servicio del amo. Solicito otro tequila.

El camarero rellena el vaso sin mirarme. Doy una calada y froto mis ojos. Hubo un tiempo en el que creí que el mundo se dividía entre los que sufrían y los que hacían sufrir, nací en un lado y peleé duro hasta conseguir estar en el otro. Una vez logrado pensé que ser matador, carnívoro en vez de herbívoro zanjaba el tema y el sufrimiento sería cosa del pasado, sin embargo no ocurrió tal cosa, las pesadillas de la infancia con careta de desesperanza continuaron presentes, el agónico desconsuelo de seguir siendo víctima aun disfrazada de verdugo, el viejo compañero de presidio lo llamó así, no se escapa de lo que eres, decía. Genéticamente soy inferior al burguesito, aunque me afile los caninos y mis músculos resulten más pronunciados, el neandertal frente al sapiens, la segura extinción del primero a manos del segundo aunque el primero resulte más fuerte y resistente, el dictamen de la genética. Doy cuenta del tequila.

Insto al camarero a dejar la botella junto al vaso mientras extiendo un billete que cubre las consumiciones. Elijo un rincón solitario y me arrastro hasta él. Tengo que esperar a que sea de día, tengo que esperar a que la condenada salga de su casa para cumplir la sentencia, el tequila acortará esa espera.

Ahora hay caladas y silencio, rápidos tragos junto con cadenciosas pausas, mis ojos vacios mirando la nada, esperando descubrir quién soy. Nadie me mira aunque todos saben que estoy aquí, y yo continúo imperturbable. Nada me altera, nada me impresiona, nada hace palpitar mi reseco corazón, soy el reptil que espera mientras el tiempo avanza sobre él. Y así la noche pasa.

El atenazado dueño va a cerrar y mi somnolienta persona es importunada. El local está vacío y sólo mi deslavazado cuerpo permanece vencido contra la madera de una silla. Me incorporo. Suspiro al tiempo que escucho las disculpas del sudamericano. Saco un cigarrillo y lo enciendo mientras miro impávido a mi interlocutor. Doy una calada. Y le pregunto con la voz ronca, si como Nietzsche, cree que es preciso tener todavía caos dentro de sí para poder dar a luz una estrella danzarina. El tipo deja de barrer y pone gesto de no entender. Doy otra calada. Continúo mirándolo. Sabes que la tierra se ha vuelto pequeña, digo, y sobre ella da saltos el último hombre, que todo lo empequeñece. Y añado, que su estirpe es indestructible, como el pulgón, el último hombre es el que más tiempo vive. El tipo continúa apoyado en el cepillo con el mismo mohín de extrañeza rezando en su interior para que el loco borracho marche de su local. Creo que yo soy ese hombre, añado con gesto rotundo, después, camino tambaleante hacia la puerta.

El frío me golpea y me recuerda que todavía queda noche. Doy la enésima calada con el ademán del cánido que aúlla a la luna llena. Escondo las manos y encojo los hombros al tiempo que mi vello se eriza. Camino por la solitaria calleja en la seguridad de que soy la única cosa viva que no siente temor de la oscuridad. Y mis pasos me llevan al coche, en el que entro y quedo quieto acechante.

Ahora todo se ralentiza aún más, el sopor se mezcla con la indolencia mental generando una papilla narcótica que me acuna pero no me rinde. No me dormiré, no dormiré porque yo nunca duermo, jamás en profundidad, quizá baje mis párpados pero cuando ese portal se abra mis ojos estarán abiertos. Y así ocurre.

En algún momento cuando no hace mucho que el sol ha hecho notar su presencia el portal se abre por segunda vez. En esta ocasión no es el cincuentón canoso tocado con mono de trabajo, en esta ocasión es una pequeña sudamericana, la mujer de la foto.

Estoy fuera del coche antes de que la puerta se cierre. He cruzado la calle antes de que la mujer dé un paso. Me encuentro frente a ella antes de que su cerebro razone si la mañana es fría.

Es bajita como todas, quizá más guapa que la mayoría, igual de morena, puede que con los rasgos indígenas más velados. Me mira sobresaltada, demasiado adormilada para entender el significado de mi diestra en el bolsillo. Cae un segundo, y otro, y un tercero, y mi mano no surge junto con su pesada carga metálica. Y no lo hace porque hay algo que no está bien, algo que no puede ser.

Conoces a Nietzsche, pregunto. La muchacha niega con la cabeza, cada vez más consciente de que algo malo va a sucederle. Es entonces que doy un paso atrás, y otro, y un tercero, me retiro caminando de espaldas sin dejar de mirar a la conmocionada sudamericana. Para cuando alcanzo el automóvil la petrificada joven aún no ha deshelado su sangre y permanece observándome con las manos abrazando sus codos en una inconsciente postura defensiva. Una vez en el coche acelero y dejo atrás a la mujer enmarcada en aquella fealdad de barrida residual.

Ninguna de las voces que suelen roer mi cerebro dice nada mientras enciendo un cigarrillo. Sólo volanteo entre esquinas y coches a los que supero. Pestañeo entre el humo mientras mi respiración muestra la inmutabilidad de mi presión arterial. Busco el olor familiar de mi cloaca, del gueto, el lugar donde mis taras son invisibles y mis vicios normalidad. No pienso, sólo me deslizo, me dejo caer.

Lo veo rápido, quizá lo he olido incluso antes de que presione el sucio portón del garito que sirve de abrevadero a las bestias del averno. Lo observo entrando con su cabeza rapada y sus ropajes negros, con sus anchas espaldas y su mirada escrutadora de formación militar. Para cuando me ve yo sólo leo las muescas de la carcomida mesa de madera en un aparente trance narcótico. Pide algo y apenas le da un trago, paga y se marcha. Yo quedo igual que estoy, cabizbajo, tirado sobre mi rincón sin que mi respiración resulte apreciable, aparentemente muerto, esperando que el tequila caliente mis desvencijadas hechuras y mate los microbios que me hilvanan.

Todas las fieras que beben en esta charca tienen el hedor familiar del gueto, si vienes de fuera, por muy suave que camines harás ruido, por muy despacio que te muevas se te verá, por mucho pellejo animal con el que te cubras te oleremos. No ha sido difícil detectarle, como tampoco lo ha sido saber que viene por mí.

Los periódicos decían que la denuncia de una ex empleada suya acusándole de violación había jodido al burguesito. En televisión, el prestigioso y sonriente abogado decía que era una acusación falsa con la intención aviesa de sacar dinero, lo decía con una seguridad pasmosa, con autosuficiencia, pero sus pupilas temblaban con la oscilación de la inseguridad, las bestias notamos esas cosas. La radio decía que la esposa había solicitado el divorcio en un momento muy delicado para su marido. Era el caos para el superhombre, un caos propiciado porque un esbirro suyo, un tipo al que compró, no ejecutó a tiempo a una pequeña sudamericana.

