Muerte canina

Yo soy el perro, el animal, aquel que no es hombre aun cuando pudiera parecerlo. Yo soy la bestia que se rasca y olfatea. Aquel que come restos y duerme al raso. Yo aquel que babea y gruñe, aquel que trota y se lame, el que ladra y aúlla. Y sé que soy perro porque nací de perros, porque fui criado como perro, porque crecí entre perros. Es mío el mordisco y no el arrumaco, la patada y el grito que no la caricia y el susurro. Es mío el ladrido y no la palabra, como lo es el desprecio y el desapego, la animalidad y lo irracional, pero también lo es el colmillo y la garra, la piel curtida y el instinto animal, la ausencia de conciencia y la falta de remordimiento. Yo soy el perro pero no la mascota, el que no lame sino muerde, aquel que hace presa y no suelta, yo el que desgarra, el que hiere y mata. Yo el perro de pelea, el que ataca, el que tensa tus músculos y afloja tu esfínter.

Como perro habito las calles, olisqueo el aire del gueto y orino en las esquinas marcadas de territorialidad. Recorro el vertedero marginal que es mi barrio entre seres que no se distinguen de la basura y cuyos sueños tornaron pesadillas al caer del útero. Es la noche, la noche eterna sobre un averno cuyos pecadores aún están infectados de esa peste llamada vida. Y es en la noche cuando el lobo que habita en mis entrañas me muerde para que salga, para que trote y aúlle, para que surja y rastree presas. Y surjo.

Jadeo mientras la húmeda madrugada mezcla el vaho denso de mi respiración con el humo mortal de las caladas del cigarro. Escondo mi rostro animal entre solapas oscuras, camino encogido y tenso, rápido, con las orejas tiesas y las manos en los bolsillos rozando metales letales. Mis pupilas de cánido ojean las sombras pecadoras que brotan ansiosas en busca de los caprichos ilegales y las sórdidas ambrosías que germinan en estas mis tenebrosas callejuelas. Todos me sortean, incluso los más narcotizados y ebrios saltan y se apartan en cuanto ven al cimarrón sin bozal. Las risas se acallan y las conversaciones se pausan. Los más duros, los más chulos, aquellos a los que el grupo y el calor de la banda tornan pendencieros quedan quietos, rígidos, observando como la alimaña pasa junto a ellos y no los roza. Me conocen. Nadie ladra al enorme perro callejero repleto de cicatrices y tatuajes. Nadie lo llama. Nadie molesta al bicho maligno al que ni siquiera Satán desea en el Infierno, salvo quizá el suicida, el ciego o el loco, aquel al que le fue extirpado el instinto de conservación, ese cree que puede jugar con la bestia y termina descubriendo que sus entrañas son de un rojo intenso.

Ahora la veo. Al trote recorro los charcos y esquivo el vómito. La puerta escondida del sucio lupanar y el gigante negro que la custodia semejan, bajo el mortecino neón rojo, una vieja gabarra que naufraga, que se hunde con sus lúbricos sueños en este oscuro infierno de perversión y violencia. Es el vicio en crudo, sin aditivos, en carne viva, lo amoral soldado al desespero, lo indecente trabado a la impotencia, fusionándose, seres violando seres, esclavizándolos, masacrando lo humano y revelando lo animal, y todo en apenas trescientos metros.

