Libre albedrío

Erika escupe a los dioses, y los dioses no lo entienden. ¡Hijos de puta! A los ojos de la desconsolada muchacha es su culpa, son ellos los responsables de que Vicente no esté allí. Pasa más de media hora de las tres y él no ha venido. No vendrá. Ya no vendrá. Era mentira. Todo era mentira. Vicente la engañó, en el último momento no se atrevió. ¿Por qué? Los dioses, con sus voces mudas, exponen el libre albedrío y se exculpan. Pero los desolados ojos de Erika no entienden de escolástica medievalista y continúan observando el cielo negro y apretando los puños con la violencia fanática del descreído. ¡Hijos de puta! Repite obsesivamente la creyente checa en la idea de que su maldición afectará a las deidades que rigen su sombrío mundo. Y quizá les afecte. Quizá en el celeste Cielo, o en el lejano Olimpo, o en el plácido Edén, o en el soñado Paraíso, o incluso en el Nirvana delirante, los dioses se revuelvan inquietos ante el insulto de aquella insignificante inmigrante. Y quizá bramen que no es su culpa, quizá rujan ofuscados que no es su designio el responsable de dicha ausencia, quizá, quizá, pero Erika no les cree. Ya no les escucha. No quiere escucharles. Les ha rogado tantas veces que sus súplicas se muestran desgastadas. Esta vez, sólo esta vez, debían ayudarla. Esta vez, y las deudas quedarían saldadas. Esta vez, y todas las miserias pasadas serían olvidadas. Esta vez, sólo esta vez, y todos los sufrimientos y daños padecidos quedarían relegados. ¡Hijos de puta! Pero también en esta ocasión le niegan rozar la felicidad. ¡Hijos de puta!

            Erika.

Erika no es suya, nada de ella misma le pertenece, no ya objetos o bienes sino la simple propiedad de su organismo le es ajena. Toda ella pertenece a Klaus. Erika es un trozo de carne traída del este, tasada y vendida a un proxeneta de dientes dorados y tupé desfasado.

            Erika tiene la piel blanca y suave, pero no gusta de acariciarse por creer que su epidermis retiene el sudor y la baba de todos los jadeantes seres que a diario la cabalgan.

            Erika ha olvidado la miseria del útero rural del que escapó, como también ha olvidado las mentiras con las que la atrajeron a este mundo de provisión. La falsa oferta de trabajo, las amenazas, las palizas, y la deuda, todo aquello ha quedado relegado, todo excepto esto último, porque la deuda la ata. Y son esos nudos intangibles los que hacen que Erika se pregunte si es ella la que los anuda o si son los dioses quienes la amarran a esta desdichada existencia. Y cada vez que un consumista occidental se corre en su interior y deja que su monetaria masa corporal desfallezca jadeante sobre su delgado organismo, piensa si es la suerte, o quizá la mala suerte, lo que esculpe su destino. O quizá, piensa, sea el ADN, esa cadena de ininteligible de ácido ribonucleico la responsable de nacer en un deprimido sistema económico, en el interior de una deprimida familia que habita un deprimido país. Quizá sí, o quizá no, quizá sean sus dioses cristianos los que la fuerzan a caminar por la vía del calvario en la creencia de que así ganará el cielo. Y Erika maldice a los dioses en los que cree, y piensa que es mejor creer en ellos y maldecirlos que no creer en nada y no tener a quién maldecir.

