Trastorno de identidad disociativo

El cincuentón alopécico nos muestra la foto del tipo al que debemos romperle las piernas y acto seguido pregunta si sabemos lo que es el trastorno de identidad disociativo. Doy una calada y me quedo mirándolo con el típico gesto de malote marginal que me enseñó Papá.

Se trata de un individuo bajito y fondoncete, uno de esos hombres hechos a sí mismos, uno de esos tipos arrolladores de modales cuestionables y modos chulescos que creen conocer el precio de todos sus congéneres. Un empresario de la construcción aficionado a la caza, a los toros y a las putas baratas. Uno de esos especímenes que no se ajustan la carísima corbata ni se abrocha el primer botón de la camisa de seda, entre otras cosas, porque el grosor de su sudoroso cuello lo impide. El tipo es un exitoso verraco al que el dinero no consigue quitar el tufo a mafiosillo cateto, y eso resulta enternecedor a mis ojos.

La cosa es que no es buena idea venir al gueto y meterse en un antro tan oscuro e insalubre en el que no entraría Satanás ni a empujones. No es buena idea sentarse frente a los tres matones desequilibrados que vas a contratar pudiendo hacerlo a través del tipo que conoce a un tipo que conoce a otro tipo que trata con tres delincuentes que dan palizas por encargo. No, nada de eso es buena idea, pero lo que resulta una pésima elección es intentar medir los conocimientos culturales de tres sujetos cuya idea de jugar al Trivial consiste en meterte los quesitos de colores por la nariz, y a base de hostias, sacártelos por las orejas. Y es justo cuando se le voy a hacer saber que Johnny Dos Cruces se me adelanta.

“El trastorno de identidad disociativo es un diagnóstico descrito como la existencia de dos o más identidades o personalidades en un individuo, cada una con su propio patrón de percibir y actuar con el ambiente. Al menos dos de estas personalidades deben tomar control del comportamiento del individuo de forma rutinaria, y están asociadas también con un grado de pérdida de memoria más allá de la falta de memoria normal. A esta pérdida de memoria se le conoce con frecuencia como tiempo perdido o amnésico”, eso dice mi colega.

 Si me pinchan no sangro. El tipo que milagrosamente ha sobrevivido a tantas sobredosis, que ha sido canonizado ocho veces, acaba de pronunciar del tirón la frase más larga que he escuchado jamás sin incluir violencia, sexo o fútbol. ¡Acojonante! Le miro como si se me hubiera aparecido la Virgen María para pedirme tabaco. Niño Toro le observa con gesto de bóvido estreñido, incluso el alopécico contratador permanece un tanto traspuesto ante la verborrea de un espécimen con pinta de yonqui cadavérico.

Johnny Dos Cruces, cómo diría, es ese tipo de persona que podría haber sido lo que hubiese querido, guapo, con buena planta y con un coeficiente intelectual por encima de la media. Habría sido el hijo que toda madre desea o el marido que cualquier maruja elegiría, de no ser por la insana práctica de coleccionar traumas y enfermedades mentales, o su nociva costumbre de fumarse, beberse y esnifarse cualquier sustancia dañina para la salud, eso, unido a una tendencia suicida y a una carencia total de instinto de conservación le convierten en el espécimen más jodidamente peligroso que ha parido madre en este elitista barrio residencial llamado gueto. Hay tipos más grandes, hay tipos más fuertes, incluso hay tipos más amenazantes, pero cualquiera de ellos, si conoce a Johnny, preferiría hacerle una felación a un mandril cirrótico antes que encararle cuando se le cruzan los cables. Así es mi compadre, un tipo encantador cuando está sedado, drogado o ebrio, pero que resulta más peligroso que la peste bubónica si se pone violento, algo que en nuestra profesión curiosamente se valora sobremanera.

La cosa es que el corruptor de concejales de urbanismo que tenemos en frente dice que la definición de trastorno de identidad disociativo de Johnny Dos Cruces es exactamente lo que le sucede al tipo de la fotografía. Bien. Genial. Ahora sólo falta saber si el tipo es vegetariano, budista o sufre halitosis. Empiezo a pensar que el verraco del constructor tiene alguna carencia afectiva y pretende invitarnos a su cumpleaños, quizá sus amigos le dan de lado porque transpira en exceso, puede que las señoritas le rehúyan porque le huelen los pies, o quizá las mascotas se le escapan por culpa de sus flatulencias, no lo sé, lo que sí sé es que esto no es una reunión de corazones solitarios. Cuando uno quiere contratar a alguien para que golpee a alguien, le da una foto, una dirección y un sobre con pasta, y ya está, no es necesario informar de cuando perdió la virginidad el sujeto o de si sufre erecciones frente a los escaparates de las zapaterías, no es tan difícil de entender. ¡Coño!

El tema es que mientras le doy un trago al tequila la parte contratante decide contarnos el porqué de su presencia aquí en vez de gestionarlo a través de terceros, y para que entendamos ese porqué se ve obligado a confesar el motivo por el que quiere hacerle pupita al alelado de la foto. Asustado, relleno el vaso hasta que rebosa y engullo el alcohólico contenido con la esperanza de alcanzar el estado de embriaguez antes de que nuestro nuevo amiguito quiera montar en tobogán o ir a jugar a una piscina de bolas.

