El viejo

 Hay que cuidar a un viejo. El viejo está ingresado en un hospital. El viejo es el abuelo de Jimena. Jimena es mi chica. Jimena es una burguesita de familia bien. Jimena dice que puedo hacerlo yo. Dice que el dinero que su familia le va a dar a una sudamericana me lo gano yo. Dice que como estoy parado pues… Dice que puedo escribir relatos allí. Jimena dice que es fácil. Un fin de semana. Es una prueba rutinaria pulmonar o no sé qué que le hacen al viejo cada no sé cuánto tiempo y tiene que estar ingresado previamente un par de días. Sólo hay que estar con él. Es fácil, repite. El viejo se vale por sí mismo, sólo hay que acompañarlo. Es fácil, insiste. Es por tranquilidad de la familia. Este fin de semana Papá tiene lo de Sudamérica, Mamá está con la inauguración de la tienda, y ella tiene que ir a la India por lo del diseño del metro de Nueva Delhi, como con sus tíos no se hablan y los sobrinos no hacen caso, pues… Es fácil, reitera. Te llevas el portátil y escribes un relato mientras. No hay que hacer nada, sólo estar allí, es por tranquilidad de Papá, ya sabes cómo es Papá. No, no lo sé, replico, porque no le conozco. No lo conoces porque es pronto, cariño, piensa que es un puto burgués católico de derechas y tú un miserable perroflauta izquierdoso que aspira a ser escritor, lo que nos obliga a ir poco a poco, porque si te presento ahora, contratará a un par de bielorrusos para que te den una paliza y te tiren a un contenedor. Jimena, no lo dice así, lo dice con otras palabras, no sé qué del momento ideal y de que tengo que entender no sé qué de la idiosincrasia de un tal Papito. Total, que cuidar al abuelo, además de proporcionarme un dinero fácil, de permitirme usar el tiempo que ella está fuera para escribir exitosos relatos, supondrá mi inclusión y aceptación en el seno familiar, es decir, que lo podré esgrimir cuando “Papito” me esté apuntando con la escopeta de caza tras descubrir que su preciosa y angelical hijita está siendo desflorada por un pelagatos melenudo con pintas de querer dar un braguetazo en el mundo de Barbie. Solo aceptaré si es fácil, digo. Es fácil, responde.

            Total, que Jimena le dice a su catoliquísima familia que ha contratado a alguien para que se quede con el abuelo, la cristianísima familia dice que vale y le suelta trescientos euros, y yo y mi portátil me presento en la habitación ciento veintiuno, es decir, planta uno, habitación dos, cama uno.

            Me sorprende que siendo una familia de tanto poder adquisitivo, el abuelo esté en un hospital público, pero es que según Mamá, para este tipo de pruebas como los hospitales públicos nada, porque tienen los mejores aparatos y además si pasa algo ya está ahí. No le pregunto a Jimena que significa “si pasa algo”. “Si pasa algo” no se parece mucho a “fácil”, de hecho no se parece una mierda, ni gramaticalmente, ni filológicamente, ni lingüísticamente. ¿Qué cojones puede pasar? Pues no puede pasar nada, dice Jimena, porque el viejo, digo el abuelo, está perfectamente, sólo que como ha fumado tres paquetes de cigarrillos diarios desde los siete años pues… Vale, pero es fácil, ¿no? Pregunto. Superfácildelamuerte, responde mi amada pijita.

            Total que me presento en el hospital al medio día, justo diez minutos después de que la familia haya dejado al viejo, digo al abuelo, ingresado y Jimena me haya dado el aviso telefónico para que entrara sin encontrármelos.

            La habitación tiene dos camas con dos viejos, no dos viejos por cama sino un viejo en cada cama, me tranquiliza que la Seguridad Social aún no haya llegado a ese punto. Miro el número de las camas y lo comparo con el mensaje de texto de La Yoli indicándome planta, habitación y cama. Perfecto. Ignoro al decrépito abuelo con pinta de alelado de la cama dos y me dirijo hacia el viejo de la cama uno que es clavadito a Popeye. Le saludo y le digo que me ha contratado su familia para que le acompañe el fin de semana antes de la prueba del lunes. El viejo de pequeños oscuros ojos y doscientos treinta y tres arrugas cutáneas me mira de reojo y sigue leyendo el Marca. Le digo que soy amigo de Jimena y… El enjuto viejo y su voz cazallera me preguntan de qué equipo soy. Le digo que no me gusta el fútbol. El viejo arquea las cejas y me pregunta si soy bujarra. Quedo un instante petrificado pero finalmente acierto a responder dubitativo que no, esperando que la pausa no sea interpretada como duda sobre mi condición sexual. De inmediato el anciano pregunta si entonces soy de los que les gusta la gimnasia rítmica y el patinaje sobre hielo. Quedo sobrecogido de nuevo y  respondo que no con toda la masculinidad que puedo reunir, que… mi padre me llevaba a ver al Atleti de pequeño así que supongo que… diría que… soy del Atleti. El octogenario muestra una expresión de asco y replica que ser del Atleti es peor que ser bujarrón. Cojonudo, empezamos bien. 

            Tras la afectiva presentación, decido acomodarme en el sofá, encender mi portátil y olvidar el entorno. Miro al abuelo alelado de la cama dos que permanece sentado en la cama con dos almohadas en su espalda mirando la pared con cara pensativa, suspiro y miro al cejudo vejestorio con cara avinagrada buscando similitudes con el agraciado rostro de Jimena, no las encuentro pero sí noto como el viejo aún sigue mascullando la relación existente entre la camiseta rojiblanca y la sodomía. Me la suda. Yo pienso abrir mi ordenata y ponerme a escribir, será un fin de semana fructífero, terminaré el relato sobre Nietzsche y el sentimiento de culpa.

En un rato he escrito un par de párrafos y me he presentado a enfermeras y auxiliares que entran y salen cambiando goteros, tomando tensiones y dando vasitos con pastillas para evitar trombos. Así, hasta la hora de la merienda.

Estoy yo con lo de que los monos son demasiado buenos para que el hombre pueda descender de ellos, cuando entran las poco agraciadas auxiliares con las bandejas. Las dejan sobre las mesas desplegables y se largan.

Le destapo la bandeja al abuelo de Jimena y descubro una manzanilla y dos galletas dietéticas. Menú “Líquida S/S, baja en potasio, diabética” pone la identificación de la bandeja sobre el nombre del enfermo, o sea que el viejo tiene menú sin sal, sin azúcar, sin grasa y encima todo por la túrmix, exquisito.