Ahora, la amenaza del superhombre toma cuerpo, “si me fallas te joderé”, por eso está ese tipo rapado vestido de negro husmeando mi rastro, y la cosa es que yo no le he fallado.

            Tardo un rato en apurar unos tequilas y pensar en nada. Quizá alguna mirada esquiva de félido listo sepa lo que ocurre e incluso lo que va a ocurrir, alguna mirada soslayada que nota cómo al alzarme los pájaros callan anunciando al depredador. Y una vez erguido enciendo un cigarrillo y quedo observando la mala iluminación y los rostros deformes, dos caladas más y nadie mira porque no quieren mirar, pero todas las orejas están tiesas y cada organismo se tensa. Es el tiempo de la caza, el tiempo de repartir los papeles de cazador y presa, el tiempo para el que yo fui parido, esculpido y pulido. Ahora camino hacia la trastienda, hacia esa puerta trastera rodeada de cajas que da al patio, que a su vez da al portal de la calle perpendicular.

            Cuando surjo en la calleja doy otra calada mientras observo la quietud, inhalo desapasionadamente y dejo que pasen unos segundos para que el viento me traiga el tufo de los intrusos. Ahora camino hacia la esquina, la doblaré y descubriré un coche con el motor encendido y dos ocupantes en su interior, el conductor y el ejecutor, ambos esperan a que un marginal que ha jodido a su jefe abra la puerta para coserle a balazos. No es un mal plan para cazar conejos pero no es suficiente para abatir a Lucifer.

            Y así me aproximo a la luna trasera completamente empañada por el efecto de la calefacción interior, eso me hace invisible y me permite acomodar la pistola con total tranquilidad y comenzar a disparar desde atrás. La luneta trasera salta hecha pedazos mientras vacío el cargador sobre las espaldas de los dos matones profesionales. Es rápido. 

            Ahora camino despacio, encendiendo un cigarrillo mientras piso barro. Aún nadie se ha aproximado al coche al que doy la espalda alejándome, y nadie lo hará en un buen rato, nadie habrá visto ni oído nada, y es posible que el coche y los cadáveres nunca hayan estado donde están ahora.

            Me aproximo a la gasolinera tras pisar todos los charcos, me dejo bañar por la luz artificial de aquel oasis proveedor de medios de trasporte. A los quince minutos estoy conduciendo un BMW negro.

            Las autovías me llevan hacia el norte, hacia uno de esos barrios con jardines y seguridad privada, uno de esos lugares donde residen los superhombres con sus superpiscinas y sus supercolecciones de supercoches. Es un problema salir en los periódicos y que todo el mundo sepa dónde vives, es un problema que un marginal deforme al que crees ya muerto conduzca en dirección a tu casa.

            Tras la sucesión de luces rojas intento pensar en alguna frase memorizada de Nietzsche, eso me calma, me mantiene en este letargo de ofidio de sangre fría, en este sosiego que me aleja de los gritos y llantos vividos, de los alaridos y lamentos tantas veces escuchados, de las detonaciones y estallidos oídos. Y la frase llega.

“Vosotros los solitarios de hoy, vosotros los apartados, un día debéis ser un pueblo, de vosotros, que os habéis elegido a vosotros mismos, debe surgir un día un pueblo elegido y de él, el superhombre”. Rumio la frase una y otra vez hasta hacerla mía. Miro al frente entre luces y carteles indicativos, pero no dejo de repetir la proposición, una y otra vez, eso regula mi respiración, hace que las caladas sean coordinadas, logra que mi deteriorado cerebro consiga mantener el coche entre las líneas blancas y no lo estrelle contra un muro. Y la salida de la autovía da acceso al selecto barrio residencial de casas unifamiliares.

            Detengo el coche frente a la garita de la entrada y desciendo. El obeso vigilante de seguridad y su traje a juego se interesan por mi persona, y se disponen a preguntar cuando le hundo el puño en la mandíbula y golpeo con la culata hasta que pierde el conocimiento. No entiendo que los superhombres se protejan con monos vestidos con uniformes.

            Levantada la barrera me inserto en una red de preciosas calles ajardinadas iluminadas por sus preciosas farolas. No tardo mucho en llegar frente a una impresionante vivienda custodiada por un automóvil y dos figuras en su interior. Cuando se dan cuenta tienen a un marginal apuntándoles con una pistola.

            Ahora somos tres figuras que caminamos hacia la puerta de la preciosa mansión. Uno de ellos pulsa el telefonillo y ante la pregunta se identifica, lo hace para evitar que sus sesos entren en contacto con el impoluto césped. La cara sorprendida del burguesito nos recibe. De pronto somos cuatro figuras caminando hasta el salón.

            El burguesito se ha sentado en el níveo sofá de cuero custodiado a cada lado por sus guardaespaldas, y yo estoy frente a ellos. Le pregunto por qué quiere matarme. El burguesito, lejos de amedrentarse, vomita toda la rabia macerada durante estas estresantes semanas. Brama que no cumplí lo pactado, que me quedé con el dinero y no maté a la puta sudaca.

            Suspiro. Enciendo un cigarrillo y le doy una larga calada. Respondo que estoy esperando. El rostro del superhombre muestra desconcierto. ¿Esperando qué? Pregunta.

Doy otra calada. Y otra. Miro fijamente el colérico rostro de mi amo. Suspiro. Finalmente respondo que estoy esperando a que dé a luz. ¡Estaba embaraza! Preñada, fecundada, encinta. Él pagó por matar a una mujer, ese fue el trato, una vida, no pagó por eliminar dos vidas, eso es más caro. De modo que espero.

La boca del burguesito se ha abierto con el gesto de la incredulidad, me mira intentando asimilar que ese defecto de forma le haya costado actual el infierno. Un tecnicismo en boca de un asesino marginal, de un criminal politoxicómano, de un delincuente condenado a reventar en cualquier momento, haya significado que su vida se desarme como el juguete de un niño. No porque a mí me importe eliminar a una mujer, no porque me importe eliminar a un nonato, no porque me importe si la violó y es hijo suyo, sólo porque intentó eliminar dos vidas por el precio de una, ¡qué feo! El superhombre intentando engañar a un animal irracional.

            En medio de la incredulidad general doy una larga calada y le pregunto si conoce a Nietzsche. No responde. Le explico que yo sí, lo conozco, tengo memorizadas un montón de sus frases, pero tengo un problema… no entiendo una puta mierda de lo que dice. Me esfuerzo, lo intento, intento eso de razonar, de pensar, de filosofar, pero nada… no consigo entender qué coño quiere decir el alemán de los cojones. Aunque lo que sí creo que he pillado es el concepto de superhombre, y he pensado que si el superhombre, es decir el burguesito, elimina al hombre, es decir la sudaca, y yo le elimino a él, ¿eso me convierte en… supersuperhombre? O me deja como la alimaña, el microbio más dañino del planeta, el homo sapiens sapiens, el animal nacido de mono que aspira a ser humano, a héroe, a santo, a semidios.