El oscuro cancerbero me ve y ya no mira otra cosa. Me conoce, sabe de mí, así que maldice al dios en el que no cree, contrae las cejas y aprieta los puños dentro del gabán. No se permite la entrada de perros en el local, ¿o sí? Intuye que no es presa pero mi hedor lo tensa. Mientras mis patas revientan los charcos pego mi costado al ladrillo y lo rozo mientras ladeo la cara a semejanza de la hiena que acomete el cadáver. El coloso se cuadra y dilata, eriza la espalda en el convincente intento de mostrar su peligrosidad y… se aparta. Lo supero. Cabizbajo propulso la puerta y la dulzona condensación me lame y empapa con la violencia de lo repentino. El humo y la transpiración ajena se pegan de inmediato otorgándome la pátina pecaminosa que recubre la totalidad del burdel. Me detengo y oteo el cálido útero viciado. La música mortecina acuna docenas de bultos entre una neblina rojiza que disimula defectos y traumas. Nadie ve al perro o quizá nadie quiere verlo. Enciendo un cigarrillo mientras mi instinto primario comienza a susurrarme obscenidades. Doy una calada al tiempo que sorteo mesas roídas y perdedores quebrados. Las risas melladas me observan, y me observan las etílicas ojeras, y las carnes fofas y las barbas de tres días. Es la miseria echa carne, el sótano de la humanidad, el cuarto de atrás de este civilizado mundo donde los gritos no se oyen y los lamentos jamás se escuchan. Y yo lo atravieso, me sumerjo y buceo en un lodazal donde lo malo flota y lo bueno se hunde, y mientras lo hago, la asustada muchacha de la barra me descubre y hace un gesto al encargado. Para entonces he alcanzado las escaleras y asciendo peldaños con la cadencia del sepulturero que lleva toda la vida caminando entre nichos. Lamento no sentir, me gustaría sentir, notarme humano, pero mi naturaleza animal no cesa de recordarme que sólo soy un perro. El maltrato en la infancia, el reformatorio, las vejaciones carcelarias embisten y roen mi ánimo haciendo que una ola de resentimiento arrase mi cordura, entonces sólo queda el aullido, el jadeo animal, sólo queda el perro.

He alcanzado el pasillo superior y camino entre puertas clónicas y gemidos fingidos. Lo hago despacio, amortiguando la pisada sabedor de que ella está cerca. No quiero asustarla. Finalmente me detengo frente a un número. Doy la última calada y dejo que el agónico cigarrillo se estrelle contra el suelo. Exhalo el humo y giro el picaporte.

Un tipo calvo de espalda peluda cabalga a una rubia blanquecina, casi una niña, sobre un camastro arrugado y descolorido. Quedo quieto observando la escena. El tipo, saturado de lujuria, no percibe mi presencia, pero sí lo hacen los azulados ojos de la muchacha. No hay extrañeza en las brillantes pupilas de la inmigrante eslava. No se sobresalta, se limita a susurrar suavemente algo a la oreja del varón que la monta. Las embestidas cesan. El tipo se gira inflamado y confuso. Me ve. No entiende. Le jode. Le irrita que un perro interrumpa su coito. No comprende qué coño hago plantado mirándole, así que me insulta, pero el perro no se mueve. Suda, y la ira amenaza con la congestión. El cliente se yergue y su mueca de rabia acompasa las amenazas, pero el estúpido cánido continúa inmóvil. Entonces la muchacha le ruega que se vaya. El tipo no entiende. Es por su bien musita la blanquecina prostituta. Yo sólo le miro. Sólo soy un perro, no entiendo lo que dicen, únicamente espero a que el otro macho se aleje de la hembra. Y es en el instante en el que el sudoroso competidor se dispone a cargar cuando el encargado entra, le sujeta y le salva la vida.

Jadeo mientras las manos agarran y retienen, mientras tonos graves mascullan consejos extremos y sugerencias vitales, mientras el respeto y el temor bañan rostros curtidos de matón. Agito el rabo con la cadencia del latido de un corazón que no se inmuta, por qué habría de hacerlo, la violencia es mi nana, siempre fue mi canción de cuna. La puerta se cierra y el perro y la puta quedan solos. Y la chica sonríe.