El abuelo de Jimena me mira, se levanta la manga del pijama de puntitos azules y me muestra el escudo de la Legión tatuado en su antebrazo, dos segundos después me dice que de pequeño, durante la Guerra, les pedía rancho a los alemanes de comunicaciones que había atrincherados en el Frente de Somosierra, dicho esto me pregunta si estuve en la Guerra. Le respondo que aún no había nacido pero que incluso de cigoto mi espíritu estaba con el glorioso Alzamiento, y que nada me ilusiona más que vestirme de legionario los domingos. Me replica que me hubieran comido vivo y añade que se va a tomar la manzanilla la madre que parió a la Pasionaria. Por un instante me planteo cantar el Cara al Sol como último recurso para ganarme al viejo, pero renuncio sabedor que en cuanto el abuelo se dé cuenta de que sólo conozco la primera estrofa, me fostia. Empiezo a no entender el término “fácil” empleado por mi amorosa pareja.

En ese momento el exlegionario me hace un gesto con la barbilla señalando la bandeja intacta del vecino de habitación. Le miro sin entender. Me guiña un ojo y me vuelve a señalar con el mentón la bandeja. Lo entiendo. ¡Quiere robarle la merienda al Alelao!

Le digo que no puede hacer eso. Me dice qué por qué no si el otro ni se entera, dice que lleva en la misma postura desde que ha llegado. Anonadado al ver que el abuelo habla totalmente en serio, le digo que él tiene una dieta dietética y tal y El Alelao, quiero decir el enfermo de la cama dos, tiene dieta normal. El viejo me dice que por eso. Me niego. El viejo se caga en Dios, en la Virgen Santísima y en el Misterio de la Trinidad, se baja de la cama, mete la mano en la zapatilla derecha, saca veinte euros y me los alarga. Los veinte euros se agitan en la arrugada mano mientras yo no sé qué decir.

Coño, ¡Veinte euros! El viejo Popeye quiere comprarme con veinte euros. Impresionante. Increíble. Asombroso. ¡Qué osadía! ¡Que atrevimiento! ¡Que desmesura! Que… que… que… Trinco los veinte euros.

Después de todo por una vez que coma algo normal no va a pasar nada, y veinte euros son veinte euros. Cuatro cubatas, ocho si son de garrafón.

Total, nervioso, que cierro la puerta y le pregunto al abuelete absorto si va a cenar. Nada, el tipo sigue embobado con la mirada perdida en la pared. Insisto mientras el legionario me apremia dudando de mi heterosexualidad. Como el enfermo de la dos no se inmuta doy el cambiazo de las bandejas sin dejar de mirarle por si me diera un zarpazo o comenzara a gritar. Nada. Como presagió el viejo sobornador, El Alelao ni se mueve.

Una vez con el botín, el legionario levanta la cubierta y se lanza, con los ojos desorbitados, sobre un café con leche y lo que parece un paquete con cuatro galletas. Al ver el café y el ansia con el que el viejo echa y diluye el sobrecito del azúcar quedo pensativo, no sé yo si el café… y además con azúcar, no sé si… La cosa es que ya es tarde, si intento devolverle el billete y arrancarle el café de las manos el vejestorio es capaz de apuñalarme un ojo con la cucharilla. Total, que cojo la manzanilla y rezando para que no aparezca ninguna enfermera intento hacer desaparecer las pruebas, es decir, la infusión. Trinco la taza de plástico verde y sujetando la cabeza del viejo ensimismado se la pongo en los labios y le invito a beber, y el viejo bebe, quizá no a la velocidad que me gustaría pero… Mientras con la izquierda sujeto la cabeza del carcamal agilipollado y con la derecha le sostengo la taza, apremio al decrépito madridista para que dé cuenta rápidamente del café y las galletas, pero éste, lejos de acelerar se regocija mojando y saboreando las galletas en el café. Si en este momento entra una auxiliar y ve el show la cagamos pero bien. Sudo. Tengo palpitaciones. Con las prisas casi atraganto al pobre vejestorio inerte. No dejo de gritarle por lo bajito a la pasa arrugada que deje de mojar galletas y se lo beba de dos tragos. Ni caso. Finalmente le meto la manzanilla al Alelao y los dos últimos dedos me los bebo yo. Tapo la bandeja y me pongo delante del que me ha untado cavilando posibles excusas para el caso de que alguien entre. Los segundos se alargan una enormidad mientras la desdentada boca mastica la masa de galletas que le sobra por las comisuras. Una visión preciosa. El viejo me dice, mientras proyecta trozos de galleta por aquí y por allá, que las mujeres son malas por naturaleza, y que habría que aprender de los putos moros que las usan de criadas y las muelen a palos, que yo me he librado de un montón de problemas siendo trucha. Quedo pasmado. En una sola frase, y de una sola sentada, aquel elemento octogenario ha mezclado misoginia, racismo y homofobia y sin dejar de masticar. Me quedo sin palabras, atónito, estoy frente a un portento. Y el viejo termina el café, suspira placenteramente, se deja caer sobre la cama y acto seguido se tira un pedo de tal sonoridad que la pantalla de la tele hace un amago de encendido. ¡Impresionante!

Sin respirar, recojo las bandejas a toda velocidad y salgo al pasillo en busca del artilugio plateado que hace las veces de carrito recogebandejas. Una vez depositadas respiro.

De regreso a la habitación me coloco los cascos con algo de música surf, enciendo el ordenador y retomo a Nietzsche y eso de que todos los instintos que no se desahogan hacia fuera se vuelven hacia dentro. Miro la cara de placer del legionario y me pregunto si habrá desahogado todos los instintos hacia afuera. Entonces el viejo se tira otro pedo y me lo dedica. Se estira sobre la cama y cerrando los ojos bosteza con rostro de plenitud, hecho lo cual se tira otra sonora ventosidad y mueve los flácidos mofletes pareciendo degustarla. Fascinado, quedo mirándole un largo instante preguntándome si Nietzsche se refería a esto.

Las horas de la tarde pasan rápidas, conmigo escribiendo sobre el origen de la mala conciencia nietzscheriana, el de la cama dos en la misma posición sentado mirando al frente y dormitando a ratos, y con el exlegionario viendo la tele, leyendo el Marca y yendo a mear cada dos minutos.

Ahí estoy yo, tecleando, intentando dilucidar qué finalidad tiene en la sociedad el castigo, o como lo llama Nietzsche, “la pena”. Me pregunto si siendo deudor, es decir habiendo causado daño, debo ser castigado por la persona dañada o la sociedad en su nombre. Sopeso si el castigo es necesario para prevenir el daño, y si de él nace la culpabilidad, estoy por preguntarle al abuelo de Jimena si mi mala conciencia nace por dejarme sobornar e intercambiar las bandejas, o como dice el psicoanálisis y Nietzsche, el origen de la misma es el volverse estos instintos contra sus propios poseedores. Decido no preguntar nada por temor a que me responda con la enésima ventosidad. Y es ahí que la entrada de la enfermera rompe mi concentración junto con mi filosofal escritura.

