El homicidio

Imagina que quieres morir. Imagina un porqué. Imagina que eres un importante cargo en un importante banco. Imagina que eres un tipo respetable y poderoso. Imagínalo. Imagina que tienes una esposa perfecta y tres perros con pedigrí. Imagina que tienes cuatro hijos impecables y una piscina enorme. Imagina que vives en una amplia casa unifamiliar en una acomodada zona residencial con seguridad privada. Imagina que lo tienes todo. Imagínalo. Y ahora, ahora imagina que de pronto un tipo con bata te dice que tienes S.I.D.A. ¿Puedes imaginarlo? Bien, ahora imagina que no te contagiaste con una transfusión, ni con una puta en un pub de carretera, no, imagina que te infestaste aquel fin de semana que te quedaste solo y te follaste a aquel travesti. Imagínalo. ¿Lo imaginas? Imagina su cara, la sórdida callejuela donde lo recogiste, imagina ese vergonzoso deseo que dejaste suelto aquella noche, sólo aquella noche. ¿Lo imaginas? Pues ahora imagina que aquella noche moriste.

            Mario imaginó los rostros de sus colegas, imaginó las miradas, los gestos, los “lo siento”, y también imaginó los ojos de su esposa, las caras de sus hijos, las lágrimas de su madre. Mario imaginó la vergüenza, el deterioro, la vergüenza, la agonía, la vergüenza, y pensó, pensó que prefería morir un poco antes a vivir aquella devastadora vergüenza convaleciente, y eso, eso le llevó a mí.

            Yo soy hijo de unos alcohólicos ludópatas que a los dos años me ingresaban en urgencias medio muerto como consecuencia de una paliza mayor que las habituales. Yo soy al que un amante de mi madre apagaba cigarrillos en la espalda antes de cumplir diez años. Yo soy el que violaron en el reformatorio. Soy el politoxicómano de constante ingreso en urgencias. Y soy el tipo duro de la cárcel. Y también soy el tipo que mató a aquel otro en aquel garito por no se sabe muy bien qué. Yo soy ese. Y con todo nunca pensé en quitarme la vida, claro que yo no soy un tipo listo.

            Mario sí lo es. Mario no quiere que nadie sepa que es un apestado, no quiere que sepan cómo se infectó, no quiere dejar ese recuerdo, porque es un tipo listo. Mario podría coger la escopeta de caza y pegarse un tiro, pero entonces su gente se preguntaría por qué y terminaría descubriendo el vergonzoso secreto, y Mario, Mario no quiere llevarse esa angustia al infierno. Pero no sólo es eso, hay algo más, algo importante para quien está amasado no con barro sino con dinero, está lo del seguro. Y es que Mario, el chico listo que lo tiene todo, posee un notable seguro de vida que no pagará un duro a su familia si se suicida, y Mario quiere dejar situados a los suyos, porque Mario es un tipo listo, muerto, pero listo, y por eso la perra vida hace que un tipo como él conozca a un tipo como yo.

            Si un ladrón asalta tu lujosa residencia cuando casualmente te encuentras solo y te descerraja un certero e indoloro disparo en la frente, tu intachable familia llorará, tus clasistas colegas bancarios llorarán, tus amigos de marca lloraran, pero todos te recordarán como el inmaculado triunfador que eres, nada de repugnantes desviaciones mancillando el recuerdo de un muerto, pero sobre todo, sobre todo, el seguro pagará. Y es que la gente lista se distingue porque siguen pensando incluso después de muertos.

            Recuerdo haber pensado que aquel trajeado hijo de puta de mirada altiva estaba frente a un asesino, en un tenebroso garito de la peor cloaca marginal de Occidente, y no descomponía el puto gesto. ¡Qué cabrón! Aquel burguesito estaba tan acostumbrado a que su dinero arrodillara a sus semejantes que ni siquiera se amedrentaba en un barrio del que huían hasta las ratas. Sí, recuerdo que pensé que aquel capullo creía que lo podía comprar todo, y que mientras tuviera talones bancarios hasta el mismísimo Lucifer se la chuparía. ¡Qué hijo de puta pero que razón tenía! Era cierto, nada le ocurriría allí dentro, y no porque tuviera dos gorilas protegiendo su perfumada espalda, sino porque él era el comprador en el mundo donde todo se vende, mi mundo.