            Ahora tiro la colilla sobre el impoluto césped. Cruzo el jardín en dirección al coche. He dejado al burguesito con un orificio de bala en la frente manchando su níveo sofá de cuero. No lo he hecho porque haya intentado matarme, ni porque intentara engañarme, lo he hecho porque la sudamericana me dio un sobre con dinero por hacerlo, ese dinero con el que el burguesito intentó comprarla inicialmente. La joven me buscó a las veinticuatro horas de verme, de comprender lo que sucedía, y me contrató, ella sí dijo matar. Lo que no tengo claro es si era consciente de que dentro de cinco meses, cuando dé a luz, tendré que matarla.

Siempre cobro

Vanessa con dos eses dice que me quiere y que lo soy todo para ella. ¡Qué bonito es el amor! La pequeña sudamericana me susurra que soy su dios mientras ronronea y frota su desnudez. ¡Pero qué bonito es el amor! La melosa muchacha roza sus carnosos labios contra el lóbulo de mi oreja y musita cálidamente que los veinte minutos han terminado y que se está desenamorando. ¡Joder, qué poco dura el amor!

Vanessa con dos eses se incorpora y dice que el tiempo es dinero y la propiedad privada un crimen. Genial. No hay nada como estar tirado sobre un camastro relleno de coca y empapado en tequila para apreciar el ingenio de una puta marxista, o de una marxista puta o yo que sé… La cosa es que la droga y la misoginia me fuerzan a igualar el reto y cito a Nietzsche con eso de que “yo amo a quien no quiere tener demasiadas virtudes dado que una virtud es más virtud que dos, porque es un nudo más fuerte del que se cuelga la fatalidad”, ahí queda eso. Vanessa con dos eses deja de subirse las medias y sorprendida me pregunta qué significa, respondo que ni puta idea, lo repetía mi compañero de celda antes de dormir, pero ¿a qué queda cojonudo? Vanessa con dos eses se abrocha el sujetador y dice que soy retrasado mental. ¡Joder, vaya novedad! No hay que ser puta, ni marxista, ni siquiera una sudaca de mierda para darse cuenta de eso. Pero… ¿y qué fue del amor? ¿Es Nietzsche un obstáculo? ¿Es por mi misoginia? Intento recordar si me quedan cincuenta euros en el gabán para conseguir que Vanessa con dos eses se vuelva a enamorar de mí otros veinte minutos. No. Tres noches de farra han pulido mi cash, mis bienes inmuebles y mis acciones en hidroeléctricas. Sale tan caro esto del amor.

Cuando me incorporo y comienzo a enfundar torpemente mis músculos en ropajes negros, entonces, mientras mi cerebro flota en un caldo narcótico y la presión estupefaciente licúa mis venas, razono lo dicho por Vanessa con dos eses sobre mi imbecilidad. Vamos a ver, mido dos metros, peso ciento veinte quilos adornados con todo tipo de tatuajes y coronados por una enorme cabeza rapada saturada de cicatrices, no sé, no termino de ver mi estética encajando en la Real Academia de las Letras, además seguro que esos tipos no llevan una pistola adosada al costillar ni navaja en el bolsillo. Quizá debí elegir Oxford en vez del peor gueto marginal del Occidente industrializado, aunque… esperen, no lo elegí yo, fueron mis adictos progenitores los que decidieron defecarme en esta iletrada alcantarilla, quizá no me daba la nota para Cambridge. ¡Hay que joderse con papá y mamá!

Y es cuando Vanessa con dos eses se marcha sin darme mi besito de despedida que sospecho que sus orgasmos eran fingidos. Mientras adquiero ese conocimiento, tras la puerta abierta aparecen los caretos de dos extraños personajes. A juzgar por sus rostros hoscos y sus ademanes de chicos malos yo diría que son matones, o eso, o dos joviales colegialas con sus huchitas pidiendo donativo. Como no veo las huchas meto la mano en el bolsillo y aprieto la estampita en forma de pistola que siempre me libra de todo mal.

Lagarto y Buba me conocen, no se si de algún campamento juvenil o de algún retiro carcelario, siempre es agradable verles, quién no desea que dos asesinos cocainómanos le busquen, hay tantos motivos… que te quieran matar, que te quieran torturar, que te quieran violar, que quieran tomar té con pastas en este apacible a la par que sórdido lupanar… Alzó mis dos metros y pongo esa cara típica del barrio de “me suda la polla todo”, intento decirles que se me ha roto la tetera y que no me viene bien morir hoy pero que si quieren bailar bailamos. Lagarto y Buba dilatan las pupilas y se apresuran a suavizar el gesto conscientes de que el narcotizado gigante que tienen enfrente puede confundirles con dos muñecas hinchables y… joderles. Resulta que los chicos no vienen a hacerme pupita sino a ofrecerme trabajo. Qué majos. Con el índice de paro que hay en el barrio y yo acaparándolo todo, quizá debiera abrir franquicias. Total que como me están pintando el despacho decido hablar de negocios en la barra del burdel en compañía de desdentadas prostitutas y beodos perdedores.

Lagarto y su halitosis me hablan de un chico limpio e inmaculado, residente en el barrio donde viven los limpios y los inmaculados, hijo de un importante jefe político limpio e inmaculado, que cansado de probar cosas limpias e inmaculadas decidió bajar hasta el sucio y contaminado gueto para hacer cosas sucias y contaminadas. Qué chiquillo éste. Y resulta que el rebelde y problemático niñito al que papá daba todos los caprichos pero no daba cariño, no sólo se hartó de química y carne de meretriz sino que jugó, y apostó, y perdió, sesenta mil. Bien, hasta aquí el cuento es tolerado para menores, la cosa es que cuando el impoluto hijo de papá fue amablemente invitado a pagar por los agradables proxenetas y honrados traficantes a los que adeudaba, éste se carcajeó y dijo no poseer nada. No pagaría porque nada poseía. Lo repitió, lo recalcó y se lo escupió a la anonadada fauna marginal que le escuchaba. Qué bonito. Bien, generalmente la gente no suele alcanzar el orgasmo cuando descubre que le debe dinero a unos caníbales con tantos antecedentes penales como ausencia de escrúpulos, pero el trastornado que nos ocupa debía carecer de instinto de conservación dado que invitó a sus acreedores a que le mataran y torturaran, se la sudaba, no sacarían nada, y todo esto, en palabras de Lagarto, entre risas e insultos. Qué huevos. En condiciones normales el deudor estaría ya en diversas bolsas de basura abonando el barrio, pero en esta ocasión el suicida no sólo salió de una pieza sino que abandonó esta apestosa alcantarilla sin la menor molestia. ¿Y por qué? Porque matar al hijo de un político en tu garito queda feo, y matarlo dos calles más allá llamativo para las operaciones ilegales de las que vive medio barrio, además los del lumpen pensaban cobrarle al padre pero… resulta que el político populista no quiere tratos con chusma y no desea saber nada de la oveja negra, además considera que nadie tocará su sangre. ¡Joder, qué gente más lista son los limpios e inmaculados! Total, que los honrados delincuentes no han tenido otra que recurrir a mí, es cierto que es como intentar matar el pavo de Navidad con un oso polar pero… la cosa es que yo siempre cobro.