Y Erika piensa, que de ser cierto el libre albedrío, en qué se ha equivocado. No eligió nacer en un entorno rural desfasado y poco competitivo en el interior de un sistema económico hundido y colapsado que bracea agónico para alcanzar el lujoso salvavidas capitalista. No, no lo eligió, como tampoco eligió nacer mujer en una familia numerosa y retrógrada, donde tu cometido desde la pubertad es parir y aguantar las palizas de tu dueño y señor. No, tampoco eligió eso, como tampoco eligió que su juventud y sus agraciados rasgos atrajeran una falsa oferta de trabajo como empleada de hogar allá en el paraíso consumista. No, eso tampoco lo eligió, como no eligió ser vendida y violada, o traspasada y violada, o transferida y violada. No, no lo eligió, ¿o sí? Quizá sí. Quizá se dejó engañar, quizá su familia aceptó la mentira y una boca menos, quizá ella aceptó el artificio de aquella voz dadivosa y astuta que prometía el paraíso a cómodos plazos. Quizá fue su culpa. Sí. Y Erika se araña mentalmente, y se mutila anímicamente, y se golpea inconscientemente. Y las lágrimas surgen una vez más destilando la rabia y la culpa de la elección errada. Y las manos que ocultan el rostro doliente de la mujer que se acusa de su propia desdicha mientras el enésimo cliente se viste y olvida. Y la congoja que ahoga y presiona hasta que falta el aire. Y el gemido que deja de ser aullido para ser eco. Y las uñas que se clavan en la dermis con la intención de desgarrar lo insano. Y la rabia que amenaza con la violencia del vómito que llega. No. ¡No! ¡No! No es su culpa. Fue engañada, criada en la miseria y en la ignorancia, y deslumbrada y tentada por los collares de cuentas de vidrio barato con los que los conquistadores compran las almas de los desafortunados. No. No fue su culpa. Ni fue el ADN y su procelosa serie genética la que decidió convertirla en un producto cárnico de venta en los mejores prostíbulos de carretera. No. Su herencia biológica, su belleza, no era sino un don, una gracia que debiera haberla valido sonrisas y júbilos, y así habría sido de no haber nacido en el lado equivocado de la línea. ¿Quién era responsable? ¿Quién el culpable? ¿Por qué no nació en occidente, en el seno de una familia burguesa con dos coches? ¿Por qué su padre no era cirujano plástico y su madre diseñadora de interiores? ¿Por qué no estaba traumatizada por no llevar un bolso Gucci como sus adolescentes amigas? El destino. ¿Era cosa del destino? ¡Y una mierda! El ADN, ¿era cosa de la genética? ¡Y una mierda! Ella, ¿era cosa del libre albedrío? ¡Y una mierda! Entonces sólo quedaban los dioses, sus dioses, ellos eran responsables. Ellos los todopoderosos, ellos los hacedores, ellos los supremos, ellos los responsables. Y Erika maldice uno a uno sus nombres.

Y es entonces, o después, o quizá al tiempo, cuando aparece Vicente, ese tipo asustadizo de grotesca apariencia temerosa. Vicente, uno más, o quizá no. Uno que ha pagado por abalanzarse sobre ella y penetrarla, por embestirla, por sodomizarla. Uno que ha pagado por desfogarse, por usar un ser humano del que nada quiere saber y al que no quiere oír. Uno que ha pagado por conseguir aquello por lo que no se debería tener que pagar, porque no debiera haber oferta, porque no debiera haber demanda.

Y quizá sí, o quizá no, quizá Erika percibió un efluvio reconocible, el temor. Aquel muchacho alopécico y fondón, de maneras torpes y ojos huidizos tras gruesas gafas, mostraba una vergüenza y turbación del todo alejada de las formas autoritarias y displicentes del resto de clientes. Incluso los educados y simpáticos, en el fondo, dejaban entrever entre sus sonrisas y gestos retóricos que ella no era sino una puta, una simple puta con la que no querían saber nada más allá del orgasmo. Atentos y afables pero con ese sutil mensaje subyacente de “me importa una mierda que no desees hacer esto, porque no es mi responsabilidad, porque no sé nada de ti y no quiero saberlo, porque deseo engañar a mi conciencia de manera que sigue sonriendo para que después de correrme no tenga sentimiento de culpa, puta”. Así era con los mejores, mejor no hablar de los infames, de los traumados, de los enfermos, de los no humanos.