            Desgranó su historia de modo aséptico y conciso, como el que relata al mayordomo los quehaceres diarios, después sus refinados dedos sacaron un sobre y lo dejaron sobre la roída mesa de madera, la mitad ahora y la otra mitad… como en las películas. Yo no dije nada, sólo cogí el vaso de tequila y lo maté. Después miré aquellos ojos de ciudadano honrado y vi al depredador que había tras ellos. A aquel hijo de puta no parecían impresionar mis tatuajes carcelarios, ni mi rostro desgastado, ni siquiera mi mirada caníbal, y me sorprendí bajando la vista y repasando con el dedo el contenido de aquel inmaculado sobre para terminar asintiendo en silencio. Eso fue todo. Me había comprado.

             Ahora continúo aquí sentado, rellenando el vaso de tequila y observando la penumbra de un garito al que adorna un blues de perdedores. Las miradas esquivas del resto de cánidos denotan interés, interés por el sobre que hay bajo mi desgastada chupa de cuero, interés porque un señorito en persona departa con un desecho como yo, interés por saber cuantas balas lleva la pistola encajada en mi cintura. Repaso la barba de cuatro días y exhalo algo parecido al desaliento. Siento una extraña picazón, una incomodidad que taladra mi hipotálamo con el anuncio de lo que ha de llegar. El caos. Ya sé lo que es. Se trata de matar a alguien que quiere morir. Es raro. No es asesinar. Es matar. Yo soy un asesino, no un matarife. Mi simiesca mente no termina de asimilar que alguien desee morir, ni siquiera estando podrido por dentro. En el lodazal donde me crié raro era el no defectuoso, raro el no deforme, raro el no anómalo. Todos agonizando en un charco de miseria humana dando brazadas para alcanzar una bocanada de pútrido oxígeno que les permitiera durante unos segundos más seguir revolcándose entre aquella inmundicia de vida, aunque vida al fin. Hasta ahora no había entendido el sentido de toda esa fauna marginal repleta de taras para los que la muerte sería una liberación y que sin embargo se aferran a una vida que no es vida sino calvario. No tiene sentido. Los dioses deben partirse el culo. El que lo tiene todo paga para que lo mate, y yo, con una existencia que aterrorizaría a Lucifer deseo vivir. ¿Por qué? Quizá, sólo quizá, es que lo mío no sea vida y por tanto no tenga derecho ni siquiera a perderla, quizá sólo si pago a alguien para que me mate, pero por qué habría de hacer eso, yo no soy tan listo.

            Cuando me levanto y camino entre mis desdentados congéneres me pregunto cómo aquel ciudadano ha localizado mi hedor. Supongo que el jefe de seguridad del banco tiene un amigo que conoce a un tipo que sabe de alguien que puede matar por dinero. Los honorables ciudadanos siempre saben dónde están los intocables para… no tocarlos. Pero ahora él me ha tocado.

            El aire de la noche corta la cara, así que meto las manos en los bolsillos y encojo los hombros. Camino por callejones repletos de gritos sordos, callejas ahogadas que sólo dejan escapar el eco del taconeo de mis botas. Los pasillos del infierno no pueden ser más lúgubres y mortecinos. Y entonces los veo.

            Las dos figuras delgadas esperan en la esquina. Detengo el paso. Sus pálidos rostros reflejan la luz de Luna como si la muerte quisiera marcarlos. Vieron el sobre allá en el garito y piensan que pueden comprar mucha química con él. Tienen razón sólo hay un problema, yo. ¿Qué dirán? ¿El dinero o la vida? No, tendrá que ser una oferta mejor porque la vida no vale una mierda para mí, ¿o sí? Sí, si vale, vale lo que llevo en el sobre, ese es mi valor, en eso estoy tasado.