Por lo visto el tipo era el informático de la empresa, y un buen día se plantó en su despacho para informarle que había sido padre y que ejercería su derecho al permiso de lactancia, vamos que iba a faltar una hora al día de su puesto de trabajo, y claro, el pobre constructor encolerizado por la afrenta del subordinado, se cagó en su puta madre, lo llamó maricón, vago, rojo y lo despidió al instante, pero hete aquí que al informático se le cruzan los cables y en vez de irse sollozando del despacho, se abalanza sobre su jefe, lo infla a hostias y no contento con ello lo inmoviliza, le baja los pantalones y lo sodomiza. ¡Tócate los huevos Mari Loli! Estoy a punto de lanzarme sobre el cincuentón, abrazarlo y dejar que llore sobre mi regazo. No lo hago porque soy heterosexual, porque no soy gilipollas pero especialmente porque no estoy lo suficientemente borracho. También estoy por explicarle al violado que cuando se contratan matones no es necesario quedar con ellos, invitarles a copas y contarles sucesos en los que está involucrado tu ano, pero entonces la parte contratante señala vigorosamente la foto del tolai y hace hincapié en que le demos la paliza al tipo de la foto, y enfatiza esto último. Nos quedamos un tanto perplejos. Por algún motivo el sudoroso constructor piensa que somos retrasados mentales, y bueno, es cierto que somos escoria marginal, es cierto que usamos los dedos para sumar y es cierto que un chimpancé con discapacidad intelectual nos ganaría al tres en raya, pero somos perfectamente capaces de identificar a un tipejo tridimensional a partir de una imagen bidimensional, incluso somos capaces de atarnos los cordones de los zapatos solitos. La cosa es que el constructor intuye por nuestros caretos que nuestra embrionaria amistad está en riesgo y decide aclarar el tema. Y ahí es cuando entra lo del trastorno de identidad disociativo. Por lo visto el sujeto que nos ocupa tiene doble personalidad y ante una situación estresante salta de una a la otra, se transmuta. ¡Cágate lorito! A mí todo esto empieza a sonarme a rollo de superhéroe y estoy por mirar si el de la foto viste de licra y lleva antifaz, cuando viene lo mejor. Nuestro sudoroso contratador razona porqué hace tanto hincapié en que debe ser concretamente “este” el tipo al que debemos apalear, porque no se trata de sacudir a un hombre sino a una personalidad, es decir, debemos romperle las piernas al tipo que lo ha agredido sexualmente y no al otro, porque se trata de que el violador sepa que el violado se está vengando, porque no tiene sentido golpear a un tipo que no sabe por qué lo golpean, porque eso ni es venganza ni nada, porque por ese motivo no ha denunciado nada a la policía, porque si denuncia  y después le rompe las piernas, él será el principal sospechoso, porque quiere vengarse y no necesita la Justicia para eso, por eso está aquí, por eso ha venido en persona a explicarnos lo singular del trabajo. Juro que como vuelva a decir “porque” le reviento la botella de tequila en su agraciado rostro.

Cuando el verraco aspirante a burguesito da por finalizada su impactante disertación y se recuesta contra la silla, tengo la misma expresión del que descubre a papá vestido con la ropa de mamá. Gracias a Dios que tengo el tequila, de lo contrario me echaría a llorar. No sé si lo he entendido. Me duele la cabeza, algo me ha sentado mal, lo mismo la farlopa del postre resulta que no es un ingrediente de la nouvelle cuisine. Entonces el constructor sodomizado pregunta si lo he entendido… y es ahí que no me da tiempo a responder, no me da tiempo porque la bestia parda que tengo sentada a mi derecha, Niño Toro, se levanta emocionado y dice que lo entiende perfectamente. ¿Cómo? Un tipo que parece que come carne cruda y con el mismo coeficiente intelectual que una lata de alubias, ¿lo entiende? Necesito otro trago.

Sé que la charla ha terminado cuando el abultado sobre cae sobre la mesa y el cincuentón bajito se levanta y dice eso tan televisivo de la mitad ahora y la otra mitad… Me siento desconsolado porque la reunión de amigas íntimas ha acabado. Siento mis estrógenos desbordados. Pensé que nos contaríamos más sucedidos donde estuvieran implicados nuestros ojetes, justo ahora que iba a contar lo de aquella jacapaca que resultó ser un travesti, ¿ni siquiera una batalla de almohadas? ¿Y lo de comer helado juntas? ¡Sincronicemos nuestras menstruaciones al menos!

            Una vez solos relleno el vaso de tequila y lo mato de un trago. Pegarle a un informático, ¡por Dios! Eso podría hacerlo mi abuela desde la silla de ruedas. Sonrío, es un trabajo tan sencillo que da vergüenza hacerlo. Y es ahí, justo cuando el alcohol me abrasa la laringe que Niño Toro vuelve a abrir la bocaza. ¿Y cómo vamos a saber cuándo el informático es el violador y no el normal? Eso pregunta. Lo miro con la misma cara de estupor que pondría al descubrir que me ha crecido vello púbico en las orejas. ¿Eh?

            Niño Toro, cómo diría, es una mole rapada de ciento treinta quilos y dos metros de altura, saturado de cicatrices y tatuajes que tiene la misma función en la vida que una jovencita de tetas grandes y culo prieto, conseguir de ti lo que quiera con sólo ponerte ojitos. La mole iletrada de mi amigo es una de esas personitas especiales que tienen la capacidad de lograr, con sólo aproximarse, que empieces a tener problemas de próstata. Satán se cruza de acera para evitarlo. Esas cositas le convierten en este edén del amor que es mi barrio marginal en un tipo extremadamente apreciable para lo que viene a ser la cosa de repartir besos y abrazos. Es cierto que nunca le he visto leer o rezar pero le he visto curar una artritis reumatoide de un hostiazo, conseguir con un puñetazo que un desgraciado rompiera la barrera sónica o lograr que un tipo hablase griego clásico con fluidez tras darle un cabezazo. ¿Cómo no vas a querer a un tipo así?

            La cosa es que tras vaciar la botella de tequila y meditar un par de horas el porqué de mis pezones, me yergo entre el denso humo seguido de mis dos colegas. Nos dirigimos a la salida sorteando oscuras mesas y cuerpos yacentes de seres tan dulces y afables como una manada de hienas con hemorroides. En el exterior soporto a duras penas el bofetón del oxígeno sin viciar, me tambaleo pero consigo alcanzar el destartalado automóvil que nos llevará hasta el desdichado informático. Y es cuando me siento y voy a prepararme una raya sobre el salpicadero que Niño Toro vuelve a la carga.