Vicente olía a otra cosa, olía a miedo, a vergüenza, y Erika sintió simpatía por él. Vicente y su leve tartamudeo, presa de un permanente nerviosismo, denotaba su inexperiencia frente a cualquier fémina, pero era visible que su angustia se acentuaba frente a una con el porte de la muchacha checa. A Erika le resultó tierno encontrar a alguien más asustado que ella misma, quizá se identificó con aquella sensación de apocamiento y desasosiego, quizá reconoció e identificó el temor y la vergüenza como propios, quizá quiso arropar a aquel joven grotesco como hubiese deseado ser arropada ella misma, quizá por ello olvidó que aquel ser la había comprado para un instante, quizá porque quería olvidarlo, quizá porque necesitaba olvidarlo. Y Erika hizo el amor.

Y sucedió que aquel cliente llamado Vicente y sus torpes maneras marcharon sin apenas decir nada excepto gracias. Y Erika sintió ternura por aquel rechoncho personaje que eyaculó apenas la hubo penetrado, sintió ternura por cómo la tocaba, con ese temor con el que se maneja lo hecho de cristal, lo delicado, lo que se puede romper. Y Erika sintió ternura por aquel ser primerizo e inofensivo al que no volvería a ver. Y casi lo lamentó.

Y ocurrió que al siguiente fin de semana, regresó Vicente con su mirada gacha, con su respetuoso silencio, y sus temblorosas maneras. Y Erika se descubrió sonriendo. Quizá porque le hacía gracia aquella inusual torpeza, quizá porque le resultaba entrañable aquel ser desvalido y desorientado, o quizá porque le conmovía reconocer aquel sentimiento de inferioridad en alguien que no era ella misma.

Y aconteció que Erika adoptó a aquel joven como si de una mascota se tratara. Y le enseñó, y le guió, y le sonrió y le habló bajito, incluso llegó a soltar alguna carcajada ante los despropósitos del peor amante que pudiera concebirse. Y Vicente pidió perdón, una, dos, mil veces. Y Erika cayó, y posó la mano sobre aquel sonrosado rostro masculino, y lo acarició, y fue consciente de que nadie le había pedido perdón nunca. Y los ojos de la muchacha se licuaron, y cuando las lágrimas rebosaron, Erika lloró, y lloró como no había llorado nunca, y apretó aquel asustado corpachón con la demencia del naufrago, y se sintió bien, y supo que se sentía bien porque era algo que ya no recordaba. Y dio las gracias a los dioses por tener alguien a quien abrazar.

Y acaeció que Vicente volvió una y otra vez, y dejó de temblar, y habló, y se interesó por ella, y la escuchó, y le contó cómo era su mundo. Y Erika comenzó a sentir aprecio por aquel apocado personaje que no paraba de decirle que conocerla era lo mejor que le había sucedido. Y olvidó que era un cliente y lo convirtió en un amigo, y lo hizo porque lo sentía como un amigo, o quizá porque necesitaba un amigo, qué importaba. Y aquel chapurrear castellano se convirtió en la calidez de charlas donde se mostraban dos mundos. Y hubo ocasiones donde Vicente se empeñó en no hacer el amor para demostrar que no era eso lo único que apreciaba de ella. Y hubo veces en que Erika se empeñó en hacer el amor porque sabía que eso volvía loco a Vicente. Incluso hubo veces en que Vicente se salió con la suya y únicamente permanecieron abrazados, y Erika sintió que deseaba que aquel torpe amante la poseyese, y lo deseaba por ella misma, y le sorprendió que así fuera. Y con el tiempo, Erika descubrió que Vicente la tocaba de un modo diferente, su tacto, su roce, no era igual que con el resto, había veneración en aquellas regordetas falanges, no se trataba de la reconocible excitación, ni de la pasión desaforada del común de los clientes, aquel muchacho temblaba cuando la acariciaba, y eso, eso trastornaba a Erika. Tardó en darse cuenta, pero tuvo que reconocerlo cuando Vicente faltó por enfermedad dos semanas seguidas a la cotidiana cita. Erika lo supo en aquel instante. Entonces fue cuando descubrió que Vicente, aquel muchacho feúcho y de mediocre percha se había convertido en la única cosa que hacía soportable su cotidianidad. La pasividad de sus compañeras, las amenazas de los proxenetas, la indiferencia de los clientes, la dureza del cautiverio en aquel lupanar de carretera, se reveló algo insoportable sin la visita de su anodino amante, porque así era, para ella Vicente ya no era un cliente, era la ternura prohibida, era el respeto negado, era el cariño del que había sido privada. Y quizá fuera cierto, o quizá imaginado, pero lo cierto es que era necesario, necesitaba a su apocado compañero. Y creyó morir. Y sintió pavor. Y señaló a los dioses y les amenazó. Y Vicente regresó, y pidió perdón una, dos, mil veces, y Erika selló aquellos indulgentes labios con los suyos, y revivió.