            Fijo los pies y permanezco con las manos en los bolsillos. A veinte metros se agitan nerviosos los bandoleros. Muestran inseguridad. Dudan. Error. Cuando has de atacar, se ataca, no se piensa. Yo cumplí siete años por matar a una basura y cinco por degollar a un yonqui, por los otros tres la ley no me cobró nada porque no se enteró o no quiso enterarse. Supongo que me salió barato no pensar. Es lo que los dos marginales están sopesando. Piensan si valoran sus vidas más que yo la mía. Piensan si me rajaré. Piensan si no será mejor atracar a una vieja o mamarla en la estación de autobuses. Es jodido pensar cuando la sangre te hierve y el mono amenaza. ¡Vamos chicos, vamos a bailar! Borrémonos de este puto mundo. Seamos perros que comen carne de perro. ¡Vamos!

            Las figuras, tras mirarse, comienzan a caminar hacia atrás de espaldas para terminar difuminándose entre un mar de sombras. Exhalo algo parecido al abatimiento y siento que algún dios hijo de puta se burla de mí. ¡Cabrón!

            Todo ha acabado y supongo que cualquier ser humano normal, ante una amenaza como la vivida, tendría el corazón saliendo de su boca. No es mi caso. Ni siquiera lo noto. Creo que yo morí en la infancia pero no me he enterado. Así que camino.

            A cada paso pienso en lo dicho por Nietzsche sobre que la mala conciencia es un proceso por el cual el hombre tiene que adaptarse si quiere sobrevivir, ya que ha perdido su entorno natural, o sea la selva, el vagabundo, la aventura. Ha desaparecido el mundo que los cobijaba durante milenios, y el nuevo que nace les obliga a pensar, a razonar, calcular, a combinar causas y efectos, a su conveniencia. Pienso en ello, y en el hecho de que un desecho como yo conozca palabras de un filósofo. No es culpa mía. Charlas era mi compañero de celda en el trullo. Durante la larga condena aquel atracador reumático había leído un libro del Nietzsche ese y no hacía sino repetir, una y otra vez, citas del cabrón alemán. Uno termina reteniendo lo que escucha aun cuando no entienda su significado, pero ahora, tras conocer a ese burguesito sentenciado lo veo. Él es el que piensa, el que razona, el que calcula y combina causas y efectos a su conveniencia. Y yo, yo el hombre que falto de enemigos exteriores, encajonado en una opresora estrechez y regularidad de las costumbres se desgarra y se maltrata impacientemente, a sí mismo, yo el animal al que se quiere domesticar, yo el ser al que le falta algo, yo el loco, el prisionero añorante y desesperado, yo el inventor de la mala conciencia. Yo la figura solitaria que piensa en filosofía en medio del suburbio marginal más incivilizado del civilizado Occidente.

            Y mis pasos me llevan al secreto portal. La oscura guarida que sólo los depredadores conocen. El recóndito lugar donde se fabrican los colmillos del cazador, las garras de la alimaña, las armas de la bestia. 

            Tras el golpeo de la carne contra el metal, el gigante rapado que hace las veces de cancerbero me observa desde el otro lado de la rectangular mirilla. Un segundo, dos, y el portón de acero se abre. Me conoce. Entro. Lagarto me observa, con ese aire de indiferencia que los chuloputas se aplican junto al after-save, desparramado sobre el sofá, rodeado de acólitos esnifadores sus pupilas de ofidio vibran.

Lagarto es ese tipo de ser que demuestra que la teoría de la evolución es incuestionable, un predador cuyas taras genéticas serían causa de internamiento en el mundo civilizado, pero que aquí le permiten sobresalir y elevarse sobre los cadáveres de sus congéneres. Algún error en su cadena proteínica provocó la ausencia de conciencia en el pequeño Lagarto, pero resultó que el fallo genético se reveló como una virtud en esta obscena alcantarilla donde los insanos se alimentan de los sanos.

