La moda

¿No os parece que el mundo de la moda encierra un mensaje intrínseco? Es con la segunda hostia, justo cuando Lagarto está calentando y se dispone a desencajarle la mandíbula a Guau Guau que Niño Toro hace la pregunta. La pregunta es como todas las preguntas, un conjunto de palabras pronunciadas con una entonación particular con la que se pide una información determinada, en fin lo que viene a ser una pregunta, pero por algún motivo dicha interpelación hace que el enajenado Lagarto detenga el puñetazo y gire la cara atónito, también provoca que yo deje la apática calada a medias y mire a mi colega con gesto de incredulidad, incluso el arrodillado Guau Guau deja de lamentarse y suplicar para observar a Niño Toro con gesto de bóvido pasmado. Niño Toro nos mira a todos y a cada uno, se siente azorado, y se siente azorado aún a sabiendas de que no sabe lo que significa azorado, pero yo sí lo sé y se siente azorado, punto. La cosa es que la mole rapada de ciento treinta quilos y dos metros de altura saturada de tatuajes y cicatrices parece sorprendida de que estemos sorprendidos, de manera que visiblemente molesto pregunta si no puede tener dudas. Nadie responde, todos seguimos con la cara pasmada de quien acaba de ver al Papa salir borracho de un after hour abrazado a una dragqueen. Así es la vida, un día normal te encuentras haciendo lo normal a un sangrante tipo normal y de repente tu colega, una bestia parda que provoca severas pérdidas de orina con sólo sentarse a tu lado, decide hacer una pregunta sobre moda. ¿Y qué haces? Pues tras unos segundos de estupor le ignoras y sigues haciendo aquello por lo que te pagan y que mejor se te da, hacer daño. ¿Y cómo se hace eso? Fácil. Por ejemplo, tú quieres saber dónde está Johnny Dos Cruces así que buscas a su mejor amigo, que en este caso es un camello julandrón llamado Guau Guau y se lo preguntas amablemente.

            Lagarto le vuelve a preguntar a Guau Guau dónde está y éste sigue con lo de
“no sé”, “os juro que no lo sé”, “os lo diría si lo supiera”, bueno, todo el rollo estándar entre golpeador y golpeado que a nadie le interesa, él sabe que sabemos que lo sabe y nosotros sabemos que él sabe que lo sabemos, así que le daremos hostias hasta un punto, él aguantará, y nosotros fingiremos creer que no lo sabe y todos contentos. Así son las cosas, bueno, así son las cosas cuando el tipo al que estás golpeando es íntimo amigo y además novio del putón de tu hermana, porque si fuera un desconocido la cosa cambiaría, pero nosotros somos unos mandaos y este nuestro trabajo, te dicen que encuentres a Johnny Dos Cruces ¿y qué vas a hacer? Lo buscas, ¿y cómo lo buscas? Pues, ¡coño! Preguntas. Y aquí, en el gueto, las preguntas se hacen así, sustituyendo los signos de interrogación por hostias, de otro modo el personal marginal creería que eres analfabeto.

La cosa es que doy un par de apáticas caladas más y le digo con la mirada a Lagarto que un monaguillo pegaría con más fuerza, y los ojos de mi patibulario amigo me responden que no le va a golpear más, así que le pregunto a Guau Guau si tiene buena coca. El golpeado asiente, se limpia la sangre de la nariz tras escupir un esputo sanguinolento, se incorpora, y saca una papelina. Le pregunto si es colombiana o peruana o alguna porquería de esas. Responde que afgana. Le insisto en si está seguro porque la última vez era una mierda. Replica que es cojonuda y que son ochenta. ¡Ochenta! ¿Cómo que ochenta? ¿Cree que soy un pijo universitario al que tangar? Para ese son ciento cincuenta, para ti ochenta, contesta mientras escupe otro gargajo rojizo. ¡La madre que lo parió! Saco la cartera y empiezo a contar billetes, ¿cuánto se creen que gana un matón? ¡Putos camellos!

