Asalto al tren

            -¡Vamos muchachos, vamos por él! -Grita Vicente mientras se lanza frenético loma abajo, Mario y yo nos miramos resignados, nos cubrimos la cara con el pañuelo y azuzamos nuestras monturas siguiéndole.

            El enloquecido Vicente clava los talones contra el animal simulando calzar espuelas mejicanas, y mientras lo hace, con su mano derecha dispara al aire sonoras bolitas de plástico blanco con su pistola simulada. Nosotros le imitamos.

-¡Iiiiiiii ja! -Grita Vicente.

-¡Iiiiiiii ja! -Grita Mario.

-¡Iiiiiiii ja! -Grito yo.

El descenso de la pendiente que muere en la estación de tren no es cosa de broma, pero eso a Vicente parece traerle sin cuidado, montando por vez primera el caballo pinto de la hija de Pepe Pilas, se agita sobre él como poseído.

-¡Ten cuidado Vicente que te vas a matar! -Le chillo.

-¡Me llamo Johnny hostias! Llámame Johnny -grita molesto Vicente.

-Vale, “Johnny”, pero ten cuidado que te vas a dejar los piños, “Johnny”.

-No seas nenaza, Jimmy, vamos por el tren, ¡Iiiiiiii ja!

Me callo y centro toda mi atención en que el maldito penco que cabalgo y yo no terminemos despanzurrados sobre las vías del tren. Es la primera vez que monto a caballo y me parece estar sobre una jirafa. Esto está altísimo, ¡la virgen! No ha sido buena idea, esto no ha sido buena idea, me repito mientras mi desvencijado jamelgo parece preguntarse por qué cojones un retrasado mental cuarentón disfrazado de vaquero le hace bajar por una empinada loma habiendo un precioso camino asfaltado cien metros más allá. Mario, perdón Billy, tiene aún más dificultades que yo, a él le tocó la mula.

Sólo había tres cabalgaduras en todo el pueblo, el caballo usado para dar clases de equitación por la hija de Pepe Pilas, el jaco hace tiempo retirado de las labores labriegas del Soriano, y la mula, de utilidad desconocida, de la Tía Tacones, no había más animales de cuatro patas susceptibles de ser montados en este minúsculo pueblo, el resto eran todos bípedos. Hubo un sorteo, no por el pinto, que lógicamente era para Vicente, alias Johnny, dado que toda esta locura era en honor suyo, sino, curiosamente por la mula, Mario y yo pugnábamos por ella, dentro de nuestra visión urbanita, pensando que la caída desde la acémila tenía que ser por fuerza menos dolorosa que desde el inmenso jamelgo. La cosa es que viendo ahora la cara de terror de Mario, alias Billy, y los continuos bandazos que su uno noventa da a derecha e izquierda sobre la añosa bestia de carga, quedo conforme con la mayor estabilidad y prestancia de mi montura.

-¡Vamos Billy, que se note que eres de Texas! -Berreo jocosamente a un aterrado Mario, añadiendo el obligado -¡Iiiiiiii ja!

Viendo que Mario me ignora concentrado en no perder la verticalidad, espoleo sin éxito a mi montura mientras con una mano disparo al aire y con la otra agito el sombrero vaquero. Mi apestoso alazán parece contagiarse por mi brío soltándose en un pequeño trote loma abajo que me coloca las gónadas en la garganta y hace que me aferre a las riendas replanteándome mi ateísmo.

Vicente nos saca cincuenta metros lo menos y enfila, entre berridos y disparos, el tren que va a detenerse en la vetusta estación. Se trata de un pequeño convoy de la Central Lechera, el único no sólo en parar en este pequeño pueblo sino en transitar por estas vías. Su función, su única función, recolectar diariamente en sus cisternas frigoríficas uperisadas los cántaros de los pequeños ganaderos de la zona, esa es la única razón por la que a la vía no la cubre la vegetación ni el óxido tras cuarenta años sin que ningún viajero transite por ella. Un único tren, precisamente el tren que vamos a asaltar tres peligrosos forajidos.

            -¡Billy! ¡Dispara cabrón que tenemos que acojonarlos! -Brama un Vicente enrojecido desde la distancia, consciente de que su amigo como informático tiene un pase pero como salteador de trenes es una pena.