Es el perro el que se despoja de sus ropajes, deja caer las penas y los lastres. Despacio, muy despacio, sin dejar de observar aquella piel blanca, como nieve cálida. No hay temor en la prostituta cuando el perro gatea sobre la cama hasta situarse sobre ella. Son unos brazos blancos sin vello los que abarcan el rostro del can, y son unas manos blancas, casi infantiles, las que lo acarician, sorteando cicatrices y costras, repasando el insensibilizado pellejo y revolviendo el tosco cabello. Buen chico, buen perro. Y el can observa los hipnóticos ojos claros de la puta, fascinado por unas pupilas tan trasparentes que dejan escapar el dolor, un dolor infinito, el dolor de la raptada, de la violada, de la esclavizada. Y el animal y su limitado raciocinio captan la hermandad, el mensaje obsesivo, la perturbación, el dolor, el infinito dolor, mientras las caricias le hacen gruñir de placer. Y la mejilla de la bestia llega a reposar sobre un pecho tan blanco que se diría leche, y las caricias, los leves besos, el silencio, producen la transmutación. Es el placer, algo inédito, tan ajeno que casi sabe a dolor, lo que cambia al perro, lo que le convierte en hombre, por un instante, por un breve espacio de tiempo, mientras aquella infinita blancura vestida de puta decida que aquel trastornado ser es aún más desgraciado que ella y merece su pena, mientras lo acaricie, mientras lo roce, pero no como hace la pagada sino como lo hace la ama, la dueña, aquella a la que guardas y que te nutre. Y el perro, ya hombre, es capaz de penetrarla y pensar que los golpes y mordiscos recibidos no son nada, que los escupitajos e insultos sufridos no son nada, que las torturas y maltratos padecidos no son nada. El asesino y la puta, la escoria abrazada, lo erróneo, lo imperfecto, aquello que no debe ser reproducido, juntos, fundidos, produciendo un calor que sana. Hubo otras putas, pero sólo con la desafortunada inmigrante del este emerge lo humano, lo oculto, lo negado, sólo con ella el perro de pelea cierra los ojos y ronca.

Tras escasas horas despierto, veo que la muerte me ha vuelto a olvidar, espero un instante por si hubiera un recuento y volviera por mí. No hay suerte. Me despego de la durmiente y tal como llegué me enderezo, me visto, dejo el dinero y salgo. No hay miradas, ni hay palabras. Camino por el pasillo con el olor a prostituta saturando la epidermis. Enciendo un cigarro hasta rellenarme de humo y sequedad.

Desciendo unas escaleras hacia un averno que huele a hogar. Olfateo el sudor y paladeo el rancio sabor a perdedor. Tras la pastosa música distingo al rudo encargado y a dos de sus obedientes gárgolas esperándome abajo. Quizá estén cansados de que un perro callejero entre aquí, asuste a sus clientes, y se folle a sus putas cuando le plazca. Quizá quieran golpear al perro con una escoba. Quizá estén cansados de vivir. Quizá, pero para cuando llego abajo mis anfitriones reculan dos pasos y las muecas se tornan sonrisas. Quieren algo del perro. Mantienen las distancias sin necesidad de que muestre los incisivos y me invitan a sentarme en la mesa esquinada donde espera el enjuto dueño del lupanar.

Hay un grueso fajo de billetes sobre la mesa y un papel con una dirección. No hay palabras porque no hay nada que hablar con un perro, al perro sólo se le lanza el palo y se espera a que lo traiga. Son temas de drogas, tráfico, competencia, absorción, eliminación. Es algo viejo, es la violencia, la solución ideal, la única en este lugar y en todos. Y así el pequeño amo de lo ilegal rellena dos vasos de tequila y sujetando uno me alarga otro. Beber con un perro. Le miro pero él no me mira a mí. Dicen que no es buena cosa mirarme porque estoy maldito, quizá la muerte pudiera fijarse en ti a través de mis ojos. Veo el vaso pero no lo toco. No me agrada beber con humanos. Recojo el papel, el dinero y me alzo. Los turbados sicarios dan un paso hacia atrás temerosos de que algo mío les salpique. Quedo quieto. ¿Hay trato? El traficante mata su tequila de un trago. Hay trato. Doy un paso y después otro. Mala cosa codearse con animales, sin tacto, sin modales, sin respeto.

Cruzo la viciada sala sorteando siluetas derrumbadas y rostros esquivos. Mientras camino pisando saliva la música fúnebre alerta de que la parca está suelta. Y es al propulsar la puerta cuando la bofetada fría me arranca la costra rojiza a prostíbulo. Vuelvo a las calles sin nombre, a sus esquinas atestadas de basura, a olfatear y trotar entre excrementos y disparos cruzados.

Sólo detengo el paso cuando un ruinoso portal me da la bienvenida, y con él unas decrépitas escaleras que ascienden hasta la buhardilla que me sirve de cubil. Allí caigo con la botella de tequila en el camastro, y entre besos y coca las pesadillas van llegando.

Sueño que yo soy el mal. Yo y mi negruzco cuerpo somos un demonio, uno de los que forman legión y combaten el bien bajo la bandera roída del averno. Yo soy la muerte y el fin. Yo el que escupe fuego y cuya correosa piel no puede ser atravesada. Yo el que decapita níveos ángeles y viola sagradas escrituras. Yo el caído, el perdido, el deteriorado pero el aún vivo.