Y resultó que llegó el día en el que el temeroso Vicente reconoció amor por Erika, y le pidió que huyera con él al pequeño pueblo materno, lejos de las mafias, de la ilegalidad, de las represalias, de la expulsión. Y Erika aceptó con la misma porción de miedo que de ilusión. Y pensó que el destino, el ADN, o la suerte, la sonreían. Y cerró los ojos, y apretó los puños, y suplicó a los dioses que esta vez no la engañaran.

Y la huida fue pactada. A las tres de la madrugada del siguiente sábado, cuando más actividad y trajín había en el club, Erika saldría por detrás y protegida por la noche, alcanzaría el coche detenido en la autovía donde la esperaría Vicente. Así debía ser, y así debía ocurrir, la ausencia de uno de los dos implicaba la renuncia.

Vicente escupe a los dioses, y los dioses no lo entienden. ¡Hijos de puta! A los ojos del afligido muchacho es su culpa, son ellos los responsables de que Erika no esté allí. Pasan cincuenta agónicos minutos de las tres y ella no ha venido. No vendrá. Ya no vendrá. Era mentira. Todo era mentira. Erika le engañó, en el último momento no se atrevió. ¿Por qué? Los dioses, con sus voces mudas, exponen el libre albedrío y se exculpan. Pero los desolados ojos de Vicente no entienden de teología y continúan observando el cielo negro y apretando los puños con la violencia fanática del descreído. ¡Hijos de puta! Repite obsesivamente el católico joven en la idea de que su maldición afectará a las deidades que rigen su sombrío mundo. Y quizá les afecte. Quizá en el celeste Cielo, o en el lejano Olimpo, o en el plácido Edén, o en el soñado Paraíso, o incluso en el Nirvana delirante, los dioses se revuelvan inquietos ante el insulto de aquel insignificante ser. Y quizá bramen que no es su culpa, quizá rujan ofuscados que no es su designio el responsable de dicha ausencia, quizá, quizá, pero Vicente no les cree. Ya no les escucha. No quiere escucharles. Les ha rogado tantas veces que sus súplicas se muestran desgastadas. Esta vez, sólo esta vez, debían ayudarle. Esta vez, y las deudas quedarían saldadas. Esta vez, y todas las miserias pasadas serían olvidadas. Esta vez, sólo esta vez, y todos los sufrimientos y daños padecidos quedarían relegados. ¡Hijos de puta! Pero también en esta ocasión le niegan rozar la felicidad. ¡Hijos de puta!

Vicente.

Es Vicente el resultado de aquel niño sobreprotegido que fue. Es Vicente el producto de la estricta educación de aquella familia temerosa de Dios en la que fue concebido. Es Vicente la consecuencia del aislamiento de su infancia, de la cobardía frente a otros muchachos, del desprecio por su sobrepeso y sus torpes maneras, de la repulsa de las chicas y sus hirientes críticas.

Es Vicente un joven introvertido que desprecia su físico, en la creencia de que su prematura alopecia, sus dioptrías, su grosor y en definitiva su aspecto, es una condena con la que ha sido forzado a penar para regocijo de algún dios burlón.