La enfermera toma tensiones, pincha dedos para comprobar azúcares, cambia, reparte medicación y desgrana estereotipadas frases animosas de enfermera, esto último con un volumen especialmente elevado consciente de que los emisores son ancianos sorderas, eso me irrita un poquitín. Al poco llega la cena.

La bandeja reposa sobre la mesita auxiliar de la cama uno. Me acerco a ella. Levanto la tapa. Miro el contenido. El abuelo de Jimena mira el contenido. Sopa de pollo y gelatina de fresa. Miro al abuelo. El abuelo me mira a mí. Niego con la cabeza. El abuelo pone veinte euros sobre la bandeja. Los dos miramos la bandeja intacta a los pies de la cama dos.

Pollo frito, pan y flan. ¡De puta madre! Exclama el simpatizante franquista al ver la cena de su compañero de habitación. Dudo un instante, aquí hay grasa, sal, azúcar… no sé. El viejo desdentado alienta la sustracción con frases animosas en las que especula con el tamaño de mi pene y el peso de mis testículos, acompañadas con la escenificación de un chihuahua sodomizándome. Me planteo la posibilidad de aplicarle la eutanasia incrustándole la bandeja en el occipital derecho, en la seguridad de que la Seguridad Social, y especialmente la Humanidad, me lo agradecerán, pero desecho la idea porque quizá Jimena no aprecie el gesto.

El babeante sujeto sobornador se hace con la bandeja repleta de grasa, sal y azúcar, mientras, junto con mis veinte euros y mi mala conciencia, me dispongo a hacer desaparecer las pruebas, es decir la sopa de pollo y la gelatina, en la persona del Alelao.

El Alelao se traga las cucharadas de caldo como un autómata, podría darle un zapato y se lo tragaría. Es un tipo con cuatro pelos canosos, un cuello largo y arrugado y unos saltones ojos azules, parece una tortuga con la mirada perdida. Muestra una permanente mueca similar a una sonrisa plácida, como de monje budista que ha alcanzado el nirvana, pero de monje budista fumao.

            Estoy tan nervioso que le meto varias veces la cuchara en la nariz al pobre hombre, eso me pasa por estar pendiente del puñetero exlegionario, el cual, por su puesto, pasa de mis prisas, y se regocija chupando el hueso del muslo obscenamente, la visión de aquella boca desdentada repleta de babas y grasa relamiéndose me hace juramentarme para nunca más comer pollo.

Si la visión de un vejestorio degustando grasiento pollo podría usarse como método de tortura por parte de la C.I.A., el acto de verle comerse el flan serviría sin duda como método de exorcización. Para cuando el abuelo termina con el flan yo le he introducido al Alelao la gelatina de dos cucharadas y tras comprobar que no se le sale por las orejas, me encuentro preparado con la tapa de la bandeja para realizar el intercambio y borrar todas las huellas. La operación se lleva sin contratiempos y para cuando entra la auxiliar en busca de las bandejas, éstas hace tiempo que descansan en el transportador del pasillo. La operación encubierta “cena” se ha saldado sin bajas.

Una vez recostado sobre el sillón y mientras el viejo a mi cuidado ve programas de cotilleo al tiempo que se rasca el escroto, valoro el sentimiento de culpa nietzscheriano en relación con que al abuelo le dé una apoplejía por culpa de lo ingerido, de suceder eso supongo que sería un poco responsable. De mi diatriba me saca un suceso tan extraordinario como prodigioso, El Alelao se mueve.

De pronto, como si el KGB lo hubiera activado, el imperturbable compañero de habitación decide ir al baño ante mi atenta mirada. Se mueve despacio, como un autómata, con la mirada perdida y ese gesto de paz interior tan suyo. Nunca me ha sorprendido tanto que un ser humano miccionara, tanto, que permanezco atento hasta que la puerta del baño se vuelve a abrir minutos después y el paciente surge impertérrito para introducirse en la cama y permanecer recostado con la mirada perdida. Me falta la cocacola y las palomitas. ¡Qué personaje más curioso! Se podría rodar un corto sobre esto, se llamaría, el hombre estoico va a mear y un idiota lo observa embobado, he visto cientos de películas peores. Y es entonces que el viejo de la cama contigua me lo pide.

El abuelo dice que le pase un cigarrillo. ¿Qué? Pongo cara de turista sueco que no entiende español. El vejestorio dice que no le joda que sabe que tengo tabaco. ¿Cómo? ¿Quién? ¿Yo? El cabrón del abuelo se ha coscado de mis fugaces escapadas para echar un cigarrillo furtivo en las escaleras. Lógicamente le explico que esto es un hospital, él un enfermo y por tanto el tabaco no es compatible. Veinte euros por un cigarrillo, me espeta el cirrótico carcamal. De pronto me descubro a mí mismo intentando recordar cuantos cigarrillos me quedan y cuánto sacaría por la totalidad. ¡Estoy loco! ¡Cómo le voy a dar de fumar! El viejo se mete la mano bajo el pijama y saca el billete, lo agita y pone ojitos lúbricos. De repente me siento como una bailarina de striptease. El octogenario me ayuda a tomar la decisión indicándome que si no cojo la pasta buscará otro proveedor entre las visitas del pasillo. Le veo capaz. Aunque para que se lo lleve otro… total, que busco el paquete en el abrigo y sacando uno se lo ofrezco al tiempo que pillo el billete. Ahora soy su camello. El vejestorio dice que soy su putita preferida. ¡Será cabrón! Y el viejo se levanta con la intención de encerrarse en el baño a fumar. Cuando pasa a mi lado, horrorizado, le prohíbo que haga lo que piensa hacer. El arrugado tipejo replica que no me ponga histérica y que me vaya a comprar tampones o a depilarme las ingles, lo que sea que hagan los truchas de mi generación. Le digo que el pestazo del tabaco nos va a delatar y que hasta una enfermera con el olfato de un peluche lo notará. Me responde que se la suda, que él ha trabajado en los Altos Hornos y en la marina mercante, y que una vez tuvo que comerse un mono. No sé qué tiene que ver eso con lo de fumar pero consigue que me quede traspuesto el tiempo necesario para sortearme y encerrarse en el baño. Me voy a comer el marrón, lo veo, esto transcenderá y terminará en los oídos de la catoliquísima familia de Jimena que me culpará del posible enfisema pulmonar del vejete, fijo. En la desesperación, se me ocurre abrir las ventanas y comenzar a meterle prisa al anciano para que termine, en tanto en cuanto echo un vistazo al pasillo por si hubiera ronda de toma de presiones o reparto de medicación. Mientras espero decido sacudirme la tensión preguntándole al viejo si sabe quién era Nietzsche. Como no hay respuesta decido comentarle en voz alta que era un filósofo alemán que habló con exactitud de la situación que estamos viviendo. Nietzsche dijo que el hombre es un ser empujado a vivir en sociedad por interés, por necesidad, y que este vivir en sociedad le obliga a crear un tratado de paz entre todos los hombres para evitar conflictos entre ellos, y que este tratado de paz no es más que inventar una designación válida y obligatoria de las cosas para constatar que algo es verdad entre todos los hombres, en este momento es cuando nacen las palabras verdad y mentira. Dicho lo cual le pregunto si lo entiende. No escucho respuesta así que le digo que yo estoy obligado a vivir en sociedad con Jimena y que necesito de la mentira para evitar conflictos. Una pausa por si hay respuesta y como no la hay, comienzo a aporrear la puerta amenazando al viejo con tirarla si no termina el cigarrillo y sale del baño inmediatamente. Tras un breve silencio, se escucha la cisterna y la puerta se abre.

