Guay

Sujeto el ajado vaso y de un trago apuro el tequila, después, lo dejo sobre la sucia mesa de un sonoro golpe. Estoy borracho, tan borracho como mis dos colegas que completan la escena en la más apartada mesa del oscuro garito marginal. Derrengado sobre la silla, descamisado y con aspecto de haber sido arrollado por una manada de ñus, tomo la decisión, lo hago porque estoy borracho y básicamente porque soy deficiente mental, por eso decido hacer partícipes a mis camaradas de que voy a pedirle matrimonio a Vanessa Con Dos Eses.

            Lagarto, el demacrado politoxicómano con tantos traumas y enfermedades mentales que la Wikipedia pone su foto en la definición de “psicópata”, permanece impasible con esa mirada de ofidio venenoso y ese gesto apergaminado que hace que los chicos del gueto prefieran morrear a un mandril con almorranas antes que sentarse junto a él. Comportamiento opuesto el de Niño Toro, una gigantesca mole iletrada de dos metros y ciento treinta quilos saturada de cicatrices y tatuajes, que consigue que Satanás se cambie de acera cada vez que lo ve.

A Niño Toro se le ilumina el rostro como si fuera Cenicienta y empieza a revolotear como una puta mariposa desde la silla de al lado. El alcohol en vena no me impide apreciar lo ridículo de que un neonazi con aspecto de comer carne cruda se comporte como una quinceañera en un concierto pop. Es la primera indicación de que la he cagado. De mataos al río, pienso, de modo que mientras relleno el vaso de tequila, digo eso de que llega un momento en que todo hombre tiene que sentar la cabeza, tener un hogar al que regresar y una mujer en él que lo cuide. La frase es cojuda, me suena que la he sacado de alguna película del oeste de John Wayne. Lagarto no dice nada, como era de esperar permanece mirándome recostado contra la pared, con el cigarrillo en los labios y esos ojos achicados de demonio que leen el alma. Niño Toro es todo lo contrario, todo expresividad, hasta que de pronto trasmuta la excitación inicial en gesto de duda y preocupado dice algo que todos sabemos, que Vanessa Con Dos Eses es puta. Le miro con la vista turbia ante la obviedad del comentario. Bueno, sí, es puta, pero todas las putas quieren retirarse, formar una familia y ese rollo, todo el mundo sabe eso. Lo digo rápido para que no se note que no estoy muy convencido y añado rápidamente una justificación definitiva. Lógicamente es una puta, nosotros unos matones y ella una puta, es lo lógico, es como los toreros y las folclóricas, o los millonarios sexagenarios y las modelos veinteañeras, o los diseñadores gais y los caniches, son profesiones asociadas para el amor. Unos tipos como nosotros, que trafican con drogas, dan palizas por encargo, extorsionan, roban y atracan, no pueden aspirar a liarse con una peluquera. ¿Qué tía que no sea una puta va a querer casarse con un delincuente que está más tiempo en la cárcel que en casa? ¡Claro que es una puta! Niño Toro queda pensativo y parece convencido de que el amor es posible que inunde nuestro futuro hogar, sin embargo, hay algo que no termina de convencerle, pero es argentina, replica finalmente. Ahí me ha pillado. Le miro y él me mira a mí, pasan unos segundos y sigo mirándole, incluso pasa una puñetera eternidad y continúo observando con gesto de estreñimiento el interrogante careto de mi colega. Finalmente me derrumbo. Es cierto, es argentina. Estoy jodido. John Wayne tenía frases para todo en sus películas, incluso en las que salían maléficas cabareteras en los salones junto a rudos pistoleros, pero no eran argentinas, eso hubiese sido demasiado incluso para el bueno de John.

            Vanessa Con Dos Eses es argentina, porteña o no sé qué cojones, la cosa es que sabe quién es Nietzsche, y sabe que no es un defensa central del Bayern de Múnich, y no solo eso, es que ha leído a Nietzsche, y además… lo entiende.

            ¿Qué se puede hacer frente a una puta que lee filosofía? Pedirle matrimonio es una opción, tan aconsejable como usar una podadora para rasurarse las ingles, cierto, pero opción, a fin de cuentas. Sí. Vanessa Con Dos Eses es una mala opción. Las putas inteligentes son peligrosísimas, si además tienen carácter son letales, pero si a todo eso le sumas que es argentina entonces es más sano emborrachar a una hiena e intentar seducirla poniéndole un liguero. Todo el mundo sabe eso, pero yo soy gilipollas, y como paso la mayor parte del tiempo drogado o borracho pues me encapricho de prostitutas argentinas que no paran de hablar de cosas que no hay dios que entienda.