Es Vicente un tipo apocado que siente miedo de un mundo que siempre le ha mostrado una hostilidad feroz obligándole a comulgar con la creencia de que si consigues no cambiar nada de lo que hiciste el día anterior, el día de hoy no tiene por qué ser diferente, y si nada malo te sucedió ayer, nada malo ha de sucederte hoy. Es una fe incondicional la suya. Un concepto animista que se extiende entre todos aquellos que se apresuran a incluirse en eso que se llama gente corriente. Lo normal, lo estándar, lo uniforme, como doctrina. Lo reglamentario, lo vulgar, lo ordinario, como dogma. Lo usual, lo cotidiano, lo estereotipado, como culto. Una secta masiva que quiere ser de clase media sólo si la clase media es mayoritaria, una hermandad que quiere ser heterosexual sólo si lo heterosexual es mayoritario, un clan que quiere creer en Dios sólo si la creencia en Dios es mayoritaria, una raza que quiere ser políticamente correcta sólo si lo políticamente correcto es mayoritario. Sí, Vicente lo deseaba, lo necesitaba, precisaba ser gente corriente. O quizá no lo necesitaba y únicamente no quería que sus aristas destacasen, que sus contornos sobresaliesen, que sus bordes se distinguiesen, quizá por miedo a que fueran sus defectos los que primasen sobre sus cualidades, quizá porque fueran sus vicios los que se impusieran a sus virtudes, o quizá porque fuera su mediocridad lo que terminase destacando sobre su improbable excelencia. Sí, quizá por algo de esto, o quizá por todo ello, Vicente ha decidido que lo mejor es cubrirse de gris en el convencimiento de que hay en él mucho más de palidez que de colorido.

            Y así Vicente ha realizado lo que su padre esperaba de él, lo que tenía que ser, porque para eso fue educado por sus cultos y poco afectivos progenitores, de manera que ha logrado una licenciatura y conseguido aprobar una oposición para ser un honrado funcionario toda la vida, ha comprado un piso y negociado una hipoteca en inmejorables condiciones, tiene un coche que se ajusta a sus necesidades y un grado de infelicidad por encima de la media. Pero es que en Vicente siguen resonando las feroces burlas de su infancia, el desprecio atroz de sus compañeros, las collejas y humillaciones, la ausencia de amigos salvo los tullidos, los deformes o los apestados. Y la cosa es que el presente no ha hecho sino actualizar el pasado, renovándolo, reconstruyéndolo. Ahora no hay capones, ni insultos, pero sí cuchicheos de los compañeros de trabajo que se silencian a su paso. Las burlas ya no son visibles, se mutan en inexistentes invitaciones a cenar, a tomar unas cañas o a compartir un simple café frente a la máquina. Los educados y civilizados adultos no muestran la cruda crueldad infantil, no, se transforman en la urbanizada indiferencia, en el correcto rechazo, en la afable exclusión del grupo, y así Vicente queda aislado, junto el autista de nóminas y la extraterrestre de contabilidad, junto a los diferentes, los raros, los apestados.

Y Vicente piensa si es la suerte, o quizá la mala suerte, lo que esculpe su destino. O quizá, piensa, sea el ADN, esa cadena de ininteligible de ácido ribonucleico la responsable de nacer con un físico que no cumple el mínimo de calidad exigido por la Comunidad Europea. Quizá sí, o quizá no, quizá sean sus dioses cristianos los que le fuerzan a caminar por la vía del calvario en la creencia de que así ganará el cielo. Y Vicente maldice a los dioses en los que cree, y piensa que es mejor creer en ellos y maldecirlos que no creer en nada y no tener a quién maldecir.

Y Vicente piensa, que de ser cierto el libre albedrío, en qué se ha equivocado. No eligió una madre infantil que consideraba prioritario rezar en vez de jugar con los chicos del barrio. No, no la eligió, como tampoco eligió un padre insensible que creyese que el estudio debiera primar sobre el cariño. No, no lo eligió, como no eligió nacer en aquel entorno cerrado y opaco donde Dios proveía y el orden lo regía todo. ¿Quién era responsable? ¿Quién el culpable? ¿Por qué la suya fue una infancia obesa? ¿Por qué su pubertad hubo de vivirla escondido en el tendido? ¿Por qué su juventud se redujo a una enumeración de traumas y lacerantes heridas? El destino. ¿Era cosa del destino? ¡Y una mierda! El ADN, ¿era cosa de la genética? ¡Y una mierda! Él, ¿era cosa del libre albedrío? ¡Y una mierda! Entonces sólo quedaban los dioses, sus dioses, ellos eran responsables. Ellos los todopoderosos, ellos los hacedores, ellos los supremos, ellos los responsables. Y Vicente maldice uno a uno sus nombres.