Tras intercambiar billetes por química, un magullado Guau Guau nos acompaña a la puerta y nos cuenta que su vieja celebra el domingo los diez años de viudedad, vamos que hace diez años que palmó el maltratador de su marido, y que si queremos pasarnos a tomar algo. Respondo que miraré la agenda y que mi secretaria lo llamará con lo que sea. Lagarto dice que irá si va su hermana. Guau Guau replica que La Lola está preñada. Lagarto dice que eso le da morbo. Todos reímos a sabiendas de que La Lola y Lagarto fueron novietes de pequeños hasta que la chiquilla lo apuñaló por tontear con otra, cosas de críos. La puerta se cierra y bajamos la escalera, y es ahí que Niño Toro vuelve a la carga.

¿De verdad que no veis el mensaje filosófico que encierra el mundo de la moda? Seguimos descendiendo escaleras. Juraría que he escuchado pronunciar “filosófico” a una mole iletrada de dos metros con cara de comer carne cruda, pero eso es imposible así que lo achaco al alcoholismo y a la falta de verduras en mi dieta. Salimos a la calle y nos montamos en el coche, pongo algo de psychobilly y comienzo a extender la coca sobre un cd. ¿Quién decide lo que está de moda? Pregunta Niño Toro. Sigo haciendo rallas. ¿Quiénes son esos tíos? ¿Quién los ha colocado ahí? ¿Qué distinción tienen para decidir lo que está de moda o no? Esnifo un par mientras ignoro al gigante rapado de mi derecha, acto seguido le paso el cd a Lagarto para que lo limpie. Sacudo la cabeza ante el impacto alcaloide. Guau Guau no nos ha engañado, es cojonuda, estimulante sin rebasar la barrera de la euforia paranoica, no me extraña que sea ilegal. Arranco.

Tras el parabrisas el mundo adquiere una tonalidad azul metalizado y las siluetas se dilatan como gotas de mercurio sobre una tela de araña, frente a mis narcotizados ojos el gueto muestra su belleza interior como en una pintura de Klimt. Sí, sé quién es Klimt, y lo sé porque era el pintor favorito de un profesor de arte ludópata con el que compartí celda dos años. Esta es mi nebulosa estupefaciente, la que me permite levitar, despegarme el pegajoso pellejo del barrio marginal, pero levito con cuidado, incómodo, porque noto la mirada obsesiva del copiloto, un retrasado mental de ciento treinta kilos que quiere joderme el lisérgico viaje.

¿Lo has pensado? Pregunta. ¿Has pensado que poder tienen esos tipos para conseguir que todo el mundo, to-do-el-mun-do, millones de personas, vistan como ellos quieren? ¿Lo has pensado? Y el interrogante careto de Niño Toro queda a veinte centímetros del mío. Resoplo. Uno paga una pasta por unos gramos de química ilegal para tener una ensoñación agradable que le haga olvidar que es un sucio matón arrastrándose por el sucio barro, no para hablar con un troglodita iletrado diseñado genéticamente para dar hostias, de modo que dejo a un lado el colocón, le miro fijamente y le pregunto si está menstruando o algo así. ¿Tiene falta de azúcar? ¿Se le ha aparecido la Virgen? ¿Se ha pillado la pilila con la cremallera? ¿No? ¡Entonces por qué cojones me está jodiendo! Acelero.

Evidentemente Niño Toro permanece callado, ofuscado como el chiquillo al que acaban de regañar, pero no deja de mirarme. En condiciones normales reprender a Niño Toro es tan buena idea como morrear con un oso polar, pero a mí me está permitido por varias razones, una porque soy el jefe, y dos, porque somos amigos de la infancia, y fui yo el que, con catorce años, le ayudó a deshacerse del cadáver de su alcohólico viejo después de que lo dejara seco para proteger a su madre. Esas cosas unen. Es por eso que sigo ileso sentado al volante.