Buba larga sobre la barra un grueso sobre negro que contiene una foto del condenado con una dirección en el reverso, y junto a ella un cuantioso fajo de billetes para que pueda repartirlos entre los menesterosos y hacer el bien a mi prójimo. Lo ojeo. Le pregunto a Buba si en el caso de que no encuentre leprosos puedo gastarme el dinero en drogas y putas. Buba me mira extrañado, es consciente de que le vacilo pero como mido dos metros, peso ciento veinte quilos y tengo peor reputación que las ladillas no dice nada. Cojo el sobre, me trago el tequila y sello el trato. Quizá deberíamos firmar algo, no sé, por Hacienda, no tengo claro si estas cosas desgravan.

Lagarto y Buba recuerdan repentinamente que se han dejado el grifo abierto o que tienen que hacerse las ingles brasileñas así que quedo a solas con el grasiento y huraño dueño del antro. Le invito a dejar la botella de tequila que ha de servirme de desayuno y le pregunto si sabe que Dios ha muerto. El tipo recela, sabe que me gano la vida arrancándole las entrañas al personal así que rumia la respuesta hasta lograr emitir una tartamudeante negación. Pues sí, le digo, por lo visto ha palmado ahora es el tiempo del superhombre, me lo dijo mi compañero de celda que tenía dos carreras, claro que mató a la mujer por celos y terminó en la misma casilla del parchís que un iletrado asesino predestinado al matadero desde la infancia, curioso. El tipo no dice nada y empiezo a sospechar que a pesar de regentar aquel apestoso prostíbulo no tiene ni puta idea de filosofía ni de metafísica.

Una vez terminada mi higiénica infusión de tequila y como veo que no quedan cruasanes con mantequilla abandono aquel agradable establecimiento. Alcanzo la calle y el sol me pega una hostia con la que por poco me tumba. Le miro y gruño. Me introduzco en mi destartalado coche y esnifo una ralla en el salpicadero. El tsunami ácido alcanza mi cerebro y arrasa con las despistadas neuronas que aún quedaban vivas, sonrío, no las necesito, en mi barrio ser un gigante retrasado que reparte hostias como panes te sitúa en lo más alto de la cadena evolutiva, y saber qué es una raíz cuadrada o tocar el piano, bajo la bota de alguien, generalmente alguien parecido a mí, ¡joder, si es que soy un triunfador!

Mi amado vehículo arranca al quinto intento junto con el décimo exabrupto y acelera entre críos sucios que juegan en calles sucias. Enciendo un cigarrillo de maría y conduzco entre automóviles quemados y fachadas desvencijadas con las marcas de las bandas. Este barrio cada día está peor, faltan bibliotecas y sobra gente como yo, aunque aquí yo tengo una utilidad pero un bibliotecario… no sé, para mí que lo de saber leer está sobrevalorado.

Doy otra calada. ¿Así que el chico limpio dice que no tiene nada? pero yo no le veo por aquí, este es el basurero donde va a parar la nada, lo inútil, lo que no sirve, lo defectuoso, lo que no vota, lo que no consume, no lo veo a él, pobrecito, seguro que estará buscando otra manera de suicidarse para llamar la atención de papi, ¡qué lástima! Qué penita me da. El pobre no tuvo la oportunidad de nacer entre ratas y palizas, lo mismo hasta nació entre algodones y nanas, de papá constructor y mamá decoradora de interiores, ¡qué putada! Bueno, no todo el mundo tiene la suerte de ser parido por un par de heroinómanos ludópatas que apagan cigarrillos en tu espalda. Es comprensible que el pobre no tenga nada y se sienta vacío, aunque quizá yo pueda ayudarle, seguro que tiene algo que valga sesenta mil y no lo sabe.

Cuando las calles dejan de tener el aspecto de una guerra nuclear sé que he abandonado mi gueto. Lo sé porque veo alcantarillas y papeleras, esas cosas se crean para alojar la mierda, en el viejo barrio tendrían tanto sentido como poner bañeras en el mar. Y luego están los escaparates, me encantan los escaparates, un montón de felicidad separada de ti únicamente por un frágil cristal, la felicidad al peso, en bruto, y sólo una mierda de cristal separándote de ella, ¿y qué pasa? Que los limpios e inmaculados pegan sus narices a la cristalera, la observan y continúan su camino infelices. Impresionante. Cosa curiosa eso del civismo, lo debieron inventar los cristaleros.

Mientras intento convencer a mi narcotizado cerebro de que la lucecita roja es parar y la verde arrancar observo el ir y venir de riadas de limpios e inmaculados. Hace un frío del carajo y no entiendo el porqué de tanta gente en la calle, ya lo sé, un ridículo gordo de barba blanca vestido de rojo me saca de dudas, es Navidad. Sonrío, me encanta la Navidad, es cierto que el espíritu navideño no entra en mi barrio desde que la última vez lo violaron pero… El insistente claxon del coche de atrás me jode mi preciosa fantasía de muérdago y espumillón. Miro por el retrovisor y un encorbatado gesticula como un poseso señalándome la luz verde mientras brama algo sobre la posible pertenencia de mi mamá al gremio de las prostitutas. Inspiro, expiro, inspiro, me bajo del coche. El sonido cesa, incluso la cara de ira del encorbatado muta en una especie de máscara churretosa, quizá el hecho de ver que un gigante tatuado repleto de cicatrices se te aproxima hace que te preguntes cosas transcendentes como, quién soy, hacía dónde voy, hasta dónde podría introducirme la lengua en el culo… La cosa es que cuando me sitúo junto a su ventanilla y me disculpo por impedir que llegue a tiempo al sexshop para comprarle a su suegra los penes de látex de regalo de Reyes, le explico que acabo de romper con una oveja merina con la que mantenía una relación de tres años y me encuentro especialmente sensible, de manera que el más leve ruido podría hacerme llorar, y si eso sucede me pongo muy cariñosón y me da por estrujar al personal. El tipo no dice nada pero su esfínter sí. Como veo que lo ha entendido le deseo feliz navidad y le comento que mi madre sólo se dedicó a la prostitución temporalmente para conseguir las dosis, que no era una profesional sino más bien una advenediza, y le preguntó si la conoció. El tipo y sus sudores niegan con la cabeza. Coño, pues es bueno adivinando la profesión de la gente, le comento, lo mismo hasta podría adivinar la mía. Los claxon interrumpen nuestra amigable charla, bueno, lo hacen hasta que me yergo, luego todo el mundo deja de tener prisa. Más majos los limpios e inmaculados.