            Mientras mantengo las manos en los bolsillos y el rostro pétreo del matador que soy, solicito un arma marcada. Los ojos de los presentes me hacen protagonista y sus miradas denotan una infinita curiosidad. Nadie desea un arma marcada, de pillarte con ella cargarás con todos los marrones donde haya estado implicada. Es estúpido desear algo así, pero Lagarto sabe que yo no soy estúpido, así que su húmedo rostro se contonea intentando atisbar la razón. Él no sabe que fingir un asesinato resultará más convincente si encuentran junto al cadáver un arma usada en otros delitos, quizá incluso algún desgraciado cargue con la muerte de un banquero engreído que deseaba morir. O quizá Lagarto sí sepa todas esas triquiñuelas de bajos fondos pero no se atreva a preguntárselas a un perturbado cuya profesión es eliminar la vida. Finalmente la sudorosa pelambrera de aquel adicto oscila con un gesto permisivo para que uno de sus chicos penetre en el cuarto de los juguetes. Ya está. Y ahora la espera. Yo de pie, quieto, muy quieto, y ellos observando. Y mientras enciendo con la derecha un cigarrillo sin sacar la siniestra del bolsillo, pienso, pienso que quizá aquel mal nacido conozca la respuesta, y le pregunto si sabe que para Nietzsche la mala conciencia tiene su origen en la domesticación de los instintos.

Mientras la incredulidad se dibuja en el rostro de mi anfitrión señalo que según el alemán los viejos instintos del hombre salvaje, libre, vagabundo al que se quiere domesticar forzándole a vivir en sociedad no desaparecen de golpe, y que todos los instintos que no desahogan hacia fuera se vuelven hacia dentro. A eso lo llama interiorización del hombre, y según él, ese mundo interior crece en el hombre a medida que el desahogo del hombre hacia fuera queda inhibido. Y dicho esto, doy una calada densa y pregunto con voz grave si alguno de mis interlocutores ha interiorizado tanta mierda que cree que va a estallar.

            No hay respuesta. Los gestos felinos se agrian en la creencia de saberse vacilados. No entienden que hace la filosofía en boca de un analfabeto matador de barriada. Y es cuando Lagarto se ve forzado a intervenir para salvaguardar su posición de líder que su subordinado regresa con una pistola envuelta en un pañuelo. Lagarto se refrena, y mi mano izquierda deja de jugar con el arma del bolsillo. El silencio. Y yo que pregunto el precio. Y el traficante que da un excesivo mil doscientos para joderme. Sonrío. Doy una calada larga e irritante y mientras exhalo el viscoso humo señalo que hasta el día de hoy no había sido consciente de mi problema. Había tenido que ser un puto burgués venido del otro lado de la Luna el que me había mostrado que la vida sólo merece ser vivida si la puedes llamar vida, si no, es mejor borrarse.

            Quizá Lagarto no llega a entender la totalidad de la perorata, sin embargo su experiencia de reptil de sumidero le permite detectar lo deteriorado de la mente que está frente a él, esa capacidad le ha permitido sobrevivir en el lodazal, así que sopesa los riesgos y decide no estar interesado en continuar sosteniendo un pulso con un demente. -Seiscientos para ti, amigo -repone con gesto aparentemente relajado.

            Extraigo el sobre y recuento unos billetes que dejo caer sobre la mesa. Mientras cojo el arma envuelta soy consciente de la ansiedad que despierta aquel fajo de billetes ensobrados, así que una vez que guardo la compra permanezco un instante quieto esperando que alguien decida jugar conmigo. No sucede. Los chicos malos no están suficientemente colocados y el pit-bull rapado no muerde si su amo no lo ordena, y su amo no lo ordena, de modo que con la siniestra en el bolsillo abandono aquel peculiar establecimiento.