La cosa es que callejeamos por todas esas bucólicas calles que caracterizan a los barrios marginales, con sus coches quemados, sus descampados llenos de mierda o sus callejones oscuros y pestilentes, lo típico de las postales. Finalmente nos detenemos frente a un local rojizo con aspecto de ser la puerta del infierno, ese antro típico donde no entraría Satán ni a empujones. Está situado en una de las zonas más turísticas del gueto, es decir, la calle con más yonkis, putas y camellos por metro cuadrado a este lado del Mississippi. Cuando nos bajamos no me molesto en cerrar el coche, ¿para qué? Nadie va a robarle el automóvil a los chicos del Turco. ¿Y quién es el Turco? Pues el narcotraficante que ocupa el puesto de regidor virtual del gueto, es decir, el baranda. Y el baranda, alias El Turco, ha dicho, buscar a Johnny Dos Cruces que quiero departir con él amigablemente mientras le taladro las rodillas con una broca del ocho. Y ocurre que por alguna razón Johnny no está por conversar con el amo del averno, quizá porque cuando conversas con El Turco ya no vuelves a conversar con nadie jamás, cosas que pasan. Además el guaperas de Johnny Dos Cruces no es muy de hablar, es más de tirarse a cualquier ser bípedo que pase cerca, incluyendo a la nueva novia del Turco, una jovencita checa tan inocente como el beso de una boa constrictor. Son cosas que pasan cuando tu pene es mayor que tu instinto de conservación. En fin, que esa historia de amor es por la que estamos aquí. Ya que nosotros somos mucho de amor.

La cosa es que nos acercamos a la puerta del garito que, como todas las puertas aquí, tiene su cancerbero, en este caso el perro tiene aspecto de ucraniano de dos metros con espaldas como una tapia. Le pregunto si ha visto a Johnny aunque sé lo que responderá. El portero niega con la cabeza y yo dejo que me mienta. Entramos.

La barra que hay tras la opaca capa de humo la regenta un tipo grasiento y con aspecto de haber sido vomitado. Es cierto que para llegar hasta él hay que sortear las mesas en las que se solazan fofas meretrices junto a desdentados clientes, pero si hay que hacerlo se hace. Una vez superada la zona vip te plantas frente al mal encarado de El Cuervo y le preguntas de mala gana por Johnny Dos Cruces.

Tratar con El Cuervo es como lamer la suela del zapato, es repulsivo y no tiene sentido. ¿Por qué? Pues porque El Cuervo ayudó a Lucifer a pintar el infierno y conoce todas las puertas y todos los trucos, y eso nos incluye a nosotros. Él sabe que tenemos que preguntarle delante del vecindario porque es lo que se espera, como sabe que sabemos que no nos va a decir una mierda básicamente porque Johnny le cae de puta madre, bueno como todos nosotros, de hecho él nos enseñó a beber.

La cosa es que El Cuervo escucha la pregunta con la cara avinagrada del que está de vuelta de todo, y mientras nos convertimos en el centro de atención del garito, responde que no tiene ni idea, usa un tono elevado intencionadamente. Suspiro, y tirando de toda la teatralidad que puedo, le amenazo con el dedo y digo esas cosas feas que dicen los matones televisivos. El Cuervo eructa y me cuenta por lo bajo que mi madre dice que no la llamo y que quiere que vaya a ver más a menudo a papá a la cárcel. Asiento un tanto abochornado y acto seguido le susurro que ya sabe que toca lo de golpearle la cabeza contra la barra y esas cosas. El Cuervo, en voz alta y mirando al graderío, nos invita a ser sodomizados por un caniche. Total que sujeto la grasienta pelambre del barman y dejo que éste se golpee dos veces la frente contra la barra de forma aparatosa. Y es cuando la cabeza rebota por segunda vez contra la madera que Niño Toro decide que es un buen momento para intervenir.

No puedo creer que no lo veáis, dice molesto, es evidente que hay un rollo metafísico en el asunto de la moda. ¿Perdón? ¿Ha dicho “metafísico”? ¿Un tipo con el coeficiente intelectual de un inodoro ha usado la palabra “metafísico” en un antro copado por seres que usan los dedos para contar? Yo le miro con gesto de incredulidad, Lagarto le mira con gesto de incredulidad, El Cuervo, directamente, le observa con el rictus anonadado que pondría si un cliente se quejase de que no hay papel higiénico en el nauseabundo baño. La cosa es que como no respondemos, y aprovechando nuestra bajada de defensas por la ausencia de ácido fólico en la dieta, Niño Toro, insiste en el hecho inalienable que supone que un grupo reducido ordene al resto como vestir, y la analogía de dicho gesto con el uso del poder por parte de una minoría sobre la mayoría. Acojonante. Empiezo a sospechar que mi gigantesco colega lee libros a escondidas, eso, o sufre una infección vaginal que le está afectando el sistema linfático. El tema es que decidimos ignorar las reflexiones del simio rapado y dar por zanjado el interrogatorio con Lagarto, no sin que antes de marcharnos, éste me vuelva a recordar en voz baja que llame a mi madre. No respondo avergonzado.