Despierto. Abro un ojo y lo cierro. Estoy vivo. Aquí estoy. Casi treinta años y nada me ha matado. Increíble. Imposible. Mis alcohólicos progenitores lo intentaron, y lo intentó el reformatorio y la cárcel, lo intentó el homo sapiens y la droga, y la veloz bala, lo intentó el alcohol y alguna que otra puta, todos fallaron. Dicen que el Diablo no me quiere abajo y por eso me sostiene aquí arriba.

            Huelo a baba y vómito. No me incorporo, espero que la muerte haga recuento y vuelva por mí. El tiempo gotea y el oscuro cubil se torna ataúd. Agonizo. Tanteo la mesilla y después el suelo, encuentro una botella de tequila con la que morreo obscenamente. Siento el alcohol desgarrar mi interior. Doy un alarido y me incorporo. Golpeo el interruptor y la luz se me mea encima. Maldigo y me tambaleo hasta sostenerme sobre la vieja cómoda, esnifo los restos de química de la noche y cabeceo. La ola alcaloide golpea frenética las paredes de mis venas arrancando histérica el miedo y el temor. Sólo cuando mis neuronas han perecido en masa sonrío. Me miro en el espejo y mi cara de perro me da miedo. Dicen que estoy muerto, que por eso no me pueden matar, dicen que morí en alguna de aquellas palizas paternas o con alguna de las balas recibidas, dicen que la vieja dama ha olvidado recogerme y que hasta que lo recuerde me toca penar entre los vivos. Eso dicen, y tras decirlo, se apartan.

            Tiro la ropa sobre la cama y me meto bajo la ducha para que el agua intente limpiar mis pecados. El agua fría recorre mis tatuajes pero no los borra. Y yo quedo quieto y pienso en el dolor, en el infinito dolor que me causa respirar.

            Cuando surjo, cuando me elevo y visto mis cicatrices con ropajes oscuros, sólo el arma junto al costillar me promete fidelidad, sólo ella me susurra y acaricia, sólo ella jura lealtad al perro, a la bestia que soy.

            La noche me ve y se asusta. Piso la calle al tiempo que el mortal cigarrillo se prende en mis labios. Observo el papel con la dirección, arrugo la sentencia y la dejo caer. Echo a andar en la noche de aullidos. Encojo mi cuerpo dentro del abrigo, reclino la cabeza y acomodo mi paso el pavimento herido. Olisqueo y escudriño en busca de otro macho dominante que quiera chocar la testa. Voy, camino con un objetivo, mi tosca mente lo reproduce como finalidad, me engaña diciendo que eso da sentido a mi vida, finjo creerla pero sé que no hay razón para mi existencia. La sabia Naturaleza parió un hombre que mutó en perro y no hay designios para el chucho, no hay ropa de su talla ni protocolos para su caso, es un perfil erróneo, el error, la involución, la vergüenza de una Naturaleza que dice ser sabia pero se sabe humana.

Y así mis pasos recorren sendas secretas y atajos ocultos, cruzan territorios con manchas de clan y oscuros abismos con aspecto urbano. Avanzo entre seres que no pueden caer porque no hay nada más abajo. Me pego a sucias fachadas que nacen de sucias callejuelas, mimetizado con lo gris, con lo mediocre, correteando y olfateando entre charcos de vómito y restos orgánicos. Aleatoriamente muestro el canino a la sombra que se excede y se aproxima en demasía, pero en general nadie molesta la carrera del perro, todos aquellos que saben oler huelen mi tufo. Hasta que por fin mi paso se detiene y mi jadeo permite que me esconda tras mi propio vaho. Lo veo.

El extraño portón metálico que protege la chabola se encuentra custodiado por dos figuras meditantes que alternan las caladas con pequeños paseos con los que engañar al frío. Me echo y espero. Apenas escucho el latir de mi corazón a pesar de la inminente acción, quizá esté muerto y no me he enterado, quizá pereciese en la infancia en alguna de aquellas palizas paternas y ahora sólo vague difunto. Quizá todos en este lugar estén muertos y no lo sepan, quizá esta marginal alcantarilla es tan pestilente que ni siquiera la muerte le echa cuenta. O puede que no sepa distinguir entre la muerte y la vida, ¿qué coño es la vida?