El abuelete me muestra una amplia y desdentada sonrisa para hacerme saber que no hay nada mejor que un cigarrillo, salvo quizá la mamada de una mejicana, porque cuando era marino mercante y tocaba puerto en México… le ordeno que se meta en la cama mientras intento hacer desaparecer del baño el tufo a tabaco moviendo la puerta a modo de abanico. El viejo se encoje de hombros y una vez en la cama me pregunta si el Nietzsche ese es mi novio.

Pasado un tiempo echando desodorante e intentando aventar el pestazo a tabaco desisto cuando mi brazo dice basta. Es ahí que cierro las ventanas y me dejo caer sobre el incómodo sofá, colocándome los cascos y encendiendo el portátil para intentar terminar el relato. Me suena que alguien dijo que esto sería fácil. Superfácildelamuerte.

La noche cae sin mayores incidencias. Tras ver en la televisión un programa de cotilleo y señalar la cantidad de putas y maricones que lo poblaban, el exlegionario, comienza a roncar sonoramente de repente y sin aviso previo. Por su parte el autista del compañero cierra los ojos en un momento dado y en la misma posición en la que permanece todo el día supongo que queda dormido, y digo supongo porque yo soy incapaz de distinguir entre el sueño y la vigilia del buen hombre de no ser por la posición de sus párpados. Yo caigo tarde, la incomodidad del catre unido al agradable hilo musical de harmoniosos ronquidos me desvelan durante largo rato.

El despertar lo propicia la enfermera de mañana con la rutinaria tarea de sus exploraciones y sus historias. Me duele todo. Dormir en esta tabla de suplicios con forma de sofá resulta devastador. Mi humor se resiente del mismo modo que mi deslavazado aspecto físico. El abuelo de Jimena se percata y dice que se nota que no he hecho la mili. Mientras accedo al baño para miccionar, el viejo cuenta una anécdota de cuando tuvo que dormir cuarenta días atado a un camastro por no sé qué cuarentena. Me importa un carajo. Mientras abandono la habitación el octogenario me hace saber que a mi edad dormía sobre la grupa de un caballo mientras movía el ganado de pastos. Genial. Cierro la puerta y busco el ascensor que me deposite en la salida para poder fumar y respirar toda la contaminación que pueda.

Tras el café con bollería en la cafetería regreso a la habitación para estar presente a la hora del desayuno y cumplir así mi compromiso para con Jimena. Llego cuando el desayuno está servido, y como me temía hay un anciano que no está satisfecho con sus doscientos centilitros de leche descremada. El abuelo de Jimena dice que quiere la bandeja del Alelao. Le digo que no hay trato, que se han terminado esas historias. Me pregunta si me ha venido la regla y por eso estoy de morros por la mañana. Le ignoro. Cojo el portátil y me recuesto en el sofá. El exlegionario no parece asumirlo porque me insta a comprar tampones e irme de compras. Le digo que no estoy dispuesto a seguir con este rollo basado en la mentira. El octogenario replica que si estoy hormonando lo mejor es comer helado viendo Pretty Woman. Respondo que da igual lo que diga no pienso seguir mintiendo a Jimena. Me indica que si mi reloj biológico está sonando lo mismo puedo inseminarme por el ojete. Valoro la posibilidad de tirar al viejo por la ventana y escribir una nota de suicidio. Entonces el ochentón saca un billete de veinte del calcetín y lo agita en el aire poniendo ojitos. ¡Será cabrón! ¡Qué se joda! ¿Quiere cafeína y grasa? Perfecto. Me incorporo, le arranco el billete de la mano y cambio las bandejas.

Al ochentón capullo le cambia la cara cuando al levantar la tapa descubre el café con leche, tres galletas, pan, margarina y mermelada. La leche va para el Alelao lógicamente, leche que hago que ingiera. Porque el Alelao en algún momento ha abierto los ojos anunciando formar parte de los vivos, aunque su postura sea exactamente la misma que la de hace veinticuatro horas.

El abuelo se solaza untando la margarina en el pan para luego masticarla de una forma tan soez que en algunos países sería delito. Mientras paladea la mermelada dejando que parte de ella caiga por las comisuras, me dice que con lo que me ha dado puedo comprarme unos zapatos de tacón bonitos. Paso de él, únicamente estoy atento a la puerta por si entra alguien con bata y descubre la orgía. Le insto a que desayune rápido, pero el abuelo sigue masticando pausadamente con la boca abierta esforzándose por mostrarme su desdentada bocaza. Decido contratacar diciéndole que según Nietzsche para el hombre la verdad es indiferente, y lo único que le mueve es su propio bienestar, es decir, alcanzar la felicidad. El viejo pregunta que si además de leer libros, me gustan los musicales, el bronceado artificial y jugar frente al espejo a esconderme la churra y el escroto entre los muslos. Valoro seriamente la posibilidad de meterle en todo el careto con la bandeja y decir que se ha resbalado. Para calmar mi creciente enajenación respondo con otra frase de Nietzsche que sé que le jode, el hombre es un animal social y ha adquirido el compromiso moral de mentir gregariamente, pero que con el tiempo se olvida de su situación mintiendo inconscientemente y precisamente en virtud de esta inconsciencia, de ese olvido, adquiere el sentimiento de verdad, eso digo. Parece que he dado en el blanco porque el abuelo ha dejado de masticar y parece bloqueado. Sonrío. La filosofía le descoloca. Es como ese sonido agudo que no escuchamos pero que detiene a los perros. El problema es que el viejo paralizado no come y si no come, las galletas y demás restos incriminatorios continúan sobre sus rodillas. A una sonora palmada mía animándole a terminar el puto desayuno, el anciano reacciona y continúa la deglución.