Cuando salimos fuera enciendo un cigarrillo y oteo el horizonte en busca de ese universo informativo conformado por proxenetas, meretrices y trapicheadores varios. No llevo ni dos caladas cuando Niño Toro aproxima su careto y se queda mirándome. Le miro. Me mira. Le miro. Prefiero que me bese a que me suelte otra chorrada. Me suelta otra chorrada.

Mi colega dice que la moda demuestra lo sencillo que es manipular a las masas, que es el más claro ejemplo de cómo los pastores controlan el rebaño, y que si no lo veo es que soy tonto del culo. Me quedo mirándolo con esa cara de mala hostia que he entrenado desde pequeño. Niño Toro repliega velas y su vehemencia inicial se torna contrición de inmediato. Doy otra calada y comienzo a andar entre las peonzas humanas que van y vienen. Finalmente fijo mi felina mirada en un chulo putas llamado Bubu.

Cuando Bubu nos ve se le contrae el esfínter y maldice al Altísimo, sin embargo ya no puede escabullirse porque además de resultar ridículo sería estúpido. La cosa es que a medio metro sonrío y le pregunto si piensa que soy tonto del culo. El proxeneta no responde por aquello tan del gueto de pensar que hay truco en la pregunta, quedando pensativo con cara de extrañeza, eso sí, se repone de inmediato para jurar que no sabe dónde está Johnny Dos Cruces. Le explico que no estoy departiendo con él para conocer el paradero de mi colega sino por algo más prosaico, dicho lo cual le pregunto si sabe algo de moda. Bubu, que como todo chulo que se precie tiene una estudiada pinta de alimaña con vivas señales anunciando su perniciosidad, vuelve a quedar pensativo sabedor de que la moda me interesa tanto como el Misterio de la Trinidad. Como veo que no responde le consulto si es consciente del símil que supone la moda con respecto al control que ejercen unas pocas corporaciones multinacionales sobre el resto de los habitantes del planeta. Nada, que Bubu no entiende ni de moda ni de símiles. Es ahí que Niño Toro le sujeta y Lagarto le golpea en el estómago. Que no sabe nada de Johnny, ¡joder! Eso dice mientras se retuerce. La gente nos mira pero nadie hace nada porque prefieren una multa por omisión del deber de socorro que perder las treinta y dos piezas dentales por el efecto Niño Toro y su conocido hostiazo odontológico. La cosa es que le cae otro puñetazo en el estómago, y al instante, entre toses, la misma respuesta de desconocimiento del paradero del que se ha follado a la novia del jefe, pero sobre el tema de la moda, nada. Bueno, qué se va a hacer, la vida es así. Total que enciendo otro cigarrillo mientras Lagarto ayuda a incorporarse a Bubu y le pregunta por Sussette, una cubana con unas tetas proporcionales a su mala hostia, a la que “representaba” nuestro proxeneta y que robó el corazón a nuestro taciturno compañero. Bubu dice que se largó porque Lagarto le daba miedo. Lagarto responde no sé qué del amor y los regalos. Bubu se encoje de hombros y comenta que tiene a una dominicana nueva muy amorosa y tal. Lagarto contesta que quiere a la cubana. Como veo que parecemos un grupo de quinceañeras, decido intervenir explicándole a Lagarto que el hecho de que sea un jodido demente politoxicómano con un historial delictivo del tamaño de la guía telefónica, junto al hecho de que haya dado nombre a varias enfermedades mentales y que, de tanto en tanto, le asalten brotes psicóticos por los que la gente prefiera meterle un dedo en el culo a un rinoceronte con hemorroides antes que encararle, no ayuda al tema del amor. Lagarto queda desconsolado. Me siento mal y le pregunto a Bubu si tiene alguna fulana tarada con la que puedan tener taraditos y vivir felices todos en algún psiquiátrico. Bubu niega con la cabeza y pregunta mientras se frota el estómago que qué coño era eso de la moda. Le respondo que celoso de que Lagarto se haya enamorado, Niño Toro se haya metido a filósofo, pues yo, para igualar a estupideces, estoy pensando en hacer un cursillo de feng shui, hacerme las ingles brasileñas y meterme a modelo de pies. Bubu queda extrañado mientras nos alejamos.