Una tambaleante figura blancuzca se aproxima al portón. Los guardianes observan al nervioso recién llegado y golpean la puerta como contraseña. ¡Ahora! Surjo de detrás de la esquina y para cuando los defensores me huelen estoy tan cerca que distingo los surcos de extrañeza. El portón se abre para dejar paso al yonqui. Error. Los cancerberos no dan la alarma a pesar de mi rápido caminar. Error. Uno de ellos pretende cortarme el paso pero no saca el arma. Error. En mi bolsillo algo metálico dispara fragmentos de muerte. El primer impacto gira y derrumba a uno de los traficantes, el segundo voltea e inmoviliza al restante. El torpe drogata obstruye la puerta en busca de su dosis de manera que el tercer objetivo no puede cerrarla, intenta sacar el arma pero para cuando lo hace mi aliento está junto a él. Tercera detonación. El yonqui se gira esperando la bala, lo empujo hacia un salón donde yacen putas y matones. Unos se arman, otras chillan, hay quien está tan colocado que no hace nada. Disparo al rapado con galones que preside la sala, después a su lugarteniente. Para entonces hay quien responde. Protegido tras el dubitativo adicto es éste quien recibe los balazos por mí. Replico. Las figuras caen, saltan, se protegen, disparan y terminan inertes. Aquello sólo dura unos segundos, después, el olor a quemado, los quejidos y la sangre. Es todo tan insípido. Todos mueren, el perro vive, aunque sigue sin estar seguro.

Estoy fuera. Enciendo un cigarrillo y me nutro del humo. No se es persona si no se teme a la muerte, no se es ni siquiera animal. Tengo suerte para esquivar a la vieja de la guadaña, siempre la tuve, o quizá no sea suerte y sea ella la que me evita, quizá porque le doy miedo, quizá porque teme que la mate.

Y así, la bestia que soy gira, y retorna al trote hacia su cubil. Retraigo las orejas con la facilidad que omito el remordimiento. Mis patas saltan sobre bordillos manchados y escaleras roídas con la misma destreza con la que mi instinto lo hace sobre mi conciencia. El frío me susurra al oído, me lame y me soba sabedor de que no puede dañar mi coraza, se pega y corre conmigo, me quiere a su lado frente al resto de alimañas, dice ser mi hermano, igual que la noche y el miedo. Exhalo humo rancio y quedo quieto frente a mi mundo, el infierno de los pecadores, de aquellos pecadores que aún padecen la infección de la vida. Los veo, veo sus deformidades, todos esos seres defectuosos, perdedores, almacenados en un gueto urbano ocultos a la vista. Percibo su hedor, el olor de la escoria, del no apto, del nacido marginal, del que ni siquiera es un número. Jadeo y las caladas acompasan mis pasos. La muerte como redención, Dios como salvador, quizá, pero la cosa es que Dios no vive aquí, defeca aquí. Elevo la cabeza para descubrir que no hay cielo sobre las roídas fachadas del barrio. Los rescoldos alcohólicos y los restos alcaloides abrasan mi estómago y machacan mi cerebro con hirientes destellos de mi infancia. Sufro la repentina pesadilla de la vida y eso me enfurece. Aprieto los dientes hasta que la mandíbula se tensa, es el furor, la ola de ira que todo lo barre, cuando surge la oscuridad se hace en mi cerebro y mi raciocinio perece ahogado, en ese instante no existe bestia más letal sobre la faz de este apestoso averno.

Todos ven un perro cruzando sus calles, un perro doblando sus esquinas y protegiéndose entre las sombras, todos ven al chucho y se creen mejores, humanos, seres, hombres, pero nadie lo grita, ni siquiera lo musita, se lo callan y evitan parpadear hasta que el cánido pasa de largo, hasta que su hedor es sólo un desagradable recuerdo. Y yo jadeo, saco la lengua y la dejo colgando entre los colmillos mientras rastreo el familiar olor de mi guarida, su cercanía, la cálida pestilencia a descomposición. Acelero el paso.