Observo la dirección del reverso de la foto mientras conduzco hacia la zona norte, allí está el barrio de los jefes de los limpios e inmaculados, allí residen los triunfadores, tienen casas más grandes y jardines más grandes, es posible que tengan pollas más grandes, aunque no estoy seguro de que eso se pueda comprar aún con dinero. La cosa es que los seres más felices y limpios anidan allí, son los que más cosas tienen y por tanto más felicidad, alrededor de ellos están los menos felices y menos limpios que tienen cosas en volumen variable igual que su felicidad, y luego está el geto, que es donde la gente sucia no tiene nada, y por tanto no es feliz, pero claro alguien tiene que joderse y ser sucio, si no, cómo coño se van a distinguir los limpios, si todo el mundo estuviera feliz de qué cojones serviría vivir en la zona norte y tener un enorme jardín.

Mientras rebusco bajo los asientos en busca de la botella de tequila entro en la verdosa y pulcra zona residencial. Consigo el vidrio que contiene el alcohol y lo desfloro, mientras lo hago detengo el coche frente a un repeinado caballero con pinta de curilla que sostiene con una correa algo que parece una rata blanca de brillante pelo rizado. Saco la cabeza por la ventanilla y le pregunto por la calle que figura en la foto. El inmaculado burguesito queda petrificado al verme y emite un pequeño chillido consciente de que va a ser atracado, secuestrado o violado, hecho lo cual recoge del suelo la mascota y la abraza contra su pecho. Suspiro. Consciente de la conmoción que puede provocar mi parecido con su santidad el Papa repito la pregunta, pero el flamante ciudadano no gesticula, simplemente me mira sin poder pestañear. Sopeso la posibilidad de persignarme y solicitar que me explique lo del misterio de la Trinidad porque en el reformatorio no me quedó muy claro, pero luego pienso que lo mismo quiere usar mi tequila como agua bendita. Acelero

Doy otro trago y un par de caladas mientras busco otro limpio e inmaculado votante algo más hablador. Lo encuentro. Una siliconada y estirada rubia teñida que pasea una enorme masa peluda perfectamente cepillada mientras piensa que aparenta cuarenta años menos. Antes de detener el coche intento practicar la sonrisa para evitar que la dama quede petrificada. No lo logro. Sin embargo conforme me aproximo observo que el enorme perrazo defeca una gigantesca hez sobre la impoluta acera, ¿y qué hace la sofisticada y artificialmente moreneada damisela? Se agacha y con la sola protección de una pequeña bolsita recoge aquella blanda y humeante deposición. Anonadado quedo. Aquella clasista y perfectamente conjuntada individua había recogido con su reciente manicura un enorme y apestoso excremento, una hedionda defecación, una repugnante excreción, ¡joder! ¡Una mierda! ¡Una inmensa mierda! Quedo maravillado. Ahora entiendo por qué la diferencia entre los limpios e inmaculados y nosotros. Ahora capto por qué ellos residen en el edén y yo en una marginal alcantarilla. He visto la luz. Si aquella elitista moña, que evitaría rozar a un árabe y que tras darle la mano a un negro correría a lavársela, no tenía reparo en recoger con su propia mano los excrementos de su perro, es que ineludiblemente estaban designados para gobernarnos. Qué esclarecedora visión.

Detengo el coche junto a mi heroína y sacando la cabeza por la ventanilla le pregunto por la calle de marras, no sin antes asegurarle emocionado que gente como ella me hace desear ovular. La cosa es que mi retocada interlocutora queda paralizada con la correa del chucho en una mano y con la bolsita de la defecación en la otra. Entiendo que al no tener pinta de rutilante mascota sino de peligroso delincuente tabernario la mujer tenga reparos en interaccionar conmigo, de manera que tras asegurarle que no veo la menopausia como una limitación sino como prueba de madurez, le repito la consulta. Esta vez, la dama del botox señala una dirección y tartamudea el número de calles a cruzar. Quedo tan agradecido que ensalzo las cualidades estéticas del oso hormiguero que pasea. Acelero.

Mientras recorro ajardinadas fincas me parece raro que el limpio e impoluto muchacho que no posee nada resida aquí. No parece un sitio apropiado para un desposeído, quizá para mí sí, soy una persona que tiene mucho de todo, antecedentes, traumas, mala leche… mucha mala leche. Aunque nunca se sabe, como dijo Nietzsche: “Así lo quiere la especie de las almas nobles: no quieren tener nada gratis, y, menos que nada, la vida”. Bonito, suena bien, una pena que no sepa qué significa. No distinguiría  un alma de un buzón de correos, y otro tanto me pasa con lo de la nobleza, me suena a enfermedad de transmisión sexual. Encuentro la calle.

Detengo el coche frente a una apacible casita unifamiliar y su apacible vallita. Observo la apacible calle, no hay escoltas ni seguridad privada. Salgo y llamo al apacible telefonillo adosado a la preciosa y apacible puerta de roble. Una voz sudamericana pregunta y le indico que soy la pedicura. El tipo repite la pregunta y yo le señalo que vengo a “maquillar“ al dueño. El tipo no parece entender y cuelga. Quedo quieto admirando la belleza de las arizónicas, estoy seguro de que en una casa como ésta, con todo tipo de medidas de seguridad, el servicio es capaz de abrir la puerta a cualquiera que diga una incongruencia, confiados de que un ladrón no se anunciaría. Y la puerta se abre.

Un pequeño sudamericano con ademanes homosexuales, que entiende tanto de ladrones como yo de arquitectura barroca, me observa y pregunta por la presencia de un defectuoso como yo en el reino de los sin mácula. Le explico que quiero ver al amo para jugar a los médicos, a lo que el dulce y refinado sirviente replica que el señoriíto no está. Bien, le pregunto si tendría a bien indicarle a un asesino profesional el paradero de su señorito. El gay dice que no lo sabe. Suspiro. Ya estamos. Uno departe amigablemente con un puto sudaca de mierda y llegados a la pregunta clave el personal no sabe, no recuerda, no lo ha visto, siempre igual. No se valora el diálogo en este mundo desnaturalizado, eso sí, la coacción se valora de cojones. Total que le indico al edulcorado mayordomo que soy un tipo con innumerables prejuicios producto de nacer y pacer en un peculiar gueto donde los homosexuales son violados y los sudacas tiroteados. Quiero que entienda que estas limitaciones básicas de urbanidad y convivencia, unidas a mi carácter politoxicómano, me llevarían a arrancarle el paquete escrotal sin ningún tipo de remordimiento. El uniformado sirviente recuerda de golpe que su amo se encuentra en su estudio de fotografía y la dirección del mismo. Como me sabe mal terminar la agradable charla así le pregunto si la combinación en el jardín de arizónicas y plantas aromáticas es casual o lo han leído en el Cosmopólitan. El acojonado sirviente no sabe no contesta. Me despido reverencialmente prometiendo que si me encuentro con alguna mierda de perro en la calle la recogeré y… ¡Cielos! No recuerdo qué hizo la elitista burguesita con la bolsita y su caca perruna.