Milagrosamente la ingesta de alimentos termina sin visitas molestas, de modo que agarro las bandejas y me lanzo al pasillo para depositarlas en el portabandejas y eliminar pistas. Empiezo a sentirme sucio. Y es justo cuando me dispongo escribir algo aprovechando que el abuelo de Jimena se encierra en el baño a hacer aguas mayores y menores, pero la suerte no está de mi lado porque en ese momento entran a hacer las camas, lavar pacientes y cambiar sondas. Decido exiliarme bajando a fumar y a leer el periódico. 

Tras un par de horas intentando escribir algo en la salita de las visitas, desisto porque las visitas son un coñazo insufrible con una única misión, generar charlas inconsistentes y cacareos marujiles. Me vuelvo a la habitación con las sonoras flatulencias, las toses con expectoraciones y los eructos inesperados. Se me empieza a hacer largo el fin de semana. Mientras camino entre batas y pijamas verdes y blancos que van y vienen como zombis encerrados en una piscina, empiezo a valorar el término “fácil” empleado por Jimena. No sé, no tengo la sensación de que esto esté saliendo como se había planeado, no sé exactamente en qué falla, pero hay algo… quizá sea el hecho de que esté intoxicando al abuelo con todo tipo de grasas, sales y nicotinas. Sólo me falta pasarle dos gramos de coca y meterle una puta en la habitación. Esto no puede salir bien. Es ahí que caigo en el hecho inevitable de los análisis diarios a los que someten a los pacientes. ¿Qué niveles estará dando el exlegionario? Y salgo corriendo.

Cuando llego a la habitación, ya han pasado las auxiliares e incluso las de la limpieza han fregado el suelo. El viejo está sentado en la cama leyendo el periódico deportivo como si estuviera tomando el sol en Torrevieja. Le pregunto que ha dicho la auxiliar de la tensión. El vejestorio me ignora. Insisto. Me dice que el Atleti va a nueve puntos del Madrid y esta noche serán doce. Le digo que me la suda y que haga el favor de decirme qué han dicho de la tensión. El anciano me pregunta si con el carnet de socio del Atleti te hacen descuento en el transporte público por discapacitado. Me froto los ojos, cuento hasta diez, y con voz calmada le imploro que no me haga ir a preguntarle a la enfermera. El abuelo, sin dejar de mirar el periódico, me indica que ya que voy, le haga saber a la morenita, a la vieja teñida no, a la morenita joven, que hay veinte euros para ella si le magrea un poco la minga con la excusa de que no orina por la próstata. Anonadado me hallo. El octogenario me advierte que no ponga esa cara porque cuando estuvo destinado en Melilla con ese dinero se podía tirar uno a una docena de moras, a las madres de las moras y a los camellos si querías. No puedo ni vocalizar. ¿Qué clase de marrón me ha pasado Jimena? ¿Qué coño significa “fácil”? El viejo demente necesita que lo controlen dos porteros de discoteca ucranianos ayudados de pitbulls. Empiezo a intuir porque toda la familia tenía algo que hacer justo cuando ingresaban al abuelo.

Con el cabreo decido que paso de preguntar nada y colocándome los cascos me aíslo en mi pequeño ecosistema formado por el sofá de tapicería azul. Trinco el ordenador y escribo lo que puedo mientras el viejo no para de descentrarme yendo a mear una media de veinte veces la hora. Acompañando las visitas al baño múltiplo de tres con briosas ventosidades que ayudan enormemente a mi concentración. Sopeso abandonar, dejar a Jimena y apuntarme a la Legión. Y ahí llega la comida.

No me puedo creer que ya sea la hora de la comida. No me gusta, no me gusta nada, no me gusta porque sé lo que va a pasar, y se lo hago saber con la suplicante mirada a la alegre auxiliar que deja las bandejas con la pitanza. No tengo fuerzas para pelearme con el puto viejo. Pero la auxiliar no me hace caso, se limita a soltar una carcajada cuando el vejestorio salido le hace saber que el pantalón blanco del uniforme le marca un precioso culito de pimpollo. Siento una enorme vergüenza ajena unida a un bochorno colosal. Y ahí llega el momento esperado de levantar las tapas.

¡Bieeen! Para nuestro concursante número uno tenemos un precioso plato de caldo blanco junto a puré hervido y un puré de fruta. ¡Bieeen! Bueno, parece que a nuestro concursante número uno no le agrada en demasía su menú, lo sabemos por las frases “¡qué clase de mierda es esta!” o “¡esto no se lo come ni un puto vietnamita!”. Bueno no pasa nada, tenemos la bandeja de nuestro concursante número dos que ha sido agraciado con estofado de ternera, rosada en salsa, menestras, flan de vainilla y pan. ¿Y qué vamos a hacer? Pues vamos a intercambiar las bandejas. ¿Y cómo lo vamos a hacer si el menda no está por la labor? Pues vamos a darle otro billetito de veinte euros. ¿Y si el menda sigue diciendo que esta vez no? Entonces amenazamos al susodicho con cagarle en la boca cuando esté dormido por la noche. ¿Y si no cuela? Pues entonces recurrimos al chantaje tipo “o las cambias o digo que has abusado sexualmente del Alelao”. ¿Eh? ¿Cómo? ¡La madre que lo parió! Venga esos veinte euros. ¡A tomar por culo!

La siguiente escena la conforman tres individuos, en la que uno con pijama enseñando el trasero degusta un estofado aderezándolo con comentarios del tipo “yo he llegado a comer gato” o “ni mi culo caga ese puré”, y en la otra cama un segundo con vaqueros da cucharadas compulsivas a un imperturbable tercero en pijama. Lógicamente para cuando el Alelao ha ingerido el caldo, el puré y la fruta, el capullo de su compañero de habitación va por la rosada. No pienso preocuparme, esta vez no, si entra alguien digo que he sufrido un vahído fruto de la enésima flatulencia del paciente de la cama uno y cuando he despertado la cosa estaba así.

Por suerte para mí, la hora de la comida es un momento de descanso para las enfermeras y probablemente su propia hora de comer. La cosa es que nadie interrumpe la entrañable escena en la que mi tensión alcanza los veinticuatro y catorce. Finjo que no me importa que el abuelo de Jimena se entretenga hurgándose entre los dientes para extraerse posibles trozos de pescado, me limito a fantasear con la visión de la posible obstrucción de la tráquea del viejo con alguno de aquellos pedazos, ¡qué agradable visión!

