Docencia filosófica

Soy doctor en filosofía, y él no. Soy profesor universitario, y él no. Soy un adulto con pelos en los huevos, y él no, pero aquí estamos los dos. Uno frente al otro. Mirándonos a los ojos. Yo repasando con el índice mi barba de tres días y él paladeando el chupete. Mantengo el rictus grave de la persona culta que se sabe superior intelectual y físicamente. Él, por su parte, sostiene un gesto bovino entre la vaca que mira tren y el jubilado que espera en la cola del pan. Ninguno de los dos pestañea, ¿por qué? Pues porque este es el momento, este es el instante crucial, es ahora o nunca. Sí. Todas las controversias vividas, todos los desencuentros, todos los litigios habidos tendrán su punto y final aquí y ahora.

            Es cierto que yo tengo cuarenta y cinco años y él no ha cumplido los dos, es cierto. Como lo es el hecho de que yo soy el padre y él mi hijo, eso también es cierto, pero nada más lejos de la realidad si eso pudiera hacer pensar a un testigo neutral que este no es un duelo equilibrado, porque si hay un enfrentamiento parejo en el universo infinito es este.

            Todo empezó cuando le regañé por limpiarse las manos llenas de chocolate en el sofá. Lloró, y acto seguido, no sé cómo, mi carísimo iPhone 6 gris de 16 GB apareció en el interior del váter.

            Sé que fue él, básicamente porque aún no había llegado su madre y estábamos los dos solos, de manera que salvo que yo sufra episodios paranoides o tenga doble personalidad, tuvo que ser el pequeñajo de grandes ojos negros y cara de lelo.

            Le pregunté. Le pregunté por qué lo había hecho a pesar de ser consciente de que aquel tierno ser solo era capaz de pronunciar dos palabras, “no” y “más”, palabras con las que se bastaba y sobraba para moverse en la compleja sociedad actual. Le pregunté porque soy civilizado, porque soy dialogante pero básicamente porque soy gilipollas.

            La segunda vez ocurrió después de que le regañara por tirar de un manotazo el plato de puré que no le gustaba. Lloró y de nuevo, sin saber en qué momento o de qué manera, mi flamante y nuevo iPhone 6s de 32 GB en plata terminó flotando en el inodoro.

            Por su puesto que le reprendí, incluso le sermoneé, lo hice con una enorme variedad gestual y toda la virulencia que permite la ley, pero a pesar de que el enano lloró y se refugió tras su madre, noté en la mirada un no sé qué, cómo algo que…, no sé, como sí…

Pero fue a la tercera cuando comprendí que tenía un problema.

            Allí, en el interior del baño, solo, bueno solo no, junto a él, junto a mi recién estrenado iPhone 7 de 32GB negro mate. Allí estaba mi prohibitivo teléfono inteligente de alta gama preguntándome qué había sucedido para que él, el más primoroso de los smartphone, se encontrase en tan nauseabunda situación. No supe qué decirle, de hecho le oculté que sus dos hermanos habían terminado en el mismo escenario. Era demasiado vergonzoso reconocer que un renacuajo, un ser de apenas medio metro y que se defecaba encima sin el menor rubor, había decidido echarme un pulso jodiéndome cada vez que le reprendiera.

            ¿Qué hacer? Se trataba de un problema claramente educacional de manera que, como ser ilustrado, podía recurrir en busca de una solución a toda la enorme bibliografía panfletaria en forma de revistas y libros de títulos impactantes para padres desorientados, o a los recursos conocidos que mi profesión me proporcionaba, Nietzsche por ejemplo.

Total que me senté con él y le expliqué que Dios había muerto y que ahora el hombre solo en el mundo debía convertirse en un superhombre que crea, que ríe, que baila, que canta, que construye. Que cada hombre debe dar a su vida su propio sentido, y la educación debe tender a formar hombres fuertes, que amen la existencia terrenal y se destaquen del rebaño, siendo seres diferentes y únicos. Dicho lo cual permanecí en silencio buscando una reacción en mi interlocutor, sin embargo, salvo los monótonos chupetazos al pezón de goma y una mirada aburrida obtuve poco más. Incluso cuando le hice ver que el superhombre era él y que dependía de él dar sentido a su vida y que para ello estaba la educación y que la educación era incompatible con tirarle el móvil a papá cuando intentaba e-du-car-le, logré la menor alteración gestual en el rostro del pequeño infante, sin embargo confié en que el filósofo alemán hubiera calado en su tierno entendimiento.

Al poco tiempo tuve la oportunidad de comprobar si mis particulares métodos en forma de charla filosófica habían surtido efecto, fue cuando me enfadé con él por pintar con un rotulador la televisión. Se trató de una bronca de nivel medio-alto y él lloró evidentemente, y se escondió tras su madre evidentemente, y me miró evidentemente, me miró con ese gesto… y yo, instintivamente, palpé que mi nuevo móvil estuviera en mi bolsillo.