            Cuando la fría noche de nuevo me envuelve noto el vacío, la mala conciencia bullendo en mi interior, y me pregunto si mi estilo de vida es un estilo de muerte, si no seré el tipo que golpea con la cabeza el muro, o quizá sea el muro el que me golpea a mí. Con cada charco que piso pienso en lo que Charlas, o mejor Nietzsche, decía sobre cómo las penas se convirtieron en los bastiones con los cuales la organización estatal hizo que los instintos del hombre salvaje, libre, vagabundo, diesen la vuelta y se volviesen contra sí mismo. La enemistad, la crueldad, el placer en la persecución, todo eso vuelto contra el poseedor de tales instintos. Y cómo eso era el origen de la mala conciencia. Mis padres aplicaron penas represoras contra mí, el Estado aplicó penas carcelarias contra mí, el homo sapiens aplicó penas violentas contra mí, y ahora sé que la rabia y el resentimiento no son sino mala conciencia. No importa cómo se llame, sé que me quema dentro.

            Camino entre figuras de borrachos que no llegaron a casa, de prostitutas que empaquetan el amor o lo venden a granel, de jóvenes ladinos que juegan a ser malos antes de que los dientes les asomen. Camino entre tinieblas consciente de que nada puede dañarme puesto que yo soy el dolor. Camino con la siniestra enterrada en el bolsillo del gabán por si alguien equivocara el camino al Paraíso. Yo y mi mala conciencia nos adentramos en una callejuela donde la música marginal atrona. La muchachada y sus rasgos de banda me observan amenazantes, me conocen, no es un gesto, es una pose, aquí nadie sonríe, y si lo haces, lo haces una única vez. De modo que sobrepaso sus puestos de vigilancia entre escombros y hogueras improvisadas. Camino hasta la zona cubierta, una vez allí quedo quieto. Entre la docena de pandilleros que rodean el bidón humeante uno de ellos se aproxima. Una cicatriz recorre longitudinalmente su carrillo izquierdo. Se planta a medio metro y queda expectante. Le explico que necesito un carro para mañana. Asiente. Extraigo el sobre y varios billetes cambian de manos. La jauría observa de reojo aquel dinero, y quizá alguno escuche los cantos de sirena, sí, las sirenas, unas hijas de puta que siempre hacen que algún objeto de metal termine adosándose a tu pecho. El sobre pasa al interior de mi gabán y el adolescente marcado retrocede. Quedo quieto un instante mientras mi siniestra acaricia algo metálico. Nada. Nadie hace caso de las sirenas, de modo que doy la vuelta y abandono el territorio del clan.

            Mientras camino hacia mi cubil revivo el rostro del chulesco burgués que me ha comprado, pienso en él como el ejemplo del ciudadano de estado, el civilizado, el elector perfecto, un modelo a imitar en ese mundo límpido y evolucionado donde se respetan las leyes y lo ilegal es arrinconado. Sí, un hombre ejemplar, excepto por una cosa, por aquella noche donde dejó escapar al salvaje, al libre, al vagabundo. Dejó que el instinto surgiera, y eso le mató. Aquella noche su disfraz no le ocultó, el maquillaje no resultó, aquella noche el animal reprimido emergió y tomó cuerpo. Quizá el adinerado consejero bancario consiguió encerrarlo de nuevo, quizá logró confinarlo bajo capas de educación, civismo y corrección. Sí, quizá pudo amordazarlo y fingirse un ciudadano ideal pero esta vez hubo un pero, aquella bestia le dejó marcado, su verdadera naturaleza no quiso ocultarse sin dejarle una mácula, la muerte. Yo lo entiendo bien, los estigmas son lo mío, sólo que en mi caso la bestia, el salvaje, no salió una noche sino que ellos lo sacaron y desde entonces ha estado presente cada puta hora de mi existencia.

            Cuando alcanzo el siniestro portal donde habito y subo la decrépita escalera hasta la buhardilla sé que este día no será igual a los demás. Después, volcado en la cama beso la botella de licor con la cadencia que requiere el saber espantar las pesadillas que acosan mi sueño. Y en algún punto la consciencia decide abandonarme.

            El día ha muerto cuando mis ojos resecos asoman entre el sopor de la resaca. La noche acomete fuera del pequeño ventanal que adorna mi madriguera. Es la hora. El predador nocturno se incorpora y observa en el espejo el rostro deteriorado de lo que no puede ser un ser humano. Paladeo el rostro del burgués aderezado con la mala conciencia y trago la bola reseca de todas las mañanas. Me visto, recojo los trastos de matar y la puerta se cierra tras de mí.