No pasan ni cinco segundos cuando tengo a Niño Toro explicándome que lo de Bubu no cuenta porque es un ignorante, pero que resulta evidente el poder de sugestión que tiene la moda sobre la población, y como consigue no sólo que la gente vista como ellos deciden sino que no cuestionen dicho acto. Suspiro. Qué pesado. ¡Por Dios y por la Virgen!

Recorremos dos o tres calles oscuras entre gente borracha que se pega, vomita u orina aquí y allá. La cosa es que llegamos a otro garito de los muchos que crecen por aquí, y que como todos ellos, tiene pinta de ser tan recomendable como la guarida de una hiena cirrótica. Lógicamente tiene su portero ucraniano o bielorruso o albanokosovar con aspecto de comer carne cruda, portero que nos conoce sobradamente y que nos flanquea el paso no sin antes negar con la cabeza a la pregunta de si ha visto a Johnny Dos Cruces. Por supuesto no me sorprendo, total este es el lupanar preferido de Johnny y donde ha despilfarrado el dinero de atracos, extorsiones y trapicheos, por qué iba a venir por aquí, probablemente esté rezando en la iglesia, apadrinando negritos o con Greenpeace salvando ballenas. La cosa es que cruzamos la rojiza antesala con sus mesas roídas sobre las que solazan figuras apestando a colonia barata y sudor, para, descubrir apoyada en la barra a la gerente del local.

La Tacones pesa unos ciento veinte quilos y es capaz de hacerte una rinoplastia de un cabezazo si la cagas en el local. La cosa es que no nos sonríe cuando nos ve porque sabe lo que buscamos y resulta que el embaucador de Johnny es su favorito. Cuando me planto frente a la sobremaquillada profesional le pregunto por Johnny de sopetón. Responde que no está y que deje de comer mierda que estoy engordando. Le digo que no me joda y que retengo líquidos. Replica que rebusque en el antro si quiero y que tengo que buscarme una buena mujer que me cuide. Contesto que la última buena mujer me dejó sin blanca y me disparó con la escopeta de caza. Responde diciendo que le puse los cuernos y que todos los hombres somos unos cerdos. Le pregunto por la rumana esa de los ojos azules que era la preferida de Johnny. Indica que está con un cliente y que tengo que hacer ejercicio por los triglicéridos. Le digo que me paso el día corriendo detrás de gente a la que quiero golpear y delante de gente que me quiere disparar. La Tacones dice que la muchacha bajará en breve y hace un gesto a la camarera para que nos sirva unos tequilas en la mesa cercana. Le digo que la veo más delgada. Responde que me vaya a la mierda, que llame a mi madre y que visite más a menudo a mi padre en prisión. ¡Joder!

Derrengados en la mesa damos cuenta del tequila mientras observamos el ir y venir de lindas damiselas junto a sus apuestos caballeros. La escena es tranquila y relajada, diría que agradable, para lo que suele ser el gueto, y es por ello que mi ciclópeo colega decide jodérmela.

Niño Toro se gira sobre mí y me hace ver la magnitud del poder de sugestión que tiene la moda, que es capaz de conseguir, de un día para otro, que te veas atractivo con la ropa que han decidido que esté de moda, y lo más impactante, que te veas repulsivo con la ropa que llevabas hasta hace un instante. ¿Qué magia emana esa gente para conseguir que el martes te pongas la ropa que jamás te habrías puesto el lunes anterior, y al tiempo, lograr que prefieras amputarte una mano antes de volver a ponerte el martes la ropa que llevabas el lunes? Y pregunta, acelerado, si soy consciente de la fuerza de control de masas que encierra ese acto. No sólo te pones una ropa como gesto social, como deferencia hacia el resto de la sociedad, como acto grupal del que no deseas desentonar, sino que consiguen alterar tu percepción de la realidad, de modo que te veas elegante con una ropa con la que veinticuatro horas antes te veías ridículo, y lo mejor, que te veas grotesco con la ropa que has llevado hasta ese instante y con la que te sentías apuesto. ¿No es acojonante? La moda parece una gilipollez, pero es el mejor ejemplo de cómo el Estado controla al pueblo, de cómo los amos controlan a los siervos, de cómo el pastor controla al rebaño. Eso dice mi amigo, y lo dice del tirón.