Sí, había renunciado a móviles tan caros y había comprado un modelo medio, no por nada, es que me parecía que no les sacaba todo el partido que su precio exigía. La cosa es que no me desprendí del teléfono en ningún momento. Ya no lo dejaba por ahí, sino que lo guardaba en mi bolsillo o lo colocaba sobre mobiliarios que estuvieran a relativa altura, pero claro te echas la siesta… te quedas dormido… y tu Huawei P9 Lite termina en el retrete. ¡Acojonante!

Lógicamente se impuso otra charla en la que Nietzsche volvía a ser protagonista. Sentado frente a mi pequeño le expliqué que el pensamiento debe estar al servicio de la vida y la educación debe cumplir en ello un rol fundamental. Que el hombre debe tender a su perfección la que no logrará acumulando meros conocimientos, puesto que así solo obtendrá una educación aparente y sometida a los intereses políticos de quien gobierne. Y que mi misión era educarle en la voluntad de poder en un mundo que está en constante devenir en un ciclo continuo.

No me pareció que a mi retoño le impactara lo del devenir, de hecho sospeché que me prestaba relativa atención únicamente porque el televisivo programa infantil estaba en intermedio. Yo insistí en lo importante de la educación y en lo de tender a la perfección pero no sé, no me quedó claro que entendiese la incompatibilidad entre Nietzsche y lanzar mi móvil al váter.

Había cuatro móviles míos ahogados en aguas fecales, no iba a haber ninguno más, ¿o sí? ¿De dónde había sacado aquella actitud aquel mocoso de abultados mofletes? Yo no era así, y se suponía que aquella cosa retaca era hijo mío. ¿Lo era? Bueno, daba igual, yo como progenitor tenía una responsabilidad, una misión, convencer a aquella criatura hija de Satanás que no podía torearme. No importaba que no pudiera votar, conducir o consumir alcohol, no importaba, como no importaba que no tuviera la menor responsabilidad jurídica, moral o espiritual, un ser que no era capaz de controlar sus esfínteres no iba a acojonarme. Él era un matón con métodos gansteriles, los conocía bien, los había padecido durante infancia y pubertad, esos tipos que basan la razón en la fuerza física. Es posible que aquella pequeña personita pareciera un tierno infante con pañal y chupete, pero detrás de aquel gesto infantil de peluche achuchable estaba el bravucón que te robaba el bocata o el balón en el recreo. No, yo había estudiado filosofía para ser superior a todos aquellos matasietes de época escolar. Había estudiado filosofía para servirme del intelecto y poder reírme de los trogloditas de cabeza hueca. Había estudiado filosofía para ocupar un lugar superior en la escala evolutiva. En definitiva, había estudiado filosofía para masacrar a críos de apenas dos años. Y no tardé mucho en tener mi oportunidad.

Lo bueno de convivir con un pequeñajo con el coeficiente intelectual de un paraguas es que no pasa mucho tiempo sin que cometa alguna barbaridad, en este caso a la pequeña bestia parda le había parecido buena idea garabatearse el uniforme de la guardería con un rotulador fluorescente.

Allí estaba yo, y allí estaba él. Yo con rictus de enfado, él mirándome con gesto doloso, pero de un doloso como si… vamos que no era un doloso, doloso, sino como descafeinado, como diciendo mira que si te pasas ya sabes lo que le va a ocurrir a tu móvil. Y yo como diciendo, sé lo que me quieres decir pero si piensas que te vas a librar lo llevas claro, y no porque sea tu padre, ni porque debas ser educado, sino por Nietzsche. Sí, por Nietzsche. Nietzsche se merece una oportunidad frente al tortazo, el coscorrón o la amenaza física del matón estándar. Y claro usé a Nietzsche.

Le dije lo de que la transmisión de la cultura solo debe ser un principio, no una meta, para la creación de una cultura nueva. Que la educación no debe tender a igualar sino a distinguir a cada individuo en cuanto tal, para que nazcan así los hombres fuertes y poderosos, que no sucumban, que se aparten del rebaño, los “superhombres”, quienes también serán los destinados a educar tratando de que surjan nuevos superhombres con valores propios, desafiando a la cultura de su tiempo. Dicho lo cual permanecí mirando a mi pequeño vástago.