            Es entonces que Niño Toro me recuerda que ya le pedí matrimonio no hace mucho, y tras mearse de risa, me definió como un enajenado neurasténico con delirios esquizoides, algo tan ininteligible como comprensible. Niño Toro es idiota, pero tiene razón. Me rechazó, algo que debiera incapacitarme para manejar maquinaria pesada.

Enciendo un cigarrillo con aire de escritor atormentado y tras dar una larga calada al estilo Bogart le explico a Niño Toro los motivos subyacentes por los que fui rechazado, y recalco lo de “subyacentes” a sabiendas de que no tiene ni puta ida de lo que significa. Somos malas personas, le comento con la voz torturada del cantante de country. Apuñalamos, disparamos, golpeamos, amenazamos, somos malas personas, y no podemos cambiar, ¿por qué? Pues porque esto no es Disneyworld. Nacimos en el gueto de padres maltratadores y madres alcohólicas, crecimos entre traficantes y toxicómanos, aprendimos en reformatorios y cárceles, y eso no sale en las películas de Disney. Así que somos malas personas condenadas a ser malas personas, ¿quién quiere casarse con una mala persona? Nino Toro queda pensativo y finalmente responde que si otra mala persona. No, replico. ¡Error! Ni siquiera las malas personas quieren juntarse con malas personas, quieren formar familias con buenas personas a las que joderles la vida. Niño Toro asiente persuadido. Y es ahí que le comento la solución para que la prostituta me acepte, ¡ser guay!

No podemos ser buenas personas pero podemos ser guais. Niño Toro queda con la boca abierta como la vaca que ve pasar el tren, pero Lagarto muestra una malévola sonrisa denotando que entiende mi razonamiento.

Guay es como buena persona pero en plan postureo, quiero decir, que no eres buena persona pero lo pareces. Es como una faja para los gordos, una faja social que te deja seguir siendo un hijo de puta pero embutido en un ciudadano aparentemente bueno. Es un convenio social que te permite sustituir el ingrato sacrificio de realizar acciones bondadosas por una serie de pamplinas políticamente correctas. Niño Toro pone cara de no entender, y es lógico porque es idiota, no como yo que soy un portento intelectual desde que me junto con argentinas. Por ejemplo, ¿qué opinas de la limosna? La gente que da limosna es buena, ¿verdad? Pues no ¡Error! Son guais y la limosna una mierda. ¿Por qué? Pues no lo sé, pero una meretriz argentina se acalora vociferando que es una engañifa de los pudientes para lavar de balde sus conciencias usando a los pobres. Palabra de meretriz argentina.

Niño Toro permanece con el mismo gesto de bóvido, y lo entiendo, se parece bastante al gesto de rumiante pasmado que tenía yo mientras mi chica y su acento porteño me instruían sobre la diferencia entre buena persona y guay.

A ver, un ejemplo, en vez de donar todos los meses mi nómina a los pobres, algo jodidamente cansado y estúpido, me compro un televisor de ochocientas pulgadas y al tiempo por veinte euros al mes apadrino dos negritos obteniendo el carnet de persona guay de inmediato, y eso sin tener que coger un avión, ir a un país de mierda y darle en la mano los mil setecientos euros a un famélico subdesarrollado de tripa hinchada saturado de mosquitos. ¿Por qué? Porque el desarrollado mundo occidental pone a mi disposición todas las facilidades para ser guay on line, sin tratar con los sucios negratas y sin saber si el dinero les llega o se lo gasta el presidente de la ONG viajando en business o en unos chulísimos todoterrenos. ¿Capicci? Yo ya he dado mis veinte euros, me la suda lo demás, es una transacción automática para lavar mi mala conciencia. La sociedad me permite limpiar mi mala conciencia siempre que entregue una miseria a un extraño que representa un buen fin, y además me permite restregárselo a todo tipo de visitas, amigos, compañeros de trabajo y familiares diversos. Bien, pues eso es ser guay, y eso sí está a mi alcance. Y tras soltar la memorizada perorata y dar muerte al enésimo vaso de tequila, me incorporo torpemente seguido de mis dos amigos.