 Acelero por las laberínticas calles ajardinadas buscando la salida de aquel verdoso paraíso. Y entonces me doy cuenta de otra diferencia entre los limpios e inmaculados, las plantas. En el barrio lo único verde son las macetas con marihuana o el vómito de algún borracho, pero aquí los que poseen muchas cosas, los jefes de los limpios e inmaculados, se rodean de plantas, las miman, las cuidan y no reparan en gastos con ellas, quizá al inmigrante que hace de jardinero le racaneen el sueldo pero para las cositas con tallo y hojas todos los caprichos. Y es que los limpios e inmaculados son de un sensible, de una emotividad, no sólo sienten más amor por los animales que por los seres humanos, sino que les ocurre lo mismo con los vegetales, ¡joder, no me extraña que sean superiores a nosotros! Esa capacidad de dar amor, es decir dinero, a cosas que no tienen cabeza, tronco y extremidades me… me… anonada. Sólo me asalta una duda, ¿serán así de mimosos para con los minerales?

Doy un trago al tequila temiendo que la lucidez pudiera asaltarme y dejo atrás aquel florido y elitista barrio residencial repleto de seres etéreos. Me inserto en el mundo de las luces rojas y verdes, con sus señales y todas esas líneas blancas pintadas en el suelo para indicarle al personal por donde ir o no ir. Y digo yo que aquí la gente debe ser retrasada mental para necesitar tanta lucecita y pinturita blanca indicándole el camino. Pobrecitos, tan blanditos ellos, seguro que se estropea un semáforo y cunde el pánico, el caos. Les borras las puñeteras líneas blanquitas y comienzan a violarse unos a otros. Qué afortunado he sido de criarme sin señales de tráfico, bueno y sin educación, sin cariño, sin referencias morales, y lo peor, sin otras mascotas que no fueran  piojos.

Detengo el coche y le pregunto a un grupo de amigables taxistas por la calle del estudio de fotografía. Me ignoran. La cuadrilla de sesudos sofistas fuman y bromean esperando clientes y consideran que atender a un marginal como yo no les reportará beneficio alguno. Error, no se trata del posible beneficio a obtener sino del perjuicio que dejarás de padecer. Si es que la gente no atiende en clase y luego se hace un lío con la propiedad reflexiva, la asociativa y la conmutativa. Desciendo del coche. Los displicentes proletarios me prestan algo más de atención cuando aprecian de cerca mi belleza y mi buen gusto para con el vestir. Eso está mejor. Me disculpo por haber hecho una pregunta tan básica y directa a seres tan intelectuales y sobretodo por estar rezumando bilis por las orejas. En fin, que ante los cada vez más congestionados pensadores, me presento como el mayor hijoputa que ha parido madre y acto seguido planteo una disquisición filosófica a la altura de mis interlocutores, ¿es el hombre sólo un medio, o es un fin? Los bóvidos no sólo no responden sino que comienzan a mostrar signos de nerviosismo. Bien, bueno probemos con otra reflexión, el fatum predica continuamente el principio: “sólo los acontecimientos determinan los acontecimientos”, ¿están de acuerdo? Nada, ni palabra, o he dado con el grupo de taxistas más tímidos del extrarradio o ninguno ha leído a Nietzsche. Me sabe mal pero voy a tener que admitir que el no responderme no era por estar inmersos en profundas cábalas metafísicas sino por mala educación. Qué cosa más fea. Les reprendo. Entiendo que sean unos putos currantes de mierda y que eso les haya convertido en una escoria competitiva asilvestrada, pero si no somos sociables, ¿qué nos queda? Es cierto que yo soy tan sociable como una tarántula operada de fimosis pero ellos están a tiempo de salvarse, aún pueden recoger la deposición caliente y humeante de su mascota con sus propias manitas, aún pueden hacerlo, no es tarde, claro que primero deberían comprarse una puta mascota, luego meterse botox en los glúteos y por último mear colonia. Aunque quizá no necesiten nada de eso porque como no sean capaces de indicarme amablemente dónde está la puñetera dirección que busco realizarán el tránsito de estado sólido a gaseoso en breves segundos. Los acojonados operarios del volante demuestran una inusitada sociabilidad señalándome con todo tipo de detalles mi lugar de destino, tras lo cual prometen leer a Nietzsche y hacerme una redacción de dos páginas.

Arranco y vuelvo a sumergirme entre calles y tráfico. Enciendo un cigarrillo y busco la botella de tequila. Mientras conduzco observo los adornos navideños que decoran tiendas y fachadas. Se me hace raro esto de la Navidad, a mi barrio no llega. No sé, quizá alguien le sugirió a Papá Noel que de entrar le robarían el trineo y sodomizarían a los renos, puede ser, pero no entiendo que dejen entrar al negro de los Reyes Magos en los barrios ricos y que no se deje caer por el gueto. No comprendo esto de la Navidad, o a lo mejor tiene que ver con el pino ese que hay que decorar, o puede que los pandilleros tengan dificultades en tocar la zambomba y cantar villancicos, no sé, la cosa es que lo del espíritu navideño no termina de calar en la barriada marginal. Detengo el coche en doble fila frente al estudio fotográfico.

Cuando desciendo una agraciada agente de la autoridad, que se esfuerza en demostrar que tiene pene, me indica que no se puede aparcar. La miro y le pregunto sollozando si es porque no tengo clítoris, quizá porque no puedo parir o a lo mejor porque no uso tampones. La femenina policía traga saliva quizá un poco impresionada porque una mole alcoholizada de dos metros y ciento treinta quilos se le venga encima, después me indica que se verá obligada a multarme si dejo el coche ahí. ¿Multarme? ¿Eso qué es? La masculinizada agente, algo nerviosa, tiene a bien indicarme que consiste en ponerme un papelito blanco en el limpiaparabrisas y luego requerirme una cantidad monetaria vía correo ordinario o judicialmente retirándola de mi entidad bancaria. Doy una calada y le explico que aunque lo del papelito en el parabrisas me ha acojonado, los carteros no llegan a mi barrio, mi única relación con los bancos son cuatros años de prisión por retirar fondos con impresos en forma de pistola, y que me arriesgaré a que un juez me solicite judicialmente en matrimonio. La policía asiente cohibida y sin pestañear permanece mirándome el trasero respingón hasta que me giro y penetro en el portal. Me planteo denunciarla por acoso sexual.