            El frescor de la noche nueva me descubre un precioso coche aparcado junto al portal. Abro la puerta y uno el cableado. El rugido de aquella pieza de metal se muestra casi animal, es un aviso, es el aullido del lobo que va. Voy. Ya voy.

            Mientras las calles y sus tullidos habitantes son recorridas, caigo en el hecho de que un coche de este porte no haya sido tocado a pesar de estar abierto, quizá el hecho de estar aparcado en un lugar exacto, quizá la circunstancia de que se encontrara situado frente a la casa del asesino, quizá.

            Cuando dejo atrás el barrio, lo atávico, aquello que te hace añorar el pútrido olor de tu vertedero natal cada vez que te alejas aun cuando todos los días maldigas haber sido parido entre sus brutales calles, hace que tus sentidos se tensen y algo punce tu nuca. Es lo irracional, lo ilógico, lo anormal, dejo atrás los viejos callejones y me siento desnudo fuera de aquel infierno sobre la tierra. No deja de resultar estúpido sentirse incómodo al divisar la primera papelera, la civilización, el lado sano de la sociedad, no tiene sentido pero es real, tanto tiempo en la oscuridad que la luz te ciega y te daña. Quizá mis ojos no puedan resistir la claridad, ya no.

            Las ajardinadas urbanizaciones caen junto a la carretera hasta que una de ellas resulta la elegida. Giro el volante y penetro en el mundo del chalet individual con piscina y perro peligroso. Circulo entre calles perfumadas y perfectamente iluminadas por ornamentales farolas. Al fin una de aquellas lujosas residencias hace que detenga el coche. Es el número que figura en el tosco plano incluido en el sobre. Desciendo y enciendo un cigarrillo. Las luces de la vivienda dicen que sus ocupantes están despiertos y que han desconectado la alarma. Doy otra calada y tiro el cigarrillo. Conforme me aproximo a la ridícula valla exterior el pastor alemán ladra tensando la cadena que le une a su caseta. Hay que ser idiota para atar al perro que ha de defender tu hogar. Salto la valla. La mascota se estrangula intentando alcanzarme. He visto ratas más peligrosas. Me sitúo junto a la puerta de la casa y espero que ocurra lo inevitable, los ladridos harán que el dueño abra la puerta para reprender al can por acosar a un gato. Idiota. Los honrados ciudadanos que residen en honradas existencias aquí en sus honradas viviendas son tan patéticos y predecibles que su carne blanda no está hecha para el choque. Y el tipo abre la puerta.

            Del empujón inicial mi viejo amigo el asesor bancario cae de espaldas en el interior de su recibidor. La puerta se cierra y mi pistola le apunta en silencio. Tras un instante de estupor aquel frío burguesito me reconoce y su mueca de sorpresa se truca en un mohín de reproche. Modulando la voz me reprende por elegir un día en el que su familia está en casa, ese no era el trato. Llega a insultarme, y me insta a marchar y regresar cuando esté solo. No lo hago.

             El segundo puntapié le propulsa en el interior de su exquisito salón. Su inmaculada mujer se sobresalta, y sus dos preciosas y edulcoradas hijitas se sobresaltan, todo el mundo está sobresaltado, todos menos yo, y es una pena, me gustaría sentirme humano.

            Mientras mi siniestra le apunta, con la diestra doy una calada y espero que la virtuosa esposa acoja en su regazo a su refinada y asustada prole. Ahora todos parecen ansiosos por saber qué pienso. Creen que lo saben. La gente como ellos cree que lo sabe todo. Creen que conocen a la gente como yo. Creen que me conocen. Se equivocan.