Finalmente el orín olfateado es la marca de mi territorio, son mis calles con sus pintadas grotescas. Y así quedo quieto en medio de la noche midiendo la distancia con el negro cancerbero que protege la única cosa por la que me tenso. Troto hacia él y huelo su miedo a cien metros. Me mira. Le miro. Se aparta. Presiono un puerta invisible y penetro en un lupanar rojizo y dulzón. El denso calor del pecado me abraza y me soba. La viscosidad del instinto básico me lame y babea. La lógica arcada se torna guiño y mi cuerpo demuestra estar podrido. Sorteo las mismas caras saturadas de alcohol y babas, las ojeras rellenas de rimel y las manos encallecidas que abrazan cuerpos fofos. Me escoro entre figuras rendidas que miran de soslayo la figura perruna sorprendidas. Cruzo la estancia y alcanzo las escaleras, cuando lo hago observo el rostro de pavor en la camarera, esta vez no es miedo, es pavor, y sé que algo sucede. Mientras mis patas saltan sobre los escalones lo huelo, es el dolor, el sufrimiento, lo reconozco porque forma parte de mi sudor. Recorro el pasillo jadeando y con los pelos del lomo erizados. Llego hasta la puerta y la presiono sin más. La chica me espera sobre la cama, desnuda, sola, sin embargo hay algo más.

Su piel blanca ya no es blanca, está cubierta de sangre y hematomas, las sábanas tampoco son blancas sino rosáceas casi rojizas, y su cabello rubio es un amasijo fosco saturado de sudor y sangre. La prostituta no se mueve, permanece boca arriba mirándome con la cara deformada por la hinchazón. Su labio inferior tiembla como balbucear algo, sin embargo no brotan palabras sino sangre. No pestañea. Me mira. Me mira obsesivamente. Sus ojos se dilatan. Quiere decirme algo pero no puede. Las lágrimas surgen y disuelven los coágulos junto a los ojos. Su mano derecha se agita espasmódicamente por la impotencia y la tensión. No me muevo, ni siquiera me acerco, sólo la observo. Sé lo que quiere decirme. Que la han castigado y no sabe por qué. Yo si lo sé. La han castigado porque un perro rechazó beber con un amo delante de su manada. La han castigado para castigar al perro, para recordarle que sólo es un perro. Han pensado que esto me molestaría e igualaría la ofensa. Han creído que me importaría lo que le pasase a la puta. Han deducido que podrían hacerme sentir dolor después de tanto tiempo. Y han acertado.

Ahora el arma está en mi mano. Ahora sí que me aproximo a ella. Ahora sí que la cojo con cuidado y la elevo entre mis brazos. Y es ahora cuando camino por el pasillo con una frágil inmigrante sujeta a mi cuello. Y con ella doblo la esquina y enfilo la escalera, para entonces ya he visto la figura enjuta del jefe en una esquina junto al inquieto encargado y sus tensos chicos. Parecen sorprendidos por lo que porto. Les miro. Les robo. Me llevo la puta. Quizá quieran evitar que me lleve lo que les pertenece. Así que desciendo las escaleras muy despacio, tanto que nadie traga saliva. Llego abajo y la puta sigue siendo mía. Me giro y les encaro. Les miro, en silencio. Les hago saber que en otro tiempo moriría matándoles pero que hoy no quiero disparar porque tengo algo, y tener significa temer perderlo. Tengo miedo a perder lo que tengo. Es una nueva sensación. Es agradable. Por eso ellos vivirán, pero deben quedarse quietos, muy quietos, extremadamente quietos, y mantener esas caras de temor y tensión, si sonríen, si se mofan, si pestañean, se desatará el infierno y todos marcharemos de la mano camino del averno. Lo entienden. No se mueven. Ni si quiera pestañean. De modo que me giro y sorteo las mesas y cuerpos que no entienden cómo siguen vivos. Cargo con mi hombro contra la puerta y dejo atrás el humo dulzón.

El frío hace tiritar a la muchacha que se aferra aún más a mí. Y entonces lo noto, percibo la transformación, el efecto de aquella piel femenina junto a mi pellejo, siento la mutación. Lo animal deja paso a lo humano. Sonrío. De pronto descubro que el gigantesco portero negro me observa impávido. Así que le miro, y mientras enfilo la oscura calle, respondo a su interrogante mirada.

-Nos necesitamos para parecer seres humanos.

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