Mientras caminamos tambaleantes por medio del tétrico garito en busca de la salida escucho la voz de Niño Toro indicándome que a las buenas personas les gustan los animales, y que quizá si me pillo un perro eso impresionase a Vanessa Con Dos Eses convenciéndola de que soy guay.

Sí, es un pensamiento extendido que los amantes de los animales son buenas personas, y sería sencillísimo pillar un chucho para purificarme a sus ojos, pero hay un problema, la jodida argentina tiene una opinión “particular” sobre los amantes de los animales.

La última vez que hablamos de animalitos domésticos su cabeza empezó a dar vueltas mientras echaba espumarajos por la boca. Los dueños de perros son unos jodidos egoístas que sólo quieren mascotas para no sentirse solos y rellenar sus tiempos muertos, aulló. Son gente que encierra a un pobre animal veintitrés horas al día en un piso de cuarenta metros, que los sacan a dar un paseo rápido a la manzana o los abandonan a diario para que se meen en la cocina. Sin contar el rollo clasista del pedigrí que tanto les pone y que tiene un tufo racista que tira para atrás. Además del hecho de haber deformado lobos en aberraciones genéticas que solo pueden caminar sobre moqueta, a los que se humaniza hablándoles, vistiéndoles y llevándolos en cestitas como los peluches que son. Solo si posees una casa con un amplio terreno donde el perro pueda correr es plausible, todo lo demás es un animal esclavizado por un amo que lo disfruta por puro egoísmo, como sustituto de la pareja que no tiene, del amigo que desea o de la familia que añora. Y recuerdo que sentenció que el que posee docenas de pájaros enjaulados y dedica todo su tiempo a cuidarlos, llorando desconsolado cuando uno muere, no ama a los pájaros, es un carcelero. Todo eso dijo mi chica mientras yo permanecía pasmado intentando mantener la erección.

Tambaleantes, salimos al exterior y nos acercamos al automóvil. Enciendo un cigarrillo y abro el maletero. Ahí está encogido el tipo de traje gris a rallas. No sabemos quién es, sabemos que es el tipo de traje a rallas al que le gusta apostar y pedir prestado cuando pierde, también le gustan las putas, la coca y el póker, lo que ya no le gusta tanto es pagar las deudas, así que claro, terminas metido en el maletero de un coche junto a tres jinetes del apocalipsis. Comprobado que el paquete permanece en su sitio igual de asustado que cuando lo trincamos camino del aeropuerto, cierro el maletero.

Es al ponerme al volante que lo noto, a Niño Toro se le ha ocurrido otra cosa guay, y claro, me la hace saber de inmediato. Se trata de hacerme vegetariano, que eso por lo visto está muy bien visto por aquello de que resulta feo lo de comer cadáveres y  tal, y que es como de más civilizado y es muy guay. Eso tiene que encantarle a Vanessa Con Dos Eses, asegura.

Sí, es posible que lo de ser vegetariano te otorgue puntos con la mayoría de las féminas, pero para la peculiar argentina, esa gente son supremacistas morales que reniegan de su condición de omnívoros negando su propia naturaleza, para alcanzar un estado de supuesta superioridad ética sobre unos homo sapiens sapiens que no hacen otra cosa que aquello para lo que está diseñado su aparato digestivo, comer carne. Según la prostituta esa gentuza va de guay, obligando a los seres humanos a avergonzarse de una constitución genética en la que la ingesta de carne permitió desarrollar sus cerebros, evolucionar, y convertirse en lo que son. Mi chica dice que no hay nada peor que el mierda que reniega de su naturaleza animal y rechaza admitirla creyéndose un ser superior al resto de primates por el mero hecho de comer brócoli. Dice que son los responsables de que en las películas de Disney quede feo que los tiburones coman peces, y que dentro de poco obligarán a los lobos a comer pizza, eso sin contar que en breve descubrirán que defecar es demasiado animal y se coserán el culo, alardeando de su condición etérea frente al resto de los homínidos. Sí, recuerdo que la argentina dijo que le gustaría batearles la cabeza a todos los putos vegetarianos, y también recuerdo que me hice un poco de pipí al ver a aquella pequeña meretriz gatear por el techo.

 Narcotizados, dejamos atrás los sucios callejones del barrio marginal que nos amamanta y oculta, y entramos en las limpias calles con papeleras de los barrios ajenos. Conduzco despacio observando de reojillo como mi gigantesco copiloto fuerza su pequeño cerebro en busca de nuevas actitudes guais, mientras lo hace, Lagarto, desde el asiento trasero paladea el porro con gesto ladino.