El siguiente interfecto que me toca los huevos es el de seguridad del lujoso edificio, por lo visto, los culebrones televisivos no le llenan como persona y eyaculador precoz, y quiere saber el motivo que tiene una escoria como yo para penetrar en este inmaculado lugar. Me parece una actitud un tanto cotilla pero como lo pide por favor le cuento que vengo a obtener, de modo violento, seis mil billetes de un niñato que dice no tener nada, y que le quedaría muy agradecido si me dice la planta del estudio. El prejuicioso empleado me indica que no puede facilitarme esa información porque no tengo suficiente canalillo. Suspiro. Doy una calada, tiro el cigarrillo y le explico que soy un ser traumado desde la infancia y que varias enfermedades mentales llevan mi nombre, esto unido a la continua ingesta de drogas hace que reaccione de modo agresivo ante las negativas. Soy consciente de que debería tratarlo con un profesional pero mi camello no quiere atenderme porque dice que tengo prejuicios contra los moros, así que he decidido hacerme budista y practicar el sexo tántrico pero que mientras lo consigo sigo siendo un hijoputa tan peligroso como una víbora con paperas. El de seguridad comienza a sopesar que quizá debió aceptar trabajar con su suegro, mientras lo hace le recuerdo que no he montado el belén y que le veo haciendo de Virgen María follada por el Espíritu Santo. El ateo tipejo me indica la planta número siete.

Mientras asciendo en el ascensor recojo en la sexta a un aterrado encorbatado que al verme duda si compartir el pequeño habitáculo conmigo o atracarse él mismo, finalmente entra porque la vergüenza es algo muy presente en los limpios e inmaculados. Le sonrío y le pregunto si cree que hacerse fotógrafo siendo hijo de papá es la típica profesión artística para no dar ni palo y molar mazo. El encorbatado deja de rezar la novena y se encoge de hombros. Le explico que yo no he podido tener hijos, por culpa de unos desarreglos hormonales y fundamentalmente por no contar con útero, pero que si mi hijo, pudiendo ser traficante, me dice que quiere ser fotógrafo, poeta, actor o cualquier mierda artística le parto la cara. El encorbatado no deja de sudar y asentir. Alcanzada la séptima planta salgo y señalándole un charquito junto a sus pies le recomiendo que haga algo con la pérdidas leves de orina.

Recorro un pasillo repleto de jóvenes alternativos con rastas, tatuajes y todo tipo de pearcing, al punto de que mis pintas parecen clásicas al lado del personal que por allí pulula. Alcanzado el estudio entro. Veo un rubia pálida con menos pechos que una pizarra dando órdenes y me planto frente a ella. La andrógina muchacha me observa despectivamente segura de que por mi aspecto vengo a una sesión fotográfica. Antes de que diga nada y la cague, le aseguro que mi perfil bueno es el cenital y que quedo cojonudo en la fotos donde se resalta el rojo, eso sí, no hago desnudos porque soy muy tímida. La lesbiana adquiere el conocimiento de que no soy modelo, sobre todo después de que le indique que estoy buscando al niñato de la foto. La mosqueada interlocutora niega conocer su paradero. Ya estamos. Nadie quiere ser mi amigo. Nadie quiere contarme cosas. ¿Es porque no soy artista? ¿Quizá porque no soy vegetariano anoréxico? ¿Es porque me la suda la suerte de la ballena corcovada? Puedo cambiar, ¡sé qué puedo cambiar! Prometo comer bocatas de shussi y no depilarme el sobaco, prometo ver cine checo de los setenta y escuchar música de arpa vietnamita, prometo montar en bicicleta con chancletas y comer pizzas de setas alucinógenas, pero… ¡queredme! El personal me observa boquiabierto. Avergonzado me disculpo achacando mi sobreactuada conducta a que no me han admitido en Greenpeace por haber mantenido relaciones consentidas con una gallina menor de edad. Los alternativos continúan embobados incluida la bollera, sin embargo ésta reacciona cuando la hago conocedora de mi homofobia o lesbianofobia o bollerofobia o como pollas se llame, y especialmente cuando le consulto una duda que me corroe, ¿seguirá funcionando una cámara fotográfica en el interior de una vagina?

Por lo visto el niñato está comiendo en su restaurante de diseño favorito a cuatro calles de allí. Doy las gracias a todos los comprometidos con el hambre en el mundo y el calentamiento global, y marcho no sin decirles que nos veremos en alguna sentada por el derecho de la foca monje a cambiar de sexo. Más majos estos piojosos alternativos, una pena que yo sea una bestia analfabeta repleta de prejuicios porque estos chicos tenían pinta de saber de drogas.

Una vez en la calle decido dejar el coche en doble fila con su aterrador papelito blanco en el parabrisas e ir caminando hasta el restaurante, espero que esto no se considere ejercicio físico o la vergüenza no me permitiría regresar al barrio. Me detengo en un semáforo y observo cómo el personal mantiene una distancia mínima en mi rededor de al menos dos metros, ¿será el desodorante o el hecho de que Satanás imite mi forma de vestir? Enciendo un cigarrillo. No lo entiendo, la gente no se asusta porque un viejo de barbas blancas vestido con un pijama rojo se cuele en sus casas y se atenaza en cuando ve a un inocente marginal pisando sus impolutas aceras. No sé, para mí que los limpios e inmaculados son un tanto clasistas, que lo sea yo tiene disculpa, he recibido la misma formación que un pit bull neonazi, pero ellos… seres tan tolerantes y civilizados, todos con la conciencia tan limpita después de dar limosna. Lo mismo es eso, quizá no me juntan por tener la conciencia sucia. Así que le pregunto a una cincuentona con su bolsa de la compra si me juntaría si limpio mi conciencia. La tipa finge no escucharme mientras reza para que cambie el semáforo. Le pregunto si para lo de limpiar la conciencia vale con buscar un pobre y darle unas monedas o eso está desfasado y tengo que apadrinar tres negritos por internet, lo mismo vale con lo de llevar mi ropa usada a la parroquia o regalar un quilo de garbanzos una vez al año, que si con eso sirve. Sorprendentemente la limpia e inmaculada cincuentona continúa ignorándome quizá sospechando de mi ateísmo y de mi nula capacidad para diferenciar el Padrenuestro del himno del Real Madrid. El semáforo se abre y el personal sale disparado dejándome meditando sobre la dificultad de elegir al dios correcto del surtido existente. Echo a andar con mi mala conciencia sabedor de que, aunque pudiera parecer barato limpiarla, seguro que para higienizar la mía además de pedir un crédito no me quedan negros suficientes para apadrinar.

Camino por aceras tan limpias que me da reparo pisarlas. Me cruzo con toda clase de ordenados y reglamentarios limpios e inmaculados que saltan nada más verme pensando que lo mío es contagioso. Enciendo un cigarrillo y sopeso la posibilidad de hacerme limpio e inmaculado, vamos a ver, tendría que tener cosas que me diera miedo perder y por las que me dejara sodomizar todos los días, a ver… una casa hipotecada que terminase pagando en el geriátrico, un alienante trabajo de jornada completa que no me dejara tiempo ni para peerme, una parienta celulítica que no quisiera chupármela y que se masturbara con la telebasura, una piara de críos que me robaran el costo y se quedaran preñadas a los quince, y un perro, un fiel cánido que sufriera de próstata y se meara en mi cama. Joder. Suspiro. No me extraña que esta pobre gente tenga necesidad de creer en los Papa Noeles, los Reyes Magos y los Ratoncitos Pérez, lo raro es que no vayan vestidos como Superman.