Que si quieres arroz Catalina. Nada. Ni mu. Solo el gesto de la oveja que rumia y le importa la filosofía lo mismo que el índice Nikkei. Suspiré. Recuerdo que suspiré y le pregunté que si se la sudaba Nietzsche, el superhombre y todos los alemanes sifilíticos. No hubo una respuesta sonora pero si esa mirada ladina del que intuye que se va a librar porque el tolai de su padre en vez de gritarle le está comiendo la oreja con una parrafada ininteligible, sí, el cagado de papi está acojonado pensando que como eleve la voz tendrá que usar una tostada como móvil porque el Smartphone terminará en el retrete. Me ofendí. No por lo del rotulador, el chándal o el móvil sino por lo de Nietzsche. Total que le grité, le increpé, le sermoneé, le castigué, bueno eso no, porque descubrí que a un crío de menos de dos años no puedes castigarle con nada salvo no cambiándole el pañal o retirándole la papilla de frutas, medidas que echaría para atrás de inmediato el tribunal constitucional, es decir, su madre. La cosa es que el enano lloró y se refugió tras su madre y tal y pascual, y me miró y eso, y yo localicé mentalmente el móvil, y le dije que como se le ocurriera tirarme el móvil al inodoro iba a… iba a… bueno, a algo. Y es que es jodido amenazar a un ser que solo come, duerme y destroza todo lo que encuentra.

 Esta vez controlé con sumo cuidado el móvil, el móvil y al pequeño Lucifer, claro. Era básico que en las primeras horas el móvil siempre se encontrara a una altura superior a metro y medio del suelo. Eran las horas de mayor riesgo, en esa horquilla de tiempo habían fallecido la mayoría de teléfonos anteriores. En esos momentos aún le duraba la congoja y se podía ver por su mirada de odio que mantenía la venganza latente en su interior. Sí, porque yo le miraba, y él me miraba a mí. Yo veía la tele y… ¡zas! Le miraba. Y él, que estaba jugando, a veces me echaba un vistazo y a veces me ignoraba, pero me ignoraba sabiendo que le miraba. Esto no podía demostrarlo, pero lo sabía, lo sabía.

La idea era que el crío, como cualquier chiquillo, se olvidara con el tiempo de lo ocurrido, se le pasara el sofoco y dejara de pensar en la venganza como fundamento de vida. Era importante llegar a la noche, al sueño, y despertar en un nuevo día con todo olvidado. Y lo conseguí. Mantuve el Smartphone chino de mierda que me había comprado junto a mi escroto todo el tiempo hasta que el antecristo cayó dormido tras la ingesta de su biberón con cereales. Nietzsche había ganado.

Fue al ducharme, o mejor dicho, al salir de la ducha por la mañana, que vas un momento a la habitación a por unos calcetines que has olvidado, y cuando vuelves unos segundos después, alguien ha depositado tu mierda de Smartphone chino en lo que viene a ser el inodoro. Se trata del mierda de Smartphone chino que has dejado sobre el lavabo junto al reloj. El mismo Smartphone chino de mierda que mantuviste junto a tu escroto la noche anterior ocho horas seguidas para protegerlo. Y ahora está ahí, en la mierda. Y no es que el móvil mereciera estar en otro sitio, pero, hombre, es por la cara de gilipollas que se te queda.

Así que aquí estamos. Todo ese doloroso periplo de encontrar una y otra cuerpos con pantalla táctil flotando inertes en las aguas residuales acaba aquí, acaba hoy. Aquí estamos él y yo. Él con su careto de atocinao que rumia un chupete azul y yo con mi gesto adusto de profesor universitario. Es esta una escena que pudiera parecer ya vivida pero hay un pequeño matiz, hay algo en mi mano derecha que no estaba en anteriores ocasiones.

El lugar de reunión también varía de otras veces, estamos en el baño. El lugar donde todo comenzó y donde todo debe terminar. Lo que no varía es el gesto de rumiante caprino de mi pequeño vástago, y no lo hace hasta que no abro la mano y muestro lo que escondía. Sí, en cuanto lo hago, las infantiles pupilas se dilatan y los mofletes detienen los chupetones para permanecer en una pétrea quietud. Mi mano sostiene un chupete, su chupete preferido.

Se trata del chupete naranja que usa para dormir, su favorito, lo más en chupetes, la más valiosa de sus posesiones. Ahora lo tengo yo, y lo sostengo con dos dedos sobre el váter mientras le miro.

Sonrío, sé que nos entendemos. No necesito decirle nada. Solo me deleito en su gesto de terror, en su arrugar las cejas, en sus ojillos llorosos, en su boca entreabierta que intenta dejar escapar una súplica o un breve llanto velado por la sorpresa. Ya no van a aparecer más móviles en el váter, ¿verdad? Eso se acabó, ¿verdad? Lo digo sin usar palabras, solo con el mero hecho de sostener en vertical sobre el agua calma del inodoro, aquella indolente pieza de plástico y silicona llamada chupete. Sé que lo ha entendido pero por si las moscas.

El chupete naranja cae en el interior del váter y el acto de tirar de la cadena hace que desaparezca en un torbellino acuoso que no deja rastro. Ojo por ojo, diente por diente, chupete por móvil.

¡A tomar por culo Nietzsche!

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