            Mi gigantesco amiguito y su angelical careto surgen desde el asiento del copiloto para preguntar cómo haremos para darle la paliza a la personalidad violadora del informático y no a la otra. Ni le miro. Sigo con la meticulosa preparación de la tapa de coca en la que viene a ser la cocina fusión marginal. Como parece que no le he oído, Niño Toro insiste en la dificultad intrínseca y extrínseca que supone distinguir en que personalidad se encuentra el sujeto a golpear. Ni caso, no le hago ni caso pero acelero lo que viene a ser la preparación del narcótico ilegal ante el temor de que el tarado de mi colega me provoque una angina de pecho antes de poder degustarla. Tres segundos. Dos. Uno. Esnifo la raya a toda prisa. Ya puedo morirme. ¿Cómo vamos a diferenciarlos? Pregunta por tercera vez el enorme copiloto. Le vamos a dar una paliza y paso de personalidades ni gilipolleces, respondo. Niño Toro pone cara de asombro, parece que le acabo de confesar que mantengo una relación sexual con mi aspiradora y que quiero presentársela a mis padres. Le ignoro. Arranco el coche y acelero. Horrorizado, me dice que no podemos hacer eso. Pongo un cd de surf y busco el paquete de cigarrillos sin éxito. Observo a Johnny Dos Cruces en el asiento trasero hacerse un porro de maría y se lo solicito amablemente. Percibo como Niño Toro me observa sin pestañear. Sé que va a hablar, lo sé, sé que no se va a quedar callado, no, abrirá esa bocaza y dirá otra gilipollez, efectivamente, lo hace. Si le pegamos al informático bueno en vez de al malo incumpliremos el contrato y además será como pegarle a un inocente. Me quedo mirándole con gesto de pasmo. Estoy a punto de echarme a llorar. ¿Incumplir? ¿Un inocente? ¿Cómo? ¡Somos tres putos matones! Ocupamos el lugar más bajo en cuanto a moralidad y principios, es más, ni siquiera sabemos qué cojones es eso. Damos palizas por dinero, traficamos, robamos, atracamos, secuestramos, y no hacemos más cosas ilegales y pecaminosas porque no las conocemos. Vamos a romperle las piernas al tolai del informático ese en cuanto lo veamos y me da igual que en ese momento se crea Elvis, Marilyn o el Pato Donald. Enfatizo para dar la sensación de enfado y así conseguir que mi colega me deje en paz. Johnny me pasa el porro y le doy una calada mientras sorteo las callejuelas del gueto repletas de basura y seres deformes. Y es entonces, tras unos segundos de placentero silencio, cuando Niño Toro hace eso tan femenino de buscar aliados para reprender a un tercero, se dirige al politoxicómano del asiento trasero, proclama que nosotros somos los mejores, que nunca fallamos, que jamás nos equivocamos, y que todo el mundo lo sabe, es lo único que tenemos, nuestra reputación, y que darle la paliza a la personalidad equivocada sería como equivocarse de tipo, como cagarla, eso dice. ¡Qué cabrón! Ese discurso lo ha memorizado de alguna peli. Está apelando al orgullo de barrio. Le vuelvo a mirar con gesto bovino aun a riesgo de atropellar a algún catedrático o físico nuclear que esté paseando por la barriada, y acto seguido busco a Johnny Dos Cruces por el retrovisor. El colega de atrás no dice nada, sigue ahí dándole lentas caladas al porro, pero ese silencio implica aquiescencia. Cojonudo, ahora son dos contra uno. Mamá ha conseguido convencer a Papá. ¿Nos estamos volviendo locos o qué? Inspiro, expiro, inspiro. Busco el paquete de cigarrillos en el salpicadero. No lo encuentro. Miro a Niño Toro. Miro hacia delante. Miro a Niño Toro. Miro hacia delante. Miro a Niño Toro y le digo que si es capaz de enunciar la enfermedad que tiene el informático lo hacemos a su modo. Trastorno de identidad disociativo, responde de inmediato. ¡Hijoputa!

            Abandonamos el barrio y nos metemos en esas autopistas de circunvalación que te llevan a barrios donde hay jardines y papeleras, donde los burguesitos recogen las caquitas de sus mascotas y donde a los negros los llaman subsaharianos. Me pone nervioso esa gente. Busco el paquete de cigarrillos por entre el pedal de freno y el acelerador, nada. Lo busco por debajo del asiento, por los laterales, miro a ver si me he sentado encima. Juro que estrello este decrépito automóvil como no encuentre el tabaco. Y es ahí que Niño Toro me pregunta si quiero un pitillo. Le digo que no, que lo que llevo media hora buscando es un paquete de tampones porque me va a bajar la regla y no quiero ponerlo todo perdido. ¡Pues claro que quiero un puto cigarro! Niño Toro me lo da mientras me sugiere que haga pilates para acabar con la ansiedad, y ahí aprovecha que me está dando fuego para volver a insistir en cómo distinguir las personalidades del informático. Y es justo cuando voy a sacar la pistola para pegarle un tiro y acabar con esto que desde atrás Johnny Dos Cruces decide unirse a la fiesta.

            Habla de apariencia y realidad, habla del ser y del devenir, habla de un tal Nietzsche, y de que todo fluye y nada permanece, y de como nunca podemos percibir un objeto de la misma forma que se ha percibido anteriormente, porque ese objeto, al igual que nuestra forma de percibir están sujetas al cambio, al movimiento. Y cuenta lo del plátano, eso de que no podemos percibir nunca el mismo plátano porque no hay un “mismo plátano”. El plátano como todo lo existente se renueva cada aquí y ahora. No hay dos plátanos iguales y tampoco el mismo plátano permanece inalterable a lo largo del tiempo. Por lo tanto, la realidad es inaccesible al conocimiento humano. Podemos sentirla, experimentarla, pero no podemos llegar a conocerla porque todo está sujeto al cambio constante. Eso dice Nietzsche por boca de un yonqui esquizofrénico.