Localizo el lujoso restaurante de diseño. Doy una calada y me introduzco dentro. De pronto los tonos pastel y la calidez de paredes y comensales conjuntan conmigo como un bolso de Versace con el culo de un mandril. No me dejo amedrentar porque soy una persona con autoestima, pero sobretodo porque soy una basura marginal acostumbrada a que la gente se defeque encima al verme. De inmediato, un aterrorizado encargado me cierra el paso seguro de estar viviendo una película de la mafia, preguntándome tartamudeante el motivo de mi presencia allí y no en alguna prisión de máxima seguridad. Quedo mirando al refinado a la par que amanerado personajillo de ridícula pajarita. Finalmente le pregunto si alguna vez se ha teñido el vello púbico de fucsia. El elegante tipejo queda impertérrito lamentando no haber hecho testamento. Como veo que no reacciona y temiendo le dé una apoplejía, le ruego me disculpe y le explico que pensaba que estábamos jugando al juego de “pregunte gilipolleces”. El tipo intenta decir algo pero se ve que el hecho de tener tan cerca mi agraciado rostro se lo impide, de manera que lo aparto suavemente mientras le indico que voy a buscar a un amigo que ha prometido enseñarme a pelar un plátano usando cubiertos.

Comienzo a rastrear por las mesas el sonriente rostro del niñato de la foto. Al instante mi perfecta elección de los complementos junto con mi porte pinturero me hacen dueño de la atención del local. No tardo mucho en localizar a mi objetivo, almuerza de espaldas junto a una preciosa modelo de cuidada melena. Me detengo junto a ellos y me inclino sobre la oreja del muchacho, le susurro que me debe sesenta mil y yo siempre cobro. El chico da un salto, se gira y queda mirándome sorprendido. La exquisitamente maquillada acompañante directamente muestra el mismo gesto de terror que si se hubiese encontrado estrías y piel de naranja al tiempo. Ante el incómodo silencio me presento como el típico hijo de puta que va por ahí matando gente por dinero y le hecha la culpa a la sociedad, al sistema, al capitalismo y al sindicato del taxi. No hay respuesta. Estoy por contar un chiste pero considero más efectista indicarle al aprendiz de fotógrafo, y futuro pienso de peces, que si es tan amable de abonar la deuda pues que le regalaré un preciosa cubertería y una vaporeta. En estas que el deudor, pasada la impresión, se yergue y me escupe que no tiene nada, que no va a pagar nada porque no tiene nada, la casa no es suya, no tiene coche, la ropa se la compran, y lo que está comiendo va a la cuenta de papá, no tiene un duro, nada. Y sonríe, lo peor es que sonríe. Y se crece. Se ve frente al atónito auditorio y comienza a decir eso de que puedo matarlo, torturarlo, pero que no le sacaré una mierda, porque no tiene nada, nada. Acto seguido se queda mirándome provocativo. Suspiro. Bien, vale, si no tiene nada pues ya está, no pasa nada, que me habría gustado que tuviera pero que no, pues nada, no vamos a pelearnos por eso, buena gana de pegarse un calentón por una tontería, de donde no hay no se puede sacar, siempre lo he dicho, no hay nada como hablar las cosas. De manera que me disculpo por haberles interrumpido, les deseo bon apetit y dándome media vuelta abandono el salón primero y el local después.

Desando a paso rápido el camino hasta mi coche, me monto y recorro las cuatro calles hasta aparcarlo en doble fila frente al restaurante. Cuando desciendo el aparcacoches hace ademán de acercarse pero después decide que prefiere meter la polla en una licuadora. Chico listo. Total que me introduzco en el bar hortera que hay junto al restaurante y me aposento en la barra junto a las cristaleras desde donde poder vigilar la calle. Solicito un tequila a la cadavérica camarera de extravagantes ropajes mientras observo la postmoderna decoración del garito. Cuando la colocada chica trae la bebida en un vaso igual de fashion que su corte de pelo, le comento que según Nietzsche los débiles y malogrados deben perecer, y que además se les debe ayudar a perecer. La muchacha me contempla con la mirada perdida y replica que ese puto alemán era un nazi de mierda. Mato el tequila de un trago y sonrío. Solicito que rellene el vaso, y mientras lo hace señalo que según ese puto alemán todo lo que es malo procede de la debilidad. La narcotizada camarera se encoge de hombros y me pregunta qué hay de malo en lo que es malo. Vuelvo a sonreír. Doy un pequeño sorbo al alcohol y apunto que no lo sé, es lo que tiene ser un simio analfabeto, de hecho tengo dificultades para entender la metafísica, quizá porque al no ser alemán no soy capaz de deducir si soy malo por ser débil y debo ayudarme a perecer o si soy débil por ser malo y debo perecer, pero que sólo me pasa hasta que recuerdo que mido dos metros, peso ciento treinta quilos y llevo adosada una pistola al costillar. La camarera arquea las cejas y cuando va a decir algo veo que el fotógrafo suicida y su modelo salen del restaurante.

El deudor apenas ha recorrido un par de metros cuando tiene mi mano sujetando su hombro. Tras las predecibles caras de sorpresa y los previsibles ademanes de terror procedo a explicarle que se me ha aparecido el Arcángel San Gabriel y además de indicarme que estoy embarazada me ha hecho saber de dónde obtener los sesenta mil. Total que el niñato repite la retahíla de que no tiene nada y que nada ganaré torturándole, la modelo que cuando arrastro a su novio hasta el coche ni siquiera grita porque teme que implique calorías y pueda engordar, y los limpios e inmaculados que pasan, miran, nos sortean, pero ninguno considera que sea asunto suyo el que un gigante con pinta de búfalo con úlcera sangrante arrastre a un vociferante alternativo.

Para cuando alcanzo el coche y abro el maletero, el deudor no deja de preguntar cómo pienso cobrar los seis mil, y una vez propulsado dentro insiste. Voy a dejarlo encerrado allí cuando el muchacho comienza a reírse a grandes carcajadas insultándome por ser tan idiota de pensar que su padre pagará un rescate siendo un poderoso hombre público, y luego añade que no cobraré. Eso me molesta. No me importa que se metan con mi sobrepeso, ni con el tamaño de mi pene, pero que digan que no cobro, no, eso no, ¡yo siempre cobro! Así que se lo digo. Siempre cobro. Pero el niñato sigue riéndose y vuelve a insultar mi inteligencia. Inhalo. Vuelvo a inhalar. Como es gratis inhalo una vez más. Miro a aquel limpio e inmaculado personaje y le explico lo dicho por el ángel. Sus limpias e inmaculadas córneas cinco mil, sus riñones cinco mil, su hígado veinte  mil y su corazón  treinta mil. Total sesenta mil en el mercado ilegal de órganos.

El muchacho deja de sonreír, quizá porque le jode que yo siempre cobre o quizá porque le sorprende ser poseedor de tantas cosas de valor y no haberse dado cuenta.