Y es entonces, o después, o quizá al tiempo, cuando aparece Erika, aquella prostituta de piel blanca y aspecto aniñado. Erika, una mujer, algo inalcanzable para él, algo intangible, inmaterial. Una prostituta, pero en suma una mujer. El sexo, lo negado, lo prohibido, pero también lo deseado, lo tanto tiempo anhelado.

Tardó mucho tiempo en decidirse, demasiado, debió hacerlo muchos años antes, en cuanto asumió que el rechazo de las niñas que más tarde tomaría cuerpo en el repudio de las jóvenes se materializaría en el desprecio de las adultas. No era ya su físico, sino el pavor que aquella educación castrante le había inculcado frente a las pecaminosas hembras lo que le bloqueaba y angustiaba. Aquel miedo instintivo, algo inconsciente, automático, algo que provenía de lo más profundo del bulbo raquídeo, allí donde estaban amontonados los desprecios y burlas de la infancia, allí donde yacían ocultos los insultos y humillaciones de la juventud, allí, los “feo”, los “gordo”, los “raro”. Todo aquello le llevó al convencimiento de que ninguna mujer se acostaría con él si no a cambio de dinero. Incluso las defectuosas y apestadas aspiraban a seres inmaculados, y cuando no los conseguían se conformaban con físicos imperfectos pero jamás con personalidades traumadas. Así que estaba solo, solo, como siempre. Y fue entonces cuando pensó en el prostíbulo de las afueras, aquel de neones verdes y rosas que todos los domingos veía tras visitar la institución mental donde residía mamá.

Y nada en el mundo le costó más que atravesar aquel umbral y penetrar en aquella penumbra de luces rojizas, música melosa y ambiente refrigerado. Nada en el mundo le costó tanto. Como nada pudo igualar el terror que sintió cuando estuvo frente a aquella chica delgada llegada del este que apenas hablaba castellano. A sus ojos era aquella una mujer de una belleza prodigiosa, alguien a quien muy pocos hombres podrían aspirar, y que sin embargo se acostaría con él, no le rechazaría, no se reiría de él, haría lo que él quisiese cuando él quisiese, y aún así Vicente sentía un pavor atávico.

Era su primera vez y no tenía con qué compararlo pero a Vicente le dio la sensación de que los ojos de aquella muchacha retenían el mismo temor recurrente. Le pareció reconocer en aquel rostro ojeroso el recelo frente al que puede dañarte, incluso creyó ver cómo aquella joven prostituta se avergonzaba de mostrársele desnuda. Y Vicente sintió afinidad por aquella hembra a la que acaba de comprar, quizá porque aquellas maneras timoratas se encontraban del todo alejadas de las formas profesionales y neutras de la profesional tipo que pensaba encontrar, quizá porque aun buscando sexo lo que más necesitaba eran cálidas caricias y ese tipo de ternura que sólo se puede encontrar en el fondo de la epidermis femenina. Quizá fuese así, o quizá él hizo que fuera así, lo único cierto es que Vicente aquella noche hizo el amor.

Y tras abandonar aquel prostíbulo y su tufo a mercadería, sucedió que aquella muchacha de rostro triste sobre la que Vicente descubrió la supremacía de lo biológico frente a lo cerebral quedó impresa en su mente de modo indeleble. Y Vicente durante el resto de la semana paladeó hasta desgastarlas aquellas lisonjas fingidas, aquellos besos comprados, aquellos espasmos simulados, hasta antojársele reales, y aunque vivió y respiró, lo cierto es que nunca terminó de salir de aquella habitación de burdel ni de abrazar a aquella deidad. Y pensó que sentiría no volver a ver a aquella meretriz.

Y ocurrió que al siguiente fin de semana, de modo instintivo regresó a aquel mercado de neón para descubrir que aquella muchacha le sonreía. Y Vicente advirtió que aquel gesto no lo había comprado, y le supo a verdad, y por vez primera en su vida percibió que una mujer gustaba de su presencia, y la palabra “plenitud” quedó escueta para expresar lo que sintió al ver aquella sonrisa.