            Quedo tan pasmado observando a mi colega por el retrovisor que invado el carril de la izquierda para sobresalto de un honrado ciudadano encorbatado, que decide enseñarme civismo pulsando el claxon para posteriormente situarse a la misma altura e insultarme por la ventanilla. Curiosamente la regañina dura el tiempo de darse cuenta de que el vehículo está ocupado por Satanás, Lucifer y Belcebú, es entonces que la nuez deja de marcársele en la garganta y es sustituida por dos bolitas que han ascendido desde su bolsa escrotal en cuestión de segundos. No le presto mucha atención pero me da la impresión de que el hombre nos indica que podemos invadir el carril cuando gustemos y disponer de su coche o su novia si lo deseamos.

            ¿Qué ha dicho del plátano? Me ha parecido que Johnny Dos Cruces, el psicótico neurasténico al que he visto arrancar una oreja de un mordisco, filosofaba sobre un plátano. El tarado que empotró el coche contra un bar porque estaba cerrado, el psicópata que disparó contra un camión de bomberos porque hacía ruido, el desequilibrado que pateó a un pit-bull porque le había mirado mal, ese tipo, el tipo que tengo sentado en la parte trasera, acaba de hablar de Nietzsche, y eso no es lo peor, lo malo es que nos ha hablado de él a nosotros. Y no es que nosotros no sepamos de filosofía lo que pasa es que no somos capaces de distinguirla del canto gregoriano. Y tampoco es que no hablemos de Nietzsche habitualmente lo que sucede es que no sabemos si es un camello, un proxeneta o un transexual que hace la calle. La cosa es que me importa un carajo que Johnny haya leído libros, me parece vergonzoso pero allá él, mientras no se enteren en el barrio, y tampoco me importa que suelte sus letanías mientras yo esté inconsciente, el problema es que no estoy lo suficientemente borracho y lo estoy oyendo todo, y eso no es lo peor, lo malo es que lo está escuchando el fácilmente impresionable Niño Toro, y eso es peligroso.

            De pronto, Niño Toro abre los ojos más de lo que los ha abierto nunca, se vuelve hacía Johnny y grita excitado que lo entiende, que comprende lo de apariencia y realidad. ¡Tócate los huevos! Dice que entiende lo del ser y lo del devenir. ¡Por favor! Dice que el informático en apariencia es un informático lelo pero resulta que es un agresivo violador, y que claro, como nosotros vemos al informático creemos ver la realidad, pero claro en ese momento pues, puff, ha cambiado en violador y nosotros creemos ver la realidad pero sólo vemos la apariencia no la realidad, porque la realidad es inaccesible al conocimiento humano, eso dice la bestia parda de mi derecha.

            Miro a mi alrededor por si esto es una broma con cámara oculta. Debí haber ingerido más tequila, quizá nos hubiéramos estrellado pero habría merecido la pena con tal de no vivir esta situación. Estoy recluido en un automóvil junto con dos delincuentes confesos que han decidido que el tal Nietzsche es un tema de conversación ideal de la muerte. Bien. Cojonudo. Por mí de puta madre, después podemos ir juntitos a la ópera, tomar sushi con palillos, jugar al polo y decir palabras como “aberrante” o “divino”. Esto me pasa por juntarme con tarados y adictos, tenía que haber hecho caso a mamá y haber seguido regentando el burdel, le rompí el corazón a la yaya, ¿y todo para qué? Para terminar departiendo sobre un alemán racista. Detengo el coche de un frenazo.

Hemos llegado a la primera dirección escrita junto a la foto del informático, es un centro cultural donde se dan clases de… ¿teatro aficionado? ¡La Virgen!

            Dejo el coche en doble fila porque puedo y nos bajamos. Enciendo un cigarrillo y doy un par de caladas. Niño Toro se aproxima y me pregunta si entiendo lo de apariencia y realidad. Doy otra calada y echo a andar, alcanzo la puerta del local y le pregunto al primer gafapasta que veo si sabe la clase del informático de la foto. El tipejo, visiblemente intimidado deja escapar unas gotitas de pipi y señala la secretaría como punto de información. Le doy las gracias y prometo llamarle para ir juntos a alguna degustación de vinos o a comer en un vegetariano. Niño Toro dice que si no lo entiendo no pasa nada, que la filosofía es muy difícil. ¡Madre del amor hermoso! Doy otra calada y me planto frente a la ventanilla donde una cincuentona que cree que tiene dieciocho me advierte de que no se puede fumar en el interior del recinto. Me disculpo indicándole a la maruja metida a progre que sufro trastorno negativista desafiante desde los tres meses de edad lo que me obliga a reaccionar violentamente contra cualquier atisbo de autoridad, es decir, si alguien me regaña, y no me está apuntando con un arma, suele terminar con una bota del cuarenta y tres incrustada en la cara. Le explico a la anonadada secretaria que dicha afección mental se debe, según el psiquiatra de la cárcel, a los traumas infantiles junto a los traumas del reformatorio sumados a los traumas carcelarios, a los que hay que añadir el trauma por no haber sido ni astronauta ni superhéroe, todo eso unido a que me parieron en un gueto donde las ratas eran mascotas, hacen de mí un tipo dificilillo en la distancia corta. La mujer no dice nada, ni siquiera pestañea. Sé que mi historia es de mucha penita y que seguro que hay alguna ONG donde acogen a gente como yo, los curan y luego los reinsertan en la selva, pero por el momento necesito otra cosa, así que deslizo la foto del informático y con una sonrisa le invito a que indique dónde localizarlo. La maripuri levanta el dedo señalando el pasillo y musita “segunda puerta”. Sonrío y le lanzo un beso prometiéndole llamarla para ir de compras y hablar de la inutilidad de las dietas.