            -¡Me cago en Dios Vicente! ¡Deja de disparar que estás asustando a la puta mula! -Chilla un acojonado Mario.

            -Me llamo Johnny, ¡Joder! Llamadme Johnny -replica un enloquecido Vicente al tiempo que clava espuelas y vuelve a disparar.

            Mario blasfema de nuevo mientras observa aterrado cómo la mula acelera el trote loma abajo, a tal punto que no sólo me alcanza sino que me sobrepasa.

-¡Me estoy destrozando los huevos! -Acierta a chillarme mientras, entre ridículos ejercicios de equilibrio, intenta quitarse el pañuelo que le oculta medio rostro y amenaza con cubrirle los ojos.

-Eres todo un forajido, “Billy” -le replico en medio de un creciente ataque de risa. Supongo que Mario acaba de descubrir que cabalgar sin estribos supone ir dando continuos saltitos con tu delicada bolsa escrotal sobre el curtido lomo del animal. No puedo dejar de reírme, sé que me voy a caer y voy a partirme la crisma pero no puedo detener las carcajadas, la cómica figura del torpe del informático intentando controlar una desbocada bestia hace que me mee de risa-. ¡Formatea! ¡Formatea la mula Billy! Recuerda Billy, Control-Alt-Supr -balbuceo entre risas incontrolables.

 -¡…abrón! -Es lo único que se escucha de la perorata que me suelta mi aterrado amigo, y lo es porque el pañuelo se le ha metido en la boca.

Soy consciente de que hace tiempo que no controlo mi montura, y que el penco lo sabe, de modo que desisto de ejercer cualquier dominio sobre mi jaco y tanto él como yo hacemos un descenso libre y desenfrenado de la loma.

-¡Soy abogado! -Le grito entre risas-. ¡Interpondré un pleito por esto señor rocín! -Creo que se me ha escapado una gota de orín.

El tren se ha detenido en la desvencijada estación, y no porque tres grotescas figuras cuarentonas desciendan la loma gritando y disparando armas de juguete sino porque le tocaba.

Vicente ha alcanzado vivo las primeras estribaciones del ruinoso edificio que en otro tiempo hiciera las veces de taquilla y casa del guarda ferroviario. Me alegra, no sólo por mi amigo sino también por la montura, el caballo pinto por lo visto vale una pasta, eso dijo Pepe Pilas cuando se lo solicitamos “para dar una vuelta”, no puso pegas porque siempre te puede ser útil un informático, un abogado y un traumatólogo, por eso y porque es familia de Vicente. Más jodido fue convencer al Soriano, un vejete de apolillada boina calada, de que nos dejara su pestilente caballo “para dar una vuelta”. No entendía cómo teniendo coches queríamos montar un animal, y menos en un penco viejo medio asilvestrado que ya no servía para nada. Nos costó doce chatos de vino convencerle tras recordarle que mi abuelo hizo la guerra con él y que éramos familia, ¡la virgen con el vejestorio! Debía tener apergaminado el estómago porque el único que salió sobrio de aquella puta tabernucha fue él. Con todo, aquello no fue lo peor, lo peor fue convencer a la Tía Tacones de que nos dejara la mula “para dar una vuelta”, eso sí que fue jodido. No sólo tuvimos que comernos un insalubre caldo de no sé qué tropezones realizado por una enlutada y arrugada septuagenaria con más bigote que cualquiera de nosotros, sino que Mario tuvo que sufrir las insinuaciones de una venerable abuelilla aquejada de una galopante demencia senil. Finalmente se logró el objetivo tras ingerir todo tipo de pastas rancias y escuchar horas de dramas familiares, además de sufrir docenas de besos por ser sobrinos terceros o primos cuartos del tío del hermano de no sé quién. Es lo que tiene tener familia en un pueblo de menos de cien habitantes, la endogamia.

-¡Vamos Jimmy prepara el arma! -Me ordena Vicente cuando logro situarme a su altura, feliz por haber sobrevivido al descenso.

-De acuerdo Johnny, yo te cubro -respondo metido en mi papel de bandido.

            -¿Dónde está…? -Vicente no termina la pregunta, los dos nos giramos buscando a Mario.