¡Ecologismo! ¡Ser de Greenpeace es ser guay! Grita de pronto Niño Toro, y añade que implicarse en la protección de la naturaleza es guay. A todo el mundo le gusta la naturaleza, a todo el mundo le gusta Greenpeace. ¡Es superguay!

Ya. Sí, seguramente Greenpeace es guay pero para mi pequeña prostituta argentina hay una pequeña diferencia entre ser de Greenpeace jugándote el tipo montado en una lancha esquivando el cañón de agua proveniente de un ballenero, e ingresar veinte euros al mes y permanecer tirado en tu sofá tocándote el paquete escrotal y escribiendo en tu perfil de páginas de contacto que eres miembro de Greenpeace, ¿Miembro? ¡Qué cojones! Miembro no, ¡que lo fundaste tú! Y que el oso panda no se ha extinguido gracias a que lo escondiste en tu mueble bar. Es decir, que si le enseño a mi porteña preferida el carnet de ecologista categoría gold, y acto seguido cojo el coche para ir a por el pan, me lo mete por el recto. Y la verdad, no me veo subido en la chimenea de una central nuclear desplegando una pancarta que diga, “churri, soy yo, cásate conmigo”. Podría ser guay comprándome los cuarenta tipos de contenedores para reciclar, cierto, llenar la cocina con ellos y tener que cocinar en la terraza, cierto, pero Vanessa odia ese tipo de postureo. Detesta a la gente que por separar dos cartones de tres vídrios se les llena la boca haciendo notar que gracias a ellos el mundo es más limpio, cuando después, consumen enloquecidamente todos esos productos tan innecesarios como publicitados, cuya fabricación supone talar miles de árboles, verter miles de contaminantes y esparcir miles de humos. Pero ahí estás tú, sacando pecho, con tus contenedorcitos de colorines, convencido de que gracias a ti el aire es respirable, y por supuesto sermoneando desde tu ecológico altar a to’dios. Luego, evidentemente, vas a comer al chino usando uno de los ochenta mil millones de palillos de madera desechables que se producen cada año, pero claro, no vas a usar una cuchara sopera, una cosa es ser guay y otra ser un notas. Sí, Vanessa Con Dos Eses conoce la cantidad de palillos chinos que se producen, esas son las cosas que me vuelven loco de ella, lo de que sueñe con sodomizar con ellos a todos los ecologistas de boquilla me enloquece menos, pero no me desagrada por aquello de que se parecería a hacer un trío.

Desechado lo del ecologismo Niño Toro sugiere usar la bici, lo hace mientras salimos de la ciudad. Por lo visto montar en bicicleta es guay porque no usas el contaminante automóvil y eso te concede un aura de deportista comprometido con el medio ambiente a la par que de luchador anticombustibles fósiles. Sí, parece lógico.

Tras observar por el retrovisor la irónica mirada de Lagarto, le pregunto a Niño Toro si es gilipollas, por qué si lo es pues no pasa nada, pido hora para que le midan el grado de deficiencia y lo mismo le dan un carnet con el que montar gratis en el autobús. Niño Toro me mira un tanto acobardado pero no se ofende, algo de agradecer porque a cualquier otro, por menos ya le habría quitado las dioptrías de una sola hostia.

A ver, cada vez que la que lee filosofía se encuentra en una carretera de sentido contrario con un grupo de ciclistas domingueros que van a diez por hora ocupando todo el carril mientras departen amigablemente, y se tiene que jugar la vida para adelantarlos, la dulce prostituta, trasmuta en una enajenada psicópata capaz de proferir tal cantidad de insultos, maldiciones y blasfemias, que horrorizarían a un taxista, entrando en un estado colérico tal que solo desea la muerte lenta y agónica de los que visten con maillot. No se pueden juntar bicicletas y coches por muy guay que sea, porque solo es un truco para ahorrarte los carriles bici. Eso dice ella con ese acento que me enloquece. ¿Y sabes qué digo yo? Niño Toro cabecea negando. ¿Que cómo coño íbamos a llevar al del maletero si fuéramos unos putos perroflautas montados en triciclos? ¿En la cestita? Niño Toro baja la cabeza y para desviar la atención larga rápidamente lo de la solidaridad.

Ser solidario es guay. Eso dice el neonazi de mi derecha.