            Camino contando las puertas por el pasillo saturado de carteles con gente embutida en mallas haciendo payasadas, menos mal que ha dicho la segunda porque sólo sé contar hasta cinco. El tequila y la coca comienzan a pelearse con la maría y mi consciencia empieza a parecerse al patio de un colegio de primaria. Y es ahí donde Niño Toro decide que es un buen momento para seguir dándome por culo. Me advierte que no podemos pegarle al informático si es el bueno, sólo si es el malo. Acelero el paso, alcanzo la puerta y entro sin llamar, ¿por qué? Pues porque además de lo del trastorno negativista desafiante soy jodidamente mal educado, es una de las pocas licencias que nos podemos permitir la basura marginal.

            Total que tras propulsar la puerta nos encontramos con un grupo de guays vestidos de negro y con unos delantales blancos haciendo el ridículo. Tras observarlos detenidamente y ver que el informático no está entre ellos, me aproximo al barbado líder de pelo ensortijado con pinta de vehemente vividor argentino y le pregunto si es budista, naturista o practica el sexo tántrico. El profesor no responde pero por su gesto de estupor sé que he dado en el clavo, henchido de satisfacción le comento que tengo una duda existencial desde hace tiempo, y pregunto si como ser superior que es, al ser artista y argentino, entiende que mi perro pueda defecar en medio de la acera y yo no. El profesor no responde pero yo insisto. ¿Y si recojo mi defecación con una bolsita? ¿Por qué motivo un perro tiene más derechos que una persona? ¿Por qué puede orinar en las farolas, esquinas y semáforos, y yo no? Pregunto. Nada, el argentino continúa embelesado por mi apolíneo perfil y por mi transgresor corte de pelo.  Total que desilusionado le pregunto por su alumno, el de la foto. El tipo se rehace y replica molesto no sé qué de que no se puede interrumpir y tal y pascual, bueno, la cosa es que le presento a Niño Toro y le explico que mi colega es cinturón negro tercer dan en reiki, la cosa esa de imposición de las manos, y que o me dice dónde encontrar al tonto baba de la foto o le va a imponer la manaza derecha haciéndole fluir la energía vital universal a través de su mandíbula de modo que va a tener que ir a recoger los premolares a la provincia contigua, eso sí, con mucho poder espiritual y mucha atmósfera misteriosa. El argentino responde titubeante que no sabe, che, que ha faltado a las últimas clases, boludo, que me jura que si tal y que si pascual, macanudo. Bueno, le creo, principalmente porque es argentino y sé que no mienten pero básicamente porque se ha defecado encima cuando Niño Toro ha juntado nariz con nariz.

            Total que abandonamos aquel centro cultural imbuidos de conocimiento erudición y sapiencia, es cierto que no sin antes prometerle al profesor de teatro que probaremos el tofu, el wasabi y los lacasitos con salsa de soja  Han sido unos minutos pero hemos quedado impregnados por esa pátina cultureta que cambiará nuestras vidas, a partir de ahora no daremos palizas, haremos café teatro. La cosa es que mientras desvarío camino del coche miro la segunda dirección de la fotografía y enciendo otro cigarrillo. Es ahí que Niño Toro aprovecha para indicarme que el cigarro que acabo de tocar parece el mismo que el de hace un instante pero no lo es porque se ha renovado aquí y ahora. Iba a abrir la puerta del vehículo pero no lo hago, me quedo mirándolo, me quedo observándolo con la misma cara que una vaca mirando el tren. Niño Toro no se corta y en vez de atemorizarse por mi careto atónito me suelta que la realidad es inaccesible al conocimiento humano porque todo está sujeto al cambio constante. Inspiro. Expiro. Inspiro. Aplasto el cigarrillo y le digo a mi hercúleo compadre que como vuelva a darme la brasa con el Nietzsche de los cojones no le vuelvo a dejar sentarse delante, que le quito la videoconsola y no vuelvo a llevarlo al zoo. Niño Toro se amilana y baja la mirada temeroso.

¿Será la pureza del oxígeno de estos barrios? ¿La ausencia de basura en las calles? ¿Será tanto jardín? Aquí estoy en medio del barrio burguesito, rodeado de burguesitos de esos que se apuntan a Greenpeace pero usan el coche todos los días, de esos que alaban la educación pública pero llevan a sus hijos a colegios privados, de esos que apoyan a los drogadictos pero no quieren un centro de rehabilitación en su barrio, en fin, gilipollas, y resulta que mi amigo un tipo que ha sobrevivido hasta ahora sin razonar, se ha vuelto idiota. Enciendo un cigarrillo y acelero.

Sintonizo algo de psychobilly. Apenas recorridas dos calles escucho la voz ronca de Johnny Dos Cruces desde el asiento trasero diciendo que sólo hay devenir, que lo aparente se puede experimentar pero que lo “verdadero” no es más que una construcción de la razón  y que ésta nunca podrá guiarnos hasta la realidad, porque lo real es la multiplicidad y el cambio. Y añade que el mundo verdadero y el mundo aparente de la sociedad actual son realmente el mundo inventado y la realidad, respectivamente. De modo que sólo quedaría el auténtico mundo verdadero, es decir el mundo del devenir, sobre el cual sólo tenemos experiencias. ¡Joooder!

Detengo el coche de un frenazo y girándome hacia mi esquizofrénico compañero le amenazo con el índice espetándole que como siga con el rollo filosófico dejo las drogas, el alcohol, las prostitutas de dudosa higiene y me meto a monaguillo, pero antes busco al Nietzsche ese y les entierro con él. Johnny sonríe y comienza a prepararse una raya sobre un cd. Arranco.