“Toda la mecánica del conocimiento es un aparato de abstracción y de simplificación que no está encaminado al conocer, sino a conseguir poder sobre las cosas”, espeto de repente en medio las sonoras masticaciones. El arrugado octogenario traga por fin el bolo alimenticio de restos de pescado y permanece aturdido. Alucino con los efectos que provoca Nietzsche en el rugoso exlegionario. Le digo que si se come el flan en dos cucharadas le explico lo que significa. El viejo no responde y continúa pensativo. Decido darle la explicación por miedo a que de no hacerlo tenga que resetear al abuelo como si fuera un pc. El conocimiento y lo que los hombres nos hemos acostumbrado a denominar “verdad” es sólo un medio para alcanzar poder, esa es la explicación. Nada, el anciano continúa en off, de modo que doy otra sonora palmada para acto seguido abrirle el flan y colocarle la cucharilla entre los dedos. El abuelete se reactiva y comienza a engullir el flan contoneando las dilatadas mejillas de modo indecente. Juro que si se le escapan restos del postre por las comisuras le agredo. Me da igual la pena de cárcel y lo que diga Jimena, como salga el amarillento flan y comience a descender por las arrugas mal afeitadas de aquel espécimen, me lanzo sobre él y le aplico una eutanasia preventiva con la tapa de la bandeja. Lo juro. Y con la tercera cucharada, el flan empieza a surgir por las comisuras. ¡Diooos!

No sé cuánto tiempo pasa, la cosa es que no regreso del baño hasta que no dejo de escuchar el estrepitoso rumiar del paciente, eso y el primer eructo, que como trompeta romana, anuncia el final de los juegos, es decir, de la comida. Ocurrido eso, recojo las bandejas a toda velocidad y dejo al Alelao impávido y al exlegionario colocándose el escroto con vistas a dormir una larga siesta. Voy en busca de una hamburguesa y un helado en la cantina de abajo.

Las siguientes horas las paso, sesteando junto al ordenador en una de las mesas de la cafetería aledaña al hospital. Finjo que escribo pero me limito a tocar las teclas y a pensar en mi actuación en todo esto, imagino la cara de Jimena si viese como estoy cuidando a su abuelo, no quiero ni pensar como tendrá los niveles de tensión, azúcar y colesterol. ¡Estoy envenenando al viejo! Empiezo a sentir el sentimiento de culpa niezscheriano.

Cuando subo la tarde está cerca de la noche. El abuelo de Jimena ve por la tele un partido de fútbol o baloncesto o algo y el Alelao mira la pared de enfrente. Nada más verme el viejo me increpa advirtiéndome de que los del Atleti juegan muy duro, cortan todos los contrataques con patadas y debieran estar con siete desde el minuto cinco. Le ignoro. El octogenario continúa haciéndome responsable del juego marrullero de los atléticos culpando de ello a la profesión de prostituta de las madres de todos ellos incluida la mía. Paso de él y me acomodo en el sofá. Encolerizado, el viejo llega a hacer partícipe al Alelao del flagrante penalti no pitado instándole a que proteste con vehemencia. El Alelao le ignora. Yo le ignoro. El colérico madridista lanza un pequeño tetrabrik vacío de zumo a la tele mientras valora la posibilidad de un genocidio en el que se elimine a todo aquel que vista ropajes rojiblancos. Me pongo los cascos y junto a la música surf empiezo a escribir.

La enfermera de noche aparece para realizar no sé qué análisis y para asegurarse de que el paciente ingiera la nueva medicación. Yo me hago chiquitito, protegido por mis cascos finjo no escuchar, sin embargo escucho. Y he dicho paciente porque al Alelao lo ignora, no hay medicación, ni tratamiento, el tipo debe estar o terminal o más sano que una quinceañera. La cosa es que me veo preguntándole a la enfermera cómo es que le han subido la medicación, a lo que me responde que el motivo es el elevado nivel de azúcar y la tensión alta que presenta. Ya está, ya siento la culpa nietzscheriana. Pueden pasar tres cosas, una que el viejo palme, otra que me pillen asistiéndolo en el suicidio inducido, y la tercera que me dé un infarto cerebral al no poder resistir la tensión del encubrimiento y el soborno. Y en algún momento llega la cena.

Juro que nunca he sentido mayor desazón frente a unos alimentos. Aquí estoy, haciéndome el loco, fingiendo escribir con mis cascos y mirando de reojo la reacción del exlegionario frente a su cena.

El viejo pone cara de asco e intenta leer en la etiqueta el contenido del cuenco blanco de plástico. “Vicisoise”, dice. “Vichysoisse”, señalo, y tras decirlo maldigo por decirlo. ¿Por qué cojones no me quedaré calladito? El viejo con la misma cara de asco pregunta si eso es alguna comida china de mierda. Respondo que no. El abuelo pregunta qué cojones es una “vicisoise”. Suspiro. Respondo que es una crema fría salada elaborada con puerro, cebolla, patata, leche y nata, y que es una variante de una receta tradicional de la cocina francesa, amén de ser una sopa internacionalmente conocida. El viejo se me queda mirando fijamente. Al instante me arrepiento de cada palabra dicha. Como esperaba el viejo relaciona el nombre de la sopa, el término “francés” y el concepto homosexualidad, y una vez enlazados, señala que del diseño y origen de dicha sopa se deduce que ha sido creada no para ser ingerida sino para ser introducida a través de un enema, que la única forma de tragarse dicho brebaje es gracias a que en el culo no hay papilas gustativas, pero que si además la han creado los maricones de los gabachos, no hay duda de la intención de usarla como lavativa porque para esos desviados cualquier excusa es buena para meterse objetos por el ano. Dicho lo cual me indica que el pavo triturado con arroz y el puré de fruta se los va a meter por dicho orificio la maricona del cocinero. Admirado me hallo, nunca pensé que una simple vichysoisse pudiera generar tan virulenta analogía con el recto. Con todo, me hago el desentendido y finjo escribir. Como era de esperar el abuelo carga preguntándome si me van los enemas. No respondo. El viejo se mofa de que conozca tan a la perfección la receta de la dichosa crema y pregunta si me molan los líquidos lechosos y el puerro. No replico pero noto como la sangre comienza a calentárseme. Acto seguido el octogenario saca un billete de veinte euros del bolsillo del pijama y agitándolo empieza a comportarse como un cliente borracho en un lupanar de tercera. No pueden caerme muchos años por decapitar al abuelo, no sólo es una rémora para el país sino una vergüenza para la sociedad. El viejo pasa de mis fantasías inquiriendo si además de recetas, sé de ballet y de peluquería. Nada, no respondo, me limito a imaginarlo sufriendo un paro cardiaco. El desdentado anciano no lo deja ahí, como el tema homosexual no ha funcionado, cambia de terna y señala que no es momento de hacerse la estrecha y que soy su putita preferida. Inspiro. Expiro. Inspiro. El abuelo se cansa y dice que o le paso la bandeja del Alelao o se fuma un cigarrillo en la cama y dice que se lo he pasado yo. ¡La madre que lo parió! ¿Pero por qué tengo que aguantar yo esto? ¡Anda y que reviente! Dicho lo cual suelto el ordenador y los cascos y aferrando con furia la bandeja del Alelao la sitúo en la cama del capullo extorsionador y la de éste en la mesita del vecino. ¡Ya está! Ah no, que falta una cosa, trinco los veinte euros.