            Tras la enésima calada, con la calma que reporta la locura mi voz pausada les hace saber que estamos aquí por culpa de mi mala conciencia, eso es lo que nos ha traído aquí, eso, y Nietzsche, un puto filósofo alemán al que nunca he leído pero que tengo insertado en el bulbo raquídeo. Y ante el estupor general señalo que según Nietzsche entre los presupuestos del origen de la mala conciencia, está el hecho de que la domesticación de los instintos no fue voluntaria, ni gradual, fue una ruptura, una fatalidad. El actor de tal hecho fue el Estado. ¿Y quién es el Estado? Pues según el enterado del filósofo son aquéllos que organizados para la guerra y dotados de la fuerza para organizar se levantan siendo menos en número sobre una población, pero todavía informe, errabunda. Hago una pausa. Doy una larga calada. Y mirando al dueño de la casa le bramo que yo digo que el Estado eran mis padres, el Estado las pandillas, el Estado los responsables del reformatorio, los funcionarios de la cárcel, el Estado los jueces, el Estado eres tú, burguesito. Tú y tus amigos adinerados los que confináis a la población informe y errabunda en el gueto. Tú el responsable de mi mala conciencia. Tú el que ha introducido una dolencia siniestra, el sufrimiento del hombre por el hombre, resultado de la separación violenta de su pasado animal, resultado de una declaración de guerra contra los viejos instintos, en los que hasta entonces reposaba su fuerza, placer y fecundidad. Tú que como organizador no sabes lo que es culpa, responsabilidad o consideración y sin quien la mala conciencia no habría quizás ocupado el mundo. Tú el responsable al que puedo tocar porque tú decidiste tocarme a mí, diles por qué me tocaste, dile a tu gente por qué invocaste a un demonio como yo, ¡Díselo! ¡Díselo o las mato! Y el horror que modela el rictus del caído. Un segundo de duda. Dos. Tres. Y mi pistola que apunta al tembloroso trío femenino. Y Mario comienza a balbucear, a llorar, a desarmarse, toda aquella fachada de seguridad se derrumba y su entrecortada voz comienza a desgranar una historia de vergüenza y horror. Y quizá la inmaculada mujer hubiese preferido recibir un balazo en vez de esta confesión, y quizá las edulcoradas princesitas hubiesen preferido morir a conocer a su verdadero padre, quizá, o quizá no, pero seguro que Mario, el burguesito, hubiese preferido que una bala le reventase el cráneo antes que reconocer aquel acto y su consecuencia posterior. No lo entiende. Lo sé. Sabía que no conocerían el porqué de todo esto. Pero fue él el que me lo enseñó, él el que me mostró el camino, él el que tenía la solución frente a la mala conciencia.

Me siento en el brazo del sofá y vomito mi verdad.

-Llevo toda mi puta vida no siendo otra cosa que un hombre salvaje, libre y vagabundo que no es otra cosa que un marginal desecho delincuencial, y no he conseguido sino esa puta mala conciencia que yo llamo dolor, un infinito dolor. Trescientos sesenta y cinco días al año, veinticuatro horas al día, sin saber por qué, sin entender mi pecado, sin conocer la posibilidad de otra vida. Golpeando y siendo golpeado, mordiendo y siendo mordido, escupiendo y siendo escupido. Hasta que un día, en medio de esa agonía, un ciudadano inmaculado, un hombre civilizado, un ser sin mala conciencia, representante del Estado que ha intentado modelarme a fuerza de dolor, se planta frente a mí y me dice que durante dos horas, dos horas, de su exquisita y dulcificada existencia fue salvaje, libre y vagabundo, y que no pudiendo soportarlo decide comprarme para que calme su dolor. Me compra -y extraigo del interior del gabán el sobre repleto de billetes que lanzo sobre la mesita de cristal-. No hay trato honorable representante de los seres humanos. -y señalándole con la pistola grito-¿Qué se siente siendo una bestia? Una salvaje, libre y vagabunda bestia, ¿dime? Se siente mala conciencia, ¿verdad? Es un asunto jodido. ¿Sientes el dolor? Te dirán que terminarás acostumbrándote, mienten. No podrás comprar la calma. No hay dinero que compre el descanso. Sin embargo, hay una manera de eliminar la mala conciencia, ¿quieres que te la muestre?

Aprieto el cañón contra mi sien y hasta me parece escuchar el chasquido del percutor…

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