Mientras circulo, y el tequila me acuna, procuro respetar las líneas blancas pintadas sobre el asfalto, procuro respetar las lucecitas de los semáforos, incluso procuro respetar los ceda el paso y los pasos de peatones. Aquí, en estos barrios, a veces me pasa que me gusta experimentar eso del civismo, esa sumisión a la ley, a la norma, a la regla. Enciendo un cigarrillo y freno cuando la luz es roja, después doy una calada y me mantengo entre la línea discontinua que delimita mi carril. Sonrío. Es sencillo ser un buen ciudadano. Supongo que luego puedes llegar a casa y darle una paliza a tu hijo de cuatro años, pero mientras frenes en rojo y aceleres en verde todo es correcto. Me gustan los burguesitos y sus frases de burguesito, “mi libertad termina donde comienza la tuya”, qué bonito. ¿Y qué pasa si soy un nazi o un talibán? Entonces tu libertad termina muy prontito. Doy otra calada y vuelvo a sonreír. Sí, me gustan los burguesitos y sus cosas de burguesitos.

Niño Toro interrumpe mi flipada interiorista para preguntar cómo vamos a afrontar lo del trastorno de identidad disociativo. No respondo. Estoy suficientemente narcotizado como para que la taladrante pesadez de mi compañero no me afecte. Niño Toro dice que él no piensa darle una paliza al tipo equivocado porque es un profesional. Si no estuviera tan drogado y ebrio creo que me mearía de risa. Considerar la palabra profesionalidad aplicada a tres perdonavidas tabernarios como nosotros es de una solidez argumental equiparable al zodiaco como referencia científica. Niño Toro, una bestia iletrada que cortó su propio cordón umbilical a mordiscos y que lleva dando hostias desde que descubrió que es la mejor manera de tener razón, resulta que es un profesional. Johnny Dos Cruces, un politoxicómano que ha puesto nombre a una docena de enfermedades mentales y con un historial delictivo tan completo que su foto ilustra la palabra “delincuente” en la Wikipedia, resulta que es un filósofo. Bien, por esa regla de tres supongo que yo soy un alcoholizado poeta que bebe absenta y quema una tras otra sus obras en la chimenea de su decimonónica mansión. No sé si hay que ser gay para escribir poesía, probablemente sí, por lo que mejor me pido ser un romántico cazarecompensas que busca a top models que incumplan la libertad condicional al otro lado de Río Grande. Creo que esto último lo he dicho en voz alta porque Niño Toro me mira extrañado. Freno de golpe, hemos llegado.

Desciendo del vehículo que dejo aparcado en doble fila y me dirijo a la tienda-taller de bicicletas donde un montón de perroflautas tunean sus bicis. No me puedo creer que seres adultos con pelusa en el escroto se dediquen a este tipo de gilipolleces, cada día me gustan más los burguesitos. Total que me aproximo a un tatuado con coleta y pinta de antisistema, que permanece en cuclillas reparando un pinchazo, y le comento que me preocupa no ser lo suficientemente guay y que he pensado en apadrinar un negrito, pero que no sé si el grado de guaysismo es proporcional al exotismo del ser apadrinado, es decir, ¿es más guay apadrinar un negrito que un chinito? ¿Un pigmeo o un esquimal? Un esquimal es superexótico, eso tiene que puntuar doble, ¿no? El amante del velociclo no responde pero me mira como si fuera un extraterrestre que le estuviera tirando los tejos. Total que le pregunto ¿que si en vez de uno apadrino media docena de golpe conseguiré el carné platino de guay o la medalla de oro con la cara de Gandhi, y tendré una limpieza de conciencia completa que me permita gastarme una pasta en ponerme tetas o alargarme el pene, en vez de dárselo a los necesitados, sin sentir remordimiento por ello? Nada, que el perroflauta no termina de entender la idiosincrasia de mi comedura de coco. En fin, suspiro y sacando la foto del informático le pregunto si puede indicarme la localización exacta del susodicho. El Jipi cabecea negando con aire de superioridad y acto seguido baja la cabeza de modo displicente para seguir con la rueda. Inspiro. Expiro. Inspiro. Me acuclillo junto a él y en voz baja le confieso que en cuanto salga tengo pensado hacerme buena persona haciéndome socio de Greenpeace, yendo a misa los domingos y metiéndole diez euros a toda puta ONG que tenga un nombre lagrimoso, pero que ahora mismo, en este preciso instante, aún soy un hijo de puta con pintas capaz de introducirle la bomba de la bici, manómetro incluido, por lo que viene a ser el culete y darle aire hasta que se le inflen los pezones como a una bailarina de burlesque. El alternativo se enrojece y repentinamente se vuelve más colaborador, dice que el amigo hace dos días que no viene y que me lo jura por El Che, por Kropotkin y por el Ratoncito Pérez. Le pregunto que si me da su palabrita del Niño Jesús. Dice que sí. Le creo.

Abandonamos el taller jipioso y nos dirigimos al coche. Enciendo un cigarrillo mientras observo como un ciclista reprende a un automovilista por no señalizar una maniobra comprometiéndole, tres segundos después el ciclista es reprendido por un viandante por subirse a la acera y estar a punto de atropellarle, y dos segundos después el propio viandante es reprendido por el automovilista por cruzar por un lugar indebido. Sonrío. Me encantan los burguesitos, pero es que cada vez me encantan más. Todos tan pendientes de sus derechos y tan olvidadizos con sus deberes. Resultan entrañables.

Nos metemos en el coche y tomamos la dirección de la casa del informático metido a violador. Pongo algo de garaje y dejo que la música me meza. Estoy tan drogado y alcoholizado que si me hicieran un análisis ahora mismo la sangre saldría fluorescente. Arranco.