   Mientras le doy la Vichysoisse al Alelao como si fuera un bebé en su trona observo como los ojos del otro paciente brillan al descubrir bajo la tapa de la bandeja sopa de picadillo, aguja plancha con patatas al vapor, membrillo y pan. Cuando el viejo comienza a sorber con la cuchara la sopa sé que estoy en el infierno. Algo he tenido que hacer para estar padeciendo esto. La visión del anciano desdentado aspirando sonoramente el caldo es extremadamente desagradable pero a la vez hipnótica, quieres vomitar pero no puedes dejar de mirar horrorizado. Permanezco con la boca abierta en la seguridad de que aquel ser no es un homo sapiens.

El Alelao termina la Vichysoisse, el pavo triturado y el puré de fruta en un periquete, y es que me come muy bien, otra cosa no pero para comer me ha salido buenísimo, y lo mejor es que no necesita ni babero, ahora le doy unas palmaditas en la espalda para que eche los gases y listo. 

Esta vez, o yo he perdido la noción del tiempo por culpa del trauma causado por verle sorber la sopa o me da la sensación de que el viejo da cuenta de la aguja con patatas y del membrillo en un tiempo razonable. Retiro las bandejas justo a tiempo de escuchar el primer eructo y ver como el viejo se deja caer sobre la cama frotándose la tripa hinchada. Es cierto que hace un instante le deseaba la muerte pero al ver la dilatación de la barriga y lo costoso de dicha digestión, empiezo a valorar la posibilidad de que el deteriorado organismo del abuelo no dé más de sí.

Cuando cojo el ascensor para cenar algo en la cafetería no dejo de pensar en lo dicho por Nietzsche sobre que el hombre libre es aquél que puede hacer promesas y trata como iguales a aquéllos a quienes puede hacer promesas, pero despreciará a aquellos que son mentirosos, definiendo la responsabilidad como la conciencia de ese hombre libre capaz de hacer promesas. Yo le hice una promesa a Jimena y soy un mentiroso. Le prometí cuidar de su abuelo y me lo estoy cargando, y encima me estoy lucrando con ello. Soy lo peor. Soy un irresponsable. Mi madre tiene razón, mi padre tiene razón, mis ex tenían razón, y Jimena tendrá razón cuando me mande a la mierda.

Tras la cena, echo un par de pitillos en la puerta del hospital observando el ir y venir del personal, todos tan responsables, todos tan libres, todos haciendo promesas y cumpliéndolas, ¿y yo? Yo envenenando a un enfermo. Cierto es que es un viejales insoportable pero ese no es el tema, se suponía que esta era una prueba de madurez, de responsabilidad, un paso adelante en mi etapa adulta. Fuera los comic, lo del skateboard y la marihuana. Se acabó coleccionar películas de terror de serie b de la Hammer y vinilos de surf. Nada de ir con la camisa desabrochada sobre una desgastada camiseta. Tengo que ducharme más a menudo y dejar de comer pizza recalentada. Y buscarme un trabajo, un trabajo remunerado donde haya que ir con corbata, y dejar esta gilipollez de escribir relatos. Y sobre todo, sobre todas las cosas, tengo que dejar de coger billetes de veinte euros de extraños.

Cuando subo ya es noche cerrada y los pacientes están durmiendo, uno porque después del atracón que se ha dado necesita de toda la sangre para la digestión, y el otro porque… bueno no sé por qué, de hecho no sé si duerme o está en modo stand by. Me tiro sobre el sofá e intento escribir por enésima vez aislado por la música.

Despierto porque la enfermera entra llena de energía. Joder, estoy molido. Me siento como si me hubiera atropellado un elefante. Intento colocar las vértebras en su sitio mientras la auxiliar toma la tensión al abuelo hasta tres veces para comprobar que los niveles que da son ciertos. Con la prueba de azúcar otro tanto, se dispara. Me voy a mear, no quiero presenciarlo. Como le mire la boca fijo que le encuentra algún trozo de membrillo de la noche anterior y la liamos. No quiero ni escucharlo. La enfermera pregunta al viejo si toma la medicación extrañada. El abuelo asiente y responde que él se come todo lo que ella le da. La muchacha suelta una carcajada y le reprende por viejo verde. Yo valoro la posibilidad de meter la cabeza en el inodoro para evitar escuchar la conversación. Total, que la medicación se dobla o duplica o yo qué sé, y la auxiliar se va convencida de que algo raro pasa.

Cuando salgo del baño el abuelo me pregunta si he visto las tetorras de la chati, para de inmediato añadir que es un poco golfilla y que le va la marcha, que va dejando el olor a hembra desde el ascensor. No respondo. No sé si prefiero la versión misógina o la homofóbica. Mientras me desperezo e intento leer el periódico en el ordenata, el viejo pregunta si siempre he sido trucha o he probado la carne. Lo ignoro. El anciano está acelerado y no me extraña con la tensión por las nubes. De improviso le digo, amenazándole con el dedo, que se olvide de pillar el café del Alelao esta mañana, que se ha acabado intercambiar desayunos, y que me la suda lo que me diga. Se hace el silencio. Estoy esperando la retahíla de insultos e improperios, pero no llegan. El viejo está llorando. ¡No jodas!

El abuelo replica con los ojos llorosos que a su edad la vida es una puta mierda, que nada sabe a nada, que le da igual palmar, que la vejez no es vida sino agonía, que la muerte es una liberación, que tomarse un café es la única cosa por la que merece la pena vivir un día más, que sino para qué vivir, que un día me veré como él y lo entenderé, que la vida no es vida si sólo puedes tomar papillas insípidas, que paladear un café le da fuerzas para aguantar otro día. ¡Jooooder!

Y entonces entra la asistente con el desayuno. 

El viejo me mira lacrimoso. No. No. No. El octogenario continúa mirándome. No. Tengo que ser responsable. Tengo que ser como dijo Nietzsche. Tengo que ser adulto. Tengo que ser el hombre libre ese que puede hacer promesas. Y el anciano continúa mirándome con gesto de ir a morirse en cualquier momento. ¡Hostias!

Trinco la bandeja del Alelao y procedo a hacer el cambio. Este es el último café. Hoy es domingo. El último día. No pasará nada por un último café. Esta tarde llegará la familia de Jimena y será cosa suya.