Y aconteció que Erika le permitió besarla, y Vicente descubrió que lo vivido hasta ahora no era vida, y que de hecho no había nada que mereciese la pena fuera de aquella aséptica habitación donde Erika le enseñaba la compatibilidad entre pasión y ternura. Y Vicente hundió su rostro en el pecho de aquella inmigrante ilegal y descansó, por vez primera no tuvo miedo, entre aquellos brazos se sintió seguro, a salvo de todo y de todos, y supo que allí los niños no podrían golpearle, que nadie podría reírse de él, y que no le afectaba el desprecio de sus congéneres porque lo tenía todo.  Y los ojos del  muchacho se licuaron, y cuando las lágrimas rebosaron, Vicente lloró, y lloró como no había llorado nunca, y apretó aquel delicado cuerpo con la demencia del naufrago, y se sintió bien, y supo que se sentía bien porque era algo que ya no recordaba. Y dio las gracias a los dioses por tener alguien a quien abrazar.

Y acaeció que Erika le esperó una y otra vez, y dejó de mostrar temor en la mirada, y habló, y se interesó por él, y le escuchó, y le contó cómo era su mundo. Y Vicente comenzó a sentir aprecio por aquella triste muchacha. Y olvidó que era una prostituta y la convirtió en su compañera, y lo hizo porque la sentía como su compañera, o quizá porque necesitaba una compañera, qué importaba. Y aquel chapurrear castellano se convirtió en la calidez de charlas donde se mostraban dos mundos. Y con el tiempo, Vicente descubrió que Erika era mucho más que una necesidad. Aquella muchacha le miraba como no le habían mirado jamás, le tocaba, le rozaba, con la mesura de quien respeta lo que acaricia. Y había deseo, algo que Vicente nunca habría llegado a concebir, aquella escultural mujer, aquella fémina apocada y dolorida le deseaba, era increíble.

Y resultó que llegó el día en el que el temeroso Vicente reconoció amor por Erika, y le pidió que huyera con él al pequeño pueblo materno, lejos de las mafias, de la ilegalidad, de las represalias, de la expulsión. Y Erika aceptó con la misma porción de miedo que de ilusión. Y Vicente pensó que el destino, el ADN, o la suerte le sonreían. Y cerró los ojos, y apretó los puños, y suplicó a los dioses que esta vez no le engañaran.

Y la huida fue pactada. A las tres de la madrugada del siguiente sábado, cuando más actividad y trajín había en el club, Vicente esperaría con el coche detenido en la autovía a que Erika saliese por detrás protegida por la noche. Así debía ser, y así debía ocurrir, la ausencia de uno de los dos implicaba la renuncia.

Son las tres de la madrugada del sábado y los inquietos dioses escuchan los insultos de dos seres desvalidos, de dos seres desafortunados, de dos seres que no se encuentran y que se creen malditos. Y es en el celeste Cielo, o en el lejano Olimpo, o en el plácido Edén, o en el soñado Paraíso, o incluso en el Nirvana delirante que los dioses, con sus voces mudas, exponen el libre albedrío y se exculpan. No es su culpa, gritan, que los seres humanos giren confundidos chocando cuando no desean tocarse y perdiéndose cuando lo anhelan. No es su culpa, vocean ofuscados, ¡es el libre albedrío! La libertad del hombre. Es el capricho del hombre el que hace que un sábado de madrugada el reloj marque dos veces las tres, lo hace mediante un convenio internacional con la finalidad de ahorrar energía. Es el hombre el que dos veces al año altera el horario, atrasando o adelantando una hora las manecillas de sus relojes. No es su culpa divina, es el libre albedrío, braman los hacedores, que en esta madrugada se atrasaran una hora todos los relojes y se cumplieran dos veces las tres. Es el libre albedrío que un cumplidor Vicente atrase su reloj y que una despistada Erika olvide hacerlo. Es el libre albedrío.

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