Niño Toro me observa, bueno, no veo si me observa pero sé que me observa. Sé que no va a tardar mucho en… y es ahí que Niño Toro me pregunta si he pensado ya cómo vamos a distinguir al insulso informático del violento violador. Doy una calada. Niño Toro sigue mirándome, quizá no se fía de que no le parta las piernas al tipo de la foto en cuanto le vea sin pararme a pensar en que personalidad le posee. Hace bien, yo no soy un ser demasiado fiable. Niño Toro abre la bocaza de nuevo pero esta vez le corto antes de que insista. Sí, sí, sí, sé cómo distinguir al violador del informático, respondo. Niño Toro sonríe, por un momento se plantea preguntarme por el plan pero luego deduce que eso podría irritarme y decide dejarlo estar. Doy otra larga, larga, larga, calada, y la paladeo mientras observo a los burguesitos corretear por encima de las aceras mirando escaparates sorteándose unos a otros como las hormigas camino del hormiguero. Son tan parecidos a nosotros y sin embargo estoy seguro de que esa gente de ahí fuera son de un especie genéticamente tan distinta que de aparearnos nuestra progenie nacería estéril. Y ahí se me ocurre preguntarle a Johnny si el tal Nietzsche dijo algo de los burguesitos. Y Johnny, Johnny Dos Cruces, sonríe allá atrás y bajo una mirada felina responde pausadamente, mientras se lía el enésimo porro, que la creación del “mundo verdadero” se basa en el miedo al devenir, al caos, que se trata de una solución para vivir tranquilos, que con la creación de este mundo los hombres débiles muestran la necesidad de crear un mundo en el que creer y sentirse protegidos, y que de esta forma todos aquellos que creen en él son débiles, cobardes y viven en el autoengaño. El mundo llamado “verdadero” es un refugio antidevenir que habrían creado ante la incapacidad de aceptar un mundo sin orden, sometido a un cambio constante y por tanto gobernado por el caos. Ahí queda eso.

Doy otra calada. Un mundo sin orden gobernado por el caos, ¿a qué se parece? Pregunto para que un agitado Niño Toro replique levantando la mano como un escolar que se hace pis, ¡al gueto! ¡Se parece al gueto! Sonrío. ¿Y quiénes son los débiles, cobardes que viven en el autoengaño? Pregunto de nuevo. De nuevo la manita del sobreexcitado Niño Toro se eleva para replicar que son los burguesitos. ¿Entonces quienes viven el “devenir”? Y ahí mi gigantesco colega alcanza el orgasmo al replicar, que nosotros, ¡nosotros! Nosotros somos el devenir. Cojonudo. Somos el devenir. Tengo que llamar a mi madre y decirle que por fin soy algo en la vida, soy el devenir.

Doy otra calada mientras acelero. Hay momentos en que entiendo que los burguesitos nos hayan recluido en un barrio marginal y nos disparen cada vez que lo abandonamos, porque para ser el devenir tenemos un porte así como a homínido cavernario de descuidadas maneras simiescas.

La cosa es que llegamos a ese barrio céntrico que fue degradado y que la gente guay ha convertido en barrio multicultural guay y tal y pascual. Aparco en doble fila porque buscar sitio sería algo demasiado cívico para los que viven el devenir. Nos bajamos ante la mirada un tanto inquisitiva de un par vecinos culturetas para los que no somos lo suficientemente cool, y a los que les pregunto si pueden indicarme dónde comprar un diábolo, porque yo soy mucho de diábolo y de juegos de mierda de la edad media. La pareja de progres que se encontraban esperando a que baje su amiga para tomar juntos un té en una tetería guay regentada por un tío guay con un corte de pelo guay y vestido de forma guay, ahora está departiendo con una escoria humana con pinta de haberse escapado de una prisión norcoreana, secundado por dos patibularios compañeros salidos de un cuento de terror. No es que la pareja se encuentre incómoda, porque la gente guay carece de prejuicios, pero se les nota, cómo decirlo, sobrepasada por tratar con otra cultura, concretamente una del neolítico. Bueno que me dicen que no saben, lo dicen cabeceando, como asustados. Les pregunto entonces si tienen algo en contra de los juegos electrónicos, lo que vienen a ser las videoconsolas, las teles, los ordenadores, todas las cosas que dan calambre, porque como sólo les gustan las cosas de madera que dan vueltas en cuerdas, las mazas y las bolas de malabares, pues me pregunto yo si de tanto leer libros, tomar té y practicar el sexo tántrico, han sufrido lo que viene a ser un retraso mental inducido que te va convirtiendo en imbécil poco a poco, eso sí, un imbécil que mola, pero imbécil. La pareja de gafapastas esta vez no dice nada, se limita a mirarnos acojonada y a no pestañear, doy por sentado que están razonando la respuesta, porque esta gente intelectual y progre es mucho de razonar, y por lo que tengo entendido ese es un proceso lento que lleva su tiempo por lo que decido despedirme educadamente y dejarles en trance.

Nos aproximamos al portal cuando Niño Toro me pregunta si estoy seguro de tener un método para determinar cuál es la personalidad a agredir. Le ignoro. Pulso el telefonillo hasta que una voz sudamericana me pregunta el motivo de mi insistencia, le respondo que soy de correos y porto una misiva extremadamente urgente para el señor de la morada, la Casa Real le invita a un baile en plan Cenicienta. Sorprendentemente la sudamericana abre. No te puedes fiar del servicio. Total que subimos en ascensor y llamamos a la puerta. Esta vez la chica que ayuda en casa, porque la gente guay no tiene criadas, va un paso más allá y abre la puerta para arrepentirse al instante.