Al exlegionario le cambia la cara en cuanto ve el café. No sé si… La cosa es que le enchufo el vaso de leche desnatada al Alelao mientras presencio como el vecino más que desayunar realiza una obscena carnicería con el azúcar, el pan, la margarina y la mermelada.

Le meto prisa. Puede ser que la vida no tenga sentido sin el café y la mermelada para él pero dejará de tener sentido para ambos si entra la auxiliar y presencia la desenfrenada orgia alimentaria. El viejo pasa de mí. Nervioso, le rebano el pan y le unto la mantequilla y la mermelada para acelerar el final de la orgiástica degustación. El anciano sonríe mientras mastica ostentosamente la última parte de la rebanada, y propulsando pedazos de pan y babas me dice que sabía que con ponerme ojitos llorosos se ahorraba veinte euros, que todas las mariconas somos iguales. ¡Hijoputa!

¡Será cabrón! Trinco las bandejas y las saco dejando al capullo del viejo riéndose tras de mí. No puedo ser más gilipollas. Claro que lo mismo ahora le estalla una arteria y tengo la suerte de presenciar su embolia, habría merecido la pena. Estoy por apostar que la familia de Jimena me recompensaría por haberles librado de semejante bicharraco. De hecho, quizá  lo han dejado en mis manos conscientes de mi incapacidad para atender a seres humanos, esperando que le proporcione una especie de eutanasia gradual a través de los alimentos del vecino de cama. Se me va la olla.

La cosa es que me bajo a desayunar a la cafetería. Estoy hecho polvo. No es porque no me haya podido duchar desde el viernes, ¿o fue el jueves? Me duele todo. Huelo a viejo, a hospital, a flan. Lo único que me mantiene en pie es el hecho de que en unas horas todo habrá terminado. Jimena estará aquí y yo habré cumplido la tarea encomendada. Seré recompensado por mi suegro con un abrazo de esos en plan mafioso dándome la bienvenida a su familia, y nunca más volveré a darle de comer a ningún viejo.

Consciente de que en la tarde del domingo llega Jimena and family me resisto a subir a la habitación. He desayunado, he fumado, he leído los periódicos y he hecho todo lo que se me ha ocurrido para permanecer alejado de la habitación. No quiero volver allí. Sé que lo siguiente será la comida, fijo que no llegan antes de la comida, sería demasiado bonito, no, no, no sucederá, me tocará volver a vivir la pesadilla de la comida. El viejo me insultará, me tangará y terminaré envenenándole, quizá… y ahí me asalta una terrible premonición.

Corro hacia la entrada. Llevo toda la mañana fuera, es tiempo más que suficiente para que al abuelo le haya reventado el cerebro con la tensión que debía tener. Subo angustiado en el ascensor y una vez en la planta corro por el pasillo hasta la habitación. Suplico no ver un equipo de intervención rápida en plan comando de élite pero médico en la puerta. Tengo suerte no veo a nadie. Alcanzo la habitación, abro la puerta y… y nada, allí están los dos. Me siento aún más gilipollas.

El viejo dice que quiere un cigarrillo. Le mando a la mierda. Dice que me da veinte euros. Le digo que se los meta por lo que viene a ser el culo. Me dice que me he perdido a la chica de la limpieza nueva con un trasero impresionante. Le ignoro. Me dice que aunque a mí me gusten los tíos un culo es un culo, ¿no? Ni caso. Pregunta si es que acaso me gustan los ojetes peludos. Me quedo mirándole. ¿Pero de dónde ha sacado Jimena a esta aberración? Y entonces lo entiendo. ¡No van a venir! ¿Quién va a venir a ver a este gañán? No vendrán. ¡No volverán! Llamarán y dirán que han sido secuestrados por un comando talibán y que me quede un poco más. No vendrán nunca. Nadie en su sano juicio se metería en una habitación con semejante mamarracho, no sin la intención de asfixiarlo con una almohada. Jimena estaba conmigo únicamente para liarme y endosarme al viejo. ¿Cómo se entiende sino que una chica como ella esté con un tío como yo? Capta estúpidos, retrasados, y los hace venir a cuidar a su abuelo hasta que uno tras otro se suicidan o desaparecen enloquecidos. ¡Dios! Salgo a respirar al pasillo porque me estoy hiperventilando y lo veo.

Los portabandejas están ahí, frente a mí. No puede ser. ¡Pero es que en este puto sitio no se hace otra cosa que comer! ¡Por Dios y por la Virgen!

Me rindo. Me duele todo. La cabeza me va a estallar. La culpa no es mía, es de Jimena por cargarme con esta responsabilidad, y si no es de ella es de Nietzsche. Es el devenir. ¿Y qué es el devenir? Es la realidad entendida como proceso o cambio, que a veces se opone a ser. ¿Y qué significa esto? Pues que voy a ponerle al abuelo de Jimena la bandeja del Alelao y punto.

El exlegionario se queda extrañado de que nada más dejar las bandejas la simpática auxiliar, proceda a intercambiarlas sin más. El viejo me mira atónito. Le toca cocido andaluz, cerdo braseado con champiñones rehogados de guarnición, yogur de sabor y pan. Por el contrario, al Alelao le cae en suerte sopa de hierbabuena, patatas al vapor y compota de manzana. Pero no se queda ahí la cosa, saco un cigarrillo del paquete de tabaco y se lo dejo en la bandeja para luego. El viejo me mira como si fuera un marciano, no puede creerlo. Sonrío. Ya da todo igual. Estaremos juntos por siempre, el capullo, el imperturbable y yo, juntos en esta habitación eternamente. Con un gesto de rendición cojo la cuchara y comienzo a darle la sopa al Alelao. Y entonces se abre la puerta y aparece la sonriente Jimena junto a sus padres. Cojonudo.

La bucólica escena la delimita un exlegionario con una dieta “Líquida S/S, baja en potasio, diabética” degustando un grasiento cocido junto a su cerdo braseado, su azucarado yogurt y su cancerígeno cigarrillo. Y junto a él, la persona designada para cuidarle que está dándole de comer a un extraño. La escena soñada.

Y entonces ocurre.

Jimena, el padre y la madre se dirigen hacia el Alelao y lo abrazan.

Por lo visto no era planta uno, habitación dos, cama uno, sino planta uno, habitación dos, cama dos. Alguien se confundió. El Alelao es el abuelo.

El Alelao está en magnífico estado, quizá por la atención prestada, quizá por la alimentación sana que ha ingerido, quizá por el hecho de que un atento muchacho se ha molestado en darle de comer con su propia mano.

Ahora, aquí, aún en estado de shock, me pregunto si Nietzsche dejó escrito algo sobre los tipos que llegan a ser individuos responsables por pura casualidad.

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