            Billy, también conocido en la urbe como Mario Windows XP, nos alcanza, o mejor dicho, nos alcanza la mula sobre la que se desplaza nuestro sudoroso y descamisado amigo. Ya estamos los tres, ahora toca lanzarse sobre el objetivo, el tren. Pero no lo hacemos, ¿por qué? porque ya no somos tres, volvemos a ser dos, y el porqué estriba en que el cuadrúpedo de Mario no se ha detenido, nos ha alcanzado, sobrepasado, y continuado hacia el final de la estación con un vociferante Mario sobre él. Quedamos perplejos. Esto no es serio. Si nos viera John Wayne.

            -¡Vamos tú y yo! -Me chilla Vicente. Y allá que vamos, clavamos espuelas y rodeando el derruido edificio tomado por la vegetación nos plantamos frente a la locomotora. -¡Alto, esto es un asalto! -Brama Vicente al tiempo que dispara al aire. Yo le imito no sin sentir algo de vergüenza.

Pasan unos instantes que se me hacen eternos. Finalmente se abre el metálico portón y aparece un cetrino tipejo vestido con un arrugado mono azul. El anonadado hombrecillo de poblado entrecejo no parece entender que está pasando y mira a su alrededor seguro de que en algún sitio hay una cámara oculta de televisión filmando.

            -Vamos a asaltar el tren, no haga tonterías y nadie sufrirá daño -canturreo con voz grave en un intento por indicarle a Vicente que estoy plenamente metido en el papel de Jimmy el forajido.

            El maquinista continúa observando a su alrededor con cara de bóvido mientras se asegura una y otra vez que nuestras armas son claramente réplicas de plástico y nuestro aspecto el de unos vaqueros de saldo.

            -No entiendo… esto… ¿para qué es? -Acierta a decir con voz calma el despeinado personaje procurando no sonar excesivamente ridículo por si luego tuviera que verse por la tele.

            -¡Esto es un asalto así que levante las manos! -Le espeta Vicente – Johnny, tú despluma a los viajeros mientras yo vigilo a éste -me señala con la entonación y el gesto tan convincentes que por un momento me hace dudar de que sea consciente de que los únicos vagones de viajeros que este convoy tiene son tres enormes tanques hidropresurizados e hidrohigienizados cargados de leche, a pesar de ello dirijo a mi penco hacia ellos.

            Noto que el maquinista no me presta atención y no lo hace porque toda su curiosidad se centra en una mula trotona y su medio dislocada carga con forma de informático blasfemo, que una vez alcanzada nuestra posición decide continuar desbocada hacia el otro extremo del andén sin que el caballista, o mejor dicho, el mulista, pueda hacer nada por detenerla. La escena resulta tan surrealista que la boca entreabierta del operario demuestra su pasmo.

            -¡Entreguen todo cuanto de valor tengan o les mando al infierno! -Vocifero amenazante mientras recorro los vagones cisterna, apuntando con la derecha y exponiendo con la izquierda una figurada bolsa invisible en la que los invisibles y aterrados viajeros van introduciendo dinero y joyas. Finalmente y con el saco invisible repleto de objetos invisibles regreso presuroso junto a mi amigo y a su anonadado maquinista-. Ya está Vice… Johnny, tenemos el botín.

-Está bien vámonos muchachos pero antes… -y entonces lo veo, observo el brillo malévolo en los ojos de mi amigo y sé que lo va a hacer. Lo conozco, he visto esa mirada otras veces. No me lo puedo creer. Lo va a hacer. ¡Lo va a hacer!

-¡Noooo! -Grito en un desesperado intento por frenarle. No lo logro. Vicente dispara.

¡Bang! A cámara lenta, la pistola de Vicente escupe una ridícula bolita de plástico blanco que traza una perfecta línea recta hasta impactar en la grasienta frente del figurante de mono azul. La minúscula pelotita rebota contra la carne y se pierde. Después el silencio.

Vicente observa sonriente al difunto maquinista, yo observo impávido al difunto maquinista, y el difunto maquinista observa paralizado el cañón de la pistola de treinta euros que acaba de dispararle. No sé cuánto tiempo pasa.