Lo cierto es que no puedo cerrar la boca, lo intento pero no lo consigo, del mismo modo que no logro pestañear, mi simiesco cerebro se ha bloqueado mientras intentaba seguir el razonamiento de la bestia parda que tengo enfrente. Quizá me quede lelo de por vida. Por pensar. Mi progenitor tenía razón cuando decía que pensar era malo porque si lo pensabas nunca lo hacías. En aquel momento me pareció la reflexión de papá una gilipollez etílica de las muchas que decía, pero quizá mi padre fuese un pensador incomprendido además de un ludópata borracho con tendencia al maltrato. La cosa es que despierto.

Asombrado, señalo con mi índice a Niño Toro y le señalo que es jodidamente profundo todo lo que acaba de decir. Niño Toro sonríe con la expresión del prostático que encuentra el baño libre. ¡Joder! ¡Sí! ¡Es cierto! Lo de la moda es verdad le espeto a Lagarto, pero mi desequilibrado colega me ignora inmerso en lo del desamor y tal. Estoy acelerado como el adolescente que toca teta por primera vez, pero es que… ¡es verdad! La gente, los burguesitos, preferirían salir desnudos a la calle antes de ponerse ropa demodé, y la cosa es que esa misma ropa la llevaban orgullosos el día anterior. ¡Sí! No es que les obliguen a vestir de un modo determinado, es que ellos desean vestir así. No es que les digan cómo están atractivos, es que ellos se ven atractivos. No es que les fuercen a aborrecer la ropa que vestían, es que ellos mismos se ven caricaturescos. ¡Sí! No es que consigan que toda esa gente haga algo a la fuerza, es que logran que deseen hacerlo. Modifican la percepción de todos esos honrados ciudadanos haciendo que vean las cosas del modo que ellos quieren que las vean. ¡Acojonante! Y entonces la estilizada rumana de ojos azules desciende por la escalera.

  Hay que reconocer que la muchacha está para mojar pan, pero es cara y hay que heredar un capital cada vez que quieres que se enamore de ti. La cosa es que, a una indicación de La Tacones, la eslava se sienta junto a nosotros y con ese acento meloso asegura que Johnny no ha venido a verla en días. Entonces debe estar follándose los buzones, respondo, porque jamás vi a mi colega pasar más de dos días sin realizar el acto sexual con ser vivo o ser inerte, dicho lo cual le hago un gesto a Lagarto para que inspeccione el piso de arriba. La rumana no demuestra preocupación así que doy por sentado que el objeto de búsqueda no se encuentra aquí, sin embargo tenemos que hacer ruido y dejarnos ver, para eso nos pagan. Por hacer tiempo le pregunto a la muchacha si saldría a la calle con unos pantalones de pata de elefante y una chaqueta con hombreras. La meretriz sonríe y responde que se lo pensaría si yo salgo con minifalda y tacones. No, creo que preferiría operarme de fimosis con una cucharilla de postre. La rumana se sirve un tequila al tiempo que me mira lascivamente. Juega conmigo y yo la dejo. De pronto dice que si hay algo que ella pueda hacer para que nos olvidemos de Johnny Dos Cruces y le digamos al Turco que se ha largado. Doy un trago al tequila y le explico todo eso del código deontológico de los matones y del deber para quién te paga, amén del hecho de que vacilar al Turco es la mejor manera de terminar troceado en diferentes bolsas de basura. La rumana se mantiene callada hasta que aparece Lagarto negando con la cabeza. Nos incorporamos. Y es ahí que la cortesana me recuerda que debo llamar a mi madre. Joder.