Bueno, es cierto, ser solidario resulta barato, cómodo y sencillo. Que hay una limpieza étnica en algún lugar del culo del mundo, te solidarizas. Que un terremoto arrasa un pueblo en las antípodas, te solidarizas. Que una empresa de no sé qué esclaviza a no sé quién, te solidarizas. Que a unos señores con bigote no les dejan casarse entre ellos en Marte, tú te solidarizas. No hay forma más cómoda de ser guay. La solidaridad es el culmen de lo guay. La cima. Lo máximo. Pero claro, sería demasiado fácil cuando anda por medio una jodida meretriz con una forma de pensar un tanto alternativa.

Vanessa Con Dos Eses siente un especial odio por los solidarios. Cree que habría que degollar a todos los burguesitos que deciden pasar unas fantásticas vacaciones en la India disfrazándolo de viaje solidario. Le gustaría patear al tipo que vestido con la carísima ropa de marca, junto con su carísimo móvil, su carísimo ordenador portátil, su carísima cámara de fotos, sus carísimo seguro de viaje y sus carísimas reservas de hotel, decide sumergirse en el tercer mundo como el que va al zoo. Y tras fotografiarlo, regresar sin haber aportado una mierda, pero con la imperiosa necesidad de trasmitir la buena nueva de que hay pobres en el mundo. Ahí es donde comienza a decir eso de “aquello te hace valorar lo que tienes” o “te cambia la vida” o “ves que no necesitas tanto”, para acto seguido comprarse el último iPhone. Sí, mi chica odia a los guais que juegan a ser buenas personas a tiempo parcial.   

¿Y lo de donar ropa usada a la parroquia o comida a las asociaciones benéficas? Replica desesperado Niño Toro. No. Lo de donar cosas que ya no quieres, obtener satisfacción haciéndolo y creer que eres una gran persona, es algo que debiera avergonzarte. Eso dice la prostituta. ¿Quieres ser buena persona donando un kilo de arroz y un tetrabrik de leche de marca blanca? Me preguntará la argentina, lo sé, y luego dirá que soy un mierda, un mierda guay, y que si quiero follar me folle una oveja merina de marca blanca. Que ya me lo ha dicho varias veces.

 Creo que no hay más cosas guais, apunta Niño Toro con gesto deprimido, sabedor que el cinematográfico amor entre el matón y la puta se diluye.

Hace tiempo que, lejos de la ciudad, andamos metidos en carreteras comarcales buscando un paraje solitario donde enterrar al del maletero. Y es entonces que ocurre.

Lo mismo las buenas personas no existen y solo hay gente guay pululando por ahí. La sentencia la acaba de emitir Lagarto con esa voz cavernosa suya y sin casi gesticular desde el asiento trasero.

Se hace el silencio. Niño Toro y yo permanecemos con la mirada perdida acojonados por la trascendente revelación del tarado de atrás. Estoy jodido. La mala persona que soy no le gusta a Vanessa Con Dos Eses, y la persona guay a la que podría aspirar, le gusta aún menos. Sí, estoy bien jodido. Y es ahí que doy el frenazo y me detengo en la cuneta.

Tambaleante, me bajo del coche seguido de mis compadres en medio de un paraje boscoso tan solitario como el cubil de un lobo. Abro el maletero y saco el paquete vestido con traje gris a rayas. El tipo está tiritando de miedo, me mira acojonado mientras cae de rodillas lloriqueando, ya ni siquiera suplica. Le observo, le observo un montón de segundos y finalmente se lo explico.

Verás, tengo que pedirle matrimonio a una puta, el problema es que no le gusta lo que soy y tampoco lo que podría fingir ser. Podría intentar engañarla, pero es argentina y conoce a Nietzsche lo que hace inviable esa opción, así que estoy jodido. Si te mato soy mala persona, si me voy al coche a subir el volumen de la música mientras estos dos te matan, soy guay, solo queda la opción de no matarte, eso es lo que haría una buena persona. El tipo deja de moquear y mira a su alrededor por si se trata de la broma de un programa de cámara oculta.

Mientras montamos en el coche y aceleramos dejando atrás a un desconcertado traje gris a rayas, valoro lo jodidamente arriesgado que resulta tomar decisiones borracho, decisiones como decirles a nuestros jefes que no hemos encontrado al deudor. Todo sea porque Vanessa valore mi nueva condición y emita el sí quiero, porque en cuanto lo emita, dejaré esta gilipollez de ser buena persona, algo estúpido y peligroso que no me extraña que nadie quiera ser.

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