-¡Vámonos muchachos! -Brama Vicente mientras girando el caballo pinto y  clavando espuelas da por terminada aquella ridícula escena. Le imito y azuzo a mi penco. La dirección de huida no la escogemos nosotros, nos limitamos a seguir a una mula desbocada que a su vez ha elegido el asfaltado camino que sale de la estación en vez de las agrestes lomas que la circunvalan. Mientras cabalgo junto a Vicente, y justo antes de que su cabalgadura me deje atrás, mi amigo se gira y con gesto pesaroso me dice, -Tenía que hacerlo, Jimnny, no podíamos dejar testigos. 

Quedo callado. Miro hacia atrás y veo la aún desorientada figura del ferroviario esperando que de entre las retamas salga un regidor con gafas de sol indicándole que ha sido objeto de una broma con cámara oculta, y señalándole el canal en el que podrán verle su familia y amigos. Después me observo. Nos observo.

Tres urbanitas cuarentones, tocados con sombreros vaqueros, con enormes pañuelos al cuello, con unas pistolas de juguete que compré en los chinos, montando sobre unos cuadrúpedos por vez primera en la vida. Ridículo. Una estupidez. Una sinrazón. Algo completamente impropio de un serio informático, de un respetado abogado y de un considerado traumatólogo. Por supuesto que sí, sin embargo aquí estamos, y es culpa mía, yo fui quien lo dijo.

Fue en aquel bar de madrugada. Estábamos los tres. Vicente sonreía pero Mario y yo estábamos taciturnos. Frente a las cervezas. Supongo que lo solté sin pensarlo, sin procesarlo, simplemente lo vomité. “En prueba de nuestra amistad haremos realidad cualquier deseo que tengas, ¡cualquiera!”, eso dije. Después miré excitado a un cabizbajo Mario que rápidamente asintió con el gesto de quien despierta del letargo. Recuerdo que Vicente se carcajeó y preguntó si haríamos eso por él, ¿cualquier cosa? Inquirió. Claro, repetí al instante y busqué el apoyo incondicional de Mario, que asintió de nuevo un tanto confuso. Vicente quedó pensativo, sonreía y repasaba su barba de tres días con los dedos mientras afilaba la mirada. La cosa es que le vi la mirada, esa mirada. Supongo que al lanzar mi arenga pensé que ante circunstancias como esas Vicente elegiría algo corriente, entendible, no sé, un trío con dos prostitutas, un viaje al Amazonas, comer en los restaurantes tres estrellas Michelin, algo lógico, sin embargo, cuando vi sus brillantes ojos, su mirada, esa mirada, supe que la normalidad no tendría que ver con su deseo. “Quiero asaltar un tren”, dijo.

Vicente, Mario y yo nos conocemos desde pequeños, nos conocemos de veranear en un pequeño pueblucho en el que todos teníamos familia. Pasábamos el periodo vacacional jugando entre gallinas y bicicletas, y entre todos los juegos que fuimos capaces de inventar, entre todos los que practicamos, había uno que a Vicente le resultaba especialmente atractivo, el asalto al tren. Montábamos en nuestras bicis y nos situábamos en lo alto de la loma, cuando el convoy entraba en la estación nos lanzábamos cuesta abajo disparando con las manos y detonando con la boca. No sé cuántas veces descendimos aquel altozano durante todos aquellos periodos estivales. La cosa es que allí, en aquel garito, frente a aquellas cervezas, el sonriente de mi amigo, me tomaba la palabra para decirme que quería repetir aquello. Tras veinticinco años aquel destacado traumatólogo metido en canas pudiendo elegir cualquier deseo, deseaba regresar a la infancia y asaltar un tren.

Ahora aquí, montando un penco maloliente, en el pueblo de la infancia, observo a Mario, alias Billy, cabalgar a mi lado, y a Vicente, especialmente a Vicente, le observamos sonreír, ser Johnny, creerse Johnny otra vez, y recuerdo por qué estoy aquí, el porqué de todo esto, estamos aquí por él, por él esta ridícula escena, por él sus amigos cumpliendo su último deseo antes de que el avanzado cáncer de páncreas se lo lleve en menos de tres meses.

-¡Iiiiiiii ja! -Grita Vicente.

            -¡Iiiiiiii ja! -Grita Mario.

-¡Iiiiiiii ja! -Grito yo.

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