En la calle enciendo un cigarrillo y comienzo a caminar. Las callejas y pasadizos aparecen y desaparecen mientras caminamos con ese aire chulesco de los que se sienten manada de lobos. Observo las caras de los que compran y de los que venden. Observo sus ropas, las de todos ellos, las de todas ellas, los veo como canicas que interaccionan unas con otras lanzadas por manos invisibles. Los ciudadanos. Los veo. El pueblo. El populacho. El burgo. Eso tan valorado, tan estimado, eso tan exaltado, un rebaño, una piara, una manada de obedientes rumiantes dirigidos por la experta mano del pastor, del jefe, de la sociedad bancaria, que genera la ilusión de libertad mientras manipula y dirige a ese ciudadano que cree que tiene pleno dominio de su propia vida. Mientras caminamos observo a unos y a otros, consumiendo cosas ilegales, practicando cosas amorales, vendiendo cosas letales. Como si de una catarsis se tratara tomo conciencia del hecho de que la libertad en sociedad es imposible y que todo resulta un espejismo perfectamente elaborado para que creas que tu voto es significativo, que tu elección es libre y que tu vida es la mejor posible. Joder, casi puedo ver los hilos con los que nos sostienen, no somos sino marionetas manejadas por unas pocas manos, dueñas de los medios de comunicación y de los políticos, del dinero y de las armas, de las religiones y de las patrias. Creo que me estoy deprimiendo. Y alcanzamos el portón oscuro de la casucha donde se hacen las timbas.

Llamamos a la puerta y la mirilla se mueve, tres segundos después la puerta metálica se abre y un tipo mal encarado con aspecto de neonazi se hace a un lado. El tipo nos saluda por nuestro nombre, uno a uno, nosotros correspondemos, incluso yo me atrevo a preguntar si por un casual ha visto a Johnny Dos Cruces. Sorprendentemente  el rapado niega haberle visto con la misma convicción que negaría que Hitler tenía bigotillo. Nos introducimos por un pasillo angosto y oscuro hasta una sala mal iluminada rellena de humo en la que una docena de seres, de cuestionable aspecto humano, juegan a las cartas.      

 La partida se detiene porque nosotros somos unos invitados un tanto especiales y porque, a estas alturas, todos en el puto barrio saben que estamos buscando, y están deseosos de contarnos lo que saben, es decir, nada. Como me sé el rollo, me dirijo al auditorio en ese tono teatralizado que tanto me gusta, indicándoles que estoy especialmente jodido porque acabo de descubrir que no era suficiente con nacer en un miserable gueto y tener que dar mordiscos desde la más tierna infancia para lograr una vida de mierda, sino que, para colmo, resulta que carezco de libertad y de poder de elección, y esto se debe, no sólo a que sea una insignificante larva, sino a que soy una puta larva tejedora de capullos de seda, que junto a millones de larvas tejedoras de capullos de seda, permanecen en una puñetera fábrica manufacturera de seda. Y lo peor de todo, es que hasta hoy no me he dado cuenta de que, los dueños de la fábrica, habían conseguido convencerme que producir seda no sólo era algo cojonudo sino que deseaba hacerlo por deseo propio.

Los caretos de los jugadores de póker parecen constatar que no tienen la menor idea de lo que estoy diciendo, pero que entienden que pueda estar drogado, borracho o las dos cosas, en cualquier caso van a escuchar todas las gilipolleces que pueda decir porque a los chicos del Turco se les escucha con la misma devoción que los monaguillos a los curas. Total, que suspiro y pregunto si alguien ha tenido la fortuna de cruzarse con Johnny Dos Cruces, alias La Meto Donde No Debo. Pues no. Nadie responde. Unos niegan con la cabeza, otro ponen cara de desconocimiento y los más bajan la mirada. Suspiro. Les pregunto si les preocupa ir a la moda. Ahora sí que todos me miran, acaban de alcanzar el convencimiento de que la cocaína caducada me ha cortado la digestión o que la ingesta masiva de alcohol me ha provocado por fin una paranoia etílica. Desisto. Sólo Niño Toro me entiende. Nos vamos.

Cuando alcanzamos la calle repito la misma ceremonia, enciendo un cigarrillo y tras unas cuantas caladas comenzamos a trotar en busca del siguiente abrevadero donde encontrar a la presa.