Le comento a la muchacha que somos amiguitos de su amo y que venimos a hacernos las ingles brasileñas juntitos, que si el señor está en casa. La chica, un tanto azorada, niega con la cabeza y balbucea que la señora marchó y que el señor no llegó aún. La creo, las mujeres no suelen mentirme, ¿o quizá sí? La cosa es que acto seguido le comento que mi amigo Johnny se está haciendo pipí y que si le importa que entre un momento a miccionar. La muchacha no responde. Le prometo que mi amigo levantará la tapa. La mujer sigue paralizada. Le doy mi palabra de que mi colega no dejará caer ninguna gotita fuera. La chica parece traspuesta. Total que Johnny la aparta y entra. Niño Toro y yo nos quedamos junto a la aterrorizada sirvienta en una situación de espera un tanto incómoda. Como no suena música de ascensor decido preguntarle si sabe algo de plátanos. Como esperaba la mujer, ni gesticula, simplemente me mira seguro de que va a ser violada. Le explico que si no sabe de plátanos no sabe de realidad, porque el plátano está muy ligado a la realidad. ¿Qué si lo sabe? Nada, que no responde. Por lo visto no podemos percibir nunca el mismo plátano porque no hay dos plátanos iguales y tampoco el mismo plátano permanece inalterable a lo largo del tiempo, por lo tanto, la realidad es inaccesible al conocimiento humano. ¿Qué? ¿Qué le parece? Nada, no hay respuesta. Pero si es muy sencillo, es algo intrínseco al propio plátano. Nada, que la criada ni se inmuta. Le pregunto si lee a Nietzsche. Nada. Le comento que mis amigos y yo somos muy de Nietzsche últimamente. Dejo pasar unos incómodos segundos. Le pregunto si cree que son necesarias las mujeres machistas, incultas y pobres para lavar las bragas de las feministas triunfadoras con exitosas profesiones liberales. La chica pone cara como de no tener una opinión formada al respecto. Y es ahí que Johnny Dos Cruces aparece negando con la cabeza. Nos vamos. Y justo en ese instante la puerta del ascensor se abre, y quién sale…

El informático con las bolsas de la compra no parece entender que hacen tres jinetes del apocalipsis hablando con la chica que ayuda en casa, pero para cuando su cerebro es capaz de articular una hipótesis dos manazas le han cogido y arrastrado al interior de su piso.

Ahora permanece sentado en el sofá sujeto por Niño Toro. La aterrorizada muchacha permanece junto a Johnny en el sofá de dos plazas. Y yo permanezco de pie creando ese ambiente teatral de las películas de intriga. Me encanta esta fase.

Niño Toro me mira fijamente dudando de que realmente tenga un método para diferenciar personalidades. La cosa es que le doy una colleja al lloroso informático, que parece extrañarse por gesto tan infantil. El tema es que le digo que estamos allí por lo de la violación. El tipo niega haber violado a nadie. Le doy otra colleja. Le digo que está feo violar a señores reaccionarios. El balbuceante informático vuelve a negar cualquier relación con un acto semejante. Le cae otra colleja. El temeroso tipejo empieza a irritarse quizá porque entendería los puñetazos, las fracturas o incluso las mutilaciones, pero no comprende estos golpecillos humillantes. Ante la vigilante mirada de Niño Toro, enciendo un cigarrillo y le pellizco la oreja mientras comento que no tenemos nada contra él. El informático me mira con gesto irritado y berrea que él no ha hecho nada. Niño Toro me observa expectante. Le doy otro pellizco en la oreja. El tipo cabecea airado. Le explico que sabemos que “él” como “él” no ha hecho nada y sin embargo ha sido “él” el que lo ha hecho. El informático grita que es un enfermo. Otro pellizco en la oreja. Otra agitación rabiosa de cabeza. Le comento que me encanta lo del trastorno de identidad disociativo, y le calzo otra colleja. El informático me mira excitado. Le comento que es cojonudo el trastorno ese para no tener sentimiento de culpa, al tiempo que le doy otra colleja. El informático vocifera no sé qué de la policía, la inocencia y la madre que me parió. Sonrío. Ahora aproximo mi rostro al suyo y le pregunto que si con esto de la doble personalidad, ¿no siente que su mujercita se folla a otro? Y vuelvo a sonreír. Y es ahí, justo en ese instante, antes de que el colérico informático responda y mientras aproximo mi mano a su oreja, que su mirada cambia y su gesto muta. Ahora vemos al colérico violador surgir. 

La convulsión es tan bestial que apenas el sorprendido Niño Toro consigue sujetarle. El iracundo tipejo intenta liberarse del abrazo de oso para abalanzarse sobre mí. Se sacude violentamente mientras me amenaza e insulta. Permanezco quieto, sonriendo. Aquí está tu violador, le comento al pasmado Niño Toro. Todos los presentes se muestran asombrados a excepción del colérico informático y yo mismo.

Ya podemos romperle las piernas, ¿no? Pregunta el sonriente Niño Toro para acto seguido, quizá cansado de retenerle, soltarle una hostia de tal virulencia que el tipo pierde el conocimiento y queda tendido sobre el sofá. Niño Toro me mira compungido, arrepentido de haber tomado la iniciativa, disgustado por el exceso de potencia del golpe, pero sobretodo afligido porque al perder el conocimiento el violador despertará informático y habremos perdido lo logrado. Sin embargo para su sorpresa no le regaño, sigo sonriendo.

Pienso en ese tal Nietzsche y en lo de la realidad como inaccesible al conocimiento humano. En como un informático es un ejemplar ciudadano pero cuando le tocas resulta ser un violador, en como tres maleantes son tres matones marginales pero cuando te acercas están hablando de filosofía, en como un cateto hecho así mismo es un triunfador social pero cuando te aproximas ha resultado violado. Y en como al violado cuando lo piensas un poco…

El trabajo está hecho, hemos golpeado al violador, eso fue lo pactado. El constructor estará satisfecho, puede parecer que no, puede parecer poca cosa, pero, y aquí razono algo que me ronda por la cabeza desde el inicio de este asunto, cuando alguien te sodomiza a la fuerza, tú contratas a tres delincuentes para matarlo, porque si sólo quieres que le den una paliza, ¡ay amigo! Es que te ha gustado. Sí, eso diría Nietzsche.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s