Esta vez regresamos al coche porque el último lugar está alejado, y por alejado se entiende más de tres manzanas. Una vez al volante observo como Niño Toro me observa compungido, como si sintiera haberme sacado de mi burbuja de desconocimiento por el malestar que eso me causa. Mi colega se pregunta que quizá hubiera preferido permanecer sumido en la ignorancia pensando que era un homo sapiens libre. Sonrío y sacando la petaca con whisky del salpicadero se la ofrezco. Eso es lo más cerca que vamos a estar de un abrazo. Somos colegas pero ante todo somos heterosexuales de modo que nada de sobarnos ni llorar como nenazas. Cederle el primer trago de la petaca es mi manera de agradecerle que insistiera con lo de la moda, y la forma de disculparme por mi cerrajón inicial. No pasa nada dice Niño Toro sin decirlo, sólo sonriendo mientras da el trago y me mira.

Mientras acelero y contravolanteo por entre cruces ruinosos y calles asoladas, se me ocurre preguntarle a Niño Toro de dónde ha sacado todo el rollo de la moda, porque si una cosa tengo clara es que a él no se le ha ocurrido. Me lo contó Johnny, responde de inmediato. Cojonudo.

Y llegamos a la casa baja donde se crió Johnny Dos Cruces y donde vive su señora madre, señora que nos conoce sobradamente porque nos ha puesto de merendar infinitas veces de pequeños, quizá por eso resulta un poco jodidillo presentarse aquí buscando a su hijo. La cosa es que llamamos a la puerta y a los pocos segundos una mujer canosa vestida con ropa desfasada nos abre.

Se podría pensar que se iba a producir un silencio incómodo o algún intercambio de palabras malsonantes, pero la cosa es que la mujer se aparta y entramos en la humilde vivienda como hemos hecho cientos de veces de chicos. El pasillo desemboca en la cocina y en el centro de la cocina hay una mesa de madera blanca, bien, pues en esa mesa está sentado Johnny Dos Cruces mojando churros en un café.

Uno a uno ocupamos las sillas vacías junto a la mesa y la madre procede a colocar tazas para todos y a llenarlas de café. Cada uno de nosotros se surte de la fuente de churros que descansa en el centro y los degusta con la parsimonia del que se siente en casa.

Llevamos todo el día haciendo ruido por el barrio, buscando a nuestro amigo, sabedores de que mientras seamos nosotros los que lo buscan jamás tendrá que temer. Quizá Johnny deba irse fuera un tiempo, quizá al Turco se le pase o quizá alguien le meta un balazo entre las cejas y zanje este asunto, alguien de su confianza. Es algo que tenemos que hablar mientras comemos. La cosa es que desde que he entrado algo me ronda la cabeza y no sé lo que es.

Paso tiempo masticando y engullendo, mojando y sorbiendo. En silencio. Y la cosa es que hay algo… y de pronto lo veo.

Es la ropa de la madre de Johnny. Ropa pasada de moda.

Es entonces que sonrío mientras me observo. Yo no voy a la moda. Nunca me he preocupado por saber cuál era la última tendencia. Aquí nadie lo hace. Y si no me preocupa la moda es porque no soy un ciudadano, uno de esos que vota y consume, uno de esos que acata las leyes y respeta las normas sociales, uno de esos seres civilizados de buenas maneras y mejores costumbres. Yo soy un desecho apartado en un gueto, una basura depositada en una papelera. Soy un delincuente, un marginal, un asocial. No soy productivo ni útil a la sociedad y por tanto al amo. Nunca he pagado impuestos ni pedido una hipoteca, jamás he cotizado, nunca he tenido un trabajo remunerado que no fuese en dinero negro. No he comprado nada que no fuera robado, ni hecho otra cosa que no fuera ilegal. Jamás he generado riqueza ni he aportado a la sociedad beneficio alguno, todo lo contrario. Y sonrío, y mientras sonrío doy una fuerte palmada en la espalda de Niño Toro, y cuando éste me pregunta extrañado el motivo de mi buen humor, respondo que es que acabo de darme cuenta de que no soy una insignificante larva productora de seda sino una improductiva.

Y ahora aquí, con la boca repleta de café y churros, tomo conciencia de que quizá sea uno de los pocos homos sapiens libres.

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